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	<title>Carlos Martínez Gorriarán</title>
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		<title>Sobre verdad y engaño en la acción política, o los graves daños políticos del hábito de mentir</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 04:00:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Hace unos días, el Financial Times reaccionaba a las primeras entregas del drama de la nacionalización de Bankia denunciando y lamentando la dificultad en decir la verdad de los políticos y banqueros españoles. Con toda la razón, el diario económico señalaba la imposibilidad no ya de restaurar la confianza económica en un país –y en unos bancos- gobernado con el engaño permanente, sino también de tomar las medidas de política económica necesarias para resolver los problemas de fondo. En efecto, hemos pasado de escuchar el autocomplaciente discurso de que disfrutábamos del mejor sector bancario del mundo, vigilado por un regulador modélico a nivel mundial, el Banco de España, a asistir al desplome de BFA-Bankia, entidad sistémica en gran parte desplomada por la costumbre de mentir, sea en forma de ingeniería contable o de lisa y llana ocultación de la realidad. Costumbre que llegó al paroxismo cuando Bankia entró en bolsa con las bendiciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Hace unos días, el <a href="http://www.europapress.es/economia/finanzas-00340/noticia-economia-bankia-ft-considera-episodio-bankia-dana-credibilidad-gobierno-20120509134840.html" target="_blank">Financial Times</a> reaccionaba a las primeras entregas del drama de la nacionalización de Bankia denunciando y lamentando la dificultad en decir la verdad de los políticos y banqueros españoles. Con toda la razón, el diario económico señalaba la imposibilidad no ya de restaurar la confianza económica en un país –y en unos bancos- gobernado con el engaño permanente, sino también de tomar las medidas de política económica necesarias para resolver los problemas de fondo. En efecto, hemos pasado de escuchar el autocomplaciente discurso de que disfrutábamos del mejor sector bancario del mundo, vigilado por un regulador modélico a nivel mundial, el Banco de España, a asistir al desplome de BFA-Bankia, entidad sistémica en gran parte desplomada por la costumbre de mentir, sea en forma de ingeniería contable o de lisa y llana ocultación de la realidad. Costumbre que llegó al paroxismo cuando Bankia entró en bolsa con las bendiciones del gobierno de Zapatero, de la CNMV y de los expertos y avalistas de un folleto que distorsionaba grotescamente la verdadera situación financiera del banco virtual del PP. Las víctimas: en primer lugar, los 400.000 ahorradores de la entidad convertidos con engaños y presiones en accionistas dueños de papeles sin valor; en segundo lugar, la credibilidad de España como Estado serio y en particular del Banco de España y del sistema financiero; en tercer lugar, todos nosotros porque seremos quienes debamos pagar esta nacionalización –<a href="http://alvaroanchuelo.wordpress.com/2012/05/14/sobre-la-enesima-reforma-financiera/" target="_blank">perfectamente evitable si se hubiera actuado a tiempo</a>- a costa de un profundo empobrecimiento personal y colectivo: el dinero enterrado en Bankia y demás entidades nacionalizadas no irá a educación, sanidad o cohesión social, ni siquiera a reducir el déficit público señalado como mal absoluto, sino a reflotar –si se consigue- una entidad financiera hundida por la costumbre de mentir y la tolerancia del engaño masivo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Hay dos formas exageradas de considerar los vínculos entre ética y política: decir que ambas son la misma cosa y sostener que no tienen nada que ver</strong>. Ni tanto ni tan calvo: entre ética y política hay zonas de superposición y continuidad, pero porque son sistemas distintos. Simplificando, la ética trata del gobierno personal de la vida de cada uno (en contra de la extendida opinión de que sobre todo sirve para juzgar la conducta de los demás), y la política del gobierno de las cosas públicas que importan a todos (incluyendo a los que dicen que no les importan nada). Pero hay un tema particular donde ética y política establecen un vínculo de retroalimentación donde cada una de ellas ilumina a la otra: la obligación de decir la verdad o no mentir, que es tanto ética como política. Es cierto que decir la verdad y no mentir no son exactamente lo mismo, pero creo que la equivalencia sirve para el caso que nos ocupa: la acción política.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Una peculiaridad de la acción política es que consiste, en la mayoría de los casos, en una acción indisolublemente ligada al uso de la palabra</strong>: hacer política es decir ciertas cosas, adquirir ciertos compromisos, elegir las palabras y expresiones que van en las leyes, normas y decretos de gobierno. Abreviando, diríamos que <strong>hacer política es lo mismo que dar la palabra o comprometerse con la palabra dada</strong>. O debería serlo. Y cuidado, no sólo por el imperativo ético de que debemos evitar el engaño y rehuir la mentira, sino por pura eficacia: <strong>cuando no se mantiene la palabra dada la política deja de ser eficiente porque nadie puede creer en ella</strong>. Faltar a la palabra dada, engañar y mentir, es la vía más rápida para que crezca el escepticismo e incluso la hostilidad a la política. Todos sabemos que en los ataques a los “políticos” (y entrecomillo esta palabra porque en democracia todos somos políticos, como tantas veces ha explicado Savater) está siempre presente la acusación de que éstos son mentirosos, hipócritas o inmorales porque engañan a la gente. Aunque se debe añadir que si bien la primera vez que nos engañan la culpa es del mentiroso, la segunda vez ya es nuestra, por dejarle. Cierto es que la tolerancia o intolerancia del engaño no es la misma en todas las democracias: las anglosajonas y nórdicas son esto mucho más estrictas que las latinas o mediterráneas, como bien sabemos. En España no sólo es inimaginable un <em>impeachment </em>como el que sufrió <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Impeachment_of_Bill_Clinton" target="_blank">Clinton por el caso Levinsky</a>, sino que ni siquiera existe ese procedimiento para destituir a la máxima magistratura si se le descubre en flagrante engaño. Aquí somos más cínicos, o eso parece.</p>
<p style="text-align: justify;">Todos los seres humanos sabemos lo que es mentir o engañar y lo hacemos a menudo, empezando por engañarnos a nosotros mismos. Esperar otra cosa de los semejantes metidos en la acción política –o en la empresa, que en esto se parecen mucho- sería demasiado ingenuo. Pero si la democracia funciona con instituciones, leyes y valores políticos es precisamente porque es necesario poner cortafuegos y sanciones a nuestras humanas debilidades. De manera que en una democracia es muy probable que los “políticos” mientan o engañen, pero la democracia tiene recursos para hacer pagar caro el abuso de esos vicios (el primero, no volver a votar a mentirosos ni corruptos, pero en eso la ciudadanía también falla a menudo repitiendo el <em>mal conocido</em>).</p>
<p style="text-align: justify;">Así pues, el problema no es si la política es más o menos mentirosa que otras instituciones humanas como el periodismo, la economía o las bellas artes, sino en <strong>qué pasa cuando la democracia acaba siendo corroída por la mentira y el engaño, bien por la degeneración de las prácticas políticas, bien por la tolerancia de los ciudadanos</strong> o, como es lo habitual, por la confluencia de ambas.</p>
<p style="text-align: justify;">Pues bien, se puede sostener sin género de dudas que cuando un sistema político ha perdido su credibilidad minado por la institucionalización del hábito de mentir, y además eso sucede en una crisis económica sistémica, está al borde del colapso. Es, ni más ni menos, lo que nos está pasando en la democracia española. La regeneración democrática comenzará por desterrar esos hábitos perniciosos, o sencillamente no se producirá. <strong>Todos los días tenemos pruebas y demostraciones elocuentes de que el Gobierno de Rajoy no es más sincero ni veraz que los de Zapatero</strong>, y que la ocultación de la verdad y el engaño son instrumentos habituales de gestión –desastrosa- de lo público, así se trate del fin de ETA o del saneamiento del sistema financiero. Los prestamistas internacionales, los famosos mercados, hace tiempo que se dieron cuenta de esto gracias a estar libres de la servidumbres consecuencia de la fidelidad partidista. Por eso, contra sus promesas, Rajoy no ha sido capaz de restaurar la invocada confianza en España, que en realidad es confianza en sus instituciones públicas y privadas; al contrario, esa confianza baja de día en día, como mide implacablemente la Prima de Riesgo. Es imposible obtener confianza y tener credibilidad cuando los mismos errores, omisiones, ocultaciones y mentiras se repiten rutinariamente, como ha vuelto a poner de relieve lo sucedido con Bankia. <strong>Porque no se trata sólo de cambiar de políticos, sino sobre todo de políticas. Para empezar, necesitamos con urgencia restablecer la veracidad en la acción política: entonces, la confianza y la credibilidad vendrán ellas solas</strong>.</p>
<p> <a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/05/bosco.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-910" title="bosco" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/05/bosco.jpg" alt="" width="365" height="316" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Por qué se debe remunerar a los cargos públicos y subvencionar a los partidos.</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2012 23:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La revolución americana que conduciría a la creación de los Estados Unidos de América comenzó bajo un lema muy actual: &#8220;no taxation whitout representation&#8220;, es decir, la negativa de los súbditos de las trece Colonias a pagar impuestos al Rey mientras carecieran de representación en el Parlamento británico (que era quien aprobaba las tasas e impuestos). Hoy asistimos a una protesta latente parecida porque muchos ciudadanos consideran que sus impuestos no les garantizan auténtica representación política, y que los impuestos aprobados por el Parlamento no tienen en cuenta sus derechos. Por eso existe un debate sobre si los partidos políticos, responsables en última instancia del deterioro de la representación política, deberían o no recibir dinero público para su funcionamiento, e incluso si los cargos públicos deben ser remunerados o no.</p> <p style="text-align: justify;">No es ninguna tontería, sino una cuestión que atañe a los fundamentos mismos de posibilidad de existencia de un sistema democrático, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La revolución americana que conduciría a la creación de los Estados Unidos de América comenzó bajo un lema muy actual: &#8220;<a href="http://en.wikipedia.org/wiki/No_taxation_without_representation" target="_blank">no taxation whitout representation</a>&#8220;, es decir, la negativa de los súbditos de las trece Colonias a pagar impuestos al Rey mientras carecieran de representación en el Parlamento británico (que era quien aprobaba las tasas e impuestos). Hoy asistimos a una protesta latente parecida porque muchos ciudadanos consideran que sus impuestos no les garantizan auténtica representación política, y que los impuestos aprobados por el Parlamento no tienen en cuenta sus derechos. Por eso existe un debate sobre si los partidos políticos, responsables en última instancia del deterioro de la representación política, deberían o no recibir dinero público para su funcionamiento, e incluso si los cargos públicos deben ser remunerados o no.</p>
<p style="text-align: justify;">No es ninguna tontería, sino <strong>una cuestión que atañe a los fundamentos mismos de posibilidad de existencia de un sistema democrático</strong>, como voy a tratar de explicar. Esa discusión va tomando elevado tono pasional a medida que los recortes de gasto público afectan de modo doloroso a ciudadanos que exigen explicaciones de por qué sus impuestos deben ir a parar en parte a las instituciones, los partidos y los cargos públicos responsables de que se dedique menos a sanidad, educación o servicios sociales. ¿<em>Por qué pagar a esos parásitos mientras se recorta por todas partes</em>? Y sin duda esas explicaciones son necesarias, así como la información detallada sobre lo que cobramos los cargos públicos, las subvenciones que reciben los partidos, lo que cuesta un Parlamento o un Gobierno, etc. Pero hay una cuestión previa: <strong>¿por qué debe dedicarse dinero público a partidos y cargos públicos?</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Pues bien, es una exigencia de los propios <strong>objetivos y reglas de un sistema democrático: para que exista algo digno de tal nombre cualquier grupo de ciudadanos debe poder formar un partido, y cualquier ciudadano debe poder ser elegido</strong> para desempeñar un cargo público con normalidad. Es cierto que ha habido sistemas democráticos sin partidos y sistemas parlamentarios donde no se cobraba por ocupar el escaño, pero ¿qué sucedía en esos sistemas? Echemos una ojeada.</p>
<p style="text-align: justify;">En la democracia asamblearia ateniense no había partidos políticos, aunque sí facciones y corrientes de opinión con un líder reconocido. Muchos cargos públicos eran nombrados por sorteo entre el restringido colectivo de ciudadanos; respecto a los cargos electivos, se esperaba de ellos no sólo que no cobraran nada por su labor sino incluso que sufragaran de su peculio cosas tales como representaciones teatrales y las trirremes de la marina de guerra (lo que los romanos, que hacían lo propio, llamaban munificencia). Ahora bien, ¿qué pasaba con los numerosos ciudadanos sin fortuna que salían sorteados para cualquiera de los abundantes consejos, asambleas y tribunales de la ciudad? Pronto fue obvio que, si no se quería que abandonaran los asuntos públicos por los privados, habría que pagarles una cantidad fija para retenerlos en sus puestos. Inevitablemente, <strong>el desempeño de cargos públicos supuestamente altruistas devino en profesionalización de la política</strong> (sobre todo para los ciudadanos más pobres, que encontraron así un socorrido <em>modus vivendi</em>) con el consiguiente abono de las tendencias degenerativas del sistema, la <strong>demagogia</strong> y el <strong>clientelismo</strong>. Atenas descubrió, con las consiguientes críticas de los detractores del sistema, que <strong>la democracia no es barata</strong>, y la búsqueda de recursos para financiarla a través de la guerra imperialista fue una de las causas de su caída.</p>
