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De 1914 a 2014: por qué el nacionalismo sigue en auge

La I Guerra Mundial y su significado es uno de los temas de este año. Como diría Deng Xiaoping, es algo demasiado cercano al presente para comprender a fondo todos sus efectos. Se insistirá, como es natural, en el mundo que barrió aquella guerra, la belle-époque de los Imperios europeos en manos de pequeñas y endogámicas élites de aristócratas, políticos, académicos, financieros e industriales y, por descontado, en las enormes heridas que la conflagración dejó y causaron la Segunda Guerra Mundial tan sólo 21 años después del fin de la Primera.

Lo que sigue vivo y activo de la crisis de 1914

Pero no se trata sólo del pasado: cien años después siguen vivas y coleando algunas de las fuerzas que desataron la gran masacre, en particular el nacionalismo. Algo que merece una reflexión, porque otras fuerzas políticas importantes de la época, entonces protagonistas o emergentes, han pasado a segunda fila o al zoo de las ideas muertas o en extinción, caso del liberalismo clásico, la teocracia, el anarquismo y el marxismo-leninismo.

En cambio, el nacionalismo experimenta un auge renovado en sus diversas formas, y no sólo en España, sino en muchos países de la Unión Europea y del resto del mundo, como Rusia, Irán, China o Japón. Así que el centenario requiere una reflexión sobre la activa longevidad de esa ideología populista tan incongruente con la democracia moderna -que se basa en los ciudadanos individuales y no en “pueblos”-, y tan proclive a la violencia, al fanatismo y a la irracionalidad. El estallido de la I Guerra, que casi nadie quería y precipitaron nacionalismos en lucha, fue un efecto y una demostración de estos vicios.

La perduración del nacionalismo demuestra que los progresos tecnológicos y económicos, de civilización y sociedad, no conllevan necesariamente cambios ideológicos o de mentalidad congruentes en la mayoría social. Hoy sabemos, o podemos saber, muchísimo más del resto del mundo de lo que sabía una persona bien informada en 1914, pero eso no ha mejorado proporcionalmente la comprensión, la empatía ni la cohesión entre las diferentes comunidades políticas y sociales. La xenofobia, el racismo y el miedo al otro siguen a la orden del día, y esas son las pasiones negativas de que se alimenta el nacionalismo y que él mismo extiende.

En realidad, la experiencia histórica muestra que nada cambia más lentamente que la mentalidad. Muchos cambios políticos son efímeros y reversibles cuando son rápidos (es decir, revolucionarios). Pensemos por ejemplo en el hundimiento del sistema soviético nacido de la revolución de octubre surgida, a su vez, de la Gran Guerra del 14. En Rusia ha renacido el nacionalismo paneslavo (si es que desapareció alguna vez), su gran aliado la Iglesia ortodoxa, y el capitalismo opaco bajo control del poder político.

La olvidada tragedia de Yugoslavia (1914-1991)

¿Y Yugoslavia? La aspiración a crear ese Estado de los Eslavos del Sur fue causa directa del estallido de la guerra en 1914. El famoso asesinato en Sarajevo del heredero austrohúngaro por un terrorista pro-yugoslavo provocó que Austria-Hungría intentara eliminar al pequeño reino de Serbia. Paradójicamente, fue el Imperio quien desapareció mientras Serbia devenía Yugoslavia. Pero su historia, azarosa y violenta, resultó de las más breves de Europa: desapareció en una orgía de sangre y odio étnico, atizado por los nacionalistas herederos del comunismo de Tito, entre 1991 y 2003.

Donde había un Estado, Yugoslavia, hoy hay nada menos que nueve entes políticos, algunos residuales como los tres que componen Bosnia-Herzegovina y otros pendientes de reconocimiento internacional, como Kosovo. Pero lo más absurdo de la tragedia yugoslava es que ahora todos los restos de su violenta disolución aspiran a ser admitidas en la UE, siguiendo a Eslovenia y Croacia. Cuando lo logren, volverán a suprimirse las fronteras entre ellos, y tendrán un montón de leyes e instituciones comunes… como antes de 1991 pero decididas en Bruselas. ¿Hizo falta tanta masacre para esto? ¿Y no estaremos comprometiendo el futuro de Europa aceptando como natural esa partenogénesis sangrienta de nuevos mini Estados?

La paradoja yugoslava, destruir un país para luego recomponerlo dentro de la Unión Europea, conduce irremisiblemente a lo que vivimos en España: la pretensión de los nacionalismos catalán y también vasco -y con menor fuerza de los epígonos gallegos y otros- de someternos a una versión, dicen que pacífica, del desmembramiento yugoslavo. En efecto, el proyecto de unos y otros es, de creerles, separar amistosamente Cataluña y Euskadi de España para luego reencontrarse felizmente en el seno de la Unión Europea, si esta consistiera… (pretensión que niegan los Tratados, pero que apoya lo sucedido con las repúblicas exyugoslavas, aunque de esto no se hable mucho).

Al nacionalismo en general le beneficia, y mucho, la tendencia humana al gregarismo, la xenofobia, el narcisismo colectivo… y el olvido. Esto último es lo que hace tan importante a la historia, también como investigación y restauración verídica de la manipulada memoria colectiva. Europa no debería olvidar tan pronto la tragedia yugoslava y su absurdo desenlace, porque hacerlo alienta a quienes quieren imitarla en España y otros Estados europeos aunque, como siempre dicen, renieguen de la violencia.

