¿Necesitamos pactos PSOE-PP?

Ante la magnitud de la crisis, numerosas voces proponen enfrentarla mediante pactos entre las principales fuerzas políticas, es decir, entre PSOE y PP. Urge reeditar los Pactos de la Moncloa, dicen algunos, e incluso un Gobierno de concentración PSOE-PP, según otros, porque todos debemos tirar del carro en la misma dirección, tener generosidad y sentido de Estado, etcétera.

Veo las cosas de un modo algo diferente: temo que cualquier pacto PSOE-PP sea, en lugar de un Pacto de Estado contra la crisis, un pacto por la conservación del poder político en su forma actual, que es en buena medida la que nos ha metido en esta crisis sin precedentes. Pues, a diferencia de otras crisis económicas anteriores, esta es también una crisis política. Y del mismo modo en que salir de la crisis y evitar recaídas implica adoptar importantes reformas económicas, desde la del mercado del trabajo a la de las cajas de ahorro pasando por el sistema de pensiones, la crisis política exige profundas reformas políticas todavía más considerables. La cuestión, pues, es si PSOE y PP están en condiciones de emprender un profundo programa de reformas políticas. En seguida vamos a verlo, pero conviene entender que el agravamiento de la crisis económica en nuestro país, desde la desafortunada visita a Davos y el pasado “jueves negro” –cuando Zapatero se fue a por la foto con Obama en vez de estar gobernando España-, obedece a razones políticas. Si los mercados financieros internacionales apuestan contra España castigando la emisión de deuda pública porque consideran muy alto el riesgo de quiebra del Estado, no es sólo porque el lamentable e inepto Gobierno de Zapatero carezca de la credibilidad necesaria, sino también porque los observadores externos aprecian que el sistema político español se ha vuelto ingobernable. Aunque sobre este último y trascendental factor se prefiera pasar de puntillas y mencionarlo en casa lo menos posible… Concluyendo: la solución de la actual crisis económica demanda una solución política, y esta consiste en reformar a fondo un sistema constitucional que ha minado gravemente la imagen económica de España, por mucho que haya otros factores adicionales de menor importancia (desde la envidia a Iberdrola o al Banco de Santander hasta la leyenda negra de cuando Felipe II).

Reparemos en los pactos PSOE-PP cerrados o abiertos y veremos mejor de qué se trata. Bastará con dos ejemplos: el pacto para impedir que haya elecciones anticipadas en Baleares, y el llamado Pacto por la Educación promovido por el Gobierno.

En Baleares, la incalificable putrefacción de la pequeña Unió Mallorquina es sólo la nota más repugnante de una política autonómica podrida desde hace lustros. Esa generalizada fetidez es la que desaconseja a los principales partidos, PSOE y PP, la salida más lógica en una democracia cuando un gobierno pierde la mayoría parlamentaria: convocar elecciones para que los votantes decidan. El pacto entre PSOE y PP para hacer como que UM no existe –aunque su presidenta, María Antonia Munar, sigue presidiendo el Parlamento- y no hay mayor problema es sólo una maniobra dilatoria para retrasar la crisis del sistema en Baleares. Naturalmente, esto hace un gran daño a las instituciones y a la democracia, pero ¿qué importancia tiene eso frente el riesgo de perder el poder, y de que salgan a la luz los datos de una corrupción generalizada ligada a la economía del ladrillo, del turismo y de la recalificación de terrenos?

Vayamos ahora al Pacto por la Educación que promueve Ángel Gabilondo. Lo que se conoce hasta el momento es un conjunto de reformas muy insuficientes, pues dejan intacto el factor principal de de la constante decadencia de la educación pública española, a saber, un modelo educativo caduco y fracasado. Pero es que hay otro problema adicional y definitivo: en realidad, el Gobierno y el Parlamento de España carecen de capacidad de decisión en política educativa, porque la competencia está en manos de las 17 comunidades autónomas, y lo que tenemos son, por tanto, 17 leyes y sistemas educativos. Así que las comunidades autónomas no pueden ser obligadas a aceptar las reformas educativas que apruebe ese Pacto. O es que, tras la vergonzosa pasividad del Tribunal Constitucional en los recursos contra el Estatuto de Cataluña, ¿alguien puede creer que hay alguna institución capaz de imponerse a las comunidades autónomas, es decir, a sus 17 clases políticas?

En resumen: PSOE y PP sólo se ponen de acuerdo o bien para impedir todo cambio real, como en Baleares, o para proponer pactos que el Estado no podrá imponer a las comunidades autónomas y serán reducidos a papel mojado. Estos Pactos son meras expresiones de incapacidad e impotencia política . Desde luego, se puede invocar el pacto PSOE-PP en el País Vasco como un ejemplo de lo contrario, pero también ese pacto ha hecho poco más que expulsar al PNV de Ajuria-enea; descontando la implicación de la Ertzaintza en la lucha contra ETA, casi todo lo demás permanece como con los nacionalistas.

Mientras la alternativa política se limite a elegir gobiernos socialistas o gobiernos populares, no habrá manera de afrontar las reformas políticas imprescindibles para que la crisis económica no se convierta en una catástrofe que heredará la próxima generación de empobrecidos ciudadanos. Así que no perdamos el tiempo: no son los pactos entre PSOE y PP los que solucionarán los problemas de la economía, la educación, la corrupción o la justicia, sino que más bien actuarán en la dirección contraria, perpetuando los vicios estructurales que arruinan el edificio constitucional español. No, lo que necesitamos, y cada día con más urgencia, son nuevos partidos políticos y nuevos programas de acción que enfrenten una reforma global que va tomando visos de convertirse, casi, en una revolución. Pacífica, cívica y constitucional, pero revolución al fin y al cabo.

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Cuesta abajo en la rodada…

las ilusiones pasadas yo no las puedo olvidar, cantaba Carlos Gardel. Y parece que cada vez vamos pareciéndonos más a Argentina, ya que no a Italia. La capacidad de los miembros del establishment español para decepcionar las esperanzas de quienes dependen de ellos y hacer el ridículo no tiene, al parecer, límite alguno.

Mientras escribo, algunos de los más conspicuos notables del país, a saber, políticos, banqueros, dueños de periódicos, constructores y monstruos de la radio, encabezados todos ellos por José Luis Rodríguez Zapatero y pagados con nuestro dinero de todos, se encaminan al “Desayuno Nacional de Oración” organizado por un poderoso lobby ultra evangelista, algunos de cuyos miembros más conspicuos consideran que la homosexualidad, por ejemplo, es un delito merecedor de penas de cárcel, a falta de hogueras. Allí, el presidente del Gobierno de España leerá algunos párrafos bíblicos o de los Evangelios: se especula con que elija el Sermón de la Montaña, al que habría que añadir otra bienaventuranza: “Bienaventurados los países que no son gobernados como España, porque ellos no tendrán que soportar el gobierno de  ignorantes, mangantes e incompetentes”.

