search
top

El populismo, una vieja amenaza para Europa

El populismo es algo así como la silicosis de la democracia, una enfermedad degenerativa surgida de la mala política y el resentimiento social que cunde en época de crisis. Los griegos, con su afán por la precisión, lo llamaron demagogia, que debe entenderse como la “tiranía de la opinión” sobre las leyes, es decir, como un sistema político donde las leyes son relativas o pueden suspenderse, pues su cumplimiento, o no, depende de su popularidad momentánea. Nada más populista que incumplir una ley porque no gusta en un momento determinado.

¿Significa eso que no pueden cambiarse las leyes? Desde luego que sí: cuando una ley no funciona, es defectuosa o resulta injusta, lo democrático es cambiarla, y para eso se inventaron los Parlamentos. Pero el principio básico de la democracia es que, mientras una ley esté vigente, debe cumplirse. De otro modo la igualdad ante la ley –isonomía- sería una pura ficción: no hay igualdad alguna allí donde las leyes se interpretan como a quien manda le da la gana, aunque se trate de una multitud. Si la democracia es el sistema que permite cambiar las leyes, la demagogia o populismo es lo contrario: ignorar las leyes para aplicarlas arbitrariamente o suspenderlas. Esta es la razón por la que los primeros teóricos de la política –incluso los que no eran demócratas, como Platón- coincidieron en que la demagogia era la antítesis de la democracia, una forma pervertida de tiranía.

Repasando la historia no muy larga, por desgracia, de la democracia, da la impresión de que las crisis populistas son inseparables de su evolución. Algunas de ellas consiguen destruir la democracia misma y sustituirla temporalmente por la dictadura, e incluso por formas totalitarias de Estado. Es lo que pasó en Italia con el fascismo de Mussolini y, a continuación, en Alemania con el nazismo de Hitler: ambas corrientes políticas eran formas de populismo exacerbado, o nacieron de éste. Y creo que la teoría leninista de la “dictadura del proletariado”, en realidad del partido único o mejor de su cúpula dirigente, es la fórmula izquierdista de la demagogia.

El populismo puede adoptar toda una variedad de formas. Recurriendo a la nomenclatura tradicional, cabe hablar de un populismo derechista, como el de muchos partidos del norte y centro de Europa (UKIP, Front National, “liberales” austríacos y holandeses, Verdaderos Finlandeses…), y de otro izquierdista, como el de nuestro emergente Podemos o el italiano Movimiento Cinco Estrellas. A la hora de la verdad, las diferencias pueden atenuarse tanto, que éste último no le hace ascos a formar Grupo eurófobo en el Parlamento Europeo con el racista UKIP de Farage. El populismo, debido a su vacuidad, tiene esa cualidad que le permite amalgamar retóricas y símbolos derechistas e izquierdista, como el nacionalismo económico (salir del euro, deshacer la Unión Europea) y el odio al capitalismo (a sustituir por fórmulas autárquicas como las de Le Pen o las no muy diferentes bolivarianas de Pablo Iglesias). Esta mixtura animó a las corrientes fascistas y derivadas, que combinaban el anticapitalismo pedestre y su simbología (el negro anarquista y el rojo socialista en sus enseñas, por ejemplo: lo adoptaron para uniformes y banderas Mussolini y Hitler, y discípulos menores como Primo de Rivera) con nacionalismo rabioso, antisemitismo y racismo.

No es una cuestión meramente geográfica: el populismo de derecha e izquierda no se distribuye según un eje norte-sur, como pudiera parecer. En países mediterráneos como Italia y Grecia están presentes los dos, en formaciones como la de Beppe Grillo y Berlusconi, o Syriza y Amanecer Dorado. Y en España también: aunque algunos no se hayan dado cuenta, el populismo hispano se encarna en los viejos movimientos nacionalistas con sus propias alas derecha e izquierda, como los pares PNV-Bildu o CIU-ERC. La novedad es que ahora haya surgido un populismo de ámbito español, con todos los ingredientes clásicos, encarnado por el éxito de Podemos -nacido directamente del apoyo masivo de varias televisiones privadas-, cuyas buenas relaciones con Amaiur y otros separatistas son conocidas, y el menor de otras formaciones igualmente nutridas del “movimiento tertuliano”, es decir, de la política manipulada en y por los medios de comunicación de masas adoptando funciones de “(anti)parlamentos populares”. Esto último tiene particular importancia.

