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La Constitución traicionada
Por CarlosMG - Uncategorized - 8 Diciembre 2009
Parece ocioso discutir estos días si la Constitución debe ser reformada o no, en primer lugar porque, como dijo bien claro Roberto Blanco Valdés en la memorable conferencia del pasado día 3, estamos inmersos en un proceso de reforma constitucional por la vía de los hechos consumados. Y quien lo está llevando a cabo no es otra que nuestra nunca bien ponderada clase política, prácticamente sin distinción de colores, pues todos los que han podido meter mano en la estructura constitucional desde sus baronías autonómicas lo han hecho con desinhibido entusiasmo. No hay ningún Estatuto de Autonomía de la segunda ola que no choque en algún punto o precepto importante con lo que dice la Constitución del 78, aunque todas las miradas se hayan dirigido al buque insignia de esta armada fantasma, el nuevo Estatuto de Cataluña. Desventajas de tomar la delantera en esta carrera a ninguna parte, donde la verdadera clave radica en la llamada “cláusula Camps” del nuevo Estatuto valenciano (disposición adicional segunda, punto 1), la que proclama que la comunidad valenciana no renuncia a ninguna competencia, ventaja o ganancia que consiga el Estatuto catalán, a ver qué se creían ustedes. Y ha sido nada menos que Esperanza Aguirre, la gran esperanza liberal de los que llaman “liberalismo” a la vacuidad, quien ha redondeado la lógica del dislate afirmando esto a propósito de la nueva financiación autonómica: lo que es bueno para Cataluña también es bueno para Madrid. Acabáramos: esperemos que al PP madrileño no se le ocurra un día de estos declarar al cheli lengua propia de la comunidad e iniciar su propia política de normalización lingüística (exigiendo al Estado que la sufrague).
La Constitución está siendo reformada a través de la aprobación de los Estatutos de Autonomía de segunda generación, este es un hecho indiscutible. Estas leyes están troceando el poder judicial único en diecisiete poderes judiciales autonómicos, están proclamando nuevos derechos distintos de los constitucionales -como el derecho de los catalanes al paisaje o el de los extremeños a su identidad (el día que se decrete cuál ha de ser)-, y están estableciendo formas de relación bilateral entre cada Comunidad y el Estado (que ya se coló subrepticiamente a través del régimen de Concierto Económico vasco y navarro, gracias al ridículo anacronismo de los “derechos históricos”). Desengañémonos: todas las comunidades irán reclamando lo que consiga Cataluña, que ya reclama lo que tienen el País Vasco y Navarra (y dos huevos duros, como el estatuto de nación, aunque sea recreativa o cultural, como sugiere un Peces-Barba definitivamente perdido en la banalidad). No falta mucho para que la igualdad de todos los ciudadanos de España sea un deseo tan piadoso como lo fuera bajo el régimen franquista, en que la libertad para muchas cosas vitales –desde abrir un negocio en otra comunidad hasta elegir la lengua vehicular en la educación- dependa de la voluntad discrecional del gobernante de turno. Tampoco para que la inviabilidad de un Estado como el que se está conformando sea evidente e incontestable; al menos, la crisis económica aclarará pronto este obscuro asunto. Así están las cosas, y el que no quiera verlas, el que niegue que estemos inmersos en un proceso de reforma constitucional, o no se entera de nada o sencillamente es un cínico redomado.
Ese es el problema: que el proceso de reforma constitucional al que asistimos como testigos casi mudos y enteramente impotentes es un proceso rebosante de cinismo, puesto que comienza negando la mayor, a saber, que el proceso mismo exista. Es por tanto una reforma a traición, pues no se ha sometido a debate en las instituciones parlamentarias, que son quienes deben abordar esa reforma, ni trasladado a los ciudadanos en el debate político. Es una estafa a la democracia en toda regla. Y a estas alturas, ¡todavía hay quien cree que el problema es que la Constitución no se aplica correctamente! ¿Pero qué Constitución no se aplica, cuál de ellas: la de 1978, o la Constitución paralela del mal llamado “cuerpo de constitucionalidad”, es decir, los Estatutos de Autonomía que la contradicen, desbordan y trivializan?