El nacionalismo y las crisis

La manipulación y el olvido permiten al nacionalismo no sólo perpetuarse en sociedades consideradas modernas (en el sentido de ser ajenas a tribalismos de cualquier clase), como entre nosotros la catalana o la vasca, sino también apoderarse del poder cuando esas sociedades pasan profundas crisis políticas, económicas y sociales. Lo hizo el fascismo en la Italia de los años veinte, y su variedad nazi en la Alemania de los treinta; la crisis de entonces arraigaba en la reciente Gran Guerra. En 1939, en toda Europa sólo quedaban vivas -y algunas muy debilitadas, como la propia Francia- doce democracias parlamentarias (si cuento bien). Pese a la suposición de que la victoria aliada habría sido una victoria de la democracia, los que sacaron mejor partido de la conflagración, y de sus enormes frustraciones, fueron los totalitarismos.

El nacionalismo es la ideología que mejor explota en su propio beneficio las crisis históricas. Su receta de prometer soluciones culpando a los vecinos y extranjeros de los problemas propios tiene éxito casi garantizado. Sin duda España atraviesa una de estas crisis, igual que Europa en general, y eso explica en parte su auge como factor y síntoma de la crisis pues, además de expresarlas, el nacionalismo aumenta las fuerzas centrífugas y etnicistas favorables a la desintegración de Estados históricos y contrarias a la integración de Europa en un Estado de nuevo tipo.

Pero la crisis es una condición necesaria pero no suficiente del auge nacionalista. Igual de importantes son la actitud de las élites y el funcionamiento de las instituciones. Si las élites cuestionadas por aquélla, y por su corrupción y mala gestión, se refugian en el nacionalismo, como es el caso en Cataluña, es evidente lo que sucede. Y si las instituciones políticas, judiciales, económicas, sociales, educativas etc., fallan en su obligación de hacer que la democracia funcione (que las leyes se cumplan o se cambien, que los derechos individuales básicos estén garantizados, que haya separación de poderes, etc.), quedan servidos el auge del nacionalismo y la decadencia de la democracia, como consecuencia de la regresión del pluralismo y la instauración del espíritu de rebaño. Si cultura y periodismo se venden en masa al nacionalismo, el resultado es el silenciamiento de la disidencia y la unanimidad de la “construcción nacional”. En 1914 pasó todo esto, y el resultado fue la Gran Matanza inaugural de una larga serie de ellas. Para tenerlo muy en cuenta.

I Guerra

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13 comentarios a “De 1914 a 2014: por qué el nacionalismo sigue en auge”

  1. Mag dice:

    Es increíble que hoy en día siguen estando tan en auge los nacionalismos, efectivamente. Es muestra de un espíritu sentimentalista irracional disfrazado de progresista cuando en el fondo es un esencialismo arcaico (sé de lo que hablo porque desde muchos años llevo muchos años rodeado por el nacionalismo vasco).
    Cómo en el siglo XXI se puede creer en algo como si hubiera algo así como una sociedad natural de hombres vascos o una esencia catalana o española, esto sería volver a la Escolástica. Tanto un estado como una nación son un constructo humano/político porque no puede ser de otra manera: ni los costumbres, origen racial, idioma son factores capaces de generar una nación en sí mismo…

    Pero bueno, para entender este fenómeno : creo que el (neo)liberalismo ha podido servir de fuente de inspiración al discurso nacionalismo aunque no lo parezca a primera vista: la reclamación de independencia para las naciones sería la interpretan de una proyección colectiva de la defensa individual. La libertad de naciones no sería otra cosa que la manifestación colectiva de la libertad de individuos, o algo así. Sé que esto en el fondo no va en la línea del espíritu (neo)liberal/individualista donde sólo tiene sentido hablar de libertades de personas individuales no de grupos sociales. Yo pienso lo mismo y defiendo que no es sostenible filosóficamente hablar de libertad colectiva pero lo que a mí me resulta interesante es justo esa transferencia de la libertad individual a la libertad colectiva. Creo que esto es muestra de hombres muy insatisfechos con el modo individualista de concebir la política.
    Digo esto porque creo que el nacionalismo como otros ideologías políticas muy comunitaristas (como el comunismo) están tan relacionado con la guerra/violencia justo por su reacción ante el encapsulamiento/empobrecimiento de una concepción tan individualista de la política y se sienten atraído por la mística de lo comunitario y de la acción comunitario que puede dar sentido a su vida que lo experimentarán tan individualista/banal/pobre.

    Ahora me acuerdo de mis conversaciones con mi abuelo cuando me hablaba de la guerra (en su caso: la Segunda Guerra Mundial vivido desde Holanda) y a pesar de su profundo aversión y odio a la guerra, me decía muchas veces que había algo precioso en esos años de guerra y que lo echaba profundamente de menos: a pesar del gran sufrimiento añoraba la grandeza de participar en algo tan grande como la defensa de la libertad de su nación, dentro de la resistencia. Los lazos tan intensos entre compatriotas tan distintos que surgieron solo por el hecho de luchar por un objetivo común eran increíbles. Le resultaba profundamente vacía la sociedad tan individualista del estado de bienestar que surgió más tarde, cuando me contaba estas historias.

    Por eso no creo que sea exagerado advertir del peligro de la guerra que muchos nacionalismos provocaron, y lo temo.

  2. Jose Alonso dice:

    el nacionalismo funciona porque da beneficios. No sólo económicos (funciona como una frontera para bienes y servicios de otras comunidades ), sino psicológicos: yo como individuo puedo ser una mierda, pero pertenezco a la gran nación alemana (o vasca, catalana….).
    Si pertenezco a una cultura, raza, lengua superior, soy superior, y los demás son, por definición inferiores.
    Es asombroso que los curas ayuden a expandir estas ideas (ya que si todos somos hijos de Dios, todos somos iguales. idea, por cierto que comparte con la psicología conductiva entre otras ).
    También es una manera de dirigir y justificar el odio hacia si mismo (yo seré una mierda, pero los extranjeros, más )

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