El ascenso del populismo moderno está directamente ligado a la aparición y extensión de la comunicación de masas, el sistema donde un único emisor llega a millones de consumidores sin posibilidad de feed-back, es decir, de réplica e intercambio de papeles emisor-receptor (como el que propician, en cambio, las redes sociales, si bien éstas también pueden funcionar como una radio o tv unidireccionales), lo que permite convertir en líderes carismáticos a oradores aplaudidos por la simpleza de sus recetas y el énfasis emocional de su discursos.

El meteórico ascenso del periodista Benito Mussolini tuvo mucho que ver con su brillante manipulación de los periódicos populares, del espectáculo de masas y de los discursos de radio. Hitler solo fue un aventajado discípulo. Como populista paradigmático, Mussolini se presentó a sí mismo como portavoz de “lo que la gente quiere oír” y como impulsor de soluciones simpes o imaginarias a problemas complejos, como el paro, la pobreza, la emigración masiva, el crimen organizado o la corrupción endémicas en Italia.

Tales soluciones eran imponer el orden y la disciplina mediante la supresión del pluralismo político e ideológico, la militarización de la sociedad mediante el encuadramiento obligatorio en organizaciones fascistas, el culto a la violencia política organizada, y la expulsión de las instituciones de los políticos clásicos, fueran buenos o malos pero unánimemente acusados de traición e incompetencia. Para ello, Mussolini no dudó en recurrir al asesinato político, como el del gran parlamentario socialista Giacomo Matteotti. Pero, como es sabido, Mussolini no solucionó ninguno de esos problemas, sino que los empeoró al meter a Italia en costosas y genocidas aventuras imperialistas en África, y firmar un pacto de hierro con su discípulo Adolf Hitler que fue su perdición y la de Italia, hasta que su cadáver colgó de una gasolinera de Milán junto a su amante Clara Petacci y otros jerarcas fascistas.

Que el populismo no es flor de un día sino una corriente profundamente arraigada en determinadas sociedades, dominadas por el clientelismo y el descrédito de la política, las instituciones y del Estado, lo ha demostrado la propia Italia. Tras la caída del fascismo y la ocupación aliada, el populismo rebrotó como movimiento qualunquista y neofascismo, y más recientemente, tras la caída del cínico sistema de la tangentópoli, en las variedades separatistas derechistas de la Liga Norte, la mediática de Berlusconi y la informatizada de Beppe Grillo y su Movimiento Cinco Estrellas.

Lo común a todas estas corrientes, y lo que probablemente es el núcleo de cualquier populismo, es el simple y directo rechazo de la política, que puede llegar al odio, y el desprecio de las instituciones, que se pretenden sustituir por fórmulas alternativas tales como movimientos y asambleas en vez de partidos políticos, o tribunales populares en vez de administración de justicia. El recurso a la violencia como forma de intimidación y represión de cualquier oposición organizada, incluso aunque sea legal, es una etapa de cualquier populismo agresivo o instalado en el poder. Lo estamos viendo estos días en esa Venezuela bolivariana que es el modelo de Podemos. Y la violencia tiende a aumentar según las quimeras y recetas mágicas del populismo demuestran su inanidad o disparate. Entonces llega el momento de acusar a complots internacionales e internos de la incapacidad para solucionar los propios problemas, agravados por el populismo.

No hay que asustarse del populismo ni ignorarlo, pero sin duda hay razones para temerlo porque su rechazo de la política no es otra cosa que el del pluralismo, la libertad y la igualdad tal como se entienden en la democracia: dentro del Estado de derecho y de la ley. Su capacidad de perversión de la democracia, explotando sus recursos y procedimientos, como las elecciones o la libertad de prensa (y hoy en día las redes sociales e internet), está fuera de toda duda. Hoy, con un 25% o más del Parlamento Europeo ocupado por populistas de distinto pelaje pero coincidentes en lo esencial, a saber, el desprecio de la democracia “formal” (como si hubiera otra) y el odio a la globalización, la Unión Europa podría ser la primera víctima de los nuevos demagogos. Y no nos engañemos, con ella también caería el Estado de Bienestar, incluso recortado, o la propia paz entre los viejos Estado europeos, cuya relación más corriente entre el Imperio Romano y 1945 no ha sido otra que la guerra.

 Mussolini-at-Palazzo-Vene-007

Más sobre esta cuestión en este blog:

Los nacionalismos contra Europa

De 1914 a 2014: por qué el nacionalismo sigue en auge

Pedagogía del odio

Share

60 comentarios a “El populismo, una vieja amenaza para Europa”

  1. Moisés dice:

    Muy buen artículo, me ha gustado mucho.

