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	<title>Carlos Martínez Gorriarán &#187; globalización</title>
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		<title>Un mundo unificado por una civilización común</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Feb 2011 04:15:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El debate sobre los beneficios y perjuicios de internet es recurrente y predecible. Ha ocurrido lo mismo a lo largo de la historia cada vez que ha aparecido un nuevo medio de comunicación e información, y esta vez no iba a ser diferente. Platón, en la histórica transición de una cultura esencialmente oral a otra mucho más dependiente de la escritura, sucedido en su época en Grecia, advirtió contra los peligros de que ésta debilitara la capacidad de pensar (dialéctica) al sustituir el esfuerzo de reflexionar y recordar por la comodidad de conservar en libros ideas que podían poseerse, pero realmente no se comprendían. Cada vez que tropiezo con alguien que presume de sus muchos libros, como si poseerlos equivaliera a comprenderlos, reconozco que Platón tenía sus razones para alarmarse, pero también que esa actitud a la defensiva es la característica del pensamiento reaccionario (totalitario, para Popper). Ocurrió lo mismo con la irrupción [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El debate sobre los beneficios y perjuicios de internet es recurrente y predecible. Ha ocurrido lo mismo a lo largo de la historia cada vez que ha aparecido un nuevo medio de comunicación e información, y esta vez no iba a ser diferente. Platón, en la histórica transición de una cultura esencialmente oral a otra mucho más dependiente de la escritura, sucedido en su época en Grecia, advirtió contra los peligros de que ésta debilitara la capacidad de pensar (dialéctica) al sustituir el esfuerzo de reflexionar y recordar por la comodidad de conservar en libros ideas que podían poseerse, pero realmente no se <em>comprendían</em>. Cada vez que tropiezo con alguien que presume de sus muchos libros, como si poseerlos equivaliera a comprenderlos, reconozco que Platón tenía sus razones para alarmarse, pero también que esa actitud a la defensiva es la característica del pensamiento reaccionario (totalitario, para Popper). Ocurrió lo mismo con la irrupción de la imprenta, que muchos denunciaron como un nuevo mal para el conocimiento porque facilitaba su divulgación; luego pasó lo mismo con la extensión de las traducciones de la Biblia a lenguas comunes, con la divulgación de las enciclopedias, con la irrupción de la prensa barata y masiva, y finalmente con la aparición de la radio y la televisión comerciales. Cada vez que aparece un nuevo medio capaz de transformar en profundidad la comunicación o la conservación y producción de información, aparecen desinteresadas o interesadas almas afligidas por el cambio para advertirnos contra los peligros ominosos que les van unidos. Los apocalípticos (e integrados) analizados por Umberto Eco en uno de sus libros más logrados.</p>
<p style="text-align: justify;">El último <a href="http://blogs.elpais.com/trending-topics/" target="_blank">debate de moda</a> sobre internet es sobre si la proliferación de herramientas que requieren atención personal –blogs, webs, redes sociales, correo electrónico- no nos estará volviendo más tontos que cuando no existían tales distracciones. Dudo de que una herramienta informativa haga más tonto a quien ya lo sea o que atonte a personas inteligentes. Más allá de la interacción de estas herramientas y hábitos de uso con la evolución fisiológica de nuestras capacidades cognitivas, <strong>está demostrado que facilitar el acceso a más información es fundamental para el progreso de la cultura</strong>. Así, es evidente que el uso masivo de la escritura hizo retroceder mucho el entrenamiento exigente de la memoria, pero no nos hizo más <em>desmemoriados</em>, sino más autónomos de la memoria personal y colectiva.</p>
