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	<title>Carlos Martínez Gorriarán &#187; inmigración</title>
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		<title>De Madrid y su futuro (y no hablo de las elecciones)</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Apr 2010 04:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Se acabaron las vacaciones. Ayer domingo busqué un sitio para comer, en solitario, por la zona de Alonso Martínez. Elegí una de esas típicas tascas madrileñas que, para quienes venimos de fuera, sustancian como pocos lugares el alma tradicional de Madrid. No un bar típico en una zona bulliciosa de inexcusable visita para los turistas, sino un establecimiento frecuentado más bien por los vecinos y visitas habituales (viajeros, que no turistas). Signo de los tiempos, llevan el negocio un par de chicas pertenecientes a la última gran oleada demográfica incorporada al rompeolas de las Españas, que decían antes: una joven latinoamericana probablemente caribeña y una probable africana de –impresionante- aspecto etíope. La carta, sin embargo, no ofrece ninguna aportación caribeña o abisinia; quizás en la próxima generación. Como es habitual de unos años a esta parte, la tasca ofrece a su clientela los platos tradicionales de-toda-la-vida de Madrid, lo que significa que, aparte [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Se acabaron las vacaciones. Ayer domingo busqué un sitio para comer, en solitario, por la zona de Alonso Martínez. Elegí una de esas típicas tascas madrileñas que, para quienes venimos de fuera, sustancian como pocos lugares el alma tradicional de Madrid. No un bar <em>típico</em> en una zona bulliciosa de inexcusable visita para los turistas, sino un establecimiento frecuentado más bien por los vecinos y visitas habituales (viajeros, que no turistas). Signo de los tiempos, llevan el negocio un par de chicas pertenecientes a la última gran oleada demográfica incorporada al rompeolas de las Españas, que decían antes: una joven latinoamericana probablemente caribeña y una probable africana de –impresionante- aspecto etíope. La carta, sin embargo, no ofrece ninguna aportación caribeña o abisinia; quizás en la próxima generación. Como es habitual de unos años a esta parte, la tasca ofrece a su clientela los platos tradicionales de-toda-la-vida de Madrid, lo que significa que, aparte de cocido, callos y similares bajo diversas formas, hay numerosas aportaciones del norte y el sur de la península en interesante mestizaje, desde las croquetas de queso de Cabrales al “salmorejo a la madrileña”. Aunque dentro de un orden, porque se trata de una típica casa de comidas de Madrid exenta de servidumbres a la moda. Y todo está muy limpio pero como anclado en, pongamos, los años cincuenta.</p>
<p style="text-align: justify;">En el pequeño comedor al que me conduce la belleza de aire etíope –es decir, alta y esbelta, increíblemente elegante con su cuello grácil sobre el que reina una pequeña y hermosa cabeza de pelo rizado y piel más dorado-tostada que chocolate- hay media docena de mesas y sólo dos están ocupadas. Conociendo los absurdos horarios de que hacen gala los nativos de Madrid, he tenido la precaución de llegar temprano para comer sin esperas ni agobios en una ciudad donde la gente se sienta alegremente a la mesa dominical a las tres y media e incluso más tarde, a la hora de la siesta.</p>
<p style="text-align: justify;">Las paredes del comedor están alicatadas de colorines hasta media altura y la ventana bajo la que me siento es exactamente igual a la primera que hubo en la cocina de mis padres, con marcos de madera biselados, cerrajería de latón y cristales traslúcidos de textura rugosa. Nada que ver con las últimas tendencias. Altamente improbable que un lugar así sorprenda en la sección de cocina o <em>fashion</em> de los <em>colorines</em> de fin de semana, como los que traigo conmigo para amenizar la espera y saber de esos mundos del periodismo, tan remotos. Pero el vino de la casa es un Ribera de Duero joven y decente que, cosa no tan frecuente en Madrid en los bares sin pretensiones (e incluso o sobre todo en algunos de éstos), llega servido a la temperatura adecuada. Una caña bien tirada para entretener la lectura de la carta y decidir qué va a caer al plato, y todo marcha sobre ruedas.</p>