<p style="text-align: justify;">En el veterano sistema parlamentario británico se tardó mucho en aceptar la remuneración pública de los miembros de los Comunes, porque la de parlamentario era una ocupación de caballero, o sea, de un rentista que no necesitaba trabajar para mantener su estilo de vida. Durante esa época aristocrática los Comunes celebraran sesiones nocturnas hasta altas horas de la madrugada, tras lo cual sus señorías se retiraban y dormían toda la mañana, como correspondía a un caballero. La costumbre se mantuvo hasta que la clase media y los trabajadores irrumpieron en el Parlamento de la mano de los partidos liberal y laborista: entonces se hizo evidente que un médico o un linotipista no podían ser parlamentarios si no recibían una remuneración adecuada para dedicarse en exclusiva a su labor. Que, por otra parte, debía ser la misma para todos los parlamentarios puesto que todos eran iguales en dignidad, derechos y obligaciones. <strong>Se trataba, precisamente, de progresar en igualdad, o sea, en democracia</strong>. Y la única manera de que cualquiera pueda ser elegido para desempeñar un cargo público, y no sólo rentistas o millonarios, es que el erario público se haga cargo de su manutención y de las necesidades que aquel conlleva (como viajar y mantener un despacho con auxiliares administrativos y técnicos). <strong>Si sólo los rentistas pudieran dedicarse a lo público no se trataría de una democracia, sino de una oligarquía</strong>. Conviene no olvidarlo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>La democracia moderna, a diferencia de las formas antiguas, es inseparable de la existencia y actividad de partidos políticos</strong>. La razón es sencilla: el <strong>pluralismo</strong> de la sociedad moderna, donde debido a la libertad individual conviven idearios políticos diferentes e intereses rivales de todo tipo. Y la forma más sencilla de expresar y articular ese pluralismo es mediante partidos políticos diferentes: <strong>en una democracia moderna la institución política exclusivamente única y común a todos es su Constitución</strong>.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero con los partidos sucede como con los cargos públicos: <strong>para que haya igualdad de derecho y de oportunidad de participar en la vida política, cualquier grupo de ciudadanos debe tener no sólo la oportunidad de fundar un partido, sino que debe tener facilidades para hacerlo</strong>. Eso incluye <strong>facilidades financieras</strong>: del mismo modo en que cualquier ciudadano debe poder dedicarse a la política y por eso se paga por desempeñar un cargo, también todos los partidos que hayan obtenido un apoyo electoral significativo debe contar con ayudas públicas para desempeñar su labor. Incluso en un país tan enemigo de los subsidios como Estados Unidos, los candidatos a la Presidencia –y a otras magistraturas- pueden elegir entre financiar su campaña con dinero privado o con dinero público (aunque los candidatos con posibilidades eligen siempre la primera, existe la segunda opción). Por supuesto, <strong>hay que discutir los detalles de esta financiación: cuánto, para qué, cómo, cuándo, hasta donde</strong>, etc. Si se rechaza el principio de que los partidos políticos reciban ayudas públicas, tendremos otra forma de <strong>oligarquía</strong>: sólo podrán actuar los partidos con dinero privado detrás, provenga de lobbys de cierto negocio o de <em>misteriosos</em> donantes anónimos&#8230; (la noticia de que en 2007 CIU, PNV y PP se llevaron <a href="http://www.vozbcn.com/2012/05/03/112037/ciu-42-donaciones-anonimas/" target="_blank">el 94% de todos los donativos privados</a> entre 1987 y 2007 es bastante significativa a este respecto).</p>
<p style="text-align: justify;">Por tanto, me parece evidente que <strong>un sistema democrático basado en la igualdad de oportunidades para la actividad política</strong> <strong>exige retribuir a los cargos públicos y ayudar al funcionamiento de los partidos políticos</strong>. Quien sostenga lo contrario postula una oligarquía, una dictadura o cualquier otra cosa, pero no una democracia.</p>
<p style="text-align: justify;">Por supuesto, a los partidos hay que exigirles un <strong>nivel mínimo de autofinanciación, </strong>que ahora no se exige legalmente, y por supuesto absoluta transparencia en lo que ingresan y gastan, sus créditos bancarios, propiedades y gastos de funcionamiento. Hablo de conocer al 100% la economía del partido como requisito para recibir ayudas públicas, de auditorias de su contabilidad y de transparencia en las cuentas. Es un sistema que funciona en Alemania y otros países, tanto para evitar la absoluta irresponsabilidad y la corrupción en la financiación de los partidos, como para prevenir que montarse un partido sea un modo provechoso de explotar el erario. Para garantizar la igualdad de derechos a la hora de crear un partido y competir en las elecciones, el Estado debería responsabilizarse de la publicidad de todos ellos, lo que abarataría mucho las campañas y acabaría con sistemas discriminatorios como el <em>mailing</em> electoral (pagado según los resultados electorales a los partidos que consiguen representación). Y así con otro buen montón de cosas.</p>
<p style="text-align: justify;">Respecto a la remuneración de los cargos públicos, la lógica es similar: transparencia, publicidad y suficiencia para desempeñar su labor (lo que excluye las peticiones descabelladas de penalizar esa dedicación con retribuciones lo más reducidas posibles, o ninguna en absoluto: buena fórmula para estimular la corrupción y el clientelismo). Lo que incluye la proporcionalidad: ¿es aceptable que un Consejero de RTVE, un alcalde o un presidente autonómico cobren más que el Presidente del Gobierno? ¿O que un asesor de libre designación cobre más que un funcionario de carrera o el propio cargo, como sucede en no pocos ayuntamientos y CCAA? ¿Es aceptable compensar esta falta de progresividad mediante la permisividad en la acumulación de retribuciones e indemnizaciones públicas? Evidentemente, no.</p>
<p style="text-align: justify;">En fin, es un poco absurdo el empeño de algunos por clamar contra lo que cobran los cargos electos y acusarles de incompetencia y corrupción… para volver a votar a los mismos y desentenderse de las mejoras posibles en materia de transparencia y lucha contra la corrupción, entre otras urgencias. El objetivo también requiere de un cambio de mentalidad y de hábitos en la sociedad española: para que los partidos puedan alcanzar una autofinanciación real hay que estar dispuesto a afiliarse y pagar una cuota, o lo que es lo mismo, a asumir parte de la responsabilidad política. Así son las cosas. <strong>Reclamar al Estado que lo facilite todo y reprocharle que financie el sistema que lo sostiene es pueril e irresponsable</strong>. Necesitamos tomarnos en serio el funcionamiento de la democracia, y eso pasa por admitir que tiene un costo económico y que, como en todo, se trata de invertirlo bien pidiendo los mejores retornos para el gasto: un buen sistema representativo y deliberativo, y el resultado de un buen gobierno. En nuestra situación degenerada tampoco parece muy difícil.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/05/no_taxation_without_representation.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-900" title="no_taxation_without_representation" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/05/no_taxation_without_representation.jpg" alt="" width="400" height="400" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El 2 de mayo y el origen de la nación española</title>
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		<pubDate>Wed, 02 May 2012 04:05:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Contra lo que sostienen plúmbeamente los nacionalismos, las naciones no son entes intemporales venidos de la noche de los tiempos y definidos por cosas como la lengua o la etnia. Las naciones son creaciones políticas cristalizadas en el curso de la evolución histórica. Es verdad que una de las acepciones de “nación” es la de comunidad de lengua o costumbres, pero ese es el significado medieval, cuando en las universidades, por ejemplo, se distinguía a los estudiantes por su nación germánica o italiana, es decir, por tener esas lenguas maternas. Pero ni Alemania ni Italia existían como Estados nacionales en los siglos medievales y no lo fueron hasta avanzado el XIX, como es bien sabido. Por otra parte, la insistencia en que son la lengua o la cultura las que dan cuerpo a las naciones –argumento de moda tras el descrédito del racismo nacionalista originario a lo Sabino Arana- conduciría a absurdos como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Contra lo que sostienen plúmbeamente los nacionalismos, las naciones no son entes intemporales venidos de la noche de los tiempos y definidos por cosas como la lengua o la etnia. Las naciones son creaciones políticas cristalizadas en el curso de la evolución histórica. Es verdad que una de las acepciones de “nación” es la de comunidad de lengua o costumbres, pero ese es el significado medieval, cuando en las universidades, por ejemplo, se distinguía a los estudiantes por su nación germánica o italiana, es decir, por tener esas lenguas maternas. Pero ni Alemania ni Italia existían como Estados nacionales en los siglos medievales y no lo fueron hasta avanzado el XIX, como es bien sabido. Por otra parte, la insistencia en que son la lengua o la cultura las que dan cuerpo a las naciones –argumento de moda tras el descrédito del racismo nacionalista originario a lo Sabino Arana- conduciría a absurdos como negar que Suiza sea una nación porque tiene cuatro lenguas (y dos grandes comunidades religiosas de costumbres diferentes), o a empeñarse en que los casi 450 millones de hispanohablantes somos miembros de una nación inexistente. Y lo mismo ocurre con angloparlantes, árabes y otras grandes comunidades lingüísticas: no basta con compartir una lengua para ser una nación, mientras que países plurilingües como Suiza o India lo son sin duda. O la misma España, sin ir más lejos.</p>
<p style="text-align: justify;">El proceso que lleva a formar una nación es cualquier cosa salvo sencillo y lineal. Pueden pasar muchos siglos, y no digamos sobresaltos y cambios, hasta que una comunidad política prenacional se convierta en nación en el sentido ilustrado y democrático del término, que es el que aquí adopto. Sólo por razones de comodidad, y a causa de la humana inclinación por los mitos fundacionales, ponemos a las naciones una fecha de nacimiento. Así, la nación de los Estados Unidos habría nacido en el bostoniano motín del te que condujo a su revolución anticolonial, y la francesa en el vibrante asalto a la infame prisión de la Bastilla. En el caso de la nación española, la fecha equivalente es el 2 de mayo de 1808. Ya saben, la famosa rebelión armada del pueblo de Madrid contra la ocupación napoleónica y todo eso.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Así que sostiene usted –se preguntarán algunos- que antes del 2 de mayo no cabe hablar con propiedad de nación española? Pues más o menos (y tampoco es una idea original mía), y me explico.</p>
<p style="text-align: justify;">Como en Francia, o con más claridad en las actuales Alemania e Italia, lo que había en España era un conjunto de reinos y señoríos con poca más unidad que formar parte del patrimonio personal del Rey y de su dinastía. Esa agregación de Estados estaba separada por fronteras interiores y leyes e instituciones diferentes, que subsistían en 1808 pese al proceso unificador, con la abolición foral de los reinos de la Corona de Aragón, emprendida por los Borbones. No existía nada semejante a la idea de ciudadanía, y por eso los súbditos de la Corona de Castilla y los de Aragón tenían, por ejemplo, distinto trato para instalarse en América, derecho limitado para los segundos porque los reinos americanos dependieron largo tiempo de Castilla mientras que los de Nápoles y Sicilia lo hacían de la de Aragón. Para decirlo brevemente: no había ciudadanía española porque no había nación española, es decir, una comunidad política articulada en un Estado común con instituciones y leyes iguales. Lo único común era la monarquía, y ésta no estaba sometida a una Constitución, sino a las leyes particulares de sus muchos reinos y señoríos; leyes impotentes para controlar de verdad al Rey y a sus validos o ministros, pese al mito vasco del “pase foral”, o al requisito de autorización de las Cortes de Castilla para guerras y gastos (liquidado por Carlos I, que convirtió a Castilla, para su desgracia, en la vaca lechera preferente de la monarquía imperial).</p>
<p style="text-align: justify;">Los acontecimientos del 2 de mayo de 1808, y de los días siguientes, son de sobra conocidos. Me interesa poner de relieve un aspecto de esos hechos normalmente minusvalorado o negado por la mitología oficial de la efeméride, impregnada en España de nacionalismo derechista (esto es un pleonasmo, obviamente), a saber: que <em>el 2 de mayo fue un acto revolucionario en toda regla</em>. Revolución que abrió el proceso constituyente de la nación instituido por la Constitución de Cádiz, de la que hace poco recordábamos –a un bajísimo nivel oficial de nación vergonzante- los 200 años de celebración.</p>