¿Una exageración? No lo creo. Repasemos el prontuario de la actualidad patria, y juzguemos o evaluemos. Disfrutemos del espectáculo de la reforma (?) de la jubilación y de las pensiones. ¿Es posible que el gobierno de un país que presume de pertenecer al G-20 (cuando le invitan) sea capaz de desmentirse a sí mismo, cambiando en menos de 24 horas un documento oficial enviado a las instituciones europeas? Pues sí, en España no sólo es posible sino que es lo usual. Será porque aquí las leyes se escriben con tinta simpática, que busca agradar a todos pero se borra enseguida.

Veamos ahora qué hacen los entes autonómicos. En Madrid, la liberal Aguirre (risas enlatadas) se dedica a zancadillear en Cajamadrid a su principal rival, que naturalmente es de su propio partido y, según ella, un “hijoputa”. La entidad de ahorro, del tamaño de un banco grande, ha sido confiada a un político en la reserva del mismo partido, reservando los puestos principales a otros tipos en situación similar. Actúan como si el principal problema de las Cajas de Ahorro españolas no fuera su insolvencia –cuya auténtica magnitud sigue sin conocerse-, ni la monstruosa burbuja inmobiliaria que crearon y siguen manteniendo para sostener artificialmente sus balances maquillados. No, el problema a resolver es cómo colocar a los Rato y compañía, y el modo de repartir poltronas entre amigos y enemigos. Que siga la fiesta y que no decaiga.

Vayamos a Galicia: allí, el gobierno de Núñez Feijóo ha aprobado un decreto lingüístico que en buena medida contradice sus promesas electorales de restaurar el bilingüismo en la educación. Se trata -como en el País Vasco, donde Patxi López sigue idéntica política en un loable ejemplo de falta de prejuicios ideológicos-, de no molestar a los sindicatos ni a los nacionalistas que han convertido el sistema escolar en su particular chiringuito. Por no molestar a nadie, el gobierno del PP gallego ha aprobado una Ley de Cajas que, pretendiendo que Galicia es una excepción al funcionamiento de los mercados financieros, decreta blindar las Cajas de Ahorro de aquella comunidad contra la intrusión de terceros, no sea que caigan en manos extranjeras, por ejemplo de Madrid…

Y hablando de blindajes, ¿qué blindan al otro lado del Cantábrico, con unánime unanimidad, sociatas, peperos y abertzales, apoyados por todas las fuerzas vivas?: pues su propio sistema privilegiado, el Concierto Económico y sobre todo el Cupo, que es la pasta y es de lo que se trata. Ayer mismo el Senado aprobó este desafuero de base foral. Nótese que no serán los ciudadanos vascos de a pie los más beneficiados por este privilegio. No: si toman nota de que el Gobierno Vasco ha sacado a concurso público la enseñanza del euskera al lehendakari López, con el modesto presupuesto de 73.200 euros anuales (sabíamos que López tendría dificultades para hacerse con la compleja lengua de Etxepare y Axular, pero ¿no sería más fácil, barato y rentable enseñarle física cuántica a través de la UNED?; total, ya sabe decir “Euskalherria” y “Egunon danori”), comprenderán quién se lleva realmente la parte leonina del momio conocido por “derechos históricos”.

Vayamos a Cataluña: allí siguen empeñados en que los dos grandes problemas políticos del antiguo principado son el cine en catalán y la triplicación de la estructura administrativa, superponiendo, a las actuales cuatro provincias (que no desaparecerán), siete nuevas virguerías, perdón, veguerías. Un estulto Conseller de cultura, cuyo nombre no es preciso transmitir a la posteridad, ha afirmado que la imposición del doblaje al catalán es un hecho histórico semejante al fin de la esclavitud y a la entrada del ejército rojo en el apocalipsis de Auschwitz. De momento, ha conseguido que los cines catalanes se pongan en huelga. Y para compensar, centenares de aspirantes a cargohabientes pujarán por los nuevos puestos, cargos y sueldos que generarán las veguerías, atendidas por nuevas hornadas de funcionarios.

Podríamos seguir viaje hasta los políticos baleares corruptos encarcelados o a punto de serlo (también saldría más barato trasladar a prisión la sede del Govern de Baleares); por las Cortes de Castilla La Mancha votando unánimemente contra la ubicación en su comunidad de un almacén de residuos nucleares y a favor del monopolio de sus ríos, como si fuera competencia suya; o por esos trece o catorce ayuntamientos gaditanos que ellos sólo acumulan el 65% de la deuda a la Seguridad Social contraída por ayuntamientos españoles, dando por hecho que es deber de los demás mantener su perpetuo carnaval.

Ahora entendemos por qué Zapatero va raudo a un rezo evangélico convocado en Washington, con un séquito de políticos, banqueros, periodistas y constructores: eximios representantes de los agentes sociales, políticos y económicos que han hecho de este país lo que es: un pecio a la deriva, al borde del hundimiento político, económico, moral y constitucional. No me extrañaría que finalmente el presidente Obama encuentre algo más urgente que hacer que compartir foto con esos tipos. Porque si ellos si que yes we can, nadie más se lo puede permitir.

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Davos, la montaña poco mágica, y el prestigio de Zapatero

Thomas Mann concibió La montaña mágica, su obra más famosa, durante una visita a su esposa, afectada de tuberculosis e ingresada en un sanatorio de Davos. A juzgar por las fotos, goza de un paisaje impresionante. Pero se ha hecho mucho más impresionante por la influencia mundial de su famoso foro de debate económico, el World Economic Forum. Al dinero le gusta el lujo y Davos lo ofrece a manos llenas y muy altos precios.

¿Qué queda del Davos de Thomas Mann? En el mundo de los gurús y expertos hay sin duda mucho de magia, porque el acierto, la casualidad y el instinto juegan en su labor tanto o más que las técnicas prospectivas y los modelos teóricos sobre los que establecer predicciones. De hecho, desde una epistemología exigente la economía tiene muy poco de científica y bastante de mágica: su capacidad predictiva es muy limitada y a menudo nula, carencia compensada por el hecho de que, dado el gran número de expertos activos que hacen pronósticos de lo más variado, siempre hay alguno que acierta por razones estrictamente estadísticas. La cuestión filosófica es si el acierto se debe al azar o a un conocimiento superior de la materia, pero en fin: lo interesante es que, como pasaba antaño con los augures, profetas y adivinos, siempre hay alguno que da en el clavo, acierto del que se beneficia el conjunto de la profesión. Los augures romanos, por ejemplo, tenían un grado de acierto impresionante para elegir las ubicaciones de sus ciudades, pero es poco creíble que se debiera al estudio del vuelo de las aves.