<p style="text-align: justify;">Las tabernas clásicas de barrio muestran como pocos observatorios el <em>ser social</em> de esta ciudad, de la que muchos maldicen y que muchos más cientos de miles abandonan en masa en cuanto cae un puente o cualquier excusa, pero que para mí siempre ha sido acogedora y divertida (y deben opinar lo mismo los muchos donostiarras con los que doy en calles y plazas). Esta <em>casa de comidas</em> muestra, por ejemplo, su admirable y al parecer inagotable capacidad de absorción humana, de formación de una sociedad muy típica precisamente porque no pretende serlo, surgida de sumar e incluir gente venida de todas partes. Si antes esas partes eran las españolas, luego algunas latinoamericanas y ahora de todo el mundo –como sucede con este par de beldades ya plenamente madrileñas precisamente por haber nacido tan lejos-, la fórmula para conseguir esa integración ha sido siempre la misma: no preguntar a nadie de dónde es. No por falta de curiosidad –pues sí se preguntan otras cosas, incluso demasiadas-, sino por saber que ese dato es trivial, carece de relevancia. Pues, ¿qué más te da saber de dónde viene alguien, comparado con saber de sus gustos o intereses de cualquier tipo?</p>
<p style="text-align: justify;">Veamos en vivo cómo funciona este proceso. Comparto comedor con una pareja joven y un trío de dos adultos maduros y un chico. Los jóvenes se marchan pronto, pero al poco nuevas mesas se ocupan con otros dos tríos muy parecidos a éste. ¿Será casualidad? Prestando un poco de atención en el sosegado comedor, el comensal descubre, por su idioma, que el primer trío es valenciano. Tienen toda la pinta de ser unos padres solícitos con su vástago universitario, invitado a comer ese domingo como despedida para el tramo final del curso. Los dos tríos recién llegados, más próximos a mi mesa, repiten ese patrón: un par de vascos con su hijo –el padre le dice a la madre al leer la carta: “mira, hay esto, como en Bilbao”-, que explica lo bien que se lo está pasando en la facultad, y un par de andaluces, de marcado acento, con su chaval. Los tres jóvenes, el valenciano, el vasco y el andaluz, deben haberse matriculado en cualquiera de las universidades de Madrid. No porque no las haya en su ciudad de origen, sino porque han tenido el buen criterio, y la suerte, de aprovechar la oportunidad para escapar del nido y conocer mundo. Aunque papá y mamá les invitan a comer, mañana, hoy, se despedirán de ellos y pasarán a ese nuevo mundo en constante recreación del que ya son agentes activos. En mi época, hacia 1975, habrían probado a estudiar en Barcelona, donde estaban las universidades más famosas y atractivas por el –entonces- ambiente cosmopolita de la urbe catalana, pero eso es cosa del pasado. Madrid ha ganado la batalla cultural a Barcelona simplemente, casi, por haber sabido desterrar esa pregunta tan urgente para los nacionalistas: “y tú, ¿de dónde eres?” (para, a continuación, reclamar complicidades a los nativos o impartir al foráneo un conferencia sobre las sagradas particularidades de su identidad).</p>
<p style="text-align: justify;">La gran particularidad de Madrid es la de carecer de particularismo, más allá de algunos elementos anecdóticos que a los de fuera nos resultan más divertidos que molestos, exactamente al revés de lo que sucede en las cada vez más insufribles “comunidades históricas” (¿y cuál no lo es o se postula para serlo?). Gracias a eso, Madrid, la sociedad de esta ciudad, se ha convertido en una excepción a la tendencia dominante en España, una fuerza que tira en sentido contrario y por tanto en la última esperanza de redención contra el naufragio en la trivialidad elevada al rango de categoría. Por fortuna, tiene el suficiente tamaño y potencia para superar con éxito el pegajoso asedio del artificioso particularismo de la “España multinacional”, donde lo mezquino nunca es lo suficientemente mezquino y siempre tiende a empeorar. Y uno se marcha de esa tasca tan madrileña, precisamente por la variedad humana que acoge –las chicas emigrantes, los comensales viajeros y hasta su par de americanos tomándose unas cañas junto a la puerta-, con la esperanza de que esta de suma y sigue sea la España real que acabará abriéndose paso y emergiendo, a pesar de los pesares, entre esa marea negra compuesta de logreros, caraduras y mentecatos cainitas o paletos que dominan el cotarro patrio, incluyendo a las fuerzas vivas de la Capital, que no de Madrid (conviene distinguir ambas cosas, la Corte y la Villa). Siempre nos quedará, a los foráneos o madrileños a tiempo parcial, la perfecta desconexión que representa volver unos días a nuestros lugares de origen para marcharnos en cuanto fastidie demasiado su particularidad. Un día de estos cuento cómo son las cosas, por ejemplo, en mi ciudad de bolsillo, San Sebastián, donde es tan estupendo llegar a pasar unos días o semanas como marcharse una vez bien pasados. Entre tanto, ¿no es una suerte inmerecida vivir a caballo de estos dos mundos? Sí, entre la sociedad abierta (y sus enemigos) y la sociedad gastronómica (y sus indigestiones).</p>