<p style="text-align: justify;">Los vecinos de Madrid que atacaron espontáneamente a las fuerzas napoleónicas de ocupación se rebelaron contra la condición de súbditos a los que se podía imponer una nueva dinastía, con nuevas leyes, sin ser consultados: los Borbones sustituidos por los Bonaparte, Fernando VII por José I (que seguramente hubiera sido mucho mejor que aquel desastre). A diferencia de otras revoluciones comparables, en la de España no hubo liderazgo político ni intelectual digno del nombre. No hubo un Fichte que escribiera algo parecido a sus “Discursos a la nación alemana”, y no digamos ya un Mirabeau o un Franklin. Hubo, ciertamente, animadores y gestores de la rebelión popular como Pérez de Villamil e incluso una ideología oficial, apoyada por el bajo clero y muchos militares, que negaba a Napoleón el derecho a dictar cambios en España porque su soberano legítimo seguía siendo Fernando VII; una mera ficción legal porque éste y Carlos IV habían abdicado de sus derechos a favor del Emperador de los franceses. Lo que está claro es que la mayoría del país se rebeló contra el papel de meros figurantes y carne de cañón de la gran política napoleónica que, poco más de un siglo atrás, sí aceptaron en cambio sus antepasados cuando otra gran guerra europea,  la de Sucesión, resolvió la sustitución de los Austrias por los Borbones como dinastía propietaria de los reinos españoles, que de eso se trató (pese al mito nacionalista catalán de la resistencia catalana a ultranza por sus derechos “nacionales”; simplemente, escogieron el bando equivocado mientras vascos y navarros eligieron al ganador).</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que no se esperaba Napoleón, ni seguramente nadie, es semejante reacción de los normalmente pacientes y resignados súbditos de la monarquía española. Contra lo que quiso el tópico posterior, es falso que España fuera un país mucho más atrasado que la media europea pues, salvo por su catolicismo integrista sin fisuras, era muy parecido al resto en instituciones, economía o sociedad (los realmente raros eran los hegemónicos: Gran Bretaña con su revolución industrial, y Francia con su veloz transición del absolutismo a la república y de ésta al Imperio). Esa es la razón de que, por inesperada, la épica de la rebelión española causara sensación en toda Europa y animara otras resistencias en otros países ocupados por el mesianismo imperialista francés. Fue vista como lo que era: una genuina revolución. Y desde luego, una revolución nacional porque afectó a todos los territorios peninsulares con formas muy semejantes: movilización popular, guerrillas y resistencia armada, asedios, emergencia del liberalismo en las Juntas Patrióticas. Eso pretendió instituir la Constitución de Cádiz.</p>
<p style="text-align: justify;">Cómo y por qué esa revolución no consiguió cristalizar en una nación como la francesa o la inglesa, mientras que acabó favoreciendo la restauración del absolutismo y el catolicismo integrista del felón Fernando VII, es ya otro asunto. Apuntemos que una de las razones del éxito de la rebelión pero también de la derrota ulterior del liberalismo fue, precisamente, lo lejos que estaba España de ser algo parecido a un Estado nación. Napoleón descubrió con sorpresa –compartida por sus enemigos británicos- que en España, a diferencia de otros países, no bastaba con ocupar la Corte y las principales vías de comunicación y fortalezas estratégicas, o con derrotar al ejército, para imponerse. No, cada región tradicional actuaba como un país independiente y organizaba su propio ejército, enviando sus emisarios a Londres y a la Junta Suprema de resistencia que acabó refugiada en Cádiz. Fue puro continuismo del sistema altamente descentralizado y heterogéneo creado por los Austrias y aún no desmontado del todo por los Borbones. Eso obligó a Napoleón a tratar de ocupar todo ese anárquico país varias veces, a un costo agotador y militarmente insostenible, como es sabido. Y a un precio altísimo para el país ocupado, es decir España, en vidas y recursos.</p>
<p style="text-align: justify;">De modo que lo emprendido el sin duda alguna heroico 2 de mayo fue una guerra revolucionaria para la instauración de una nación sobre los escombros del fallido régimen absolutista de los Borbones rematado por Napoleón. A partir de ese momento, y no por casualidad, la expresión “Nación Española” comenzó a sustituir a la de “Reino(s) de España” para designar la nueva realidad política o, al menos, su proyecto. Otra cosa distinta es que sigamos todavía discutiendo cuál es ese proyecto y cómo debe constituirse e incluso, para los nacionalistas periféricos y sus aliados de la paleoizquierda (todos ellos herederos ideológicos, en esto, de Fernando VII…), si tiene derecho incluso a llamarse <em>nación</em>, como si el mito fuera más importante y verdadero que los hechos. Tanto, que la fecha del 2 de mayo es una mera fiesta autonómica de Madrid. Algo así como si la memorable toma de la Bastilla lo fuera solo de París…</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/05/Qué_valor.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-894" title="Qué_valor!" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/05/Qué_valor.jpg" alt="" width="323" height="210" /></a></p>
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		<title>Europa y España, dos crisis políticas en una</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Apr 2012 04:44:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Un día es Esperanza Aguirre y al día siguiente José Bono, o algún foro o medio prestigioso como el Financial Times, quien da la voz de alarma sobre la insostenibilidad del Estado de las Autonomías. Sin embargo, no creo que nadie ecuánime (he dicho ecuánime) pueda negarnos a UPyD el mérito de haber diagnosticado los primeros, y con acierto y profundidad, la crisis política de la España de las Autonomías y su relación con la crisis económico-financiera que atravesamos (o está a punto de atravesarnos). Claro que, como dijo Octavio Paz a propósito del ostracismo que padeció por haber denunciado la dictadura castrista cuando la mayoría apoyaba la revolución cubana, si hay algo que no te perdonan es haber tenido razón antes de tiempo. Pero la política tiene esas cosas y habrá que asumir ese coste. Así que vamos a las cosas: estamos atrapados en una doble crisis que, como el bucle diabólico [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Un día es Esperanza Aguirre y al día siguiente José Bono, o algún foro o medio prestigioso como el Financial Times, quien da la voz de alarma sobre la insostenibilidad del Estado de las Autonomías. Sin embargo, no creo que nadie ecuánime (he dicho <em>ecuánime</em>) pueda negarnos a UPyD el mérito de haber diagnosticado los primeros, y con acierto y profundidad, la crisis política de la España de las Autonomías y su relación con la crisis económico-financiera que atravesamos (o está a punto de atravesarnos). Claro que, como dijo Octavio Paz a propósito del ostracismo que padeció por haber denunciado la dictadura castrista cuando la mayoría apoyaba la revolución cubana, si hay algo que no te perdonan es <em>haber tenido razón antes de tiempo</em>. Pero la política tiene esas cosas y habrá que asumir ese coste. Así que vamos a las cosas: estamos atrapados en una doble crisis que, como el bucle diabólico de las serpientes del Laocoonte, amenazan con asfixiarnos. Ya no sólo es el insostenible Estado de las Autonomías el que está en el candelero, sino también la Europa del euro, en parte debido a la incapacidad de España para resolver su crisis política, resolución que, por otra parte, requeriría de una política institucional y democrática europea inexistente. Pero, para exasperación de los aislacionistas que brotan como setas tras la lluvia en todas las crisis históricas, estamos más ligados que nunca a Europa como también la soberanía es algo más impotente que nunca. Repasemos cómo hemos llegado a este punto, porque comprender un embrollo es el primer paso para salir del mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Está fuera de toda duda que el peculiar desarrollo del Estado de las Autonomías –menos Estado común responsable y más Autonomía fiscalmente irresponsable- sólo podía financiarse con el boom económico ligado a la nefasta burbuja inmobiliaria. La colusión de intereses de Cajas de Ahorros controladas por las fuerzas vivas autonómicas y municipales con promotores inmobiliarios fue motor esencial del inflado de esa burbuja. Y también, lo que es peor, de que no se desinflara a tiempo. No se ha insistido lo suficiente en la gravedad de que el 51% del sistema financiero español (las Cajas) estuviera controlado por los mismos que decidían, con la peculiaridad de su irresponsabilidad fiscal, el 50% del gasto público español: el 36% de las Comunidades Autónomas y el 14% correspondiente a los ayuntamientos. Como estamos viendo, en caso de problemas era papá Estado y nos las adolescentes CCAA, desatadas en rivalizar por el inflado de sus narcisistas diferencias, quien respondería por el destrozo. <a href="http://www.eleconomista.es/mercados-cotizaciones/noticias/3839755/03/12/Los-hispabonos-ya-estan-aqui-el-Gobierno-presenta-el-proyecto-a-inversores.html" target="_blank"><em>Hispabonos</em></a>, le llaman ahora a eso.</p>
<p style="text-align: justify;">La orgía de dinero fácil se basó en dos falacias muy caras: que las burbujas especulativas podían sustituir con ventaja a la economía competitiva (el “milagro español”), y que el ciclo de crédito barato internacional y doméstico no iba a tener fin. Todo ello empeorado por el negacionismo de la crisis ejemplificado por Zapatero y su gobierno, pero en el que participaron todos los grandes partidos, sindicatos, patronales, agencias de calificación y medios de comunicación. Las escasas Casandras en ejercicio que advertían del inminente final de la fiesta eran tratadas don desdén o simplemente ninguneadas; en UPyD lo sufrimos a fondo. La negligente y populista gestión política e institucional -¡ay, el Banco de España, puesto como modelo mundial de regulador bancario (de un sistema de los más sólidos del mundo, decían) mientras colaboraba en la orgía!- no hizo sino empeorar las cosas cuando las burbujas empezaron a desinflarse, a veces catastróficamente en el caso de la banca internacional.</p>
<p style="text-align: justify;">Bastaron dos años (2008-2010), los que fueron del superávit al déficit y del casi pleno empleo al paro desbocado, para demostrar que lo negado por casi todos era la pura verdad, a saber: que el Estado de las Autonomías era insostenible en caso de crisis económica, y que se convertiría en un factor de empeoramiento de la crisis en vez de ser un instrumento democrático para atajarla. Pese a las indignadas negaciones de los partidos grandes, y particularmente de los nacionalistas y paleoizquierdistas -¿quién recuerda ahora a ZP empeñado en sostener desde la tribuna del Congreso, contra Rosa Díez y apoyado por el PP, que las Autonomías eran la clave del progreso social y económico de España y un milagro igualitario?-, los impasibles mercados y observadores económicos internacionales pronto pusieron sus focos en las Comunidades Autónomas. O mejor, en lo único que les importa de ellas: su deuda.</p>
<p style="text-align: justify;">Las descubrieron tras horrorizarse con el estado financiero de las Cajas de Ahorro que éstas debían controlar. Siguiendo el hilo llegaron al ovillo: el problema era más político-administrativo que económico: la deuda pública de España era comparativamente reducida, pero la privada –garantizada también por el Estado- es descomunal, y de extensión y profundidad desconocida: la banca estaba pillada por su propia retórica del crecimiento ilimitado. Siendo cierto que la deuda española es una consecuencia de la crisis económica y no su causa, no es menos cierto sino más que tiene su causa en un Estado mal gobernado, elefantiásico, carente de transparencia y de controles públicos financieros eficaces, y con un reparto absurdo de competencias: el Estado que debe responder por las deudas de todos, el único con responsabilidad fiscal, sólo decide el 20% del gasto público y la inversión (y administra el 30% de la eficiente Seguridad Social).</p>
<p style="text-align: justify;">De modo que una crisis política nacida de un Estado inviable agravó los efectos de la crisis financiera internacional y de la burbuja inmobiliaria doméstica al revelarse incapaz de adoptar medidas de racionalización indispensables. Mientras el Estado recortaba su administración y sus gastos (por ejemplo, rebajando el sueldo a sus funcionarios), CCAA y Ayuntamientos seguían endeudándose sin dar cuentas a nadie, emitiendo “bonos patrióticos” cuando los prestamistas habituales rehusaron invertir en su deuda desconocida pero enorme, ocultando facturas impagadas, haciendo quebrar a empresas y autónomos con esa morosidad, y ampliando por motivos clientelares su ya mórbido séquito de entes públicos, la mayoría perfectamente prescindibles.</p>
<p style="text-align: justify;">Hay que repetir, hasta que todos lo entiendan, que los gobiernos de turno ya tenían y tienen instrumentos constitucionales para atajar esta deriva, controlar los presupuestos autonómicos y locales, eliminar duplicidades o administraciones superfluas (como las Diputaciones provinciales y los pequeños ayuntamientos estructuralmente deficitarios) y mejorar la gestión pública (capítulos de ahorro estimados por nosotros en unos 40.000 &#8211; 60.000 millones € anuales, cifra que todos repiten ahora sin citar la procedencia), pero no se hizo así, ni se quiere hacer, por una razón tan obvia como inconfesable, o mejor por dos: el enfrentamiento inevitable con los nacionalistas, considerados por PP y PSOE como sus socios naturales, y también con sus propios partidos, que han gobernado sus feudos autonómicos exactamente igual que aquéllos. Eso explica que la situación financiera calamitosa de muchas comunidades no distinga el color del partido que más tiempo las ha gobernado, sean PSOE, PP o CIU. Así como la crisis nace de un conjunto de malas políticas, son esas mismas las que ahora preservan de los recortes a ese Estado elefantiásico, mientras la podadera se emplea para los servicios públicos, educación, sanidad, defensa o I+D.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Y qué tienen que ver nuestras calamidades nacionales con la de la Europa del euro? Todo: si en vez de un club desigual y desorientado de egoístas Estados nacionales hubiera una verdadera <em>unión política europea</em>, una Europa federal con instituciones de gobierno económico bajo legitimación y control democrático, habrían quizá sucedido dos cosas imposibles hasta ahora.</p>