Las ciencias serias se caracterizan por su capacidad de hacer predicciones  –falsables, según Popper, es decir, que pueden contrastarse de modo objetivo para evaluar el grado de acierto o error y revisar así la teoría-, o, si no tienen capacidad predictiva, por su capacidad descriptiva. La economía, en principio, pertenecería a la segunda familia. Tendría la capacidad de darnos una descripción exhaustiva de los fenómenos económicos. Pero, ¡ay!, por lo general aporta una descripción post-festum, que decían los latinos, de tipo histórico: nos explica muy bien por qué se ha producido la última crisis financiera después de producirse, como una consecuencia difícilmente predecible-aunque alguien puede acertar- por seguirse de factores causales mal conocidos, o de evolución aleatoria. Así que, ni predictiva ni descriptiva, la economía es una ciencia dudosa. Lo cual, no me malinterpreten, no convierte a la economía en algo inútil, en absoluto: sencillamente es un saber que, por el momento y a pesar de los Nobel, no es  ni de lejos una ciencia comparable a la física, la matemática o la química. ¡Qué más quisiéramos! Pero para ver su utilidad lean, por ejemplo, este interesantísimo trabajo de Alvaro Anchuelo y Miguel Angel García-Díez, y les aseguro que no sentirán en absoluto estar perdiendo el tiempo, sino aprendiendo, y mucho. Alvaro Anchuelo es, por cierto, el responsable de economía de la dirección de UPyD.

Viene todo esto a cuento de que la influencia del foro de Davos tiene poco que ver con las escasas habilidades científicas de la economía y mucho con esa forma de poder político que descansa en lo que suele llamarse la profecía autocumpliente, una forma interesantísima de tautología. Consiste en que cualquier predicción emitida por un agente con la suficiente influencia tiene una probabilidad de cumplirse mucho más alta que si la emite alguien que no la tiene.

Este fenómeno tiene que ver de un modo ambiguo con el conocimiento: la probabilidad de que una profecía así se cumpla está relacionado, en parte, con el saber de quien la hace, pero tanto o más con su influencia. Para entendernos: si mañana toda la prensa económica de peso (Wall Streer Journal y The Economist, por ejemplo) asegura que cierto banco va a quebrar, es mucho más posible que ocurra la bancarrota. Con el foro de Davos pasa lo mismo: seguramente habrá por allí gente muy bien informada, pero las opiniones de más peso, las más autocumplientes, corresponden a las personas o entidades más influyentes (cómo han llegado a este estatus es en sí mismo apasionante, pero demasiado largo para tratarlo ahora aquí).

Así que el prestigio e influencia de Davos es directamente proporcional al caso que se le haga, es decir, al poder que se le conceda, y se le concede mucho. No tanto por la calidad de las teorías económicas como por la información privilegiada que se cruza allí… y con la capacidad de influir para acabar teniendo razón. Los políticos, como todos los agentes sociales y políticos importantes, saben esto perfectamente, de ahí la enorme importancia de influir a su vez en esta clase de foros. El maltrato y el ninguneo es un indicio seguro de problemas a corto y medio plazo: lean cómo han tratado por allí a Zapatero, y entenderán perfectamente por qué España va a sufrir crecientes dificultades económicas y políticas que poco o nada tienen que ver con las capacidades reales del país, su gente y su economía. Habrá que pagar un sobreprecio para recuperar la confianza dilapidada a manos llenas por la vacuidad irresponsable del zapaterismo, que ha pasado de pretender refundar el capitalismo –inspirado por gurús como Sánchez-Cuenca o Suso de Toro- a anunciar allí la reducción de las pensiones y el retraso de la jubilación. Porque lo que esta clase de foros juzgan no es sólo, y ni siquiera en primer lugar, la calidad de la gestión política –por mucha propaganda y marketing que se derroche para vender humo-, sino sobre todo la credibilidad e influencia, ligada también a la capacidad de emitir profecías autocumplientes en su propio ámbito. Pues bien, revisemos ahora las de Zapatero, y reparemos en qué capacidad tendrá para ser creído en un foro tan frío como el de Davos quien proclamó que iba a acabar con ETA mediante el diálogo, que iba a arreglar definitivamente la estructura territorial del Estado mediante el nuevo Estatuto de Cataluña, que la crisis económica no iba a producirse o en todo caso afectaría muy poco a España, que la renta per capita española había superado la de Italia y pronto a la de Francia, que iba a influir en Chaves para impulsar la democratización de América del sur… No sigo, porque no sé si me da la risa o la depresión. Y en Davos UPyD no tiene, todavía, muchas posibilidades de que nos hagan el mínimo caso…

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Y por fin Zapatero se puso a rezar

Me parece que la tendencia norteamericana a mezclar los asuntos religiosos con los políticos significa un retroceso respecto a los fundamentos claramente laicos de su admirable Constitución, pero en fin, qué le vamos a hacer si algo tan extraño como un Desayuno Nacional de la Oración es allí un acto político de la mayor relevancia, que incluso un presidente dizque progresista no puede eludir sin pagar un precio político. Todo indica que al presidente Obama le ha parecido una forma elegante de despachar la obligación protocolaria de recibir al presidente Zapatero –puesto que ejerce la presidencia rotatoria de la UE- en un acto rebosante, sin duda, de fe en la divina Providencia, en su versión evangelista conservadora más exagerada pero acaso proclive a echar una mano al apurado presidente de los USA. In god we trust, como el dólar (y no olvidemos que los problemas de la banca americana andan por medio).

Ahora bien, si los políticos de Estados Unidos tienen el hábito de mezclar la Biblia con la Constitución respondiendo, si no a la fe –como era el caso de Bush-, sí a intereses electorales, ¿qué papel representa en cambio el presidente del Gobierno de España en semejante extravagancia? Pues, sin duda, representarnos a nosotros como ciudadanos españoles y europeos. Y aquí comienzan los problemas: ¿tiene derecho el presidente del Gobierno de España a actuar como tal en un acto religioso, nada menos que como ponente invitado a dirigir la plegaria? Ya no me refiero a la brutal incoherencia de que sea el mismo sujeto que se negó groseramente a levantarse ante la bandera de Estados Unidos en un desfile oficial –también por cálculo electoral-, sino al hecho de que este señor preside el Gobierno de un Estado, España, constitucionalmente aconfesional, ya que no –esperemos que no por mucho tiempo- formalmente laico. La cosa no es muy distinta a que, por mor de la relación con los países musulmanes, Zapatero aceptara peregrinar a La Meca para postrarse ante La Caaba y leer alguna aleya coránica en el improbable caso de que invitaran a un infiel al sitio más sagrado del Islam.

Es una cosa curiosa este hombre: se lleva a sus niñas a una recepción oficial del presidente Obama, convirtiéndola en una visita privada completamente inapropiada, y se va a rezar con los evangélicos americanos haciendo  oficial lo que sólo puede considerarse un acto privado. Y tenía que haber sido al revés: tenía que haber llevado a las niñas al desayuno bíblico si, como padre, le parecía una experiencia formativa, y haberlas dejado fuera de la foto de la recepción oficial. Como sujeto privado, el sr. Zapatero puede asistir a cuantos actos religiosos quiera, pero como máxima autoridad del Ejecutivo, el presidente Zapatero no puede representarnos en un acto confesional por mucho que le hayan invitado. Dicho de otro modo: en la intimidad puede rezar por nosotros, sus administrados, porque toda ayuda es poca ante una calamidad semejante, pero en un acto público donde ejerce de presidente no puede someternos a la humillación de convertirnos en catecúmenos de un grupo de adictos a la Bilbia.

