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	<title>Carlos Martínez Gorriarán &#187; Ciudadanía</title>
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		<title>Internet y la posibilidad de una nueva política</title>
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		<pubDate>Thu, 05 May 2011 04:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Pocos cambios culturales afectan tanto a la política como la evolución de los sistemas de comunicación. La escritura estimuló la aparición de los primeros Estados dignos de tal nombre, y de los primeros experimentos democráticos. La imprenta modificó en profundidad la vida pública al multiplicar la emisión y recepción de textos, permitiendo la aparición de la prensa como un agente público de primer orden. Los medios eléctricos y electrónicos (del telégrafo y la radio a la tv y el vídeo) hicieron posible el acceso masivo a la información (y a su manipulación) incluso en sociedades poco alfabetizadas, un paso fundamental hacia la integración del mundo en una civilización global, proceso que sigue su curso. A la luz de esta serie histórica es obvio que internet y sus novedades también deben tener repercusiones políticas, la última muestra de las cuáles son las rebeliones democráticas de algunos países árabes (mientras que las de Polonia, RDA [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><strong>Pocos cambios culturales afectan tanto a la política como la evolución de los sistemas de comunicación</strong>. La escritura estimuló la aparición de los primeros Estados dignos de tal nombre, y de los primeros experimentos democráticos. La imprenta modificó en profundidad la vida pública al multiplicar la emisión y recepción de textos, permitiendo la aparición de la prensa como un agente público de primer orden. Los medios eléctricos y electrónicos (del telégrafo y la radio a la tv y el vídeo) hicieron posible el acceso masivo a la información (y a su manipulación) incluso en sociedades poco alfabetizadas, un paso fundamental hacia la integración del mundo en una civilización global, proceso que sigue su curso. A la luz de esta serie histórica es obvio que internet y sus novedades también deben tener repercusiones políticas, la última muestra de las cuáles son las rebeliones democráticas de algunos países árabes (mientras que las de Polonia, RDA o Checoslovaquia fueron las últimas rebeliones políticas vinculadas a la radio y televisión). Esto ya es obvio, así que <strong>la pregunta interesante es si internet tiene propiedades comunicacionales con impacto político, y cuáles son</strong> esas. Propondré algunas.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo primero que debemos entender es que <strong>las propiedades políticas de internet no son una consecuencia de la tecnología como tal, sino de los nuevos hábitos comunicacionales que alienta</strong>. Aunque la tecnología sea idéntica no es lo mismo -¡en absoluto!- usar Facebook o la web para colgar fotos de vacaciones o leer las ediciones digitales de la prensa tradicional que para convocar manifestaciones contra una dictadura o escribir un blog político (en el sentido amplio del término). Considerar que todos los usuarios de internet –los internautas- son por el mero hecho de serlo la encarnación de un nuevo tipo de ciudadanía con una nueva conciencia global es una tontería narcisista (que para algunos exime de cualquier esfuerzo de verdadera educación política, científica y filosófica). <strong>Lo que hace internet, de un modo que no permitían los medios anteriores, es dar cauces de expresión y redes de comunicación muy eficaces y muy rápidas a ideas políticas que de otro modo apenas podrían hacerse oír</strong>. En este sentido, internet ha cambiado las reglas del famoso modelo socio-político de “voz y salida”: antes de internet los descontentos con una dictadura no tenían otra salida, si carecían de voz tradicional, que el exilio o el pataleo privado. Lo que internet aporta es la posibilidad de constituirse como una voz potente en las nuevas redes sociales sin que el gobierno pueda siempre erradicarlo pese a la infinidad de trabas que puede acumular. Incluso se puede ver obligado a tolerar el fenómeno, como prueba el caso de Yoani Sánchez o los blogueros chinos.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo segundo a resaltar es que <strong>internet ha cambiado</strong> de modo drástico dos importantes rasgos estructurales de los antiguos mass-media: <strong>la demora temporal de la retroalimentación</strong>, y <strong>la desigualdad entre emisores activos de información y receptores</strong> de la misma (entre periodistas y consumidores de su trabajo, para entendernos).</p>