<p style="text-align: justify;">En primer lugar, una reacción contra la crisis a través de una política fiscal europea única, como única es la moneda, con un Presupuesto de la Unión que habría permitido traspasar recursos de las zonas con superávit a las deficitarias, del mismo modo en que en la fase anterior expansiva la periferia europea traspasó recursos al centro de la UE a través de sus importaciones. Es el funcionamiento habitual de un estado federal, como los Estados Unidos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y en segundo lugar España se habría visto obligada, por su pertenencia a esa verdadera Unión Europea, a acabar con aquellos elementos del Estado de las Autonomías que lo hacen políticamente inestable e irracional, y financieramente insostenible. Habríamos tenido que acabar con las duplicidades y triplicidades, la gestión irresponsable y populista, el cáncer de los entes públicos incontrolados con el despilfarro, la opacidad y la corrupción que les son inmanentes.</p>
<p style="text-align: justify;">Nuestra democracia chirría desgarrada entre un sistema autonómico que ha vaciado de soberanía fiscal al Estado, y una Unión Europea que no es tal pero ha desprovisto a sus miembros de soberanía monetaria, sin compensarlos en casos de crisis. A esta UE que no es  <em>ni chicha ni limoná</em>, como España considerada como Estado –ni centralista ni federal, sino todo lo contrario-, le es ahora indiferente si nuestra democracia se rige por normas constitucionales serias y es gobernada con buenas prácticas y sensatez, o todo lo contrario. Sólo le importa si podremos pagar la deuda contraída porque es el euro mismo el que estaría en juego en caso de quiebra. Terrible panorama, ciertamente: y sin embargo, una oportunidad histórica para que la UE se convierta en un verdadero Estado de nuevo tipo, y España deje de ser un chapucero <em>work in progress</em> encaminado hacia el fracaso como Estado.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/04/Laocoonte.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-889" title="Laocoonte" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2012/04/Laocoonte.jpg" alt="" width="212" height="238" /></a></p>
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		<title>Doce ideas a abandonar el año 2012</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Dec 2011 04:03:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En algunos países se celebra la salida del año viejo y la entrada del nuevo tirando los trastos obsoletos de los que uno quiere desprenderse. No sé si se mantiene la costumbre, pero me parece que estas fechas son una buena ocasión para proponer que nos desprendamos de un buen montón de ideas tontas, o tópicos o estereotipos, más molestos que otra cosa. Seguro que cada cual tendrá su propia lista de eso que los franceses llaman muy gráficamente “idées reçues” -es decir “ideas preconcebidas”- para señalar que la mayoría de quienes las sostienen no han pensado en ellas por sí mismos sino que las han recibido como parte de su herencia de lugares comunes (que por otra parte son necesarios para pensar: ¡cuidado, no podemos prescindir de todos los tópicos!). En cualquier caso aquí va mi propuesta de doce ideas perfectamente prescindibles y, sin embargo, omnipresentes en el discurso políticamente correcto, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En algunos países se celebra la salida del año viejo y la entrada del nuevo tirando los trastos obsoletos de los que uno quiere desprenderse. No sé si se mantiene la costumbre, pero me parece que estas fechas son una buena ocasión para proponer que nos desprendamos de un buen montón de ideas tontas, o tópicos o estereotipos, más molestos que otra cosa. Seguro que cada cual tendrá su propia lista de eso que los franceses llaman muy gráficamente “idées reçues” -es decir “ideas preconcebidas”- para señalar que la mayoría de quienes las sostienen no han pensado en ellas por sí mismos sino que las han recibido como parte de su herencia de lugares comunes (que por otra parte son necesarios para pensar: ¡cuidado, no podemos prescindir de <em>todos</em> los tópicos!). En cualquier caso aquí va <strong>mi propuesta de doce ideas perfectamente prescindibles</strong> y, sin embargo, <strong>omnipresentes en el discurso políticamente correcto</strong>, que como todos sabemos es el mayoritario aunque sólo sea por su persistencia más que pertinencia, puesto que lo oímos y leemos prácticamente a diario en medios de comunicación, declaraciones políticas y conversaciones habituales. Ahí van, son doce, una por mes del año que viene. Que ustedes las disfruten y feliz año nuevo, como no puede ser tópicamente de otra manera.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><strong>1 &#8211; Todas las ideas son respetables y todas se pueden defender en democracia sin violencia. </strong>No es cierto: hay muchas ideas que no son respetables y algunas llegan a ser genocidas. Las tonterías, las supersticiones y las falacias más usuales no tienen nada de respetables. Ni el racismo, el antisemitismo, la xenofobia, la homofobia o las muchas variedades del totalitarismo y fundamentalismo son defendibles en democracia como lo son las demás ideas políticas. Otra cosa es que la democracia permita la libre expresión, difusión y discusión de ideas antidemocráticas, pero eso no las hace respetables en absoluto. Ni menos peligrosas, porque para abrirse paso muchas de estas ideas necesitan recurrir a formas de violencia y coerción incompatibles con los Derechos Humanos o los fundamentos de la democracia: la igualdad jurídica y la libertad personal. Por eso algunas democracias han declarado ilegales “ideas” como el <em>negacionismo</em> de algunos genocidios, o partidos políticos y asociaciones entre cuyos fines está, implícito o explícito, la destrucción de la democracia. Sin duda el debate de dónde están los límites entre libertad de expresión y defensa de valores públicos y derechos humanos es un debate inacabable, pero en cambio es evidente, para cualquiera que piense por sí mismo, que no todas las ideas son respetables ni es aceptable su defensa. Quienes sí son siempre respetables son las personas cuando piensan, pero no sus ideas ni opiniones como tales.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>2 &#8211; No hay que hablar de la corrupción porque es excepcional y hacerlo desprestigia a todas las instituciones. </strong>En 2010, sólo la Policía Nacional investigó más de 750 casos de corrupción que implicaban a miles de personas, la mayoría de ellos cargos públicos. Obcecarse, como hizo Rajoy en el debate de su investidura, en que se trata de un fenómeno aislado y excepcional -y por tanto incomprensible- es el verdadero motivo de que las instituciones más importantes pierdan su prestigio y cada vez más gente las vea como un remedo de la Cueva de Alí Babá. Empeñarse en que lo cívico y democrático es un “prietas las filas” de la clase política es todavía una equivocación mayor. Más en una crisis tan grave como la actual, donde millones de personas consideran, con razón, que el sistema político les ha fallado en lo más básico, su derecho a desarrollar una vida autónoma digna de tal nombre. O sea, cosas como trabajar, formar una familia, arraigar –o no- en un lugar, no depender de terceros para solventar sus necesidades y aspiraciones legítimas, y buscar la felicidad. El enroque en que <em>aquí no pasa nada</em>, y si pasa aferrémonos a la presunción de inocencia y a los formalismos procedimentales –salvo si el sospechoso es un rival-, es un juego peligrosísimo para la democracia. Combinado con la crisis económica y política puede cebar la mecha de una bomba social que salte todo por los aires.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>3 &#8211; El bipartidismo existe porque la gente quiere: es lo que vota</strong>. No me extiendo mucho: siguiendo esa lógica hay cinco millones de parados porque la gente elige no trabajar. De hecho, muchos fariseos lo piensan, pero la prudencia más elemental les aconseja guardarse esa <em>opinión</em>…</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>4 &#8211; Los partidos políticos no son realmente necesarios, los movimientos sociales son mucho más representativos</strong>. Los partidos políticos son imprescindibles en una sociedad tan compleja como la actual, con creencias e intereses muy diferentes, y en una cultura donde la gente tiene la afortunada costumbre de cambiar de opinión y de voto político en función de su evolución personal o del cambio de las circunstancias. Los movimientos sociales están muy bien: son una saludable expresión de vitalidad de la sociedad civil y un contrapeso a la amenaza de la partitocracia. Pero no cuando aspiran a sustituir a los partidos que expresan el pluralismo ideológico de la sociedad y, por tanto, a suprimir ese pluralismo cuando no la propia sociedad, con lo que devienen en el Movimiento Unánime al estilo de los ya padecidos infaustos Movimientos Nacionales de Franco o ETA.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>5 &#8211; La descentralización acerca el poder al ciudadano y por eso siempre es mucho más democrática que la centralización.</strong> Este es un tópico de los relativos: según para qué. El problema es que en España se ha convertido en eje inamovible del discurso político. Está muy bien que el ayuntamiento se ocupe de asuntos mejor resueltos sobre el terreno y con conocimiento del detalle, como las políticas de asistencia social o vivienda, pero cuando se convierte en gestor de otros intereses esa “proximidad” puede dar lugar a atropellos y delitos como el urbanismo salvaje de muchos lugares y su corrupción asociada. Tampoco es mejor que el juez que vea tu caso sea ese vecino con el que te llevas fatal: un poco de distancia y neutralidad es entonces mucho más aconsejable. Y están las economías de escala: las competencias deben ser descentralizadas o centralizadas con criterios de eficacia. La centralización de la OTAN o la UE es mucho más eficaz en defensa o mercado que los viejos ejércitos nacionales o el nacionalismo económico, pero la centralización abusiva tiene también sus costos, sobre todo en forma de burocratismo excesivo y lejanía miope de las cosas.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>6 &#8211; Lo que importa es la economía, la política vendrá luego.</strong> ¡Esto lo vamos a oír a diario! Tampoco hace falta extenderse mucho: la crisis económica tiene causas políticas porque el fracaso en la supervisión de las entidades financieras que iniciaron la crisis –se trate de Lehman Brothers en USA o de las Cajas en España-, tuvo causas políticas: irresponsabilidad y mal gobierno con fracaso de controles, falta de transparencia y estímulo de conductas especulativas que rozaron o sobrepasaron lo delictivo. Invirtiendo la famosa frase de la campaña de Clinton, “¡es la política, idiotas!”. Cualquier intento de orillar las reformas políticas en pos de soluciones puramente económicas retardará la salida de la crisis y sin duda la hará más injusta y peligrosa para ese delicado bien público que se llama “cohesión social”. No se pueden pedir sacrificios a los ya sacrificados y, además, pagarles con recortes de derechos políticos y con un sistema público en manos de una nueva oligarquía.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>7 &#8211; Los banqueros y expertos en finanzas son los que mejor saben qué hacer contra la crisis.</strong> Extensión de lo anterior y sin duda otro tópico triunfante, viendo cómo ha quedado el área económica del Gobierno de Rajoy (a quien deseamos toda la suerte y acierto del mundo, obviamente). ¿Son los gestores más adecuados los mismos que negaban la burbuja inmobiliaria y animaban a invertir en vivienda, o juzgaron como genialidades financieras las <em>subprimes</em> y demás instrumentos bancarios de destrucción masiva de la economía productiva? En fin, lo dudo, qué quieren que les diga.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>8 &#8211; La precariedad laboral es el precio necesario del empleo para todos</strong>. Lo cierto es que la dualidad del mercado de trabajo español, con el protegido indefinido y el precario mal pagado, defendido a capa y espada por sus beneficiarios –sindicatos y patronales-, ha sido un factor de agravamiento de la crisis al mantener un modelo económico basado en bajos sueldos y producción de productos baratos, baja competitividad e innovación, destrucción masiva de empleo como procedimiento de ajuste en cuanto asoman las vacas flacas, y consiguiente bajada drástica del consumo con los demás efectos encadenados. La defensa de la precariedad laboral en la que parecen embarcados los “agentes sociales” y los partidos mayoritarios no anuncia nada bueno: es reafirmarse en la continuación de un modelo económico-laboral fracasado, con su viejo círculo vicioso. Esperemos que recapaciten. Para esto, nada como repetirles que se equivocan.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>9 &#8211; La República es por definición mucho más democrática que cualquier Monarquía.</strong> Es una idea que mezcla la protesta legítima contra la crisis política actual y la nostalgia irracional de los malos tiempos de la II República, canonizada por una paleoizquierda que prefiere ignorar la historia y cultivar los cuentos. No comparto la idea de que las Jefaturas de Estado hereditarias (monarquía) sean la panacea y gocen de no sé qué autoridad carismática, pero tampoco la contraria de que una República sea porque sí más benéfica, justa y libre que cualquier monarquía. Comparemos las monarquías sueca, británica u holandesa con las repúblicas cubana, china o iraní. Como todo en la democracia, depende del funcionamiento de las instituciones, de la calidad de las leyes y –no es lo menos importante- del compromiso ciudadano con la mejora permanente del sistema. Una mezcla de pragmatismo con exigencia de los principios. Lo demás, pensamiento mágico.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>10 &#8211; El laicismo consiste en reducir la libertad religiosa de la gente.</strong> Curiosamente, es un tópico que comparten tanto los <em>comecuras</em> que agredían a los participantes en la visita papal del 2011 –y se llamaban falazmente laicos- como los meapilas que consideraban los sermones papales más importantes que la Constitución. El laicismo, en cambio, es neutralidad de los poderes públicos respecto a la creencia privada. Esta última es digna no sólo de respeto sino de protección cuando es compatible con la democracia (véase tópico uno), a condición de que no pretenda imponerse como esqueleto del sistema legal del Estado democrático, que por definición debería ser laico, y mucho menos vivir de la sopa boba de ese mismo Estado democrático. Lo de la “aconfesionalidad” es otro arreglo provisional de la Transición que debería resolverse, como tantos otros pendientes. Entre tanto, importa pensar en qué es laicismo y qué no.