No sólo es un ejercicio de indigno oportunismo mediático: es que es una consecuencia de la insondable ignorancia de este hombre, de alguien que no comprende lo que es el laicismo auténtico y las consecuencias que implica asumirlo, ni de las más sencillas fronteras que separan la vida privada de la esfera pública. Tampoco es tan raro en alguien capaz de escribir, en el prólogo a un libro de Jordi Sevilla, que “la ideología es una idea lógica” entre otras extraordinarias insolvencias intelectuales. Zapatero es un inagotable surtidor de despropósitos manando de un pozo insondable de ignorancia. Ayer mismo, día del recuerdo de la Shoah (el Holocausto judío a manos de los nazis), Zapatero se permitió llamar la atención sobre “el valor moral y universal de la shoah”.

Pues bien, un valor es un ejemplo, y un valor universal un ejemplo a seguir por todos. Alguien capaz de afirmar sin pestañear que un genocidio tiene ese carácter sólo porque suena correcto, elevado y éticamente sublime –cuando el genocidio judío, como cualquier otro, fue una consecuencia de la más absoluta y radical carencia de ética-, es también capaz de adherirse a cualquier necedad. Desde pensar que cabía dialogar con ETA como en la última negociación, con sus Faisanes y todo, a negar de plano la amenaza de la crisis económica ya desbocada o, una vez admitida su penosa existencia, proponer prohibirla por decreto nada más estrenar presidencia de la UE. Así que no debería sorprendernos que se vaya a rezar con Obama, uniendo la absoluta impostura religiosa con el desenvuelto olvido de sus deberes constitucionales. Porque le conviene, o eso cree. En lo que no hay conveniencia alguna es en seguir siendo gobernados por esa conjunción planetaria de impostura, oportunismo e ignorancia. La factura que vamos a pagar, que ya estamos pagando, quizás sea mayor de la que podamos permitirnos nunca.

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La derecha vergonzante, contra nosotros

No es desde luego ninguna casualidad que varios medios de comunicación controlados por la derecha de la derecha, esa que se dice liberal porque en realidad no se atreve a asumir en público su verdadero ideario y hábitos políticos –una mezcla de tradicionalismo, cainismo y rapacidad ilimitada-, ande liando la campaña en marcha de desprestigio contra UPyD. A propósito de las andanzas de un pintoresco emprendedor de Madrid tan aficionado a coleccionar disidencias en partidos políticos –me dicen que somos el cuarto que trata de controlar, nada menos- como otros colegas suyos a coleccionar cochazos, tres periódicos al servicio de la derecha vergonzante, más alguna radio privada o así y alguna tele pública (risas), han encontrado lo que consideran un filón para tratar de hundirnos con las únicas armas que realmente dominan: la difamación, la injuria y la tergiversación. Les acompañan desde hace tiempo los inevitables políticos sin beneficio a la busca de un fautor de sus días, que no autor, que han ido yéndose dando portazos más o menos ruidosos a medida que iban comprobando que esto no era lo suyo, apoyados por un grupo de ciberanimadores más parecidos al casting de Alguien voló sobre el nido del cuco que a un colectivo racional. No es de extrañar, sino todo lo contrario, la creciente batasunización del “libro de estilo” de esos medios, esos círculos de opinión y esos personajes.

Pues en efecto, los típicos insultos y denuestos que muchos de nosotros estábamos acostumbrados a leer en Egin, Gara o Egunkaria para denunciar nuestra militancia constitucionalista y justificar que fuéramos objetivo de los verdugos –mienten, roban, viven de esto, son un fraude, no representan a nadie, gastan millones de turbio origen a manos llenas- son ahora falsa moneda de curso corriente en esos medios de la derecha vergonzante a propósito de UPyD: mentimos, robamos, vivimos de esto, somos un fraude, no representamos a nadie, gastamos millones de turbio origen a manos llenas. La única originalidad que encuentro a los sicarios de la derecha vergonzante que así depone sus miedos es la añadidura de los insultos e insinuaciones soeces, sórdidas y de tipo clericalmente sexual: que si el lobby gay, que si las orgías subvencionadas en pisos de ciertos barrios de tenebrosa reputación regalados a dirigentes… Savonarola o Torquemada, a su lado, sí que eran liberales.

Es verdad que la lógica no es lo suyo, pero no hay mucha lógica en la propaganda totalitaria: lo mismo no tenemos militantes ni estructura en Cataluña que los cuadros catalanes se van por docenas con el 50% de una afiliación que era inexistente; lo mismo somos un partido donde no hay nadie conocido fuera de la autoritaria portavoz que un partido de donde ilustres y prestigiosísimos fundadores huyen por centenares, despertando la santa indignación de las personas virtuosas; lo mismo no pintamos nada ni tenemos futuro alguno que somos caza mayor a batir por las mejores Escopetas Nacionales del reino de la Tertulia.

Y esa basura la propala un orgulloso diario centenario, monárquico y católico militante –la Iglesia, que tanto se queja de un trato injusto, tiene otro problema con esos amigos-, que hace nada vomitó en portada el linchamiento público de un inocente acusado de haber asesinado y violado a la hija de su pareja; otro que tiene el titular menos adecuado a su línea que cabe concebir y a quien las encuestas electorales siempre le salen divididas por dos cuando a nosotros se refieren, y un tercero que es un acabado ejemplo de libelo ultra al servicio de la fundación de un partido de extrema derecha en cuanto se presente la ocasión. Los tres tienen, por diversas razones, grandes problemas económicos, enjuagados con dinero público o privado interesado en la información únicamente como manipulación sistemática, tergiversación permanente y asesinato civil de cualquiera que se ponga a tiro. Luego se extrañan de que los periódicos pierdan lectores a mansalva.

Bueno, allá ellos. Con algún informante suyo nos veremos en los juzgados, donde deberá probar las acusaciones de desfalco, robo y apropiación indebida, entre otras, que alegremente vierte sobre nosotros para curar la herida de su ridículo en el Congreso y satisfacer quién sabe qué pactos y exigencias. Aunque, a la vista de la campaña de prensa que pivota sobre su testimonio y de los medios que participan, tiene un probable origen en, más o menos, un famoso edificio de la Puerta del Sol.

