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La naturalidad de la xenofobia
Por CarlosMG - Uncategorized - 19 Enero 2010
Era de prever que actitudes xenófobas como la del ayuntamiento de Vich o el de Torrejón de Ardoz iban a brotar tarde o temprano. Es más, me parece notable que hayan tardado tanto en aparecer, y más en una crisis económica y laboral tan severa como la que atravesamos. Había varias razones para este pronóstico: cosas así ya han pasado en otros países con mucha inmigración, y es una reacción política populista muy rentable para quien la perpetra. Porque, no nos hagamos ilusiones al respecto, la xenofobia es un instinto muy arraigado en la mente humana, o lo que es lo mismo, es una pasión –baja- de lo más natural. Lo culto es tratar de vencer nuestro natural instinto xenófobo y combatir sus excesos. Porque la xenofobia, como otras fobias parecidas –el antisemitismo, el racismo o la homofobia-, es uno de esos aspectos de la naturaleza humana ordinaria que debemos esforzarnos por minimizar en lo posible. Su erradicación ya es algo más problemático, si no quimérico.
A la actual idolatría de la naturaleza, con tantas expresiones a día de hoy –del ecofundamentalismo a la nueva religión del cambio climático (¡he leído que López Uralde era un “mártir del clima” por su detención en Copenhaghe!)-, puede chocarle, o algo peor, hacer responsable a la naturaleza de la xenofobia, considerando esa baja pasión como un instinto más que como una noción ideológica o una convención cultural. Pero es muy difícil refutar el hecho de que la práctica totalidad de las comunidades humanas documentadas, sea por la historia o por la antropología, e incluso por la experiencia viajera de cada cual, albergan una profunda desconfianza, que puede llegar al odio más irracional, por “los otros”, es decir, por el extranjero. Un elocuente ejemplo de esta tendencia es el hecho de cada comunidad llamara a su vecina con un nombre despectivo que señalaba algún presunto defecto o tara de esos tipos no del todo humanos. Incluso en la civilizadísima Atenas de Pericles la condición de meteko, descendiente de un extranjero, era motivo suficiente para quedar excluido de la ciudadanía, reservada a los varones de las supuestas familias autóctonas. La idea de la igualdad radical de todos los seres humanos ha sido siempre muy minoritaria o más bien parcial (los cristianos y musulmanes sólo consideraban, o siguen considerando, realmente iguales a los fieles de la comunidad, excluyendo a herejes, paganos e infieles), hasta que la Ilustración la proclamó con un carácter realmente universal. Así pues, las ideologías xenófobas o abiertamente racistas se han reducido, por lo general, a algo tan fácil como dar una carta de naturaleza supuestamente respetable, política, a lo que no son sino prejuicios, fobias y miedos reaccionarios contra los ajenos a la propia tribu, sea ésta pequeña o se trate de una comunidad enorme. Siguiendo el llamado “síndrome del gallinero” -todas las gallinas tienen una o varias a las que picotear agresivamente, excepto la de más bajo rango-, incluso las comunidades marginadas y despreciadas desprecian y marginan a su vez a las que consideran inferiores.
La buena educación no es, sin duda, suficiente para por lo menos avergonzarse y renegar de las emociones xenófobas que albergamos más o menos secretamente, pero tampoco parece haber duda de que es condición necesaria para ello. Esta es la razón de que en los países occidentales los sectores sociales más abiertamente xenófobos suelan coincidir con harta facilidad con los de menor educación. Trasladado a la política, este fenómeno social implica fórmulas populistas muy peligrosas para la libertad y la igualdad, es decir, para la democracia. Así, un modo de ganar un buen montón de votos allí donde la gente cree que hay demasiada emigración o extranjeros asentados –percepción que muchas veces resulta más subjetiva que otra cosa- es proponer la institucionalización de su marginación, privando a los extranjeros de algunos derechos reservados a los nativos. Por ejemplo, servicios básicos universales como la educación obligatoria y la atención sanitaria, que pueden negarse a quienes no estén empadronados. El reciente progreso de las fuerzas políticas populistas y nacionalistas en Francia, Holanda, Gran Bretaña o Italia ha seguido esa sencilla senda: atraer los votos que antes solía llevarse la izquierda –desempleados, trabajadores poco cualificados, jóvenes, pensionistas- asegurándoles que los emigrantes no iban a quitarles nunca más su trabajo, sus casas o sus servicios sociales. Huelga decir que sin referirse nunca a la aportación indispensable de esos inmigrantes, legales o no, al desarrollo económico que permite mantener esos servicios públicos.
La decadencia de la izquierda tradicional también puede favorecer movimientos populistas xenófobos en España, si no lo está haciendo ya. La derecha tradicional también tiene fácil, como se ha visto en Italia y en menor medida en Francia, la caída en la xenofobia militante por su tradicional poca fe en valores como el universalismo cultural o la igualdad. Los casos de Vich o Torrejón podrían ser, por eso mismo, la cima de un iceberg con mucha masa sumergida por manifestarse. Hay que estar atentos a esta posibilidad, y tratar de atajarla cada vez que esté en nuestra mano. Máxime cuando todas las previsiones económicas coinciden en que el desempleo y el déficit público se van a mantener muy altos durante muchos años, aunque mejoren algunos indicadores económicos que permitan a los gobiernos hablar, engañando de nuevo, del “fin de la crisis”. En semejantes condiciones, los inmigrantes tienen todas las papeletas para convertirse en chivos expiatorios del malestar social.





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