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>11 &#8211; No se puede cambiar la estructura del Estado porque los nacionalistas se rebelarían.</strong> Hay que admitir el éxito nacionalista en la interiorización generalizada de su chantaje permanente como un hecho fatídico de la naturaleza. Se puede proponer el despido libre, el copago sanitario, la congelación del funcionariado y la paralización de la inversión pública, pero no, al parecer, privar a los nacionalistas –y sus émulos vergonzantes que dicen no serlo: catalanistas, vasquistas, andalucistas etc.- de una sola prerrogativa o privilegio de los arrancados al Estado común, cuando no –casi siempre- al sentido común. Ni caso. Recordemos a los agoreros que vaticinaron la guerra civil en el País Vasco si se ilegalizaba a Batasuna. No pasó nada, al contrario, todo comenzó a ir mejor (y hubiera acabado estupendamente de no mediar la traición de la negociación, pero ese es otro tema).</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>12 &#8211; España debe aceptar lo que digan Alemania y Francia para que nos admitan en su exclusivo Club Nueva Europa.</strong> El problema del papel de España en la Unión Europea es que sencillamente no existe. ¿Cuándo dejó de existir? Seguramente cuando toda la política doméstica se volcó en el modo dominante de “hacer política”, a saber, el modelo nacionalista de mercadeo que ha ido desmontando el Estado en beneficio de taifas inviables. Un país así no podía sino dejar de pintar nada en un proceso, el europeo, que va en sentido contrario: ceder soberanía de los Estados para construir un ente político común. Proceso que atraviesa una crisis histórica a la que sin duda ha contribuido España con un paletismo político cuya más vívida expresión fue, quizás, el empeño de Zapatero para que catalán, gallego y euskera fueran lenguas oficiales de la UE, en vez de avanzar en la integración política. Algo a contrapelo de un proceso histórico muy delicado y de sentido radicalmente distinto: aparcar los particularismos nacionales en beneficio de algo común por inventar, la ciudadanía europea. Así acabó esa historia: en la nada o la irrisión. Lo malo es que no veo a Rajoy en una posición muy diferente. Ya anunció que la misión del renacido Ministerio de Agricultura será promover en Europa un nacionalismo agrario a la francesa.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/12/Reloj.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-881" title="Reloj" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/12/Reloj.jpg" alt="" width="243" height="207" /></a></p>
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		<title>Mariano Rajoy, o el continuismo en la Moncloa</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2011 04:49:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Había sin duda mucha expectación por lo que diría Mariano Rajoy en el debate de investidura, aunque no por las mismas razones. En mi caso quería comprobar si, como me temía, la política de Rajoy para afrontar la crisis iba a consistir en negar la crisis política y limitarse a anunciar reformas económicas (bastante vagas), tratando de comprometer a los nacionalistas en esa estrategia con el fin de mantener el actual modelo político que tanto les beneficia. Si, ese mismo sistema que ha agravado la crisis en España de modo catastrófico debido al despilfarro, a duplicidades administrativas, burbuja inmobiliaria, etc. Pues bien, para esto el debate no ha tenido desperdicio porque ha dejado clarísimas tres cosas: 1 – que Rajoy rechaza cualquier reforma sustancial del sistema político actual, se trate de la Ley Electoral o de reparto racional de competencias entre Estado y CCAA; 2 – que quiere pactos con los nacionalistas para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Había sin duda mucha expectación por lo que diría Mariano Rajoy en el debate de investidura, aunque no por las mismas razones. En mi caso quería comprobar si, como me temía, la política de Rajoy para afrontar la crisis iba a consistir en negar la crisis política y limitarse a anunciar reformas económicas (bastante vagas), tratando de comprometer a los nacionalistas en esa estrategia con el fin de mantener el actual modelo político que tanto les beneficia. Si, ese mismo sistema que ha agravado la crisis en España de modo catastrófico debido al despilfarro, a duplicidades administrativas, burbuja inmobiliaria, etc. Pues bien, para esto el debate no ha tenido desperdicio porque ha dejado clarísimas tres cosas: 1 – <strong>que Rajoy rechaza cualquier reforma sustancial del sistema político actual</strong>, se trate de la Ley Electoral o de reparto racional de competencias entre Estado y CCAA; 2 – que <strong>quiere pactos con los nacionalistas para mantener tal cual el Estado Autonómico, o profundizarlo, a cambio de compartir los recortes que se avecinan</strong>; 3 – que <strong>Rajoy no tiene otro plan que capear el temporal a remolque de Alemania para ser admitido en un posible euro fuerte</strong>. Así pues, con Rajoy no hay ni habrá cambios sustanciales en las políticas fundamentales de la era Zapatero, continuación a su vez de la gobernanza instaurada en la Transición. El continuismo sigue instalado en la Moncloa, y esa es la razón de que el Grupo Parlamentario UPyD nos hayamos estrenado votando no al candidato Mariano Rajoy.</p>
<p style="text-align: justify;">Me parece que <strong>somos el único partido que propugna el fin del caduco sistema político de la Transición y regenerar la democracia española</strong>. Me explico: a los nacionalistas les gustaría finiquitarlo, pero para fundar en sus actuales taifas Estados soberanos (en la medida de lo posible). Izquierda Unida querría instaurar una República intervencionista, pero no quiere tocar el sistema de pactos con el nacionalismo y sus recetas económicas no pueden tomarse en serio. Y PP y PSOE, como escenificaron Rubalcaba y Rajoy en un debate que parecía más un revival del seudodebate en TV de la campaña electoral, ni se les pasa por la cabeza que haya algo razonable y necesario más allá de un sistema político cortado a su medida.</p>
<p style="text-align: justify;">La destemplada, prepotente y agresiva réplica de Mariano Rajoy al discurso de Rosa Díez dejó las cosas claras: precisamente por exponer sin reservas la importancia de avanzar hacia una democracia del siglo XXI,  UPyD se ha convertido en un partido extraordinariamente molesto. Y por eso Rajoy atacó con su artillería pesada sobre un triple eje: a) los supuestos “parecidos” entre PP y UPyD; b) la denuncia de la corrupción política y la propuesta de reformar la ley electoral; y c) un misterioso “lo  que le importa a la gente”. El relato resultante es simplón y por eso mismo regocijará a simplones y sectarios: todo lo interesante de UPyD ya lo propone el PP; denunciar la corrupción política es un ataque a una clase política inocente y a una democracia virginal, mientras que la reforma de la Ley Electoral no persigue otra cosa que aumentar los escaños de UPyD; finalmente, <em>estas no son las cosas que importan a la gente</em>, interesada únicamente en aquello que Rajoy dice ser “sensato, razonable, lógico y de sentido común”, es decir, sus recetas anticrisis.</p>
<p style="text-align: justify;">Como el interés principal de Rajoy es salir de la crisis sin que ésta ponga en solfa el sistema político vigente, es normal que haya sido UPyD, en la persona de Rosa Díez, el objeto del ataque más furibundo y desproporcionado a una minoría en un debate que, en ese momento, se convirtió en más de <em>embestidura</em> que de investidura. Ese interés por no cambiar nada de lo que afecte al modo de obtener poder político y de administrarlo explica aparentes anomalías del debate cuidadosamente barridas bajo la alfombra por los palmeros mediáticos del nuevo líder. Como su tácita aceptación de la petición del PNV de continuar el <em>proceso</em> con ETA con toda discreción.</p>
<p style="text-align: justify;">El portavoz del PNV, Josu Erkoreka –muchísimo mejor tratado por Rajoy que Rosa Díez pese a representar al mismo número de diputados, cinco, y estar supuestamente muy lejos del PP en asuntos esenciales-, dijo en su intervención algo notable: que es recomendable no confundir el humo con el asado (préstamo de Josep Pla). Mientras se permite entretenerse con el humo a los amantes de la política espectáculo, los políticos discretos se dedican al asado (y a zampárselo, claro). Traducido a la negociación con ETA, la cosa estaba clara: dejad a Eguiguren con su libro y su declaración diaria, y sigamos nosotros el proceso con la menor publicidad posible. Rajoy alabó la vieja concepción nacionalista de la <em>normalización política</em> y recogió el guante con la salvaguarda retórica de que todo lo que haga con ETA –como le repitió más tarde a Amaiur- será dentro de la ley… ¡como si un Presidente de Gobierno pudiera comprometerse a otra cosa! Y como si la Ley de Partidos, para hablar de una que ha sido extraordinariamente útil, no fuera papel mojado tras la legalización de Bildu por el TC y la aceptación de Amaiur como un partido <em>casi</em> normal. Pronto lo veremos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, ¿por qué acepta Rajoy esa invitación? Sin duda, no porque desee favorecer de ningún modo a los herederos de los terroristas –aunque esa será la consecuencia-, sino porque hacerlo es otro precio –con el AVE y la intocabilidad del Concierto y del sistema foral, todos concedidos- que el PNV pone para apoyar discretamente la salida de la crisis planteada por Rajoy y porque, al fin y al cabo, es un proceso que ya está en marcha y despejará de alguna manera -o de la contraria, para decirlo al modo del nuevo Presidente- un fastidioso problema que conviene sacar de la mesa con el menor ruido posible (ya lo han apuntado dirigentes del PP vasco que desaconsejan aplicar a Amaiur la Ley de Partidos, como Javier Maroto, alcalde de Vitoria).</p>
<p style="text-align: justify;">Podríamos seguir con otros ejemplos de esta política de apaciguamiento del nacionalismo y aceptación de la agenda política heredada de Zapatero, pero tiempo habrá de ir examinando su desarrollo. De momento, lo que está fuera de toda duda es que no se quiere tocar nada del sistema político español por razonables que sean los argumentos, aportados incluso por el Consejo de Estado. Se puede alegar en contra de este argumento que la lucha por la igualdad ante la ley y por la memoria, justicia y dignidad que piden las víctimas es un asunto menor en comparación con la lucha contra el paro, pero <strong>ese alegato ignoraría que el fracaso en ambos campos tiene las mismas raíces políticas: instituciones que no funcionan</strong> porque el bipartidismo las ha puesto a su servicio, y no al de la sociedad.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero esta estrategia a lo don Tancredo desconoce que a los ciudadanos se les pueden pedir e imponer renunciar y sacrificios fiscales, laborales y sociales, pero a cambio de vivir en un sistema político saneado, transparente, equitativo, participativo y abierto que, a su vez, garantice razonablemente un futuro mejor en todos los ámbitos. Y lo que se pretende es hacer todo lo contrario: sacrificar el debate político a la emergencia económica, aplicar recetas anticrisis de caballo no exentas de contradicciones elementales -¿cómo instaurar un tercer año de bachillerato <em>reduciendo el presupuesto de educación</em>?- y, entre tanto, <strong>achicar la democracia rehusando siquiera debatir reformas tan elementales como la de una Ley Electoral que restaure la igualdad del voto y de oportunidades de acción política</strong>. Es decir, más obligaciones y menos derechos, más obediencia impuesta y menos ciudadanía responsable, más partitocracia y menos democracia.</p>
<p style="text-align: justify;">Queda por ver si las recetas fiscales y económicas de origen alemán sirven para remontar la crisis. Hay muchos que lo niegan, porque una crisis de deuda no puede solucionarse forzando una recesión económica que empeora el déficit fiscal. Lo que sí es seguro es que el intento de Rajoy de negarse a ninguna reforma política de envergadura mientras blinda el inmovilismo pactando con los nacionalistas, desprecia la igualdad del voto, convierte la corrupción en un tabú inabordable y pretende que una ley, por ser <em>democrática</em>, sea de hecho intocable, no tiene el menor futuro. <strong>Agravará la crisis política mientras se agrava la crisis económica</strong>. Vaya, Rajoy ya sufría el síndrome de la Moncloa antes de ser elegido el nuevo inquilino.</p>
<p> <a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/12/Piedra1.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-878" title="Piedra" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/12/Piedra1-300x224.jpg" alt="" width="300" height="224" /></a></p>
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		<title>El caso de UPyD, Amaiur y el PP. O de ética, estética y política en sede parlamentaria</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Dec 2011 04:15:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Seguramente muchos lectores conocerán ese vademécum paródico de la política que es la genial película de Monty Python llamada La Vida de Brian. Acaba con una escena redonda en la que un grupo de patriotas judíos aparecen para liberar a un grupo de crucificados por los pérfidos romanos. Son la última esperanza de los supliciados y los romanos, cuando les ven llegar, echan a correr abandonando el campo. Pero, sin embargo, los guerrilleros del Frente del Pueblo Judaico sacan sus espadas y se suicidan para demostrar su voluntad de resistencia indomable al invasor romano, desentendiéndose de los condenados a la cruz. Aquí tienen la escena.</p> <p style="text-align: justify;">Con esta brillante parodia los irreverentes cómicos británicos se desternillaban de esos hiperidealistas de la política revolucionaria que, en el nombre de la ética más inmarcesible, se condenan a sí mismos al suicidio porque cualquier otra acción sería incompatible con su principio fundamentalista de no aceptar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Seguramente muchos lectores conocerán ese vademécum paródico de la política que es la genial película de Monty Python llamada La Vida de Brian. Acaba con una escena redonda en la que un grupo de patriotas judíos aparecen para liberar a un grupo de crucificados por los pérfidos romanos. Son la última esperanza de los supliciados y los romanos, cuando les ven llegar, echan a correr abandonando el campo. Pero, sin embargo, los guerrilleros del Frente del Pueblo Judaico sacan sus espadas y se suicidan para demostrar su voluntad de resistencia indomable al invasor romano, desentendiéndose de los condenados a la cruz. <a href="http://www.youtube.com/watch?v=uB1wD66Wpjo" target="_blank">Aquí tienen la escena</a>.</p>