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		<title>El PP se pasa la xenofobia y al populismo</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jan 2010 04:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El PP parece empeñado en ratificar que ya es “la peor oposición” de la breve historia democrática española. Y no se trata de una mera cuestión de estilo. No, si acusamos al PP de hacer la peor oposición posible es porque elude sistemáticamente los problemas de fondo, en los que no tiene una posición muy diferente al PSOE (ley electoral, reforma de la Constitución, de la educación, del modelo territorial, etc.), para refugiarse en el oportunismo demoscópico, esto es, en tratar de abanderar causas de moda que, o bien son irrelevantes para resolver los problemas de fondo o, lo que es peor, conseguirán agravarlos. La última de estas cortinas de humo oportunistas es la subida a esa nave de los locos que es la xenofobia. Porque proponer políticas activas contra los inmigrantes, con o sin papeles, no es otra cosa que xenofobia. Eso es proponer “contratos morales” especiales para los inmigrantes legales, como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El PP parece empeñado en ratificar que ya es “la peor oposición” de la breve historia democrática española. Y no se trata de una mera cuestión de estilo. No, si acusamos al PP de hacer la peor oposición posible es porque elude sistemáticamente los problemas de fondo, en los que no tiene una posición muy diferente al PSOE (ley electoral, reforma de la Constitución, de la educación, del modelo territorial, etc.), para refugiarse en el oportunismo demoscópico, esto es, en tratar de abanderar causas de moda que, o bien son irrelevantes para resolver los problemas de fondo o, lo que es peor, conseguirán agravarlos. La última de estas cortinas de humo oportunistas es la subida a esa nave de los locos que es la xenofobia. Porque proponer políticas activas contra los inmigrantes, con o sin papeles, no es otra cosa que xenofobia. Eso es proponer “contratos morales” especiales para los inmigrantes legales, como si tuvieran obligaciones especiales -de las que están exentos, en cambio, los cargos corruptos del PP-, y de reconsiderar la <em>obligación legal</em> de los ayuntamientos de <em>empadronar a todos los habitantes de la localidad</em>, tengan visado o no o duerman de tres en tres en habitaciones de doce metros cuadrados (con suerte).</p>
<p style="text-align: justify;">Repitámoslo, a ver si a base de insistir cunde la idea: un emigrante que cumpla todas las leyes del país de acogida no tiene ninguna otra obligación que no tengan los ciudadanos del mismo; todos los seres humanos tienen derechos básicos intocables, aunque no tengan visado; la obligación de empadronar también a los que no tiene visado atiende al interés general, y si un ayuntamiento tiene cien mil habitantes reales esos son los que deben figurar en el padrón, aunque el 10% carezca de visado. Estos pueden ser expulsados legalmente del país, pero sin ser privados hasta entonces de sus derechos básicos ni de servicios que los materialicen, como educación para sus hijos o atención sanitaria si la necesitan. Por eso el PP hace muy mal al proponer retorcidas necedades como un “contrato moral” (¿a qué diablos puede obligar?) que sólo sirve para alentar las sospechas xenófobas, y cuando pone en solfa una obligación muy sensata del padrón municipal que, por cierto, impuso Mariano Rajoy cuando era ministro del Interior (<em>o tempora o mores</em>) en atención al interés general: saber dónde están todos los extranjeros que viven en el país, hayan entrado en <em>bussines</em> o en patera.</p>
<p style="text-align: justify;">Muchas voces alertan de que no deja de ser verdad que los servicios sociales no estaban preparados para atender adecuadamente el aumento de población de las zonas más receptoras de inmigrantes, de modo que algunos centros escolares públicos se convierten en guetos de niños con costumbres problemáticas, o que los servicios de urgencias de los hospitales parecen abarrotados por nuevos vecinos que en algunos casos recurren a la sanidad gratuita con escasa prudencia, y otras denuncias semejantes de personas conocedoras de lo que hablan y nada xenófobas ni populistas. De acuerdo, afrontemos el problema comenzando por las causas. Cuando un hospital o un centro escolar, o todo un barrio, se satura o degrada por la avalancha, ¿a quién hacemos responsable: al emigrante llegado a trabajar en lo que se le ofrezca, o a las administraciones incapaces de tomar previsiones mientras alentaban la inmigración masiva, incluso sin papeles, para alimentar la demanda de mano de obra barata y poco cualificada del fallido modelo económico español?</p>