<p style="text-align: justify;">Donde mejor se aprecia en qué medida internet es un medio revolucionario de comunicación –me gustaría de paso subrayar que también <em>es un medio</em>, hay cierta tendencia a negar esta evidencia- es en el terreno de la lucha política. Aquí internet ha significado una auténtica revolución, y no tanto por el contenido de las reivindicaciones políticas como por la forma de transmitirlas, practicarlas y extenderlas. Algo que han comprendido muy bien los gobiernos autoritarios de Cuba, Irán o China, prohibiendo a sus súbditos el acceso universal a internet como medida de preservación de sus dictaduras. Sin lograr impedir, empero, que la ejemplar ciberactivista cubana Yoani Sánchez pueda reflexionar <a href="http://www.elpais.com/articulo/opinion/lejos/Cairo/elpepuopi/20110205elpepiopi_5/Tes" target="_blank">desde La Habana</a> sobre la rebelión democrática en Egipto y otros países árabes. Como también descubrió tarde el gobierno de Mubarak, es posible desconectar internet pero no impedir por completo que los usuarios más avezados encuentren formas de seguir conectados con la ubicua red. Basta con un móvil actualizado y saber usarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Por mi parte desconfío del romanticismo tecnológico de quienes creen que lo revolucionario de internet es que abole todas las barreras que separaban al género humano porque habría dejado de ser un medio para crear un espacio virtual libérrimo, o que constituye el germen de una democracia ácrata sin precedentes, mediadores ni representantes. La cosa no va por ahí. Lo revolucionario, en mi opinión, es que <strong>internet ha sustituido ventajosamente a los medios de comunicación tradicionales al instaurar un feed-back instantáneo imposible en aquéllos</strong>: ha terminado con la comunicación basada en la retroalimentación diferida, es decir, con la que incorpora una demora inevitable entre la emisión de una comunicación, su recepción social y sus consecuencias prácticas. Ahora es posible saber casi instantáneamente qué está sucediendo en cualquier lugar del mundo e incluso tratar de participar de algún modo en ello. Esta instantaneidad es la que comunicó a Egipto los disturbios de Túnez que consiguieron expulsar al sátrapa Ben Ali. Y al suprimir la diferencia de rol entre emisores y receptores, pues gracias a los blogs y redes sociales o sms cualquier emisor puede ser a la vez receptor, y viceversa, el efecto de la instantaneidad de la comunicación se multiplica potencialmente por tantas personas como estén conectadas a la red en algún sitio y momento.</p>
<p style="text-align: justify;">La filtración de los papeles de Wikileaks llevó a muchos gurús del periodismo a advertir, con melancólicos tintes platónicos, que una cosa es pasar información y otra hacer periodismo (una diferencia cada vez más percibida por la gente, pero en sentido contrario al propuesto), pero no se trata de esto. Es evidente que una convocatoria para manifestarse en un punto a una hora dada, pasada por las redes sociales, no tiene nada que ver con un análisis sesudo del porqué de esa iniciativa y de sus consecuencias, pero es que nadie con sentido común confundirá una cosa con otra. La novedad radica en que ahora todos los interesados pueden saber, con sólo tener un teléfono móvil, si existe esa convocatoria y si deciden unirse a la misma o no, con efectos de inmediatez y sorpresa imposibles en los tiempos en que organizar una manifestación requería reuniones, imprimir octavillas y repartirlas, etc.</p>
<p style="text-align: justify;">Por lo demás, el contenido de <strong>las reivindicaciones políticas de los manifestantes de Túnez o El Cairo</strong> no son novedosas en absoluto, ni parecen <em>atontadas</em> por internet. Todo lo contrario, <strong>reivindican lo característico de cualquier movimiento cívico y democrático: limpiar el sistema de corrupción, instituciones eficaces, gestión más transparente, respeto real a los derechos humanos y políticos básicos</strong>. El elemento religioso vinculado al islamismo ha tenido poco o ningún protagonismo pese al indudable arraigo y poder de los grupos de ese signo ideológico. ¿Tiene que ver algo internet con esa indudable secularización de las protestas políticas? Creo que sí: el acceso a la información de cualquier lugar del mundo a través de internet ha propiciado que los jóvenes y profesionales que han encabezado las protestas exijan para sí mismos y sus sociedades lo que tienen otras que conocen todo lo bien que permite un medio de comunicación en red. Un fenómeno que ya emergió en Irán o China, y reprimido por sus respectivas dictaduras, no por casualidad, como un indeseable brote de “occidentalización” política y cultural.