<p style="text-align: justify;">En la era pre-internet había un lapso de tiempo inevitable entre el acontecimiento y su difusión –que sólo radio y tv habían superado en determinados momentos-, y sobre todo entre su recepción y la reacción que podía motivar (el feed-back o retroalimentación). Internet ha suprimido ambas demoras al permitir la difusión de una información en el momento mismo de suceder y <strong>activar una conversación instantánea sobre el significado de la misma que incluye reacciones prácticas</strong>. Acabamos de ver ejemplos impresionantes de lo que esto significa en las rebeliones árabes y en el gran terremoto de Japón. Esta instantaneidad no sólo afecta a los medios tradicionales, incapaz de competir con la instantaneidad de internet y su enorme multiplicidad de voces y testimonios, sino que tiene efectos políticos al poner a los gobiernos ante fenómenos sin precedentes, como la información incesante e instantánea que incluye citas para manifestaciones, boicots, protestas y acciones similares convocadas a través de internet. El cambio del feed-back sería poco importante sin la añadidura de la supresión práctica de la distinción de los roles de informador y consumidor pasivo o de reacción diferida. Internet permite que cualquiera pueda escribir un blog, editar su propia web y participar en redes sociales, haciendo <strong>reversibles y simultáneos los papeles de emisor y receptor</strong>, convirtiendo la comunicación diferida de los mass media en una gigantesca conversación. Aunque algunos periodistas han desdeñado este fenómeno todo el tiempo que han podido, el desembarco de muchos de los más famosos en Twitter, y la conversión de los acontecimientos de las redes sociales en noticias destacadas (si bien sometidas a los filtros habituales) de los periódicos, confirma que la evidencia ha terminado por imponerse: Mahoma va a la montaña tras porfiar en que todo era tan plano como la página extendida de un periódico.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora bien, la inmediatez de internet y la universalización de la información que permite no hace de la red una fuente prístina de verdades sin manipulación y de sinceras expresiones de legítimos intereses. De ninguna manera: <strong>internet no sólo permite engañar, manipular y abusar tanto como los medios tradicionales, sino que ofrece sus propios riesgos de perversión comunicacional y, por tanto, política</strong>. La creencia en que una noticia de autor anónimo en una red social siempre será más veraz que una ofrecida por un medio, un personaje conocido o un político, es un aviso de que la siempre delgada línea que separa rumor de noticia y versión de perversión ha adelgazado todavía más en internet. Como cualquier herramienta o instrumento, internet puede servir para cualquier uso que permitan sus propiedades, pero en sí mismo es amoral, apolítico e indiferente a valores de cualquier tipo. Quienes tienen puestas sus esperanzas en que internet alumbre por sí misma una nueva ciudadanía virtuosa y políticamente altruista, contrapuesta a la política degenerada de los profesionales, están tan acertados como quienes hubieran defendido que para educar sirve cualquier libro, se trate de Aristóteles o de una guía de teléfonos. <strong>Internet es un medio de comunicación revolucionario, pero como todos los medios es un instrumento ciego al servicio de un fin que le es ajeno</strong>.</p>
<p style="text-align: justify;">Es cierto que algunas características de internet hacen más difícil el engaño, la manipulación o la simple mentira. Al ser muchísimos más numerosos los agentes activos en el proceso de comunicación, pues cada usuario es potencialmente un informador y analista activo, es más difícil, o imposible, conseguir el monopolio informativo típico de las dictaduras, como han confesado paladinamente Irán, China o Cuba al intervenir los correos electrónicos, censurar internet y restringir su uso libre. Pero la lucha por la <strong>neutralidad de la red</strong> pone de relieve que el peligro en los países democráticos no son tanto los denostados partidos y gobiernos como los grandes oligopolios informativos –asociados a los anteriores por tupidas redes de intereses comunes- que se niegan a considerar internet como el espacio de igualdad y libertad informativa que técnicamente puede ser… si hay voluntad política para que lo sea. Lo que de paso nos remite al hecho capital de que internet influye sobre la política y puede cambiarla, pero también ésta es fundamental para conseguir que no se malogren las mejores oportunidades de la red y ésta no sea colonizada y dominada por los mismos intereses que han convertido los medios de comunicación tradicionales en instrumentos al servicio no de la información veraz, sino del rumor, la profecía autocumpliente y la noticia manipulada.</p>