<p style="text-align: justify;">Pero donde el dislate xenófobo-populista llega al apogeo es en declaraciones como las de Alicia Sánchez-Camacho, según la cual <em>&#8220;en Cataluña y España no cabemos todos&#8221;</em>. ¿Nos dirá, pues, quiénes sobran y deben ser expulsados? Y lo dice para abrir campaña electoral en una comunidad, Cataluña, donde al nacionalismo etnolingüístico que tampoco encuentra sitio para los españoles que no saben catalán y para los catalanes no nacionalistas o aficionados al uso del español con preferencia al catalán o conjuntamente con éste (bilingües, vaya). Viejo problema al que se ha sumado ahora una plataforma, PxC, de <a href="http://www.pxcatalunya.com/webnormal/" target="_self">ideología puramente xenófoba</a> (y al que todos los pronósticos electorales dan buenas perspectivas de entrar en el Parlamento catalán). Impresionante deriva. Junto a la unanimidad de los medios de comunicación catalanes (con perdón) con la editorial del no al Constitucional (como si hiciera falta pararlo), la alienación del PP catalán con los nacionalistas y xenófobos regionales expresa otro avance de la berlusconización de Cataluña (con aspirante al título de Berlusconi catalán en la figura del presidente balompédico Laporta).</p>
<p style="text-align: justify;">En resumen: mientras resulta inútil esperar al PP para las grandes reformas urgentes, de la económica a la educativa pasando por la constitucional y electoral, he aquí que el partido que aspira a suceder al PSOE disputa el menguante voto catalán a lo peor de esa comunidad identificándose con él. Estamos en plena caída de una democracia con problemas nacionales a un régimen de nacionalismos desbocados.</p>
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		<title>La naturalidad de la xenofobia</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 04:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<category><![CDATA[crisis económica]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Era de prever que actitudes xenófobas como la del ayuntamiento de Vich o el de Torrejón de Ardoz iban a brotar tarde o temprano. Es más, me parece notable que hayan tardado tanto en aparecer, y más en una crisis económica y laboral tan severa como la que atravesamos. Había varias razones para este pronóstico: cosas así ya han pasado en otros países con mucha inmigración, y es una reacción política populista muy rentable para quien la perpetra. Porque, no nos hagamos ilusiones al respecto, la xenofobia es un instinto muy arraigado en la mente humana, o lo que es lo mismo, es una pasión –baja- de lo más natural. Lo culto es tratar de vencer nuestro natural instinto xenófobo y combatir sus excesos. Porque la xenofobia, como otras fobias parecidas –el antisemitismo, el racismo o la homofobia-, es uno de esos aspectos de la naturaleza humana ordinaria que debemos esforzarnos por minimizar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Era de prever que actitudes xenófobas como la del ayuntamiento de Vich o el de Torrejón de Ardoz iban a brotar tarde o temprano. Es más, me parece notable que hayan tardado tanto en aparecer, y más en una crisis económica y laboral tan severa como la que atravesamos. Había varias razones para este pronóstico: cosas así ya han pasado en otros países con mucha inmigración, y es una reacción política populista muy rentable para quien la perpetra. Porque, no nos hagamos ilusiones al respecto, la xenofobia es un instinto muy arraigado en la mente humana, o lo que es lo mismo, es una pasión –baja- de lo más natural. Lo <em>culto</em> es tratar de vencer nuestro natural instinto xenófobo y combatir sus excesos. Porque la xenofobia, como otras fobias parecidas –el antisemitismo, el racismo o la homofobia-, es uno de esos aspectos de la naturaleza humana ordinaria que debemos esforzarnos por minimizar en lo posible. Su erradicación ya es algo más problemático, si no quimérico.</p>
