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Es cierto que una democracia ideal es un sistema más bien aburrido. Aquello de Orson Welles en El tercer hombre: ¿qué ha dado Suiza al mundo en cien años de paz?: el reloj de cuco (y la banca personal, podía haber añadido). Suiza era, en efecto, el epítome del país pacífico y democrático que se aburría lo indecible y hastiaba a la gente ansiosa de emociones, que prefería las revoluciones, la incertidumbre y la agitación social. Pero hoy no vamos a hablar de Suiza, sino de la implicación de la política con algunas emociones básicas. Sobre todo de la política cuando degenera, como ocurre en nuestro país.
Ayer mismo, El País traía una columna de José Ignacio Capablanca, Aburrámonos todos, donde localizaba en el aburrimiento la piedra filosofal de la presidencia española de la UE: si Zapatero consigue aburrir a Europa, decía, es que su presidencia de turno habrá ido bien. [...]







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