Tampoco es para extrañarse ni para rasgarse las vestiduras ante la actuación de la máquina de hundir reputaciones,  bien engrasada con dinero de los contribuyentes, o sea, nuestro y por tanto de sus víctimas. Porque las víctimas de la desinformación y de la conversión de las instituciones públicas en cotos privados de caza y rapiña no somos precisamente los promotores de UPyD, sino los ciudadanos cuyos bolsillos son aligerados de buena parte de su dinero sólo para mantener medios de comunicación sin lectores, cajas de ahorros al servicio de políticos retirados, chanchullos y tinglados de todo tipo y máquinas mediáticas de picar carne al servicio de todo lo anterior. Pues claro, no habríamos fundado otro partido, ni apartado del mismo sin miramientos a todos los que han demostrado su afán de pervertirlo –y así seguirá siendo-, si estas cosas no pasaran.

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Recuerdo de Gregorio Ordóñez

Se siente algo muy especial cuando los terroristas asesinan a un rival, a una persona con la que no coincides en gran número de cuestiones pero cuya vida era, naturalmente, no sólo intocable, sino particularmente valiosa precisamente por encarnar un modo distinto de entenderla. El 23 de enero de 1995, ETA asesinó a Gregorio Ordóñez mientas comía en un bar de la Parte Vieja de San Sebastián, en compañía de su entonces secretaria, María San Gil, y otra persona. Gregorio estaba archiamenazado por ETA pero, por aquel entonces, muy pocos políticos o amenazados –jueces, periodistas, profesores y hasta jardineros y señoras de la limpieza- de los miles que había en el País Vasco llevaban escolta profesional. Gregorio llevaba una pistola, pero estaba sentado de espaldas a la puerta y el asesino no tuvo problema alguno en deslizarse entre los parroquianos del bar y descerrajarle un tiro en la nuca con toda frialdad, para después irse tranquilamente por donde había llegado, dejando un cadáver donde había estado un hombre joven popular y lleno de energía, y un bar atestado de clientes incrédulos y paralizados por el miedo.

Gregorio Ordóñez era concejal del Ayuntamiento de San Sebastián por el PP, un político en alza y un candidato a la alcaldía con altas probabilidades de obtenerla. Su gran rival por aquel entonces era el socialista Odón Elorza, luego casi eterno alcalde donostiarra. Tengo la convicción de que ETA asesinó a Ordóñez precisamente por eso, porque era posible que llegara a la alcaldía, escandaloso y catastrófico sacrilegio para la mentalidad terrorista. Con esa idea, y acompañado por una docena de amigos, firmé un artículo en la prensa donostiarra proponiendo que los demás partidos democráticos renunciaran a la alcaldía en las próximas elecciones municipales, acordando que un concejal del PP ocupara ese rango, aunque debiera gobernar en minoría. Como era de prever, los demás partidos se negaron y los analistas políticos locales nos pusieron verdes; incluso llegaron a acusarnos de pervertir la democracia y regalársela a los terroristas, en una retorsión de los hechos y las ideas que no sorprenderá a nadie que haya conocido de cerca ese hábito del sindicato de ayuda mutua de partidos tradicionales y medios de comunicación. Pero la acusación más corriente es que yo y mis amigos éramos, en realidad, submarinos del PP. Sigue viva, claro.

Burda acusación, aunque daba igual, porque tras aquel asesinato, ¿qué persona decente no se veía obligada a decir “yo también soy del PP”? Ni siquiera era amigo de Gregorio Ordóñez, aunque le conocía, como también a Odón Elorza y tantos egregios donostiarras de mi generación; es algo muy corriente en una ciudad pequeña como la nuestra. Es más, pocos días antes del asesinato de Gregorio otro diario me publicó una carta protestando por una declaración suya en torno a cierto asunto municipal que no viene al caso. Me parecía, y me sigue pareciendo, que el tipo de política que Gregorio Ordóñez postulaba era más populista que otra cosa. El estaba cerca del Opus, yo no; él amaba las tradiciones locales más ñoñostiarras (o sea, de la poderosa versión ñoña de mi pueblo), yo no; él encarnaba muchas cosas que no me gustaban. Pero de ningún modo era un enemigo, sino alguien que defendía con toda legitimidad ideas diferentes y otro concepto legítimo de ciudad. Y lo hacía con un tesón, valor, fuerza y laboriosidad que le habían ganado la admiración de decenas de miles de ciudadanos dispuestos a votarle, a él y no al PP, su partido, peligro diabólico que ETA exorcizó arrancándole la vida.

Con el tiempo me hice amigo de su viuda, Ana Iríbar, y sobre todo de su hermana Consuelo, a la que el asesinato de su hermano despertó brutalmente a la vida política y luego se convirtió en una de las almas de Basta Ya. Estoy razonablemente seguro de que si Gregorio hubiera seguido viviendo el seguiría en el PP y en su populismo honrado de cristiano tradicionalista, de modo que estaríamos en posiciones bastante diferentes en algunas cosas, aunque coincidiríamos en muchas otras: como en que al terrorismo, ni agua. Sin duda era mucho más lo que nos unía que lo que nos separaba, aunque no supiéramos expresarlo o no alcanzáramos a comprenderlo en su integridad.

El aprendizaje atroz derivado del asesinato de Gregorio Ordóñez fue el de que es casi peor, aunque sea menos sentido, el asesinato del que piensa diferente a ti que del que piensa como tú. Es así porque muestra en toda su crudeza la lógica profunda del terrorismo: se trata de eliminar al otro, al distinto, al libre (porque no se somete). Se siente, pues, de una forma diferente: como una humillación personal y colectiva, como un castigo universal al valor de la pluralidad, a esa convicción de que es mucho mejor una sociedad de personas libres y distintas que un rebaño tribal de clones sin cerebro ni sentimientos de humanidad compartida con quien no sea de los suyos. Es de todos modos un sentimiento poco extendido. El PP organizó al poco tiempo un acto cívico de protesta por el asesinato y de homenaje al asesinado. Pero tras muchas tentativas e invitaciones y llamadas y ruegos, el único intelectual independiente que aceptó participar en el acto fue Fernando Savater, a quien llamó José María Aznar en persona. ¿Hacía falta una demostración más palpable del grado de sectarismo e intolerancia que envenenaba a la subdesarrollada sociedad civil española (por no hablar de la vasca)? Me parece que esta experiencia fue vital para que dos años más tarde nos embarcáramos en la fundación del Foro Ermua, y cuatro después en la de Basta Ya. Asesinando a alguien que pensaba tan distinto de nosotros, los terroristas levantaron sin pretenderlo los últimos escrúpulos identitarios y anteojeras sectarias que todavía enturbiaban nuestra visión del “conflicto”. No las de muchos otros, pero esa es otra historia, y no es la de Gregorio Ordóñez. Que sigue viviendo en los corazones de sus amigos, su familia y no pocos de sus adversarios. Hoy volvemos a hacerle un homenaje en su San Sebastián, y así su vida no se apagará por completo, para fracaso y escarnio de sus asesinos… y de los indiferentes.