<p style="text-align: justify;">En definitiva, comprender, proteger y potencias las <strong>propiedades políticas</strong> de internet –igualitarias y liberadoras en varios aspectos- parece exigir dos cosas: la primera, <strong>reconocer la instrumentalidad de internet y la supeditación de su calidad a la calidad del proyecto político</strong>; la segunda, que <strong>la política tiene poderosos instrumentos para desvirtuar las propiedades más igualitarias y liberadoras de internet</strong>, convirtiéndolo en otro campo de juego dominado por oligopolios viejos como la escritura misma, pero que por eso mismo <strong>el futuro de internet depende de la política casi tanto o más que esta de internet</strong>, como la Ley Sinde y otras decisiones políticas han venido a recordarnos.</p>
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		<title>Las patatas fritas belgas o la revuelta contra el nacionalismo antidemocrático</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Feb 2011 04:16:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Bélgica]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Las revueltas democráticas del mundo árabe, lideradas por jóvenes organizados en internet –y extendidas a Irán y China estos días-, han quitado protagonismo a una iniciativa parecida lanzada en Bélgica por estudiantes más que hartos del desgobierno y la deriva hacia la disolución de su país: es la llamada “revolución de las patatas fritas”. Pero teniendo en cuenta que por fortuna España se parece mucho más a Bélgica que a Egipto o Marruecos, convendría dedicarle al menos una reflexión a lo que está sucediendo en un país que no hace tantos siglos era un espacio vital para la política española: los antiguos Países Bajos católicos (a diferencia de los protestantes, la Holanda actual). Y si fuera posible, imitarlo.</p> <p style="text-align: justify;">Bélgica es un Estado extraño, resultado de la ingeniería política y geoestratégica sobre un territorio martirizado por guerras inacabables desde el inicio de la edad moderna. Con dos lenguas principales yuxtapuestas –pues los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Las revueltas democráticas del mundo árabe, lideradas por jóvenes organizados en internet –y extendidas a Irán y China estos días-, han quitado protagonismo a una iniciativa parecida lanzada en Bélgica por estudiantes más que hartos del desgobierno y la deriva hacia la disolución de su país: es la llamada “<a href="http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=697447" target="_blank">revolución de las patatas fritas</a>”. Pero teniendo en cuenta que por fortuna España se parece mucho más a Bélgica que a Egipto o Marruecos, convendría dedicarle al menos una reflexión a lo que está sucediendo en un país que no hace tantos siglos era un espacio vital para la política española: los antiguos Países Bajos católicos (a diferencia de los protestantes, la Holanda actual). Y si fuera posible, imitarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Bélgica es un Estado extraño, resultado de la ingeniería política y geoestratégica sobre un territorio martirizado por guerras inacabables desde el inicio de la edad moderna. Con dos lenguas principales yuxtapuestas –pues los belgas carecen, a diferencia de nosotros, de una verdadera lengua común-, la religión católica fue el cemento encargado de cohesionar un país “artificial” interpuesto entre poderosas potencias: Francia al sur, Alemania (antes Prusia) al este, Holanda al norte y muy cerca, al noroeste, Gran Bretaña. Uno de esos cruces de caminos estratégicos demasiado importantes para cederlos sin más a una potencia hegemónica, lo que condena a ese espacio a convertirse en un Estado neutral para todos. Esa fue también la causa de las inacabables y agotadoras guerras en las que se vio involucrada España: que los Países Bajos eran parte principal de la herencia de los Austrias desde Carlos I, y España no podía retirarse de Flandes –aquí eran más conocidos por ese nombre- sin renunciar a las ínfulas de superpotencia y paladín de la causa católica (e imperial romano-germánica).</p>