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Está <em>occidentalizando</em> el mundo internet? Eso es lo que pretenden hacer creer y temer los partidarios del localismo, el nacionalismo y los particularismos de toda ralea. La realidad es que estamos asistiendo a la instauración de un mundo donde siguen conviviendo culturas diferentes, pero ahora inmersas en una civilización unificada. Porque es evidente que Al Jazeera hace televisión de un modo similar a la CNN, y que el uso de las redes sociales en Egipto, Sudáfrica o Rusia es idéntico, salvo en la extensión de su uso social, al vigente en España, Estados Unidos o Suecia. Y sería idéntico en China, Cuba o Irán si los gobiernos dictatoriales de esos países permitieran el libre acceso a las herramientas de información que brinda internet. Eso es lo más revolucionario que está sucediendo: que no sólo muchísima gente de culturas y lenguas diferentes puede acceder a la vez a la misma información, sino que además esa misma información significa lo mismo para todos ellos en cuanto que valores políticos y sociales. Es mucho más fácil entender qué es eso de <strong>la libertad y la igualdad</strong> cuando lo ves no como un valor abstracto y retórico contenido en las constituciones políticas, sino como <strong>algo que hacen millones de personas semejantes a ti en todo el ancho mundo: libre acceso a la comunicación e igualdad de oportunidades de acceso a la información y la educación</strong>.</p>
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		<title>Haití: una catástrofe y una oportunidad</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jan 2010 04:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[democracia y pobreza]]></category>
		<category><![CDATA[globalización]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Las apocalípticas noticias llegadas de Haití se comentan por sí solas.  Catástrofes semejantes a “golpes como del odio de Dios”, que dijera César Vallejo, y que son simplemente sobrecogedoras en el sentido más elemental del término. Lo que debemos hacer es preguntarnos qué se puede hacer al respecto. No podemos evitar que haya terremotos devastadores –ni siquiera Zapatero podría prohibirlos con una Ley anti-seísmos-, pero se pueden tomar muchas medidas preventivas que disminuyan los daños, reparen cuanto antes las ruinas y permitan reanudar, en la medida de lo posible, la vida cotidiana de que aquellos que no padezcan pérdidas irreparables. Haití no sólo está situado en una zona de alta sismicidad, sino que además es el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo. La tragedia que desencadena un gran terremoto en cualquier sitio densamente habitado se multiplica muchas veces cuando, además, afecta un espacio tan paupérrimo como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Las apocalípticas noticias llegadas de Haití se comentan por sí solas.  Catástrofes semejantes a “golpes como del odio de Dios”, que dijera César Vallejo, y que son simplemente sobrecogedoras en el sentido más elemental del término. Lo que debemos hacer es preguntarnos qué se puede hacer al respecto. No podemos evitar que haya terremotos devastadores –ni siquiera Zapatero podría prohibirlos con una Ley anti-seísmos-, pero se pueden tomar muchas medidas preventivas que disminuyan los daños, reparen cuanto antes las ruinas y permitan reanudar, en la medida de lo posible, la vida cotidiana de que aquellos que no padezcan pérdidas irreparables. Haití no sólo está situado en una zona de alta sismicidad, sino que además es el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo. La tragedia que desencadena un gran terremoto en cualquier sitio densamente habitado se multiplica muchas veces cuando, además, afecta un espacio tan paupérrimo como el haitiano. El escandaloso contraste entre los efectos de un gran terremoto en Haití o, por ejemplo, en Japón –en otra de las regiones más sísmicas del mundo-, demuestra que la pobreza de causa humana multiplica muchas veces las tragedias naturales. Y así, un terremoto que en Japón puede dejar algunas docenas de muertos deja tras de sí docenas de miles en Haití, donde se habla de cientos de miles; de confirmarse, convertiría este desastre natural y socioeconómico en el peor de la historia.