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El PP se pasa la xenofobia y al populismo

El PP parece empeñado en ratificar que ya es “la peor oposición” de la breve historia democrática española. Y no se trata de una mera cuestión de estilo. No, si acusamos al PP de hacer la peor oposición posible es porque elude sistemáticamente los problemas de fondo, en los que no tiene una posición muy diferente al PSOE (ley electoral, reforma de la Constitución, de la educación, del modelo territorial, etc.), para refugiarse en el oportunismo demoscópico, esto es, en tratar de abanderar causas de moda que, o bien son irrelevantes para resolver los problemas de fondo o, lo que es peor, conseguirán agravarlos. La última de estas cortinas de humo oportunistas es la subida a esa nave de los locos que es la xenofobia. Porque proponer políticas activas contra los inmigrantes, con o sin papeles, no es otra cosa que xenofobia. Eso es proponer “contratos morales” especiales para los inmigrantes legales, como si tuvieran obligaciones especiales -de las que están exentos, en cambio, los cargos corruptos del PP-, y de reconsiderar la obligación legal de los ayuntamientos de empadronar a todos los habitantes de la localidad, tengan visado o no o duerman de tres en tres en habitaciones de doce metros cuadrados (con suerte).

Repitámoslo, a ver si a base de insistir cunde la idea: un emigrante que cumpla todas las leyes del país de acogida no tiene ninguna otra obligación que no tengan los ciudadanos del mismo; todos los seres humanos tienen derechos básicos intocables, aunque no tengan visado; la obligación de empadronar también a los que no tiene visado atiende al interés general, y si un ayuntamiento tiene cien mil habitantes reales esos son los que deben figurar en el padrón, aunque el 10% carezca de visado. Estos pueden ser expulsados legalmente del país, pero sin ser privados hasta entonces de sus derechos básicos ni de servicios que los materialicen, como educación para sus hijos o atención sanitaria si la necesitan. Por eso el PP hace muy mal al proponer retorcidas necedades como un “contrato moral” (¿a qué diablos puede obligar?) que sólo sirve para alentar las sospechas xenófobas, y cuando pone en solfa una obligación muy sensata del padrón municipal que, por cierto, impuso Mariano Rajoy cuando era ministro del Interior (o tempora o mores) en atención al interés general: saber dónde están todos los extranjeros que viven en el país, hayan entrado en bussines o en patera.

Muchas voces alertan de que no deja de ser verdad que los servicios sociales no estaban preparados para atender adecuadamente el aumento de población de las zonas más receptoras de inmigrantes, de modo que algunos centros escolares públicos se convierten en guetos de niños con costumbres problemáticas, o que los servicios de urgencias de los hospitales parecen abarrotados por nuevos vecinos que en algunos casos recurren a la sanidad gratuita con escasa prudencia, y otras denuncias semejantes de personas conocedoras de lo que hablan y nada xenófobas ni populistas. De acuerdo, afrontemos el problema comenzando por las causas. Cuando un hospital o un centro escolar, o todo un barrio, se satura o degrada por la avalancha, ¿a quién hacemos responsable: al emigrante llegado a trabajar en lo que se le ofrezca, o a las administraciones incapaces de tomar previsiones mientras alentaban la inmigración masiva, incluso sin papeles, para alimentar la demanda de mano de obra barata y poco cualificada del fallido modelo económico español?

Pero donde el dislate xenófobo-populista llega al apogeo es en declaraciones como las de Alicia Sánchez-Camacho, según la cual “en Cataluña y España no cabemos todos”. ¿Nos dirá, pues, quiénes sobran y deben ser expulsados? Y lo dice para abrir campaña electoral en una comunidad, Cataluña, donde al nacionalismo etnolingüístico que tampoco encuentra sitio para los españoles que no saben catalán y para los catalanes no nacionalistas o aficionados al uso del español con preferencia al catalán o conjuntamente con éste (bilingües, vaya). Viejo problema al que se ha sumado ahora una plataforma, PxC, de ideología puramente xenófoba (y al que todos los pronósticos electorales dan buenas perspectivas de entrar en el Parlamento catalán). Impresionante deriva. Junto a la unanimidad de los medios de comunicación catalanes (con perdón) con la editorial del no al Constitucional (como si hiciera falta pararlo), la alienación del PP catalán con los nacionalistas y xenófobos regionales expresa otro avance de la berlusconización de Cataluña (con aspirante al título de Berlusconi catalán en la figura del presidente balompédico Laporta).

En resumen: mientras resulta inútil esperar al PP para las grandes reformas urgentes, de la económica a la educativa pasando por la constitucional y electoral, he aquí que el partido que aspira a suceder al PSOE disputa el menguante voto catalán a lo peor de esa comunidad identificándose con él. Estamos en plena caída de una democracia con problemas nacionales a un régimen de nacionalismos desbocados.

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La naturalidad de la xenofobia

Era de prever que actitudes xenófobas como la del ayuntamiento de Vich o el de Torrejón de Ardoz iban a brotar tarde o temprano. Es más, me parece notable que hayan tardado tanto en aparecer, y más en una crisis económica y laboral tan severa como la que atravesamos. Había varias razones para este pronóstico: cosas así ya han pasado en otros países con mucha inmigración, y es una reacción política populista muy rentable para quien la perpetra. Porque, no nos hagamos ilusiones al respecto, la xenofobia es un instinto muy arraigado en la mente humana, o lo que es lo mismo, es una pasión –baja- de lo más natural. Lo culto es tratar de vencer nuestro natural instinto xenófobo y combatir sus excesos. Porque la xenofobia, como otras fobias parecidas –el antisemitismo, el racismo o la homofobia-, es uno de esos aspectos de la naturaleza humana ordinaria que debemos esforzarnos por minimizar en lo posible. Su erradicación ya es algo más problemático, si no quimérico.

A la actual idolatría de la naturaleza, con tantas expresiones a día de hoy –del ecofundamentalismo a la nueva religión del cambio climático (¡he leído que López Uralde era un “mártir del clima” por su detención en Copenhaghe!)-, puede chocarle, o algo peor, hacer responsable a la naturaleza de la xenofobia, considerando esa baja pasión como un instinto más que como una noción ideológica o una convención cultural. Pero es muy difícil refutar el hecho de que la práctica totalidad de las comunidades humanas documentadas, sea por la historia o por la antropología, e incluso por la experiencia viajera de cada cual, albergan una profunda desconfianza, que puede llegar al odio más irracional, por “los otros”, es decir, por el extranjero. Un elocuente ejemplo de esta tendencia es el hecho de cada comunidad llamara a su vecina con un nombre despectivo que señalaba algún presunto defecto o tara de esos tipos no del todo humanos. Incluso en la civilizadísima Atenas de Pericles la condición de meteko, descendiente de un extranjero, era motivo suficiente para quedar excluido de la ciudadanía, reservada a los varones de las supuestas familias autóctonas. La idea de la igualdad radical de todos los seres humanos ha sido siempre muy minoritaria o más bien parcial (los cristianos y musulmanes sólo consideraban, o siguen considerando, realmente iguales a los fieles de la comunidad, excluyendo a herejes, paganos e infieles), hasta que la Ilustración la proclamó con un carácter realmente universal. Así pues, las ideologías xenófobas o abiertamente racistas se han reducido, por lo general, a algo tan fácil como dar una carta de naturaleza supuestamente respetable, política, a lo que no son sino prejuicios, fobias y miedos reaccionarios contra los ajenos a la propia tribu, sea ésta pequeña o se trate de una comunidad enorme. Siguiendo el llamado “síndrome del gallinero” -todas las gallinas tienen una o varias a las que picotear agresivamente, excepto la de más bajo rango-, incluso las comunidades marginadas y despreciadas desprecian y marginan a su vez a las que consideran inferiores.