<p style="text-align: justify;">Con esta brillante parodia los irreverentes cómicos británicos se desternillaban de esos hiperidealistas de la política revolucionaria que, en el nombre de la ética más inmarcesible, se condenan a sí mismos al suicidio porque cualquier otra acción sería incompatible con su principio fundamentalista de no aceptar ningún tipo de contaminación política. Incluso la liberación de los crucificados podría conducir a enojosos compromisos que los kamikazes del Frente del Pueblo Judaico eludían con elegancia inmolándose para que sus “principios” permanecieran al margen de cualquier peligro de transacción.</p>
<p style="text-align: justify;">En otro orden más serio de reflexiones, Max Weber desarrolló su famosa distinción entre la ética de los principios y de la responsabilidad: ambas son elecciones éticas a las que no sólo los políticos, sino cualquier persona que toma decisiones –desde ejecutivos de empresas a padres de familia que educan a sus hijos-, se enfrenta a menudo: elegir entre una actuación responsable, y por tanto atenta a las consecuencias de su elección, u optar por los principios desentendiéndose de éstas. Lo más perspicaz del análisis de Weber es dejar sentado que ambas opciones son impecablemente éticas, sólo que una se preocupa de las consecuencias y la otra sólo de los principios en juego. Esto puede chocar, pero desarrollando el análisis weberiano es fácil darse cuenta de que hay problemas asociados a la acción y a la elección que van más allá de la ética. O por decirlo de otro modo: no todo comienza y acaba en la ética. Percatarse de esto no es precisamente inmoral, sino el marco axiológico y pragmático que da verdadero significado a las convicciones éticas. Por ejemplo, que las convicciones éticas no pueden ser coartadas para la pasividad ante el mal (lo que se ha venido a llamar “buenismo”).  Esto tiene importantes consecuencias políticas, pero parémonos antes un momento en la estética.</p>
<p style="text-align: justify;">Ética y estética son conceptos o nociones emparentadas, pero diferentes. Lo malo es que hay cierta confusión posmoderna al respecto y es corriente encontrar personas que confunden ambas: consideran inmoral o no ético lo que rechazan por razones estéticas. Por ejemplo, que UPyD se haya asociado de modo instrumental con el FAC para asegurar el Grupo Parlamentario que el PP pretendía negarnos para, con la excusa de la “igualdad de trato”, negárselo a Amaiur (o lo contrario, que era algo perfectamente posible y muy verosímil). Personas que, como no les gusta nada la imagen del FAC, no quieren aparecer asociados en modo alguno con ese partido. Consideran que eso contamina los principios de quien lo haga, como si la asociación contaminara de modo automático y privara de ética a los asociados. Si fuera así, todos los diputados del Congreso estaríamos contaminados en nuestros principios por los principios rivales de los demás diputados con los que estamos voluntariamente asociados en el Parlamento (no por “imperativo legal”, como dicen los fariseos nacionalistas, sino porque nos da la gana y nos han elegido para hacerlo). Si un diputado no puede asociarse con otro cuyas ideas o identidad parezcan “feas”, olvidémonos del parlamentarismo y, de rebote, de la democracia. Como eso no es deseable, hagamos más bien otra cosa: dejemos de contaminar la ética con prejuicios estéticos. Es aconsejable leer a Kant para esto, porque dejó sentada la máxima ética de que no es legítimo usar al otro como un medio: debemos ver a los demás seres humanos como fines autónomos, no como instrumentos para los nuestros privados. Así que dejemos de reducir la política a la ética, porque es otra cosa. Vamos a eso.</p>
<p style="text-align: justify;">La política tiene sin duda exigencias éticas y base ética, pues sin reflexión moral es muy difícil desarrollar una política entendida como “cosa pública” e interés general. Es decir, la clase de política que en general llamamos democracia. Porque la democracia parte del principio de que la comunidad política está formada por iguales, pero esa idea sólo tiene sentido a partir de una ética de la igualdad de o entre ciertas personas (o todas). Lo que los griegos llamaban <em>hómoioi</em> q formaban el <em>demos</em> de una <em>polis</em>. Para esto, nada como Aristóteles y su idea de que la naturaleza humana integral es inseparable de su pertenencia a una comunidad política como <em>zóon politikon</em> (animal político, sin ironía alguna), con el debido fundamento lógico de la idea ético-política de igualdad. El mismo Aristóteles distinguió magistralmente el ámbito de la ética del de la política: emparentadas, pero distintas (como la ética y la estética).</p>
<p style="text-align: justify;">A diferencia de la ética, que ante todo pertenece al ámbito personal del yo, la política es el ámbito del nosotros, la cosa de todos o <em>Res publica</em> de los romanos. La política busca soluciones para asuntos a los que la ética no llega (y viceversa). Reducir la política a decisiones meramente éticas (o aparentemente éticas) es un error comparable a confundir, por ejemplo, la ciencia con la tecnología o la nutrición con la gastronomía. Ni hacer telescopios es astronomía, aunque hagan falta para hacerla, ni la proporción de lípidos aconsejable es una receta de cocina. Sólo cuando se ignora esta diferencia de niveles o ámbitos se llega a la conclusión de que acciones indispensables en política, tales como pactar, acordar o negociar, y no sólo con los iguales a ti en ideas sino con los rivales, son acciones “carentes de ética”. O si se rechaza que hay una ética de los principios y una ética de las consecuencias o de la responsabilidad en relación conflictiva.</p>
<p style="text-align: justify;">Empeñarse en hacer una política reducida a gestos éticos –o que parezcan que lo son, siendo más bien estéticos- es condenarse a la irresponsabilidad y a la parálisis. No, <strong>estamos en política para hacer política</strong>, es decir, <strong>para hacer progresar nuestro proyecto político contra viento y marea</strong>. Y eso exige hacer cosas tan políticas como maniobrar, acordar, prever, negociar, calcular y tener sentido de la oportunidad (que sólo un moralista apolítico consideraría oportunismo), o comerte un sapo de vez en cuando como el que nos ha servido el PP con su indecente equiparacion burocrática de UPyD y Amaiur. Para hacer política con mayúscula en el Congreso, UPyD ha tenido que asociar temporalmente a un diputado (tan diputado como nosotros) del FAC, un partido con el que tenemos tan poco que ver como con los demás del Congreso. Quien rechace esta asociación por “falta de coherencia” o “inmoralidad” estará confundiendo estética con ética, y ésta con política, o sencillamente desea que fracase nuestro proyecto político.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Coda final</strong>: a Churchill, fervoroso anticomunista, le reprocharon durante la guerra mundial la alianza con Stalin y los discursos a favor del pueblo ruso y la resistencia soviética. Sus detractores decían que eso era incoherente, traición a sus principios y cosas peores. Churchill respondió asegurando que si Hitler invadiera el infierno él haría un discurso en los Comunes a favor del diablo. De eso se trata, exactamente.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p>&nbsp;</p>
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		<title>20N: las elecciones más trascendentales desde 1977</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Nov 2011 12:51:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En 1977 los españoles votaron unas Cortes constituyentes encargadas de redactar una Constitución democrática que enterrara al régimen franquista y abriera paso a una nueva democracia. El proceso, conocido como Transición, se desarrolló con mucho éxito a pesar de las amenazas del golpismo militar, del terrorismo, de la endeblez de los partidos políticos, y de la escasa cultura política de una ciudadanía acostumbrada a una dictadura paternalista y autoritaria.</p> <p style="text-align: justify;">Sin duda debemos a la Transición la recuperación de la libertad política y la instauración de un Estado de derecho innegable, a pesar de sus defectos e insuficiencias. Pero una transición no puede eternizarse sin degenerar, y eso es lo que ha acabado ocurriendo por la negativa de los partidos de 1977 a introducir cambio alguno en el sistema pactado y constitucionalizado para salir de la dictadura. Una democracia desarrollada no puede estar eternamente “saliendo de la dictadura”; ya hemos salido, sí, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">En 1977 los españoles votaron unas Cortes constituyentes encargadas de redactar una Constitución democrática que enterrara al régimen franquista y abriera paso a una nueva democracia. El proceso, conocido como <strong>Transición</strong>, se desarrolló con mucho éxito a pesar de las amenazas del golpismo militar, del terrorismo, de la endeblez de los partidos políticos, y de la escasa cultura política de una ciudadanía acostumbrada a una dictadura paternalista y autoritaria.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin duda debemos a la Transición la <strong>recuperación de la libertad política y la instauración de un Estado de derecho</strong> innegable, a pesar de sus defectos e insuficiencias. <strong>Pero una transición no puede eternizarse sin degenerar</strong>, y eso es lo que ha acabado ocurriendo por la negativa de los partidos de 1977 a introducir cambio alguno en el sistema pactado y constitucionalizado para salir de la dictadura. <strong>Una democracia desarrollada no puede estar eternamente “saliendo de la dictadura”</strong>; ya hemos salido, sí, pero <strong>para caer en la partitocracia de un bipartidismo imperfecto</strong> que, para defender contra viento y marea su permanencia en las instituciones, ha degradado éstas hasta un límite insoportable en algunos casos.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>La administración de Justicia está intervenida por los partidos políticos</strong>. El sistema empeoró drásticamente después de 1984, cuando PP, PSOE y compañía se pusieron de acuerdo para arrebatar a los magistrados la elección de sus representantes en el CGPJ. La consecuencia ha sido la pérdida de la mínima autonomía exigible a la Justicia en un Estado de Derecho, como ha probado demasiadas veces la intervención partidista de la Fiscalía del Estado y, lo que es más grave, del Tribunal Constitucional.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Las Comunidades Autónomas</strong>, creadas en un alarde de imaginación político-jurídica como vía para descentralizar el Estado evitando la formulación clara de un modelo federal –que hubiera sido lo lógico pero se apreció inoportuno por el miedo al golpismo-, <strong>han terminado degenerando en 17 miniestados financieramente insostenibles</strong> que han laminado, además, el principio de igualdad de los ciudadanos (especialmente en sanidad o educación), diluido el mercado único y competitivo en una trama de normas intervencionistas insoportables, y finalmente nos ha arrastrado a todos a una gigantesca crisis de la deuda pública por su irresponsabilidad fiscal, su despilfarro de medios, su manipulación de las Cajas de Ahorros y su opacidad contable.</p>
<p style="text-align: justify;">El desarrollo extraviado de los principios constitucionales de protección del patrimonio cultural y lingüístico –fue un error introducirlos en la Constitución-, así como de las peculiaridades históricas de determinadas comunidades -¿y cuál no las tiene?-, ha conducido al <strong>despropósito de la protección de los “derechos históricos”</strong> vascos y navarros, con sus correspondientes <strong>Conciertos económicos</strong> –privilegios anacrónicos condenados a desaparecer pronto-, y a la justificación de agresivas ingenierías sociales nacionalistas como la “normalización lingüística” y su correlativa “inmersión lingüística” en la educación obligatoria. Ni PSOE ni PP han sido capaces de oponerse a este estado de cosas, y en realidad han acabado adaptándose al mismo e incluso potenciándolo cuando han gobernado (por ejemplo en Galicia, Cataluña y Comunidad Valenciana).</p>
<p style="text-align: justify;">La negociación de transferencias del Estado a secciones autonómicas de partidos, o a partidos nacionalistas y regionalistas, vía Comunidad Autónoma y a cambio de apoyos parlamentarios, se ha convertido en la forma de política más eficaz para la defensa de intereses locales y partidistas. Ello ha <strong>convertido al modelo nacionalista de política en el de más éxito, imitada por todos</strong> hasta destruir el carácter nacional de los partidos y reverdecer el viejo caciquismo, con sus corolarios de corrupción, opacidad, clientelismo y atraso social y cultural. Escándalos como los EREs socialistas en Andalucía son un lamentable ejemplo de esto.</p>
<p style="text-align: justify;">Y finalmente, <strong>la degeneración del sistema de la Transición ha conducido a la instauración de un gigantesco Estado con varios estratos de administraciones que se copian y replican entre sí</strong> (Estado, Comunidades Autónomas, Diputaciones, Ayuntamientos y órganos intermunicipales como las mancomunidades, etc), con un gasto corriente descomunal y una gestión francamente mejorable, cuando no completamente disparatada. Un mega-Estado elefantiásico que se ha convertido en <strong>el principal problema económico de España</strong> pues, lejos de resolver los problemas financieros, consume recursos sin ofrecer servicios y compite de modo ventajista con la economía productiva en la captación de crédito. La única justificación de ese mega-Estado, en buena medida parasitario, no es otra que <strong>mantener a los partidos políticos de la Transición</strong> permitiéndoles colocar en las administraciones y entes asociados (unos 20.600, según un cálculo no refutado por nadie) a sus afiliados y socios.</p>