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin embargo, esta catástrofe nos ofrece una oportunidad –sin duda indeseable- para comprobar si el mundo ha cambiado tanto como queremos creer, o para empujar algo el cambio en la buena dirección.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya no existen grandes bloques geoestratégicos enfrentados como durante la Guerra Fría, y la reconstrucción de un país de las dimensiones de Haití es perfectamente viable y asumible para la economía globalizada de nuestros días. Además debe ser una reconstrucción a (y de la) conciencia, que se ocupe no sólo de los daños materiales, sino que emprenda la reconstrucción de las instituciones públicas cuyo fracaso o colapso está en la raíz de la extraordinaria catástrofe que ha significado el terremoto. Haití es el primer Estado de América del Sur que conquistó su independencia de, la metrópoli, Francia, en 1804. Y gracias a una revolución de inspiración ilustrada, al modo también de la metrópoli, liderada por los descendientes de los esclavos de origen africano. Por desgracia, la evolución posterior frustró las expectativas emancipadoras alumbradas por Toussaint-Louvertoure y su gente, autores de una temprana Constitución republicana en 1801. Como tantos otros, Haití es un Estado fracasado, incapaz a día de hoy para tomar por sí mismo las riendas de su rescate. Y como tantos otros, buena parte de la responsabilidad de ese fracaso corresponde, además de a los propios haitianos, a los países poderosos que sólo buscaron asegurar su hegemonía en la región, apoyando la instauración de la ignorancia y la miseria.</p>
<p style="text-align: justify;">En las últimas décadas se ha hablado mucho de la injerencia humanitaria, la obligación moral de intervenir en aquellos lugares asolados por catástrofes de origen político para ayudar a la población víctima y restaurar al menos los derechos básicos. Se utilizó mucho para justificar la intervención en la exYugoslavia y otros lugares. Pues bien, ahora se presenta la oportunidad de acometer una injerencia humanitaria pacífica que no sólo reconstruya físicamente Haití, sino que ayude a sus nacionales a restaurar su Estado arruinado. No sólo Estados Unidos, Brasil o la Unión Europea, sino también China, India y los demás países solventes deberían acordar una acción en este sentido. Además de enterrar a la muchedumbre de muertos y cuidar a los heridos, darles casas y reconstruir –en muchos casos, construir por primera vez- infraestructuras civilizadas, hay que adoptar medidas para asegurar que la sociedad haitiana pueda contar con los mínimos elementos de educación, economía e instituciones públicas y servicios sociales que convierta a Haití en un Estado de verdad. Pobre quizás pero no misérrimo, viable y capaz de desarrollarse sin recaer en la neoesclavitud de la cleptocracia y el bandidaje escudado en la política. De ese modo, cuando en el futuro otro terremoto sacuda la isla –lo que ocurrirá tarde o temprano-, al menos no sacudirá ruinas y basura sobre gente desesperada y famélica, sino sobre ciudadanos capaces de ayudarse a sí mismos.</p>
<p style="text-align: justify;">Es, en fin, una oportunidad para extender la idea y principio de que en el mundo globalizado de nuestros días cualquier calamidad sufrida en una parte del planeta afecta negativamente, de un modo u otro, a absolutamente todos nosotros. Se trata de elegir entre la xenofobia a la catalana del ayuntamiento de Vich, que ha elegido la vía de hacer invisibles a sus marginados negándoles el papel de empadronamiento que les permite recibir al menos educación y asistencia médica, y una nueva conciencia global de que la pobreza causada por el fracaso del Estado es un problema de todos que todos debemos resolver en la medida de nuestras posibilidades. Al fin y al cabo, ¿no es la solidaridad amor propio bien entendido?</p>
<p style="text-align: justify;">Y un estupendo artículo <a href="http://www.fronterad.com/?q=node/558&amp;page=0,0" target="_blank">sobre Haití de Paco Gómez Nadal</a></p>
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