La buena educación no es, sin duda, suficiente para por lo menos avergonzarse y renegar de las emociones xenófobas que albergamos más o menos secretamente, pero tampoco parece haber duda de que es condición necesaria para ello. Esta es la razón de que en los países occidentales los sectores sociales más abiertamente xenófobos suelan coincidir con harta facilidad con los de menor educación. Trasladado a la política, este fenómeno social implica fórmulas populistas muy peligrosas para la libertad y la igualdad, es decir, para la democracia. Así, un modo de ganar un buen montón de votos allí donde la gente cree que hay demasiada emigración o extranjeros asentados –percepción que muchas veces resulta más subjetiva que otra cosa- es proponer la institucionalización de su marginación, privando a los extranjeros de algunos derechos reservados a los nativos. Por ejemplo, servicios básicos universales como la educación obligatoria y la atención sanitaria, que pueden negarse a quienes no estén empadronados. El reciente progreso de las fuerzas políticas populistas y nacionalistas en Francia, Holanda, Gran Bretaña o Italia ha seguido esa sencilla senda: atraer los votos que antes solía llevarse la izquierda –desempleados, trabajadores poco cualificados, jóvenes, pensionistas- asegurándoles que los emigrantes no iban a quitarles nunca más su trabajo, sus casas o sus servicios sociales. Huelga decir que sin referirse nunca a la aportación indispensable de esos inmigrantes, legales o no, al desarrollo económico que permite mantener esos servicios públicos.

La decadencia de la izquierda tradicional también puede favorecer movimientos populistas xenófobos en España, si no lo está haciendo ya. La derecha tradicional también tiene fácil, como se ha visto en Italia y en menor medida en Francia, la caída en la xenofobia militante por su tradicional poca fe en valores como el universalismo cultural o la igualdad. Los casos de Vich o Torrejón podrían ser, por eso mismo, la cima de un iceberg con mucha masa sumergida por manifestarse. Hay que estar atentos a esta posibilidad, y tratar de atajarla cada vez que esté en nuestra mano. Máxime cuando todas las previsiones económicas coinciden en que el desempleo y el déficit público se van a mantener muy altos durante muchos años, aunque mejoren algunos indicadores económicos que permitan a los gobiernos hablar, engañando de nuevo, del “fin de la crisis”. En semejantes condiciones, los inmigrantes tienen todas las papeletas para convertirse en chivos expiatorios del malestar social.

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Haití: una catástrofe y una oportunidad

Las apocalípticas noticias llegadas de Haití se comentan por sí solas.  Catástrofes semejantes a “golpes como del odio de Dios”, que dijera César Vallejo, y que son simplemente sobrecogedoras en el sentido más elemental del término. Lo que debemos hacer es preguntarnos qué se puede hacer al respecto. No podemos evitar que haya terremotos devastadores –ni siquiera Zapatero podría prohibirlos con una Ley anti-seísmos-, pero se pueden tomar muchas medidas preventivas que disminuyan los daños, reparen cuanto antes las ruinas y permitan reanudar, en la medida de lo posible, la vida cotidiana de que aquellos que no padezcan pérdidas irreparables. Haití no sólo está situado en una zona de alta sismicidad, sino que además es el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo. La tragedia que desencadena un gran terremoto en cualquier sitio densamente habitado se multiplica muchas veces cuando, además, afecta un espacio tan paupérrimo como el haitiano. El escandaloso contraste entre los efectos de un gran terremoto en Haití o, por ejemplo, en Japón –en otra de las regiones más sísmicas del mundo-, demuestra que la pobreza de causa humana multiplica muchas veces las tragedias naturales. Y así, un terremoto que en Japón puede dejar algunas docenas de muertos deja tras de sí docenas de miles en Haití, donde se habla de cientos de miles; de confirmarse, convertiría este desastre natural y socioeconómico en el peor de la historia.

Sin embargo, esta catástrofe nos ofrece una oportunidad –sin duda indeseable- para comprobar si el mundo ha cambiado tanto como queremos creer, o para empujar algo el cambio en la buena dirección.

Ya no existen grandes bloques geoestratégicos enfrentados como durante la Guerra Fría, y la reconstrucción de un país de las dimensiones de Haití es perfectamente viable y asumible para la economía globalizada de nuestros días. Además debe ser una reconstrucción a (y de la) conciencia, que se ocupe no sólo de los daños materiales, sino que emprenda la reconstrucción de las instituciones públicas cuyo fracaso o colapso está en la raíz de la extraordinaria catástrofe que ha significado el terremoto. Haití es el primer Estado de América del Sur que conquistó su independencia de, la metrópoli, Francia, en 1804. Y gracias a una revolución de inspiración ilustrada, al modo también de la metrópoli, liderada por los descendientes de los esclavos de origen africano. Por desgracia, la evolución posterior frustró las expectativas emancipadoras alumbradas por Toussaint-Louvertoure y su gente, autores de una temprana Constitución republicana en 1801. Como tantos otros, Haití es un Estado fracasado, incapaz a día de hoy para tomar por sí mismo las riendas de su rescate. Y como tantos otros, buena parte de la responsabilidad de ese fracaso corresponde, además de a los propios haitianos, a los países poderosos que sólo buscaron asegurar su hegemonía en la región, apoyando la instauración de la ignorancia y la miseria.

En las últimas décadas se ha hablado mucho de la injerencia humanitaria, la obligación moral de intervenir en aquellos lugares asolados por catástrofes de origen político para ayudar a la población víctima y restaurar al menos los derechos básicos. Se utilizó mucho para justificar la intervención en la exYugoslavia y otros lugares. Pues bien, ahora se presenta la oportunidad de acometer una injerencia humanitaria pacífica que no sólo reconstruya físicamente Haití, sino que ayude a sus nacionales a restaurar su Estado arruinado. No sólo Estados Unidos, Brasil o la Unión Europea, sino también China, India y los demás países solventes deberían acordar una acción en este sentido. Además de enterrar a la muchedumbre de muertos y cuidar a los heridos, darles casas y reconstruir –en muchos casos, construir por primera vez- infraestructuras civilizadas, hay que adoptar medidas para asegurar que la sociedad haitiana pueda contar con los mínimos elementos de educación, economía e instituciones públicas y servicios sociales que convierta a Haití en un Estado de verdad. Pobre quizás pero no misérrimo, viable y capaz de desarrollarse sin recaer en la neoesclavitud de la cleptocracia y el bandidaje escudado en la política. De ese modo, cuando en el futuro otro terremoto sacuda la isla –lo que ocurrirá tarde o temprano-, al menos no sacudirá ruinas y basura sobre gente desesperada y famélica, sino sobre ciudadanos capaces de ayudarse a sí mismos.