<p style="text-align: justify;">Probablemente esa es la razón de fondo de que Bélgica, creada como Estado independiente, católico y neutral tras la revolución de 1830, no llegara nunca a cuajar del todo como país: que la razón estratégica no es capaz de crear naciones. Con dos comunidades lingüísticas tan diferentes, los flamencos del norte que hablan neerlandés y los valones meridionales que lo hacen en francés, la pérdida de importancia del conflicto religioso dejó al descubierto la insustancialidad del proyecto político una vez que el nacionalismo lingüístico se apoderó de la vida política de los belgas. En los últimos decenios, la política belga ha estado dominada por la obsesión por separar a flamencos de valones, acabando con cualquier institución común salvo la monarquía; incluso llegaron a dividir en dos la gran biblioteca de la famosa Universidad de Lovaina. Los “belgas” ya no tienen en común prácticamente otra cosa que un pasaporte y la capital virtual de Europa, la ciudad de Bruselas. ¿Les suena?: adelantándose a lo que aquí propugnan nacionalistas catalanes, vascos y gallegos y sus imitaciones, los respectivos partidos, tras dejar de ser belgas para alinearse como flamencos o valones, se han empeñado a fondo en volar puentes de todo tipo entre dos comunidades que viven de espaldas… salvo en Bruselas. Es aquí donde se ha recuperado la idea de una ciudadanía belga e irradiado a otras ciudades flamencas y valonas. El detonante de la reacción ha sido, a escala doméstica, el escándalo de los más de 250 días sin gobierno federal, y el catalizador internacional, citado expresamente por los promotores de la protesta, el ejemplo de las protestas democráticas árabes convocadas por jóvenes a través de internet.</p>
<p style="text-align: justify;">La revuelta belga de las patatas fritas también es una protesta por la falta de democracia en Bélgica. Esto sorprenderá a quienes piensan que la democracia se reduce a la celebración de elecciones periódicas y al mantenimiento de ciertas formalidades públicas, y desde luego escandalizará a los nacionalistas, pero contra lo que protestan imaginativamente los estudiantes e internautas belgas es contra la destrucción de la ciudadanía operada por el avance de las reaccionarias políticas nacionalistas de la división artificial, el conflicto intercomunitario y la destrucción de la cultura común con la vista puesta en la supresión del Estado común. El mismo proceso que soportamos en España, sólo que mucho más avanzado.</p>
<p style="text-align: justify;">Elegir las “patatas fritas” como <a href="http://www.lepoint.fr/monde/reportage-la-jeunesse-belge-fait-la-revolution-des-frites-17-02-2011-1296454_24.php" target="_blank">icono de la protesta</a> es una broma llena de significado: son algo que todos los belgas, flamencos o valones, tienen en común, como la excelente y variadísima cerveza, la ciudad bilingüe de Bruselas y la triste pero valiosa monarquía que allí se aloja. El catolicismo que les separaba de los neerlandeses del norte u holandeses ya no tiene, por fortuna, el papel cismático del pasado.</p>
<p style="text-align: justify;">Ojalá progrese la rebelión belga de patatas fritas e internet contra la majadería nacionalista: sería una magnífica señal de reacción de la ciudadanía contra el avance del nacionalismo que tanto daño hace, siempre, a la democracia en las sociedades avanzadas. Porque, insistamos, lo que las chicas y chicos belgas, flamencos o valones, están diciendo al conjunto de la sociedad, es uno de los principios básicos de la democracia: <strong>sin ciudadanía no hay democracia</strong>, <strong>y quien destruye la comunidad política en nombre de la lengua o cualquier otra contingencia parecida no hace otra cosa que destruir la ciudadanía y, por tanto, destruye la democracia</strong> sobre la que jura en vano.</p>
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		<title>Los enredos del velo islámico y la falsa tolerancia educativa</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Apr 2010 04:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Un instituto de enseñanza media de Pozuelo de Alarcón tiene un Consejo Escolar que, en uso de sus prerrogativas legales, ha adoptado la norma de que en ese centro está prohibido que las alumnas y alumnos lleven velo en clase, o cualquier otra clase de tocado. El caso se ha hecho popular al aparecer una niña, Najwa Malha, que se niega a obedecer. Es musulmana y quiere seguir la tradición religiosa islámica que ordena a las mujeres ocultar cabello y cuello a las miradas de hombres extraños. No es un caso raro, sino cada vez más frecuente en muchos países occidentales donde rigen normas contrarias a esta clase de exhibiciones piadosas, sea por el principio laico de impedir en centros públicos la ostentación de signos religiosos –caso de Francia, por una ley de 2004-, sea por oponerse a una costumbre considerada, con razón según lo veo, un signo visible y apologético de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Un instituto de enseñanza media de Pozuelo de Alarcón tiene un Consejo Escolar que, en uso de sus prerrogativas legales, ha adoptado la norma de que en ese centro está prohibido que las alumnas y alumnos lleven velo en clase, o cualquier otra clase de tocado. El caso se ha hecho popular al aparecer una niña, Najwa Malha, que se niega a obedecer. Es musulmana y quiere seguir la tradición religiosa islámica que ordena a las mujeres ocultar cabello y cuello a las miradas de hombres extraños. No es un caso raro, sino cada vez más frecuente en muchos países occidentales donde rigen normas contrarias a esta clase de exhibiciones piadosas, sea por el principio laico de impedir en centros públicos la ostentación de signos religiosos –caso de Francia, por una ley de 2004-, sea por oponerse a una costumbre considerada, con razón según lo veo, un signo visible y apologético de la sumisión de las mujeres a los hombres, y por tanto de una desigualdad radical por motivos de sexo contraria a la democracia.</p>