<p style="text-align: justify;">Todo este proceso degenerativo ha sido propiciado y mantenido por <strong>una Ley Electoral pactada con los procuradores franquistas</strong> para que estos aceptaran el harakiri incruento de sus Cortes, y <strong>limitar de paso la entrada de partidos en el Parlamento constitucional</strong>, primero por un miedo razonable a la proliferación de minipartidos inestables pero que, enseguida, se convirtió en irracional prevención y hostilidad al pluralismo y a la participación ciudadana. Es un fracaso de la Transición, y un signo del curso que ha tomado para tratar de eternizarse, que la electoral sea <strong>una de las pocas leyes preconstitucionales que se niegan a reformar</strong> los partidos viejos (con las leyes laborales defendidas a capa y espada por los sindicatos, en una colusión de intereses conservadores que no es nada casual). <strong>El resultado ha sido un bipartidismo paralizante</strong>, estéril e incompetente cada vez más detestado por más ciudadanos y, sin embargo, más cerrado sobre sí mismo para perpetuarse como la única alternancia posible.</p>
<p style="text-align: justify;">Precisamente es <strong>la oportunidad de propinar un severo correctivo al bipartidismo de la Transición inacabable</strong>, y ya a ninguna parte, la que <strong>convierte estas elecciones en las más trascendentales desde 1977</strong>. Porque si el resultado fuera una confirmación aplastante de que ese sistema no tiene alternativa parlamentaria, seguiría también la confirmación de que no hay alternativa al modelo partitocrático que ha agravado la crisis económica n,i por supuesto, alternativa alguna al modelo económico responsable de la monstruosa cifra de cinco millones de parados y 55% de paro juvenil. Tendríamos, durante largos años<strong>, un remedo ficticio de democracia: sin justicia independiente, con caciquismo autonómico y opacidad, insoportables tensiones nacionalistas y, en la práctica, la intervención internacional del Estado</strong> que emplearía al Gobierno como un administrador de sus intereses prioritarios, en la línea de la vergonzosa reforma-exprés del artículo 135 de la Constitución impuesta por el BCE.</p>
<p style="text-align: justify;">Pues bien, <strong>hay alternativa este oscuro panorama</strong>. Y la alternativa es política, porque los problemas políticos se solucionan con propuestas políticas positivas y con buenas ideas, no con ideologías anacrónicas y perezosas. La alternativa es elegir el voto a un partido con un programa serio, plausible y realista, decidido a la reforma del Estado para cerrar la Transición pasando un estadio de más democracia, más participativa, más transparente y más eficaz, tanto política como económicamente. Para que España, ahora sí decididamente federal, forme parte de esa nueva Europa federal que urge y todavía hay que imaginar. Para mí, claro está, ese voto es para <strong>Unión Progreso y Democracia</strong>. Salvo que se desee que nada cambie, en una especie de utopía negativa que se hará pedazos contra la realidad más pronto que tarde.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/Ianus.gif"><img class="aligncenter size-full wp-image-864" title="Ianus" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/Ianus.gif" alt="" width="158" height="176" /></a></p>
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		<title>Por qué soy candidato de UPyD el 20N</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Nov 2011 04:15:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
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		<category><![CDATA[20N]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Naturalmente, hay quien cree que si alguien funda un partido político o se afilia a uno, es para obtener un cargo antes o después y darse la vida padre. Quien piense de este modo está dispensado de seguir leyendo (este post va a ser un poco más largo de lo normal, así que tampoco empiece si tiene prisa). Se me ocurren bastantes planes personales mejores que el de ser diputado en la próxima legislatura, tampoco tengo ninguna necesidad del escaño para ganarme la vida (la Universidad paga poco pero te paga por hacer exactamente lo que te gusta, un privilegio), ni me atrae demasiado frecuentar a diario ese extraño club que suelen llamar “la clase política” (y sus satélites). Lo que precisamente quiero explicar es por qué, pese a tales prevenciones, soy candidato y muy probablemente seré diputado la noche del 20 de noviembre (con el resto del Grupo Parlamentario de UPyD, pueden [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Naturalmente, hay quien cree que si alguien funda un partido político o se afilia a uno, es para obtener un cargo antes o después y darse la vida padre. Quien piense de este modo está dispensado de seguir leyendo (este post va a ser un poco más largo de lo normal, así que tampoco empiece si tiene prisa). Se me ocurren bastantes <strong>planes personales mejores que el de ser diputado en la próxima legislatura</strong>, tampoco tengo ninguna necesidad del escaño para <strong>ganarme la vida</strong> (la Universidad paga poco pero te paga por hacer exactamente lo que te gusta, un privilegio), ni me atrae demasiado frecuentar a diario ese <strong>extraño club que suelen llamar “la clase política”</strong> (y sus satélites). <strong>Lo que precisamente quiero explicar es por qué, pese a tales prevenciones, soy candidato</strong> y muy probablemente seré diputado la noche del 20 de noviembre (con el resto del Grupo Parlamentario de UPyD, pueden apostarlo). Por descontado, espero que esa explicación sirva para recibir algún voto adicional, aunque nunca quede descartado que también pueda perder alguno, pues así son de extraños los caminos de la razón (o del Señor, para los creyentes).</p>
<p style="text-align: justify;">Los que se han molestado en informarse ya saben que unos pocos audaces <strong>fundamos Unión Progreso y Democracia en el verano de 2007</strong>. Surgió de una plataforma digital llamada <strong>Plataforma Pro</strong> nacida, a su vez, de un grupo de activista de <strong>Iniciativa Ciudadana Basta Ya</strong>, un potente y reconocido movimiento social vasco contra ETA (recibimos el 2001 el Premio Shajarov a la Libertad de Conciencia del Parlamento Europeo). Los aproximadamente 50 que decidimos probar si se daban las condiciones para fundar <strong>un partido alternativo a los envejecidos y decepcionantes PSOE y PP</strong> teníamos en común la convicción de que poco podía esperarse de esos partidos viejos en materia de lo que considerábamos más urgente: <strong>una democracia de calidad que funcionara</strong>, se tratara de acabar con ETA o de acrecentar la libertad personal y la igualdad ante la ley  (lo expliqué en este libro:<a href="http://www.turpial.com/carrito.aspx?idLibro=15&amp;action=incrementar" target="_blank"> <em>Movimientos Cívicos, de la calle al parlamento</em></a>).</p>
<p style="text-align: justify;">Tras una gira con Juan Luis Fabo por lo ancho y largo de España, celebrando numerosas reuniones en hoteles de todo el país con centenares de miembros y simpatizantes de Plataforma Pro (que llegó a tener unos 3000 asociados, cuyas cuotas pagaron en parte la expedición), llegamos a la conclusión de que había agua en la piscina para fundar <strong>un partido enteramente nuevo de carácter inequívocamente nacional</strong> y no sólo vasco, madrileño, catalán o andaluz, como otros experimentos parecidos. Decidimos registrar el partido bautizado con el nombre de Unión Progreso y Democracia (no había muchas combinaciones disponibles, debido a una absurda disposición de la Ley de Partidos que permite registrar partidos sin actividad para impedir que otros nuevos empleen sus siglas). El partido se definió como <strong>transversal</strong> –es decir, con gente de diferentes ideas en cosas importantes (como monárquicos y republicanos, católicos y laicistas, liberales y socialdemócratas) pero con un proyecto político compartido-, <strong>laico y progresista</strong>. Algo que a día de hoy sigue desconcertando a las mentes ancladas en el concepto de ideología instrumenta de Gramsci, y en el rancio modelo bipartidista que se remonta a la alternancia Cánovas-Sagasta. Pero no podíamos hacer un partido simplón sólo para satisfacer a los partidarios de las simplezas, así que preferimos desafiar la previsible –y de inmediato comprobada- pereza intelectual de tantos “expertos” en política que profetizaron nuestro ineludible fracaso.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Una gran proporción de los promotores de UPyD no tenían ninguna experiencia política en partidos, y muchos sólo alguna de tipo asociativo o sindical</strong>. Probablemente esta bisoñez ayudó mucho a embarcarnos en semejante empresa. El viejo dicho de Chesterton, “la aventura puede ser loca pero el aventurero debe ser cuerdo”, se iba a poner a prueba de manera inmediata. Y sin duda UPyD superó la prueba de la cordura en las elecciones de 2008, a pesar de los esfuerzos de bastantes en sentido contrario. No conseguimos ni un euro de crédito  bancario, pero reunimos más de 300.000 de préstamos y donativos personales. Tampoco nos dio cobertura digna de mención ningún periódico, radio o tele importante, pero la popularidad previa de Rosa Díez –nuestro principal e impagable activo político y popular-, más el esfuerzo titánico de los aproximadamente 4000 afiliados que había entonces, consiguió salvar barreras que parecían insalvables y que Rosa entrara en el Congreso de los Diputados en marzo de 2008. Muchos expertos volvieron a considerarlo un hecho fortuito sin continuidad, pero volvieron a equivocarse en las elecciones europeas y vascas de 2009, y en las recientes autonómicas y municipales. Ahora pronostican que no obtendremos Grupo Parlamentario, y anuncio que volverán a equivocarse. El esfuerzo de miles de afiliados y simpatizantes volverá a superar las barreras de la Ley Electoral, como<a href="http://www.upyd.es/contenidos/noticias/5/69591-Sumate_al_5" target="_blank"> el perverso 5%</a> (declarado ilegal en Alemania por su Tribunal Constitucional porque priva de representación parlamentaria europea a ese 5%). Por si fuera poco, esta vez tenemos 1.535.000 euros de préstamos bancarios a pesar de la crisis, un buen barómetro del cambio de perspectivas para nuestro pequeño gran partido, lo que nos permite hacer una campaña mucho más ambiciosa que la de 2008 en un país mucho más harto del bipartidismo asfixiante.</p>
<p style="text-align: justify;">Por mi parte, <strong>mi experiencia política procedía de unas cuentas fuentes</strong> disímiles: en primer lugar de <strong>Basta Ya</strong>, de la que fui uno de sus portavoces habituales desde 1999, lo que me obligó a llevar escolta policial diaria entre 2001 y 2004 –la dejé voluntariamente ese año-, además de a que la UPV-EHU suspendiera mis clases normales por temor a un atentado en la facultad, aunque seguí de director del departamento. Precisamente esa dirección de mi Departamento universitario (Filosofía de los Valores y Antropología) fue una escuela interesante de micropolítica gris, pero lo más interesante para mí es la veloz y emocionante <strong>militancia juvenil (1976-1978) en IT, un grupo de jóvenes vinculado a LCR-ETAVI</strong>, uno de los muchos partidos de extrema izquierda –trotskista en este caso- surgido en parte de las sucesivas escisiones de la primera ETA a causa, precisamente, de la posición contraria al terrorismo de algunos militantes. Los de ETA VI, como antes los de ETA IV asamblea (que fueron núcleo del MCE) y ETA Berri (importante para CCOO), <strong>dejaron la banda porque rechazaban el terrorismo pese a postular un modelo revolucionario anticapitalista</strong>. Cosa que aclaro para ilustración de las almas bellas o cínicas que, al estilo de las lapidadoras de la Vida de Brian, esperan, pedrusco en mano, para lapidarnos por <em>exetarras</em> <em>arrepentidos</em> a quienes formamos parte del abigarrado y en el fondo tan esforzado como ingenuo archipiélago de partidos de la izquierda radical de los setenta, más animados por el antifranquismo exasperado que por otra cosa.</p>
<p style="text-align: justify;">Aparte de pintadas y de organizar algún piquete, me parece que lo más peligroso que hacíamos en IT era apoyar huelgas generales que dejaban algún o varios muertos (como la de Vitoria de 1976), y escapar de las temidas redadas policiales al mejor estilo de la dictadura, con aparatoso registro domiciliario incluido y sin <em>habeas corpus</em> alguno en que refugiarse, seguido de detención arbitraria con malos tratos garantizados. <strong>Aquellos partidos ideológicamente alucinados eran, con el PCE, prácticamente el único antifranquismo activo de verdad</strong> –pues no incluyo en este grupo a los conspiradores de salón: liberales académicos, monárquicos, democratacristianos y similares- en la fase terminal de aquella horrorosa dictadura. Y puedo decirlo: <strong>estoy muy satisfecho de haber participado, por lo menos al final y aún adolescente, en la lucha contra Franco</strong> que tanto ignoran quienes ahora quieren explicárnosla e incluso dictar una versión oficial de lo que fue como “memoria histórica”. No me parece casual, sino lógico, que muchos de esos memorialistas de agravios, en muchos casos imaginarios o ajenos, sean también ahora feroces detractores de UPyD y, por supuesto, de mí como uno de sus cofundadores.</p>
<p style="text-align: justify;">Del mismo modo en que en los estertores del franquismo era posible comprometerse en algo más que en conversaciones indignadas de café o escuchas discretas de Radio París o la Pirenaica, y como mucho antes contra la nueva dictadura sangrienta de ETA en el País Vasco, <strong>también en 2007 era posible comprometerse en la regeneración democrática de un sistema que daba alarmantes signos de esclerosis</strong>, especialmente desde la reacción del último gobierno de Aznar a los atentados del 11M (sin olvidarnos de algunas desafortunadas ínfulas imperiales previas), y sobre todo con el ascenso a la Moncloa de José Luís Rodríguez Zapatero, sin duda el gobernante más inepto desde 1977. Por ejemplo, era posible fundar un partido diferente para probar a hacer algo efectivo en las instituciones, que es donde, en las democracias, se toman las decisiones que importan. Asambleas de las que votan si hay que votar y acaban obteniendo la unanimidad por el método de agotar a los disidentes ya tuvimos suficientes en la universidad de los setenta. No, <strong>el terreno elegido por UPyD desde el principio para la acción política fue el de las instituciones democráticas</strong>. Como el Congreso de los Diputados.</p>
