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El terrorista como gamberro

El Noticiero de las Ideas me publicó un artículo titulado ETA, final confuso. Data de la última tregua de la banda nacionalista homicida, y defiende la tesis de que ese final no iba a llegar por la negociación política o por el diálogo pacifista -tan bobo como bienintencionado-, ni tampoco por la autodisolución –imposible en una banda donde hace treinta años dejaron de pensar en algo distinto a cómo asesinar más y mejor-, sino por la inevitable deriva del terrorismo nacionalista al gamberrismo vulgar. Pues bien, parece que ese proceso ya está muy avanzado: muchos de los etarras detenidos estos días en feliz abundancia también son, según varios indicios, trapicheros de drogas al por menor. O, como en el último caso comentado con tanto regocijo, imbéciles al uso que se sacaban fotos con la camiseta de la selección nacional (española, por supuesto) para colgarla en su página de Facebook junto a enlaces a sus páginas abertzales favoritas y fotos de la última cogorza en la disco del pueblo. Lo único que diferencia a esta clase de terrorista de un gamberro vulgar es que todavía invoca móviles políticos para justificar su afición a divertirse mediante la violencia desenfrenada contra sus semejantes.

Como ha dicho con acierto Fernando Savater, el terrorismo ha entrado en su fase de completa trivialidad. Porque poner bombas o tratar de matar a otros es, para esa gente, otra forma de divertirse hasta reventar. En cierto modo, un destino prefigurado irónicamente en el lema de ETA: Jo ta ke, coloquial sintagma traducible como “dale que te pego”.

En mi papel no deseado de “etólogo” de cierta reputación en una época, acabé insistiendo en que la búsqueda de complicadas teorías para explicar la persistencia del terrorismo nacionalista era una tarea tan prescindible y vana como en el fondo contraproducente. Vana y prescindible porque el terrorismo nacionalista –a diferencia en esto del islamista, por ejemplo- es un fenómeno surgido de la absoluta carencia de frenos éticos y en un cálculo muy simple: si matar es rentable para tus fines, mata. Que esos fines sean, como es el caso, políticos, no cambia el hecho básico de que el móvil principal del terrorismo nacionalista es la pura, llana y simple utilidad, la obtención de ventajas sobre “el enemigo”. Las teorías alambicadas y barrocas no sólo complican la comprensión de este principio, sino que en muchos casos dan a los propios terroristas estupendas justificaciones por sus móviles inconscientes, históricos o antropológicos, argumentos retorcidos que impresionan a muchos cuando algún papanatas académico o mediático las esgrime en cualquiera de los muchos foros convocados para darle vueltas a algo tan simple como explicar por qué ETA lleva cincuenta años asesinando o tratando de hacerlo: porque sale rentable, es decir, produce beneficios asumiendo algún riesgo. Y otros, como el PNV y el nacionalismo en su conjunto, consiguen incluso muchos más beneficios con riesgo escaso o nulo… (forma de parasitismo que siempre ha soliviantado a ETA, pero esta es otra historia).

Nos les sorprenderá que quienes hemos postulado el minimalismo hermenéutico en relación con el terrorismo en general y ETA en particular dejáramos muy pronto de ser invitados a participar en las incontables mesas redondas, sesudos debates y espesos cursos de verano, por no hablar de informes magníficamente remunerados, donde aplaudidas nulidades explicaban la necesidad de encarar con valentía las razones antropológicas, psicoanalíticas o metahistóricas de la persistencia de la violencia, razones que inevitablemente conducían al diálogo y la negociación con los asesinos y cómplices. Quizás fue bueno, porque al no tener tiempo que perder visitando despachos o reputadas instituciones y perorando en tertulias, organizamos movimientos cívicos que dieron un buen empujón al fin de ETA exigiendo en la calle hacer lo único que cabe hacer: ponérselo tan caro y difícil que asesinar deje de ser rentable y se convierta en un mal negocio. Y en esas estamos. Es normal que los etarras actuales sean tan parecidos a gamberros de discoteca y pequeños delincuentes: no son los más listos ni aplicados de la clase.

La tendencia comenzó a manifestarse hace años. Cuando al nefasto Txelis, felizmente encarcelado, se le ocurrió a mediados de los noventa montar los grupos de kale borroka en el papel sicario de formación profesional juvenil del terrorismo adulto, también inició la recluta de los más brutos y torpes, llamados a hacerse cargo un día de la banda terrorista. Al poco tiempo comenzaron los casos de etarras detenidos por la policía por presumir de pistola en un bar de copas, o de aquel comando de cretinos a los que encomendaron un coche bomba para volar el diario El Correo, en Bilbao, pero primero lo usaron para regalarse un fin de semanas de copas y ligoteo, de modo que la grúa municipal se lo llevó al depósito por dejarlo mal aparcado en una calle muy animada.