<p style="text-align: justify;">El problema es desde luego peliagudo. Por una parte, la democracia se basa en el principio de la libertad personal, que es el que invocan los partidarios de la tolerancia a la costumbre del velo y los propios musulmanes afectados. También tiene que ver con la libertad religiosa, un principio no sólo compatible con el laicismo, sino garantizado por éste. Pero la ostentación de signos de desigualdad y discriminación de las mujeres choca con los principios de la democracia moderna, más aun cuando se trata de un progreso tan reciente y no del todo consolidado como es el de la igualdad de sexos (los <em>géneros</em> son gramaticales o clases de mercancías, lo siento). Desde esta perspectiva se trata de qué principio debe prevalecer, si el de la libertad personal de ostentar un signo religioso –y no habría <em>ostentación</em> si se tratara de llevar un Corán en el bolsillo, o una media luna colgada del cuello: el signo no da igual ni es indiferente en este caso- o el de no discriminación e igualdad de hombres y mujeres en todos los aspectos, sin otras excepciones que las naturales o biológicas (estupendas diferencias para muchas y muchos).</p>
<p style="text-align: justify;">Personalmente considero que en este caso debe prevalecer la regla de que no puede estimularse, cultivarse ni aceptarse ningún principio religioso que someta a las mujeres a la dominación de los hombres, aunque se trate de un sometimiento voluntario (y el Islam es la religión del sometimiento voluntario del creyente a la voluntad de Dios). Por tanto, es aceptable que en las escuelas públicas se impida a las niñas musulmanas llevar el velo de la discordia, aunque deseen llevarlo. Precisamente porque para que haya libertad de elegir, debe haber igualdad de los que eligen, sean hombres o mujeres. Porque las musulmanas tienen toda la libertad del mundo para llevar velo por la calle, en sus casas, centros privados y mezquitas. El problema se plantea, como es inevitable, en espacios públicos como los centros de enseñanza, los juzgados, los hospitales, oficinas públicas y sitios así. Ahí es donde una decisión privada puede convertirse en un conflicto si choca contra principios públicos básicos, como la igualdad de sexos.</p>
<p style="text-align: justify;">Queda otro aspecto no menos relevante del conflicto, el de si el derecho a la educación debe prevalecer sobre la norma del velo, cuando cumplirlo puede implicar que la niña deba cambiar de centro escolar o renunciar a los centros públicos. Los detractores del centro de Pozuelo de Alarcón alegan estos días que por evitar una pequeña falta a la normativa del centro se estaría infligiendo un daño desproporcionado al derecho básico a la educación. ¿Es así?: sólo si se considera que el aprendizaje de las normas de convivencia y de los valores que las sustentan es algo no sólo indiferente para la educación, sino incluso antagónico. Y no, aquí sí que hay que plantarse: aprender a respetar las normas de todos es parte esencial de la educación, sobre todo en la infancia. Una educación sin normas, o a la carta (“multicultural”, dicen algunos), será lo que sea pero no es educación.</p>
<p style="text-align: justify;">Se puede considerar que el instituto de Pozuelo ha ido demasiado lejos, que sería mejor una norma general obligatoria para todos los centros –como la que Sarkozy quiere para Francia-, o cualquier otra cosa. Lo que no se puede decir es que los centros educativos no pueden tener normas, ni tampoco que el aprendizaje de las mismas –incluyendo el del modo civilizado de cambiarlas- pueda oponerse a la educación si se trata de normas sensatas y razonables. Me parece que sólo el fanatismo puede sostener que el derecho a elegir llevar velo puede prevalecer sobre la obligación de los centros educativos a tener normas y reclamar su cumplimiento. Hasta aquí podíamos llegar, y de hecho en algunos sitios se ha llegado y traspasado, con la consiguiente conversión de los centros públicos educativos en pequeños frenopáticos donde la mitad del tiempo