La única defensa jurídica elevada contra esta avalancha es la que Rodríguez Bereijo llamó, con ácida ironía, el recurso al “sin prejuicio de”, que permite aprobar leyes anticonstitucionales añadiendo esa muletilla milagrosa. Así se sancionan leyes de normalización lingüística que se ciscan en la Constitución, pero “sin prejuicio de que su aplicación deberá respetar lo que establezca la Constitución en materia de oficialidad de la lengua del Estado”, y otras fórmulas de salvaguarda tan eficaces para evitar el atropello como el “detente bala” de los requetés para desviar el proyectil enemigo.
Resulta, pues, patético, que todavía se nos pregunte si creemos que la Constitución debe ser reformada, y en qué aspectos, cuando lo está siendo de hecho mediante subterfugios de trilero político y jurídico. Y que PSOE y PP aseguren que todo va bien y que bastaría con algunos retoques de nada. Y que haya quien alega el miedo a que una verdadera reforma constitucional abra la puerta a la manipulación nacionalista… ¡Como si fueran PNV, CIU o ERC quienes están cambiando de arriba abajo el pacto constitucional! ¡Como si los responsables no fueran los partidos mayoritarios, auxiliados tan solo por sus socios nacionalistas! ¡Como si los nacionalistas no estuvieran viendo satisfecho su programa máximo gracias a la cobardía y oportunismo de PSOE y PP, y al miedo irracional e indocumentado de los que dicen que peor sería una Constitución federal auténtica, en vez de este artefacto sin tapón para el desagüe de su vaciamiento paulatino!
Dejémonos de componendas y embrollos: la Constitución la están cambiando a traición a golpe de Estatuto, y en un sentido confederal que es, por definición, insostenible e inviable (razón por la que el único Estado que se decía constitucionalmente confederal, Suiza, ha terminado evolucionando hacia un sistema federal). El ruido por las minucias y el miedo a las palabras está desviando la atención de la verdadera cuestión: nos están cambiando el país sin pedirnos permiso. Preocuparse en estas condiciones por si la Constitución no debe cambiarse alegremente, o por erradicar el vocablo “federal” del debate hurtado, es algo semejante a pedir el libro de reclamaciones durante naufragio del Titanic para protestar por las palabrotas de algunos marineros.
La piedra de toque catalana
Por CarlosMG - Uncategorized - 27 Noviembre 2009
El follón montado en torno al nuevo Estatut de Catalunya era perfectamente previsible, y de hecho fue previsto por muchos de nosotros. La irresponsabilidad manifiesta de Zapatero, un trilero de la política; el auge del pensamiento único nacionalista en Cataluña, promovido por un establishment incómodo con la democracia; la chapuza constitucional de que no exista un recurso previo de inconstitucionalidad para las leyes orgánicas (fuimos el primer partido que puso su implantación en el programa y que lo llevó al Congreso de los Diputados); la puesta de la administración de justicia al servicio de los partidos, cuya máxima expresión es la incompetencia e inoperancia del Tribunal Constitucional; la ambigüedad y oportunismo del PP al aprobar en otros estatutos de autonomía lo que ha recurrido en el catalán (como la “cláusula Camps” del estatuto valenciano), dando así razones a quienes claman que los catalanes son discriminados porque se les niega lo que se aprueba para otros, todos estos y otros factores han coincidido y puesto de manifiesto en el conflicto suscitado por la tramitación del nuevo estatuto catalán. Nadie debería sorprenderse por un drama perfectamente anunciado y cuyos elementos de explosiva mezcla estaban a la vista de todos.