El juez Baltasar Garzón, en su época más feliz –cuando se concentraba en la lucha contra el terrorismo y no contra el sentido común-, nos contó un día que mientras interrogaba en la Audiencia Nacional a un chaval de los del cóctel molotov trató de profundizar en sus móviles preguntándole por sus convicciones e ideas, su visión de la realidad, etc. El chaval dio un respingo y cortó el interrogatorio diciendo: “hombre, si vamos a hablar de política…!”  Él, como recomendaba Francisco Franco, nunca se metía en tales inutilidades.

A estas alturas, y en medio de este mes de febrero que para muchos de nosotros es una sucesión de duelos dolorosos (asesinatos de Fernando Múgica, José Luis López de la Calle, Joseba Pagazaurtundua, Francisco Tomás y Valiente…), produce cierta indignación melancólica comprobar cuánto se ha perdido y cuántos han muerto por el prestigio de teorías estúpidas que sólo enredaban y confundían el único sentido posible, en una democracia, conducente al fin de ETA. No es otro que aprobar las leyes apropiadas, como la Ley de Partidos, y aplicarlas sin titubeos a los delincuentes. Por desgracia, la naturaleza humana es tal, agravada por el defectuoso funcionamiento de nuestras instituciones y el escaso civismo de nuestra sociedad, que la imbecilidad no sólo está profundamente arraigada en ETA, sino también entre sus posibles víctimas. Y así hemos llegado a este punto en el que la banda se va deshaciendo más por la lógica interna de su inevitable degeneración que por haber reaccionado contra ella con decencia, civismo, racionalidad e integridad política. En fin, ya lo dice Homero en los primeros versos de La Odisea: los humanos atribuyen a los dioses muchos de los males que ellos mismos se infligen por su obstinada estupidez.

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ETA: ¿terrorismo residual o democracia inmadura?

Pronto sabremos si el Supremo juzga a los lehendakaris Juan José Ibarretxe (ex) y Patxi López por haberse reunido con Batasuna cuando esa cosa había sido no sólo ilegalizada, sino declarada parte de ETA. Corresponde a los magistrados del Supremo decidir si aplican la doctrina Botín, que inhabilita a la acusación popular para actuar en el caso, o la doctrina Atutxa dando la razón a Dignidad y Justicia, el colectivo que realmente ha impulsado la acusación popular, al igual que en el caso Egunkaria, una vez retirado el ministerio fiscal por mor de los intereses gubernamentales. Pero no pretendía reflexionar sobre el procedimiento a seguir respecto a López e Ibarretxe sino sobre el problema raíz, a saber: que España es el único Estado de la Unión Europea donde sigue activo, ininterrumpidamente, un grupo terrorista nacido hace nada menos que cincuenta años, y donde ese grupo consigue cada cierto tiempo que las instituciones le acepten como interlocutor válido para iniciar negociaciones políticas -como las emprendidas por ambos encausados- saltándose la legalidad y legitimidad democrática; la primera viene definida por las leyes, y la segunda por el ejercicio de los principios y reglas básicas de la democracia. Lo que conduce a la conclusión de que entrevistarse con ETA para negociar objetivos políticos de cualquier tipo implica una grave violación de las reglas básicas de la democracia, además de un flagrante incumplimiento de la legalidad.

Por supuesto, la defensa arguye que esas entrevistas buscaban objetivos tan altruistas y elevados como la consecución de la paz y el cese de la violencia, pero el problema es que esas entrevistas nunca se hubieran celebrado si Batasuna no fuera uno de los rostros de ETA, de manera que su mera celebración, lejos de alejar a la banda de sus objetivos, los favorecía (por ejemplo, admitiendo que el terrorismo era y es la expresión de un conflicto político provocado por la opresión del Estado en el País Vasco). Ibarretxe recibió a esa franquicia de ETA en su residencia oficial manifestando claramente su desobediencia a la ilegalización de ese partido, y López, cuando todavía sólo era candidato socialista a la lehendakaritza, en un hotel donostiarra y como parte de un “proceso de paz” que sólo sirvió para procurarnos dos calamidades: prolongar la vida de ETA dándole otro valioso respiro para reconstituirse, y deslegitimar a las instituciones de la democracia que ETA quiere aniquilar. Mira qué bien. Eso fue todo el logro. Un logro que revela la enfermedad infantil que la democracia española sigue sin superar: la incapacidad para respetar sus propias leyes y hacer funcionar como es debido a sus instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales. Como si siguiéramos anclados en 1976, basta con que los terroristas manifiesten su voluntad de diálogo para que todo se precipite en una sensación de provisionalidad, de pizarra en blanco y refundación… bajo el chantaje y la amenaza de la reanudación del asesinato.