se consume en conseguir que los alumnos se estén callados y quietos. Pues si la norma de que en clase hay que trabajar y callar, o al menos no molestar, contraría el gaseoso “derecho a la educación”, entonces cambiemos la norma y hagámosla relativa, pura recomendación (no estaría mal: es mejor que usted pague impuestos pero si le molesta no se preocupe, y así). Claro que entonces la educación se convierte en un modo de estabular a ruidosas e inquietas criaturas en locales públicos, y poco más. Habría que tenerlo presente antes de cometer la insensatez de desligar el cumplimiento de normas de conducta de la educación, se trate de velos o de cualquier otra <em>elección</em> de los alumnos. Sobre todo, por razones de laicismo e igualdad. Es penoso que, una vez más, sea la izquierda que se proclama más laica e igualitaria que nadie –¡qué entenderán por eso!-, la que vuelva a patinar confundiendo tolerancia con relativismo de las normas y vaciado de la educación. Sí, claro, lo ha dicho <a href="http://www.adn.es/impresa/lavida/20100422/NWS-0190-vueltas-velo.html" target="_blank">el ministro de educación, Angel Gabilondo</a>, que metafísico está aunque sí come. Y claro que Najwa Malha necesita apoyo, comprensión, explicaciones, atención, cuidado y mucha paciencia, pero no que le confundan con absurdas contraposiciones antagónicas entre libertad e igualdad y otros enredos muy velados que pueden llegar a desvelarnos.</p>
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		<title>Defender &#8220;identidades&#8221;, una pésima política</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Dec 2009 04:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Ciudadanía]]></category>
		<category><![CDATA[identidad]]></category>
		<category><![CDATA[política democrática]]></category>
		<category><![CDATA[política identitaria]]></category>

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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Resulta inquietante el avance de las políticas identitarias en tantos sitios, es decir, de aquellas políticas dirigidas a cultivar, alentar, frenar, perseguir (con amor o con una pistola) o definir una identidad. A las obsesiones identitarias tan arraigadas en España –donde al fin y al cabo inventamos, en el siglo XV, el desafortunado concepto de “limpieza de sangre”, la identidad del “cristiano viejo”-, se añade el auge mundial de diversos fundamentalismos religiosos, el progreso de la xenofobia en el mismo momento en el que el mundo encoge como nunca lo había hecho, o iniciativas tan lamentables como la de Sarkozy para definir la identidad francesa… e imponerla por ley al que no la encarne o, si no, excluirle de la sociedad, que es de lo que se trata siempre. El viejo juego de los “cristianos viejos” y los conversos sospechosos.</p> <p style="text-align: justify;">Casi apetece añadir otra definición a las muchas disponibles sobre qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Resulta inquietante el avance de las políticas identitarias en tantos sitios, es decir, de aquellas políticas dirigidas a cultivar, alentar, frenar, perseguir (con amor o con una pistola) o definir una identidad. A las obsesiones identitarias tan arraigadas en España –donde al fin y al cabo inventamos, en el siglo XV, el desafortunado concepto de “limpieza de sangre”, la identidad del “cristiano viejo”-, se añade el auge mundial de diversos fundamentalismos religiosos, el progreso de la xenofobia en el mismo momento en el que el mundo encoge como nunca lo había hecho, o iniciativas tan lamentables como la de Sarkozy para definir la <em>identidad francesa</em>… e imponerla por ley al que no la encarne o, si no, excluirle de la sociedad, que es de lo que se trata siempre. El viejo juego de los “cristianos viejos” y los conversos sospechosos.</p>
<p style="text-align: justify;">Casi apetece añadir otra definición a las muchas disponibles sobre qué es la democracia: un régimen político donde la identidad no cuenta para nada, y donde lo importante es la igualdad (jurídica y de oportunidades). Porque a estas alturas no podemos engañarnos: en política, la antítesis de la identidad no es la alteridad (la cualidad de lo otro, ajeno o diferente), sino la igualdad.</p>
<p style="text-align: justify;">La igualdad política moderna se basa en el principio empírico de que todos los seres humanos somos naturalmente iguales, con cualidades y necesidades básicas semejantes y comparables, aunque tengamos talentos o capacidades y gustos diferentes. Y si tenemos capacidad semejante de razonar, conocer, apetecer, experimentar, imaginar o merecer, también debemos tener el mismo reconocimiento como sujetos iguales en derechos y obligaciones. ¿Qué tiene que ver con esto la llamada identidad? Pues básicamente que representa una amenaza contra el principio de igualdad, porque en lugar de poner el énfasis en lo que nos une a todos los seres humanos (desde lo burdamente fisiológico hasta lo más espiritual), coloca el foco en lo que nos separa y divide. Una política identitaria es siempre una política de cultivo de la diferencia, es decir, contraria a la igualdad y, como es consustancial, a la libertad.</p>
