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Los nacionalismos, contra Europa

Este año se cumple el siglo del inicio de la Primera Guerra Mundial, desencadenada por un cóctel que incluyó dosis letales de nacionalismo. Nacionalista serbio era el asesino del heredero de Austria Hungría y nacionalista fue la desaforada reacción austrohúngara y alemana, que acusaron a Serbia y a la Entente de buscar la ruina de los dos Imperios centrales.

A los 21 años, también la Segunda Guerra Mundial fue provocada por movimientos ultranacionalistas que incluyeron el paroxismo nazi. Terminada la guerra, la magnitud del desastre abrió paso a políticas imaginativas de prevención de otra Tercera Guerra iniciada como la Segunda. Adenauer, De Gasperi, Monet, Schumann y otros grandes europeístas iniciaron el proceso de integración que ha conducido a la actual Unión Europea. Reconciliar a enemigos históricos como alemanes, belgas, franceses, británicos e italianos implicaba renunciar al deseo de revancha, al abuso de los vencedores y a la exaltación nacionalista de la guerra.

En realidad se trataba de renunciar al nacionalismo mismo como motor y guía de la política de los Estados. Cuando el presidente François Mitterrand dijo “le nationalisme c´est la guèrre” no estaba pensando en las guerras de emancipación poscoloniales o en la enemistad entre China y Japón, sino en la historia fratricida de los europeos.

Es indudable que la construcción europea ha sido un éxito asombroso a la hora de reconciliar a encarnizados enemigos seculares, implicándolos en pie de igualdad en una empresa compartida que, con gran sentido común, comenzó por la reconstrucción de la economía (facilitada generosamente por Estados Unidos). Los problemas han ido apareciendo cuando esa unión económica ha intentado convertirse en una unión política genuina, que implica el desarrollo de una ciudadanía democrática europea.

La unión política de Europa pasa por un mal momento. La eurofobia y las políticas xenófobas y nacionalistas vuelven a campar por sus respetos en Gran Bretaña, Francia y Holanda, o en vecinos vinculados por numerosos lazos y tratados como Suiza que, en un irresponsable ejercicio de “democracia directa” –no sólo los “políticos” eligen mal sus decisiones, sino también los ciudadanos cuando ejercen de políticos-, ha derogado los tratados que permitían la libre circulación y residencia no sólo de ciudadanos de la UE en su privilegiado territorio, sino de suizos en la UE.

Esto traerá consecuencias negativas para Suiza y la UE, como las políticas euro fóbicas e ilegales de miembros que pretenden cerrar sus fronteras a los ciudadanos de otros con el pretexto, falso, de que los inmigrantes abusan por sistema de los servicios sociales del país donde intentan trabajar. Comenzó Dinamarca, le siguieron Francia y Bélgica, y ahora Cameron, premier del Estado menos europeísta de todos, pretende ponerse a la cabeza de esa política de cierre de fronteras pese a que sólo en España viven más de medio millón de británicos, y no todos unos chavales, que huyen del ingrato clima de sus islas.

Los euro fóbicos están haciendo lo posible por desatar una guerra de cierres de frontera que convierta en papel mojado los tratados de libre circulación y residencia, y por tanto la unión política europea. En efecto, no tiene sentido hablar de unidad política dentro de un territorio sin el derecho elemental a residir, trabajar, estudiar y viajar por ese territorio sin cortapisas ni impedimentos no justificados. Por lo tanto, los que exageran disparatadamente los “abusos” de su seguridad social o la “delincuencia” que perpetrarían los nacionales de otros Estados miembros –sin datos objetivos ni un estudio decente- saben muy bien lo que persiguen: acabar con la libertad de residencia y circulación que es el primer paso para deshacer lo avanzado en la unión política de Europa para volver a lo que les gusta: los enfrentamientos nacionalistas entre vecinos y la exclusión del diferente.

Aunque en España la euro fobia sea menor, ha aumentado con la crisis que ha mostrado la peor cara de las instituciones europeas durante la prolongada crisis del euro y de la deuda. PP, PSOE e IU han optado por culpar a Europa (o a Merkel) de muchos problemas que son estrictamente domésticos. Pero luego, como hace Rajoy, se arrogan las políticas europeas beneficiosas para la economía, como la compra masiva de deuda pública por parte del BCE dirigido por Draghi, que ha evitado el hundimiento del euro, nuestra suspensión de pagos y bajado la prima de riesgo. Puro cinismo: lo que la crisis ha demostrado es que Europa, con todas sus deficiencias que son muchas, nos protege algo de irresponsables derrochadores y deshonestos como los que nos gobiernan.

Dada la propia debilidad política y económica, España ha aportado poco del destructivo nacionalismo de Estado a la crisis europea, como el derrochado por otros países con más poderío. Nuestra aportación de nacionalismo antieuropeo es de la variedad separatista. El intento de secesión de Cataluña, y el vasco que está al acecho, podrían, de tener éxito, desencadenar una caída de dominó de los Estados que acabaría definitivamente con la Unión Europea como proyecto político. También Reino Unido (Escocia), Italia (Padania), Bélgica (Flandes) o Francia (Córcega) tiene problemas separatistas propios, y el entusiasmo europeísta de nórdicos y países del este es perfectamente descriptible. Incluso hay Estados que venden directamente su ciudadanía y con ella la europea, como Malta y Chipre.

En el mejor caso, Europa quedaría reducida a zona de libre cambio, y en el peor daría lugar a escenas como las de la antigua Yugoslavia (que, tras su voladura por el nacionalismo étnico, vuelve a reunirse… en la UE): desplazamiento de poblaciones, conversión forzada del vecino en extranjero y “limpiezas étnicas”. La memoria histórica es frágil y se hace necesario recordarlo en vísperas de unas importantes elecciones europeas: Europa se construyó como superación del destructivo nacionalismo, no para su medro.

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2 comentarios a “Los nacionalismos, contra Europa”

  1. La bestia no ha muerto, está viva, quizás porque el espíritu humano es vanidoso y necesita creerse único y de un pueblo superior. Tentación vanidosa difícil de combatir.

  2. Una de las asignaturas pendientes de la Unión Europea es buscar su lugar en el mundo: debe labrarse su prestigio y ejercer su influencia. Concretamente en Europa debe ganar peso frente a Rusia.

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