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Esta es la frase con la que Felipe González cierra su reflexión –es un decir- sobre la posibilidad que tuvo de ordenar el asesinato de toda la cúpula de ETA hacia 1992. La revelación aparece en el curso de un largo diálogo con Juan José Millás donde el periodista vuelve a dar prueba de su talento para transmitir algo que me parece difícil: la profunda inanidad de sujetos a los que él admira por su liderazgo político. Supongo que le sale sin querer, porque ya le pasó lo mismo con Zapatero (aunque sin rozar las sublimes cotas serviles de Suso de Toro): a la luz de sus declaraciones, el presunto asombro de las democracias occidentales resultaba ser un peligroso majadero.
De la lectura de las declaraciones voluntarias de Felipe González sobre su modo de abordar el asunto ETA (y GAL) emergen sobre todo dos ideas: una, que Felipe González quiere transmitir [...]







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