<p style="text-align: justify;">Del mismo modo en que es sumamente peligroso preguntar sobre derechos básicos, que deben estar protegidos de los cambios de humor colectivos y de las modas o coyunturas, una democracia como es debido debería renunciar explícitamente a definir la identidad de sus ciudadanos, a exigirles algo al respecto o a declararla un bien protegido jurídicamente. Si el nacionalismo se lleva tan mal con la democracia, como vimos el pasado domingo en Cataluña, es precisamente porque toda su política gira en torno a la promoción de una identidad y a la exclusión de todo lo que pueda contradecirla o ponerla en entredicho. Sea por vías legales y moderadas, sea mediante el terrorismo y la violencia política. Pero no sólo los nacionalistas padecen esta patología política, pues en realidad afecta a todas las formas de comunitarismo, es decir, a las corrientes que sostienen que existen entidades colectivas (comunidades) con derechos colectivos superpuestos o impuestos a sus miembros individuales, y por supuesto anteriores a cualquier constitución democrática: feligreses de una comunidad religiosa, miembros de un etnia o “nación cultural”, hablantes de una lengua, etcétera.</p>
<p style="text-align: justify;">En una democracia genuina, lo único exigible a los ciudadanos es que cumplan las leyes. Punto. Todo lo demás es cosa suya, y por eso mismo las leyes deben limitarse a ordenar las obligaciones con la esfera pública, cosas como los impuestos, las normas de tráfico o los procedimientos jurídicos. Por lo demás, la vida sexual de cada uno, sus creencias privadas, sus preferencias estéticas, sus gustos de cualquier tipo, son cosas en las que debe reinar la mayor libertad, sin interferencias de unos poderes públicos que sólo deben velar por asegurar que estas libertades no son vulneradas ni por delincuentes, ni por dementes, ni por grupos de presión… ni por obsesos de la identidad de cualquier clase.</p>
<p style="text-align: justify;">Empeñarse en que hay una identidad colectiva que se debe defender de las amenazas conduce fatalmente a compartimentar la humanidad en grupos identitarios desiguales y enfrentados. El progreso de la democracia y la libertad conlleva el retroceso de la obsesión por la propia identidad, y también reclama perder el miedo a otras “identidades”. Este último es particularmente absurdo e irracional. Si rechazamos absolutamente cosas como la <em>sharia</em> o ley tradicional islámica no es porque <em>tenga identidad musulmana</em>, sino porque responden a preceptos contrarios a la libertad personal y a la igualdad de los seres humanos, ya que niegan la igualdad de hombres y mujeres, creyentes e infieles, persiguen la libertad sexual, etc. Por eso no hay nada que reprochar a ningún musulmán –ni católico, ni judío, ni rastafari o ateo, masón o librepensador- en cuanto tal, si su conducta, sus hechos y acciones, se atienen a las leyes democráticas. Si no entendemos esto, estaremos cavando la tumba de esas convicciones que decimos defender… en nombre de una identidad evanescente que no es otra cosa que un miedo al otro y diferente. Incluso a lo que de <em>diferente</em> habita en cada uno de nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquí radica precisamente el quid de la cuestión: incluso como individuos somos y tenemos un conjunto de rasgos personales que responderían a “identidades diferentes”. Nuestra “identidad personal” no sólo es algo mucho más esquivo, contradictorio, paradójico y vaporoso –más próximo a un personaje y una imagen que a cierta esencia- de lo que solemos admitir, sino que cambia a lo largo de nuestra vida. Si esta circunstancia tan orteguiana es innegable en cada persona, no digamos nada de lo que ocurre cuando hablamos de colectivos de personas. Y más aun si los colectivos son de decenas o cientos de millones de personas (el tamaño sí importa, la cantidad cambia la cualidad) con distintas “identidades” de la más variada procedencia, en constante mutación o creación. Defender “identidades” es, por eso mismo, defender quimeras, fantasmas, manías, miedos, fobias. La identidad de la democracia debería consistir en no tener identidad alguna. Una bonita no-identidad con forma de aporía, como la de la liebre y la tortuga.</p>
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