<p style="text-align: justify;">Participar en la fundación de UPyD y comprometerme en su trabajo diario era una decisión que no podía terminar en el trabajo interno de partido, ni en mi caso ni en el de muchos otros. Poner un partido en marcha y desentenderse de su evolución es para mí absurdo. Como pretender influir en su actividad desde <em>fuera</em>. Una vez embarcados en esta travesía, sólo hay dos cosas que pueden apartarte de un modo éticamente aceptable la decisión de llegar hasta el final, tal como yo entiendo el <strong>fundamento ético del compromiso político</strong>. Una es el fracaso del proyecto, pero UPyD no ha fracasado, sino todo lo contrario. Otra es algún cambio drástico en la vida personal que en mi caso tampoco se ha dado. Por consiguiente, no queda otra que seguir en el camino emprendido en 2007 aceptando representar a UPyD en la campaña electoral y, si los ciudadanos nos dan su confianza, también en las instituciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Hay algo más. <strong>Comprometerse en la acción política</strong> una parte de tu vida –pues en mi caso estuve bastante apartado de todo esto entre 1980 y 1995; volví por ETA y contra ella- es también <strong>algo que debemos a quienes se dejaron la vida para que todos tuviéramos libertad de acción y de conciencia</strong>.</p>
<p style="text-align: justify;">Esta mañana, lunes 14 de noviembre, estaré en la Audiencia Nacional asistiendo al juicio contra el presunto asesino de <strong>Joseba Pagazaurtundua</strong>, asesinado el 8 de febrero de 2003. Estaré apoyando a la familia: a mis amigas su hermana Maite y viuda Estíbaliz, a la madre de Joseba, Pilar Ruiz, a su hermano Iñaki y a sus dos hijos adolescentes. Sobre todo estaré renovando la memoria de Joseba, un amigo y asiduo compañero de Basta Ya que, probablemente, se habría incorporado a UPyD de no haber acabado un asesino con su vida aquel sábado invernal por la mañana. Esa es la opinión de Estíbaliz y de Pilar, ambas afiliadas a UPyD y habituales en nuestras listas electorales en el País Vasco. Muchas veces le han preguntado a Pilar Ruiz por su afiliación a UPyD siendo, como es, de familia socialista y republicana, y siempre responde lo mismo esta mujer admirable: “soy de UPyD por Joseba, sé que el habría querido estar y yo estoy aquí en su lugar porque a él no le dejaron”.</p>
<p style="text-align: justify;">Para mí, como para muchos de los que empezamos en Basta Ya y hemos terminado en una candidatura de UPyD en estas elecciones generales, esto no es literatura necrológica sino parte de nuestras vidas. <strong>Quiero estar en el Congreso de los Diputados para poder llevar allí la voz y las ideas de los que, como Joseba, no podrán nunca estar porque han sido asesinados en el camino hasta llegar aquí, y también de los millones que viven con la creciente preocupación de asistir al hundimiento de su país</strong> y de un futuro que hace sólo cuatro años se presentaba de engañoso color de rosa. Quizás la marea magenta pueda impulsar un cambio de dirección a una política extraviada en los objetivos y enredada en el mero interés de supervivencia de los partidos viejos que viven a sus expensas. El magenta, guste o no, es uno de los tres colores básicos necesarios para producir y combinar los demás colores de una sociedad polícroma propia del siglo XXI. Eso es lo que me gustaría hacer en el Congreso de los Diputados en la legislatura que elegimos el 20N, creo que debo hacerlo y por eso soy candidato.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Agradecimientos</strong>: a Rosa, Juan Luis, Arantza, Fernando S. y Fernando C., con los que me metí en este lío llamado UPyD. A Paco, Elvira, Ramón, Beatriz, Antonio S., Antonio B., Nacho, Gorka, Fran, Alvaro, Sinforoso y muchos más, sin los cuales no habría sido posible seguir con este mismo lío.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/Noche-electoral-Bi2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-856" title="Noche electoral Bi2" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/Noche-electoral-Bi2.jpg" alt="" width="591" height="394" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¿La Democracia contra el Pueblo? A propósito del caso Papandreu</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Nov 2011 04:46:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Martínez Gorriarán</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La definición más habitual de democracia es aquella de sistema donde la soberanía reside en el pueblo, que tiene la última palabra en todas las cuestiones que le conciernen. Procede de la concepción griega clásica de demokratia, actualizada por los revolucionarios ilustrados americanos y franceses. Un gran problema de la popular definición es definir que o quiénes son miembros de ese “pueblo soberano”, o lo que es lo mismo, a quién se le excluye. Nunca ha estado claro y ahora menos. Para los atenienses, por ejemplo, demos (pueblo) era el conjunto de ciudadanos varones libres mayores de edad, excluyendo a mujeres y menores, metecos (inmigrantes y sus descendientes) y esclavos, lo que significa que sólo el 25% de los habitantes del Ática, o menos, tenían plenos derechos democráticos. La exclusión no eran tanta en los primitivos Estados Unidos de América, pero allí también abundaban los esclavos (Jefferson y Washington, entre otros padres de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La definición más habitual de democracia es aquella de <strong>sistema donde la soberanía reside en el pueblo</strong>, que tiene la última palabra en todas las cuestiones que le conciernen. Procede de la concepción griega clásica de <em>demokratia</em>, actualizada por los revolucionarios ilustrados americanos y franceses. Un gran <strong>problema</strong> de la popular definición es <strong>definir que o quiénes son miembros de ese “pueblo soberano”</strong>, o lo que es lo mismo, <strong>a quién se le excluye</strong>. Nunca ha estado claro y ahora menos. Para los atenienses, por ejemplo, <em>demos</em> (pueblo) era el conjunto de ciudadanos varones libres mayores de edad, excluyendo a mujeres y menores, metecos (inmigrantes y sus descendientes) y esclavos, lo que significa que sólo el 25% de los habitantes del Ática, o menos, tenían plenos derechos democráticos. La exclusión no eran tanta en los primitivos Estados Unidos de América, pero allí también abundaban los esclavos (Jefferson y Washington, entre otros padres de la patria americana, eran propietarios de muchos) y también quedaban excluidas del <em>demos</em> las mujeres, como en Francia. <strong>El progreso de la democracia ha sido el de la reducción de la exclusión</strong>, primero prohibiendo la esclavitud, luego ampliando el sufragio hasta incluir a pobres y mujeres, después a ciertos inmigrantes para ciertas votaciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy muchos se preguntan qué fronteras debería tener el <em>demos</em>. Los xenófobos y nacionalistas porque temen ir demasiado lejos, y así protestan contra el todavía pacato reconocimiento de derechos políticos a los inmigrantes, o se niegan a acatar acuerdos internacionales en nombre de la soberanía nacional; y los cosmopolitas y asamblearios porque consideran que no debería haber apenas requisitos para integrarse en el <em>demos</em> de cualquier país, los primeros, y los segundos porque piensan que el <em>demos</em> es puramente teórico ya que la democracia está secuestrada de hecho por una minoría profesional (partitocracia).</p>
<p style="text-align: justify;">Sobrepuesto a este debate e incrementando su complejidad está <strong>el fenómeno de la globalización a la luz de la crisis económica</strong> que azota Occidente, con el hecho incontrovertible de que <strong>los viejos Estados nacionales</strong>, incluso tan poderosos como Estados Unidos, <strong>se ven impotentes</strong> ante procesos económicos, informativos y financieros que escapan a su regulación. En esta situación, <strong>la vieja invocación a la soberanía nacional o del pueblo ha quedado profundamente devaluada</strong>: ¿qué soberanía popular funciona contra tormentas financieras como las actuales? Y sin embargo, la gestión democrática de la crisis exige un control ciudadano de las decisiones políticas para atajarla. Por eso la Unión Europea se enfrenta hoy a una pregunta insidiosa y temida: <strong>cuál es el <em>demos</em> soberano que debería decidir sobre las medidas económicas</strong> que comprometen el Estado de bienestar, la soberanía de los Estados y el futuro del euro y la Unión. Nunca antes había emergido tan obscenamente el problema pendiente de la pobre articulación democrática de la UE.</p>
<p style="text-align: justify;">Los problemas complicados suelen suscitar respuestas más bien simplonas que pueden ser las más populares. Por ejemplo, que lo que importa es la soberanía del pueblo y su integridad (o identidad), y no la democracia porque este sistema sería incapaz de defender al uno y a la otra. Fue la respuesta antidemocrática que sacudió Europa en el primer tercio del siglo XX y condujo a revoluciones y dos guerras mundiales consecutivas. <strong>La crítica exacerbada a la democracia conduce fácilmente a la contraposición negativa entre sistema democrático y derechos del pueblo</strong>, entre la nula moralidad de los políticos y la elevada de la asamblea popular. Una dialéctica negativa que compartían las modalidades del fascismo y del marxismo revolucionario, y que ahora renace en movimientos antisistema alentados por la doble crisis, política y económica, en la que estamos inmersos.</p>
<p style="text-align: justify;">La idea, en cuya pavorosa simplicidad radica su seducción, es que <strong>bastaría dejar decidir al Pueblo para resolver de golpe la crisis</strong> creada por los Mercados con la complicidad de los Políticos. Disueltas en el Pueblo, las personas individuales no tienen por qué hacerse responsables de sus propias decisiones especulativas. Sin duda hay gravísimas responsabilidades políticas y económicas en la crisis, pero también algunas populares (para usar ese léxico), porque muchos de los indignados ahora son los mismos que pedían créditos disparatados y votaban a políticos populistas que les alentaban a endeudarse sin límite. Impopular pero verdadero.</p>
<p style="text-align: justify;">Lamentablemente, <strong>esta forma de pensamiento mágico no va a resolver nada</strong>. Se ha podido ver de nuevo en las reacciones suscitadas por la <strong>maniobra de Papandreu</strong> para salvar su Gobierno de las adversas consecuencias políticas que provocaría la aplicación del plan de Merkel y Sarkozy para el segundo rescate financiero de Grecia. Muchas muestras de apoyo y admiración por la triquiñuela del tramposo mandatario heleno –que ocultó a sus socios europeos sus intenciones mientras imploraba su ayuda- han abundado en esa vieja y peligrosa idea de que <strong>si la democracia no funciona</strong>, es decir, las instituciones como parlamento, gobierno y justicia, <strong>entonces hay que dar la palabra al Pueblo</strong>. Al viejo <em>demos</em>. El problema, sin embargo, sigue siendo el mismo y duplicado: quién es el <em>demos</em> supuestamente soberano, y por qué confiar en que su decisión suplirá con eficacia el fracaso de las instituciones.</p>
<p style="text-align: justify;">Vayamos al problema del <em>demos</em> y el euro: <strong>el referéndum de Papandreu no trataba de un asunto puramente doméstico griego porque afectaba directamente al futuro del euro</strong>, moneda común de 21 Estados de la UE (por mucho que se pretenda relativizar ese hecho con la preponderancia, y a veces prepotencia, alemana). Dicho de otro modo, Papandreu pretendía llamar a los griegos a decidir unilateralmente sobre un asunto que afectaba a centenares de millones de europeos convertidos en paganos y convidados de piedra. <strong>Un abuso político</strong> se mire por donde se mire, similar al típico plebiscito nacionalista que pretende que una parte (por ejemplo, Cataluña) decida unilateralmente sobre el futuro del todo (pongamos que España). Tan insostenible que Papandreu no tuvo más remedio que retroceder ante el inevitable ultimátum del resto de socios del euro, que le invitaron a decidir en referéndum sobre la solución de los problemas financieros griegos… pero fuera del euro, con gran disgusto de los creyentes en el mito de la soberanía popular como valor supremo contrapuesto a la democracia de las instituciones. Quizás porque del mismo modo en que no se puede pertenecer a una sociedad si se pretende decidir unilateralmente en asuntos de todos los socios (te acaban echando), <strong>tampoco es posible que funcione una democracia que puede suspenderse a conveniencia del demagógico “poder popular”</strong>. Y por eso Papandreu no ha tenido más remedio que renunciar al referéndum y buscar otra triquiñuela alternativa (al menos mientras escribo esto).</p>
<p style="text-align: justify;">Es evidente que <strong>el único demos que debería decidir sobre todo lo relacionado con el futuro del euro es uno que todavía no existe: el fundamentado en una verdadera ciudadanía europea</strong>. Y para que nazca y crezca esa ciudadanía, que significaría igualdad de derechos y obligaciones e instituciones políticas y económicas comunes, habrá que ir a la Constitución de una Europa federal de ciudadanos, no de Pueblos enfrentados. La crisis de euro deja esto cada vez más claro. Hay que agradecer a Papandreu haberlo aclarado aun más.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/S%C3%B3crates.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-850" title="Sócrates" src="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/S%C3%B3crates.jpg" alt="" width="400" height="265" /></a><a href="http://carlosmartinezgorriaran.net/wp-content/uploads/2011/11/Mafalda.jpg"><br />
</a></p>
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