Si esta enfermedad infantil se hubiera superado antes, ahora estaríamos hablando de ETA como un nefasto fenómeno del pasado, como de la dictadura misma. Pero han sido los propios actores políticos y las propias instituciones las que han contribuido a mantener con vida a la banda y a reanimarla cuando parecía decaída. Pensemos, por ejemplo, en la nefasta creación de los GAL desde los gobiernos de Felipe González, materializando la doctrina de “las dos violencias enfrentadas” del terrorismo de Estado y del terrorismo privado.

La persistencia de nuestra enfermedad, de esa especie de raquitismo institucional, fue de nuevo demostrada cuando, tras suscribirse el Pacto contra el Terrorismo y aprobar la Ley de Partidos, el Pacto se rompió en cuanto se presentó la ocasión y la Ley fue metida en el congelador en cuanto apareció el pretexto del inminente “fin dialogado de la violencia”. Una democracia que se respetara más a sí mismo que la nuestra, con verdaderos controles judiciales y contrapoderes suficientes, incluyendo una sociedad civil exigente que por desgracia nunca hemos sido, no habría tolerado la conculcación del Pacto Antiterrorista, ni la suspensión de facto de la Ley de Partidos mediante la manipulación de la justicia. Dicho de otro modo, ETA siempre se escapa del cerco cuando todo parece apuntar a su fin no tanto por su habilidad criminal como por las facilidades procedentes de las propias instituciones responsables de su eliminación, como puso en evidencia el gravísimo soplo policial del bar Faisán. O la negativa a actuar contra ayuntamientos gobernados por una franquicia de ETA-Batasuna, ANV, cuando se sabe que colaboran con los terroristas dándoles información reservada para facilitar atentados (trazado del AVE por el País Vasco), o encubriendo a activistas de ETA que pasean explosivos y misiles bajo la cobertura de ser respetables representantes de la voluntad popular.

La persistencia del fenómeno ETA no es sólo la expresión del radicalismo homicida de cierto nacionalismo vasco, sino el efecto patológico de una democracia que ha albergado una enfermedad que no quiere erradicar. Por eso seguimos atados a las noticias de detenciones de comandos, anuncios de atentados, amenazas y violencia, en lugar de hablar del recuerdo de estas desgracias como de otras ya felizmente superadas. Sólo terminaremos con este fenómeno con más democracia, o lo que es lo mismo: con el gobierno de las leyes y con el sometimiento de las instituciones y quienes las gobiernan a sus preceptos. Lo demás es engañar y engañarse.

Posdata: el Supremo ha archivado el asunto de las entrevistas de López e Ibarretxe. La enfermedad parece estable dentro de la gravedad habitual.

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Antonio Beristain S.J., ha sido

Esta madrugada ha muerto, a los 85 años, Antonio Beristain Ipiña, una de esas personas realmente inolvidables para quienes tuvimos la fortuna de tenerle por amigo. Ha sido, ante todo, un protagonista de la rebelión cívica contra ETA y el apoyo a las víctimas del terrorismo en el País Vasco. Y desde su cátedra de derecho en la Universidad del País Vasco impulsó la investigación del terrorismo a través del Instituto Vasco de Criminología, que fundó en 1976. Trabajó incansablemente para difundir la idea de que el progreso de la administración de justicia exige poner a las víctimas en el centro de gravedad del sistema, desplazando de ese lugar al delincuente. Además era jesuita, condición que vivía con una mezcla de legítimo orgullo y avergonzada pesadumbre, a causa de la conducta de la Iglesia en el País Vasco. Antonio ha sido uno de los cuatro o cinco eclesiásticos vascos que se han puesto en peligro por comprometerse en la lucha contra ETA, pagando el precio adicional del aislamiento y la marginación dentro de esa Iglesia tan despectiva con la gente como él como comprensiva con quienes le amenazaban hasta que tuvo que llevar escolta.

A cambio recibió de muchos laicos y no pocos ateos el calor, la amistad y el reconocimiento que le negaban en su casa. Comenzando por muchas víctimas del terrorismo, por las que realmente se desvivió; como otros que llegaron después, Antonio Beristain se implicó en la denuncia de la injusticia y la persecución política hasta que él mismo acabó siendo otra víctima más. Consideraba que las víctimas eran sus más preciosos semejantes, y no faltaba a un acto cívico de lucha contra ETA, a una concentración de protesta contra un atentado, a una manifestación ni, por supuesto, a un funeral, y ofició muchos. Participó activamente en el impulso de grupos pacifistas y cívicos, asumiendo la representación testimonial de una Iglesia sistemáticamente indiferente, cuando no hostil, a esta clase de movimientos. Ha tenido la satisfacción de vivir lo suficiente para asistir al fin de la marginación institucional de sus amadas víctimas y para ver cómo se abrían paso conceptos y principios que durante mucho tiempo defendió casi en solitario en el catolicismo vasco, acompañado de otros religiosos escasos y excepcionales como Alfredo Tamayo, Fernando García de Cortázar o Jaime Larrinaga.