Es verdad que ahora la cosa se ha enriquecido con el manifiesto titulado, con esencialismo nacionalista, “Por la dignidad de Cataluña”, publicado unánimemente por los periódicos catalanes en papel y algunos digitales. Esta sospechosa unanimidad es la consecuencia de la desaparición práctica de la prensa independiente, pues los grupos de comunicación actuales no sólo forman parte ellos mismos del establishment que debería ser objeto de su escrutinio crítico, sino que sencillamente es una prensa comprada mediante subvenciones y dádivas de todas clases, sea en forma de subvención directa, de gravosa publicidad institucional o de créditos de las cajas de ahorro que controlan los partidos (además de los anuncios de prostitución que encubren conductas delictivas). Es solamente la guinda que corona la pringosa tarta en que ha devenido la democracia fundada en la Transición. Hora es ya de cambiarla, pero para eso hace falta tener un plan.
Desde luego, no hace falta ni decir que negarse a acatar la resolución del TC, sea la que sea, es un ataque directo a las bases de la democracia. Incluso si aquella fuera favorable, lo que procedería es pedir la reforma de la Constitución para que no cupiera la maniobra a la que llevamos tantos años asistiendo: la reforma subrepticia y por la puerta trasera –y ahora, mediante los hechos consumados- de la ley suprema. Esta es, por cierto, la cuestión política más grave implicada en el proceso de reformas estatutarias iniciado en Cataluña: que a los ciudadanos españoles, a la nación constitucional, se le está cambiando la forma del Estado, y por tanto sus derechos y obligaciones, sin consultarles ni explicarles claramente lo que pasa. Con el Estatuto catalán, y con todos los demás aprobados en su huella y a su estilo, España se está convirtiendo en una confederación, ni más ni menos.
El “Estado de las autonomías”, ese eufemismo de urgencia para eludir la palabra “federal” (palabra maldita para cierta mentalidad intolerante demasiado extendida todavía en nuestro país), se está convirtiendo en algo completamente distinto, un agregado confederal de entidades de distinto poder, viabilidad y futuro, flojamente hilvanadas por un Estado cada vez más débil. Esto es lo que hay, y sobre lo que nadie nos ha preguntado nunca. En cualquier caso, Cataluña no es La Rioja ni Extremadura, para citar dos socios menores de la chapuza confederal en curso de gestación. Y si la minoría que domina Cataluña mediante el control de todos sus resortes institucionales, de la prensa “independiente” a los clubs de fútbol –minoría, sí, pues recordemos que el Estatut fue aprobado por menos del 36% de los catalanes con derecho a voto-, decide seguir adelante en la política de hechos consumados, negándose a aceptar cualquier resolución del TC que juzgue contraria a su “dignidad” (a su poder), ¿qué haría el gobierno del Estado presidido por Zapatero, un hombre de ilimitada capacidad para el error, la manipulación y el ridículo? Mejor no dar ideas.
Y aquí me parece oportuna una pequeña reflexión sobre la utilidad de ese Estado federal cooperativo que hemos aprobado en nuestro Congreso como modelo a debatir cuando se abra una verdadera reforma constitucional.
En un Estado federal nunca se habría abierto un proceso de reforma estatutaria como el que hemos sufrido, ni sería posible considerar siquiera el tipo de bilateralidad Estado-Cataluña que instaura el Estatuto recurrido. Para entendernos, es como si Texas, o California, aprobara una nueva Constitución estatal instaurando la bilateralidad confederal con el resto de los Estados Unidos: allí ya tuvieron una guerra civil por algo parecido, así que ¿se imagina alguien una situación semejante? En cambio, en la república federal de Alemania hemos asistido hace poco a una cesión de competencias de los lander en beneficio del gobierno federal, a pesar de que algunos de ellos podrían alegar haber sido en un pasado reciente auténticos Estados soberanos, como Baviera o Sajonia, por no hablar de Prusia. Esa es la ventaja del federalismo sobre el caos autonómico español: hay unas reglas claras, con límites a los que todo el mundo sabe que deberá atenerse salvo que desee dinamitar el país. Precisamente lo que está ocurriendo en España por carecer de reglas constitucionales claras e iguales para todos, y de límites inviolables para la rapacidad localista. Y que todavía haya quien no quiera entenderlo…






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