Es, en fin, una oportunidad para extender la idea y principio de que en el mundo globalizado de nuestros días cualquier calamidad sufrida en una parte del planeta afecta negativamente, de un modo u otro, a absolutamente todos nosotros. Se trata de elegir entre la xenofobia a la catalana del ayuntamiento de Vich, que ha elegido la vía de hacer invisibles a sus marginados negándoles el papel de empadronamiento que les permite recibir al menos educación y asistencia médica, y una nueva conciencia global de que la pobreza causada por el fracaso del Estado es un problema de todos que todos debemos resolver en la medida de nuestras posibilidades. Al fin y al cabo, ¿no es la solidaridad amor propio bien entendido?

Y un estupendo artículo sobre Haití de Paco Gómez Nadal

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ETA: ¿terrorismo residual o democracia inmadura?

Pronto sabremos si el Supremo juzga a los lehendakaris Juan José Ibarretxe (ex) y Patxi López por haberse reunido con Batasuna cuando esa cosa había sido no sólo ilegalizada, sino declarada parte de ETA. Corresponde a los magistrados del Supremo decidir si aplican la doctrina Botín, que inhabilita a la acusación popular para actuar en el caso, o la doctrina Atutxa dando la razón a Dignidad y Justicia, el colectivo que realmente ha impulsado la acusación popular, al igual que en el caso Egunkaria, una vez retirado el ministerio fiscal por mor de los intereses gubernamentales. Pero no pretendía reflexionar sobre el procedimiento a seguir respecto a López e Ibarretxe sino sobre el problema raíz, a saber: que España es el único Estado de la Unión Europea donde sigue activo, ininterrumpidamente, un grupo terrorista nacido hace nada menos que cincuenta años, y donde ese grupo consigue cada cierto tiempo que las instituciones le acepten como interlocutor válido para iniciar negociaciones políticas -como las emprendidas por ambos encausados- saltándose la legalidad y legitimidad democrática; la primera viene definida por las leyes, y la segunda por el ejercicio de los principios y reglas básicas de la democracia. Lo que conduce a la conclusión de que entrevistarse con ETA para negociar objetivos políticos de cualquier tipo implica una grave violación de las reglas básicas de la democracia, además de un flagrante incumplimiento de la legalidad.

Por supuesto, la defensa arguye que esas entrevistas buscaban objetivos tan altruistas y elevados como la consecución de la paz y el cese de la violencia, pero el problema es que esas entrevistas nunca se hubieran celebrado si Batasuna no fuera uno de los rostros de ETA, de manera que su mera celebración, lejos de alejar a la banda de sus objetivos, los favorecía (por ejemplo, admitiendo que el terrorismo era y es la expresión de un conflicto político provocado por la opresión del Estado en el País Vasco). Ibarretxe recibió a esa franquicia de ETA en su residencia oficial manifestando claramente su desobediencia a la ilegalización de ese partido, y López, cuando todavía sólo era candidato socialista a la lehendakaritza, en un hotel donostiarra y como parte de un “proceso de paz” que sólo sirvió para procurarnos dos calamidades: prolongar la vida de ETA dándole otro valioso respiro para reconstituirse, y deslegitimar a las instituciones de la democracia que ETA quiere aniquilar. Mira qué bien. Eso fue todo el logro. Un logro que revela la enfermedad infantil que la democracia española sigue sin superar: la incapacidad para respetar sus propias leyes y hacer funcionar como es debido a sus instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales. Como si siguiéramos anclados en 1976, basta con que los terroristas manifiesten su voluntad de diálogo para que todo se precipite en una sensación de provisionalidad, de pizarra en blanco y refundación… bajo el chantaje y la amenaza de la reanudación del asesinato.

Si esta enfermedad infantil se hubiera superado antes, ahora estaríamos hablando de ETA como un nefasto fenómeno del pasado, como de la dictadura misma. Pero han sido los propios actores políticos y las propias instituciones las que han contribuido a mantener con vida a la banda y a reanimarla cuando parecía decaída. Pensemos, por ejemplo, en la nefasta creación de los GAL desde los gobiernos de Felipe González, materializando la doctrina de “las dos violencias enfrentadas” del terrorismo de Estado y del terrorismo privado.

La persistencia de nuestra enfermedad, de esa especie de raquitismo institucional, fue de nuevo demostrada cuando, tras suscribirse el Pacto contra el Terrorismo y aprobar la Ley de Partidos, el Pacto se rompió en cuanto se presentó la ocasión y la Ley fue metida en el congelador en cuanto apareció el pretexto del inminente “fin dialogado de la violencia”. Una democracia que se respetara más a sí mismo que la nuestra, con verdaderos controles judiciales y contrapoderes suficientes, incluyendo una sociedad civil exigente que por desgracia nunca hemos sido, no habría tolerado la conculcación del Pacto Antiterrorista, ni la suspensión de facto de la Ley de Partidos mediante la manipulación de la justicia. Dicho de otro modo, ETA siempre se escapa del cerco cuando todo parece apuntar a su fin no tanto por su habilidad criminal como por las facilidades procedentes de las propias instituciones responsables de su eliminación, como puso en evidencia el gravísimo soplo policial del bar Faisán. O la negativa a actuar contra ayuntamientos gobernados por una franquicia de ETA-Batasuna, ANV, cuando se sabe que colaboran con los terroristas dándoles información reservada para facilitar atentados (trazado del AVE por el País Vasco), o encubriendo a activistas de ETA que pasean explosivos y misiles bajo la cobertura de ser respetables representantes de la voluntad popular.

La persistencia del fenómeno ETA no es sólo la expresión del radicalismo homicida de cierto nacionalismo vasco, sino el efecto patológico de una democracia que ha albergado una enfermedad que no quiere erradicar. Por eso seguimos atados a las noticias de detenciones de comandos, anuncios de atentados, amenazas y violencia, en lugar de hablar del recuerdo de estas desgracias como de otras ya felizmente superadas. Sólo terminaremos con este fenómeno con más democracia, o lo que es lo mismo: con el gobierno de las leyes y con el sometimiento de las instituciones y quienes las gobiernan a sus preceptos. Lo demás es engañar y engañarse.

Posdata: el Supremo ha archivado el asunto de las entrevistas de López e Ibarretxe. La enfermedad parece estable dentro de la gravedad habitual.

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