Pero todo esto, y mucho más que podría contar, no debería eclipsar otra virtud admirable de este jesuita, jurista, activista cívico y gran tipo que ha sido Antonio Beristain. Me refiero a su gran sentido del humor y su talento histriónico, sin duda más indispensable en su situación que en cualquier otra. Al poco de conocernos en persona –llevábamos tiempo cruzando mensajes comentando nuestros artículos de prensa, hasta que el obispo Setién le prohibió seguir escribiendo- me resumió así su situación personal: “¡mi vida es un verdadero infierno! ¡Vivo con diez jesuitas tan viejos como yo, y son todos como Arazalluuuuz!” Porque además de detestar cordialmente a Arzalluz, Antonio Beristain admiraba sobre todo a las mujeres. Cuando recibía algún premio o era el centro de algún evento social, era inútil acercarse a saludarle hasta que no había obtenido todas las fotos posibles con el mayor número posible de mujeres. Una famosa política española del PP llegada para entregar un premio se interesó en la comida posterior por las razones por las que se hizo jesuita, quizás sorprendida por su soltura mundana, y Antonio le espetó risueño: “¿qué porqué me hice jesuita, hija mía? ¡Pues porque me gustan demasiado las mujeres!” Al poco de fundar UPyD me paró en la calle y me transmitió su reflexión sobre nuestro manifiesto fundacional: “Está muy bien lo de “partido laico”. Yo soy jesuita y, por tanto, quizás no pudiera apoyaros en conciencia, que tampoco me dejarían; ahora bien, ¡lo que sí puedo decir es que nunca se es suficientemente anticlerical! ¡Tenéis que ser profundamente anticlericales!”

Uno de sus principales empeños durante todos estos largos años de lucha fue mantener viva la llama de la esperanza de que asistiríamos al fin de ETA y de la violencia y la marginación política. En el verano de 1999, acudió a una de las primeras reuniones de la Iniciativa Ciudadana Basta Ya, en la que presenté el Manifiesto que habíamos redactado los promotores del grupo. Le entusiasmo el tono combativo del mismo, y sobre todo que llamáramos a la rebelión cívica contra ETA sin embelecos ni cambalaches retóricos. Aunque ahora parezca mentira, muchos nos dijeron entonces -¡hace diez años!- que aquello de “ETA no-ETA ez” sin más, sin invocar el diálogo o la paz, era demasiado radical e impopular, y se descolgaron de la iniciativa (y como suele pasar, luego muchos de esos la reivindicaron como suya). No fue el caso de Antonio, desde luego, que sin embargo hizo una delicada crítica constructiva al documento: todo estaba estupendo, brillante y superior, valiente y audaz, pero echaba algo de menos… “¿Qué es lo que falta?”, le pregunté en un aparte, “la esperanza”, me contestó muy serio, “no hablamos de la esperanza… Y hay que dar esperanza a la gente”.

A un hombre así, que nos decía muy serio a los descreidos que el perdón de los terroristas –y de Arzalluz- no era cosa de la justicia ni de las víctimas, sino competencia de Dios, le prohibió el obispo Setién –que precisamente dejaba la diócesis el mismo día de nuestra primera manifestación de Basta Ya, en febrero del año 2000-, a través del superior de la Compañía de Jesús, que escribiera más artículos en los periódicos e hiciera manifestaciones públicas contra el terrorismo y sobre la situación política vasca. Además, el superior le ordenaba pedir perdón al obispo por haberle criticado. Una vergonzosa humillación impuesta a un hombre considerado una autoridad en su campo académico, y para quien publicar sus ideas e intervenir en la esfera pública era una necesidad vital y un imperativo ético. Por eso mismo se lo prohibían, claro.

Antonio, indomable verso suelto de la iglesia vasca, me confió una copia de la carta del superior con las exigencias del obispo. Me pidió que no la hiciera pública, pero que la guardara para contar en su momento ese penoso episodio, que le hirió profundamente. Voy a buscarla y sacarla a la luz para despejar esas tinieblas a las que tantos otros, incluyendo muchos curas y obispos, quisieron condenarle y condenarnos. Fracasaron gracias, entre otros, a este buen y admirado amigo recién fallecido. Su vida ha sido hermosa y muy fértil. La tierra te será leve, amigo.

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