  2. Pedro Nicolás Zaragoza dice:

    El populismo es lo contrario a la política racional de UPyD. ¡Y aún así UPyD cuadriplica su representación en Europa! Al menos eso es un alivio…

  3. Begoña dice:

    Certero análisis.

  4. sam dice:

    Precisamente, la UE es la que esta destruyendo el estado de bienestar delos europeos, Suiza o Noruega estan fuera de la UE y tienen un gran estado de bienestar.

    • jesus dice:

      Los políticos viejos tienen una gran responsabilidad por no decir la verdad a la gente. Es imposible que con el trabajo de 30 años escasos de la porción de la población que logre hacerlo se creen bienes suficientes como para que una vez redistribuidos se proporcione un nivel de vida medio a esas personas durante su vida laboral y a la vez un nivel parecido a quienes no pueden o no quieren trabajar o trabajan en funciones no creadoras de riqueza, educación y sustento a todos los que todavía no han llegado, una jubilación digna a los que ya han terminado, asistencia sanitaria a todos, etc, por no hablar de la posibilidad de llevarse un sobre a los políticos de turno. Es así de fácil.

    • nacho dice:

      Suiza es un paraíso fiscal, hogar de mafias, prostitución, tráfico de armas…y Noruega tiene petróleo, y bien administrado (como Canadá). No creo que sean ejemplos para el resto de Europa, al menos de la que debemos tomar como modelo (Francia, Alemania)

      • sam dice:

        Nacho, tus argumentos son simplistas y repetitivos, Suiza no es un paraiso fiscal, dentro de la UE hay paises con más caracteristicas de paraiso fiscal que Suiza, ejemplo : Luxemburgo y Chipre y incluso Irlanda, el sector bancario no es la principal fuente de riqueza de Suiza sino su tejido empresarial compuesto por Pymes potentes, una innvacion muy avanzada y una competitividad muy alta, ese es el secreto de Suiza, lo demás es mito.
        Respecto a Noruega, Venezuela tiene la mayor reserva de petroleo del mundo y no la veo tan rica como Noruega.

      • sam dice:

        Respecto a Alemania y Francia, lo siento, no quiero un pais con 7 millones de personas trabajando con sueldos de 450 euros, y Francia tiene un sector publico sobresimensionado y insostenible, no son un ejemplo muy a seguir.

  5. Cándido dice:

    Europa y democracia liberal del siglo XXI versus populismos del siglo XX, he ahí la cuestión.

  6. Pablo Garcia dice:

    La Política debería ser asignatura en los estudios obligatorios. Gracias Carlos por tus lecciones magistrales.

  7. Un artículo excelente. Bien documentado y mejor argumentado. Lo que pasa es que en España estamos viviendo un momento muy especial y están confluyendo demasiadas cosas a la vez, que no se si sabremos digerir. Corrupción y abuso por parte de los partidos mayoritarios. Larga crisis con mentiras de los políticos y para colmo faltaba la abdicación del Rey. Todo ello unido a un cambio generacional con referentes distintos. Pues no sabemos, que cóctel saldrá de todo eso….

    http://www.laopiniondealmeria.com/2014/05/a-proposito-de-podemos-cambiar-es-ley.html

  8. Andrónico L dice:

    Excelente trabajo intelectual de análisis. Del recuso a la violencia por el Populismo, sabemos mucho en España. Toda la trayectoria de ETA y Terra Lliure, el amparo más o menos vergonzante que han tenido los violentos a efectos prácticos (cumplimiento de penas, defensa de leyes penales benignas, obstaculización a la acción policial y judicial), ahí está.
    Y en los nuevos movimientos populistas están los métodos de presión y coacción como el utilizado por Pablo Iglesias en la Universidad “su cortijo” contra Rosa Díez. Por cierto, creo que debe mover a la reflexión el odio púnico que muestra el personaje por ella: es la única personalidad a la que sistemáticamente ataca y difama con nombre y apellidos.
    En el artículo ha quedado un aspecto sin tratar de estos movimientos y es el uso de la mentira sistemática como eje de propaganda (ejemplo el rescate a la Banca en España, rescate que no ha existido), presentar como nuevas recetas, viejas medidas que han demostrado su fracaso.
    Una sugerencia: un análisis completo del programa de Podemos y su real significado.

  9. Aliciatl dice:

    Muy buen artículo. Sólo añadir al análisis que dos de las plazas con mayor asistencia de indignados en las concentraciones de ayer tras la abdicación del Rey, Madrid y Valencia, han sido gobernadas con mayoría absoluta durante muchos años por el PP.

  10. Javier García-Verdugo dice:

    Un gran artículo, gracias por exponer las ideas de manera tan clara y serena!

top