<p style="text-align: justify;">A la actual idolatría de la naturaleza, con tantas expresiones a día de hoy –del ecofundamentalismo a la nueva religión del cambio climático (¡he leído que López Uralde era un “mártir del clima” por su detención en Copenhaghe!)-, puede chocarle, o algo peor, hacer responsable a la naturaleza de la xenofobia, considerando esa baja pasión como un instinto más que como una noción ideológica o una convención cultural. Pero es muy difícil refutar el hecho de que la práctica totalidad de las comunidades humanas documentadas, sea por la historia o por la antropología, e incluso por la experiencia viajera de cada cual, albergan una profunda desconfianza, que puede llegar al odio más irracional, por “los otros”, es decir, por el extranjero. Un elocuente ejemplo de esta tendencia es el hecho de cada comunidad llamara a su vecina con un nombre despectivo que señalaba algún presunto defecto o tara de esos tipos no del todo humanos. Incluso en la civilizadísima Atenas de Pericles la condición de <em>meteko</em>, descendiente de un extranjero, era motivo suficiente para quedar excluido de la ciudadanía, reservada a los varones de las supuestas familias autóctonas. La idea de la igualdad radical de todos los seres humanos ha sido siempre muy minoritaria o más bien parcial (los cristianos y musulmanes sólo consideraban, o siguen considerando, realmente iguales a los fieles de la comunidad, excluyendo a herejes, paganos e infieles), hasta que la Ilustración la proclamó con un carácter realmente universal. Así pues, las ideologías xenófobas o abiertamente racistas se han reducido, por lo general, a algo tan fácil como dar una carta de naturaleza supuestamente respetable, política, a lo que no son sino prejuicios, fobias y miedos reaccionarios contra los ajenos a la propia tribu, sea ésta pequeña o se trate de una comunidad enorme. Siguiendo el llamado “síndrome del gallinero” -todas las gallinas tienen una o varias a las que picotear agresivamente, excepto la de más bajo rango-, incluso las comunidades marginadas y despreciadas desprecian y marginan a su vez a las que consideran inferiores.</p>
<p style="text-align: justify;">La buena educación no es, sin duda, suficiente para por lo menos avergonzarse y renegar de las emociones xenófobas que albergamos más o menos secretamente, pero tampoco parece haber duda de que es condición necesaria para ello. Esta es la razón de que en los países occidentales los sectores sociales más abiertamente xenófobos suelan coincidir con harta facilidad con los de menor educación. Trasladado a la política, este fenómeno social implica fórmulas populistas muy peligrosas para la libertad y la igualdad, es decir, para la democracia. Así, un modo de ganar un buen montón de votos allí donde la gente cree que hay demasiada emigración o extranjeros asentados –percepción que muchas veces resulta más subjetiva que otra cosa- es proponer la institucionalización de su marginación, privando a los extranjeros de algunos derechos reservados a los nativos. Por ejemplo, servicios básicos universales como la educación obligatoria y la atención sanitaria, que pueden negarse a quienes no estén empadronados. El reciente progreso de las fuerzas políticas populistas y nacionalistas en Francia, Holanda, Gran Bretaña o Italia ha seguido esa sencilla senda: atraer los votos que antes solía llevarse la izquierda –desempleados, trabajadores poco cualificados, jóvenes, pensionistas- asegurándoles que los emigrantes no iban a quitarles nunca más <em>su</em> trabajo, <em>sus</em> casas o <em>sus</em> servicios sociales. Huelga decir que sin referirse nunca a la aportación indispensable de esos inmigrantes, legales o no, al desarrollo económico que permite mantener esos servicios públicos.</p>
<p style="text-align: justify;">La decadencia de la izquierda tradicional también puede favorecer movimientos populistas xenófobos en España, si no lo está haciendo ya. La derecha tradicional también tiene fácil, como se ha visto en Italia y en menor medida en Francia, la caída en la xenofobia militante por su tradicional poca fe en valores como el universalismo cultural o la igualdad. Los casos de Vich o Torrejón podrían ser, por eso mismo, la cima de un iceberg con mucha masa sumergida por manifestarse. Hay que estar atentos a esta posibilidad, y tratar de atajarla cada vez que esté en nuestra mano. Máxime cuando todas las previsiones económicas coinciden en que el desempleo y el déficit público se van a mantener muy altos durante muchos años, aunque mejoren algunos indicadores económicos que permitan a los gobiernos hablar, engañando de nuevo, del &#8220;fin de la crisis&#8221;. En semejantes condiciones, los inmigrantes tienen todas las papeletas para convertirse en chivos expiatorios del malestar social.</p>
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