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Cómo deshacer el nudo: reforma de la Constitución y cambio de sistema

Hay quien dice que las redes sociales, y en especial Twitter, son una pérdida de tiempo para el pensamiento profundo (objeción que se remonta a Platón y su refutación de la escritura, adaptada a la época). No puedo estar más en desacuerdo. Siendo cierto que no es posible resumir un argumento extenso en los 140 caracteres de un tuit, salvo como aforismo o epigrama (que les parecen admirables a muchos detractores de Twitter si son de Heráclito o Nietzsche), también lo es que pocos medios hay más rápidos y extensos para conocer la difusión de una idea, prejuicio o tópico.

Ayer me encontré discutiendo con varios amables tuiteros -casi todos- la siguiente objeción: ustedes (UPyD) quieren cambiar la Constitución para cambiar el sistema, pero ese cambio es insuficiente para ese objetivo. Y partir de ahí una serie de objeciones que iban desde el excesivo número de Constituciones que habríamos tenido hasta la inutilidad radical de esos textos fundacionales, pasando por esa extendida reclamación del “yo no la voté y quiero hacerlo ahora” (tampoco votamos nadie vivo la Declaración de Derechos del Hombre de 1789, base de la actual de Derechos Humanos, y está muy vigente).

La utilidad de las Constituciones

Coincido en que la fe en que un texto constitucional cambie por sí solo la realidad es una forma reprobable de pensamiento mágico. No es para eso. Por ejemplo, la Constitución de Cádiz (1812), que tuvo una enorme influencia en otras normas constitucionales americanas y europeas, ordenaba que los españoles fueran “justos y benéficos” (art. 6). Si no bastara con la inteligencia, la experiencia histórica demuestra que cambiar la realidad y modificar las mentes no está al alcance de ninguna Constitución. Esa clase muy especial de textos, o de tradición jurídica en el caso británico, sirve para algo muy diferente: instaurar un marco normativo de derechos, obligaciones, instituciones y reglas (un juego de lenguaje, diría quizás Wittgenstein). Así que no son un fin en sí mismas, pero si modelan y condicionan profundamente las posibilidades de desarrollo de la vida pública.

La constitucional es por tanto una misión esencialmente pragmática, y por eso las constituciones sencillas fundadas en amplios consensos de principios han resultado ser mucho más duraderas que las ideológicas, que duran lo que dura en el poder el partido o régimen que la promueve. Por esa razón la Constitución más duradera del mundo es la breve y sencilla de Estados Unidos (1787). En España lo fue la de la Restauración (1876-1931), que no sobrevivió al régimen de Cánovas y Sagasta ni a la dictadura de Primo de Rivera; también fue partidista.

Precisamente por su pragmatismo, las Constituciones que funcionan bien sirven para organizan en profundidad la vida política y social de una nación, y por tanto también la economía, las leyes y las instituciones. Pero eso no significa que sean perfectas o que deban ser intocables, al contrario. La sociedad y todo lo demás no paran de cambiar, e incluso una Constitución muy estable y duradera, como la de Estados Unidos, no ha dejado de cambiar con sus 27 Enmiendas aprobadas entre 1791 y 1992. Por eso una Constitución previsora y bien hecha también incluye procedimientos que permiten adaptarla a la evolución general. ¿Es el caso de la de 1978?

Las deficiencias actuales de la Constitución de 1978

Pues no exactamente: los legisladores de 1978 parecieron más preocupados por la estabilidad, es decir, porque fuera difícil cambiar la Constitución. Para eso adoptaron procedimientos de reforma complicados y disuasorios. Pesaba la historia, o más bien el temor, de que una Constitución voluble resultara inservible, aunque entre 1876 y 1978 sólo hubo tres vigentes en España, lo que no es para tanto (el franquismo, por su origen totalitario, renunció a ese fastidioso corsé y simplemente anuló sin más la de 1931). Francia, por ejemplo, ha tenido 14 Constituciones desde 1791, y cuatro, con tres Repúblicas, desde 1875; nadie achaca sus problemas políticos al exceso constituyente.

Ahora bien, los constituyentes no eran unos incompetentes. Hicieron complicado cambiar la Constitución (sólo ha experimentado dos cambios desde 1978 y por exigencia externa, especialmente el vergonzoso del art. 135, perpetrado por Zapatero y Rajoy el 27 de septiembre de 2011) pero, sabiendo que no podía ser rígida, dejaron abierto su desarrollo en varias cuestiones sensibles.

Lo malo es que éstas no fueron bien escogidas, especialmente el desarrollo del Estado Autonómico con su ilimitado e irreversible reparto de competencias (el famoso Título VIII) que ha ido vaciando el Estado de competencias y funciones, debilitando cualquier sentido de nación unida e instaurando grandes desigualdades. Y en cambio los constituyentes dejaron cerrada una deficiente separación de poderes, con un Ejecutivo excesivamente poderoso y una Justicia fácil de capturar (como los reguladores y supervisores), y blindando una ley electoral injusta que limita el pluralismo político efectivo de las instituciones representativas. Esto tuvo su justificación en 1978, cuando se quería evitar un parlamento ingobernable con muchos partidos pequeños e imprevisibles, pero hace tiempo que no tiene ninguna.

Así el sistema de la Constitución de 1978 se encaminó a la centrifugación del Estado, convirtiendo a las Comunidades Autónomas en mini Estados soberanos insostenibles y absurdos a base de concentrar en ellas competencias estratégicas y secundarias, mientras el cierre defensivo de las instituciones al pluralismo provocaba el auge del nacionalismo y la insatisfacción ciudadana, mientras la carencia de una justicia ágil e independiente favorecía la impunidad de la corrupción y la desigualdad.

¿Para qué reformar la Constitución?

Pocos dudan ya de que la Constitución de 1978 debe adaptarse. Sólo que algunos dicen que no es el momento -nunca les parece que lo es-, o que la reforma no serviría para nada porque el problema no es la Constitución, sino determinados malos hábitos, la maldad del capitalismo u otros argumentos. No faltan ingenuos que alegan que, si se cumpliera la Constitución, no haría falta cambiarla, pero la verdad es que son las deficiencias constitucionales las que impiden ese “cumplimiento” deseado.

Por ejemplo, el disparate de los 17 sistemas sanitarios y educativos, o el despilfarro en infraestructuras y entes superfluos, es plenamente constitucional. Como la intervención de la justicia por los partidos políticos, consagrada en el reciente y obsceno reparto del CGPJ. O la discriminación lingüística en Cataluña y País Vasco. Al menos, no hay modo de impedir y corregir estos abusos recurriendo a la Constitución. Si hemos de hacer caso al Tribunal Constitucional y a una amplia jurisprudencia al respecto, tenemos un problema constitucional. La Constitución debe reformarse, no cambiarse por otra radicalmente diferente, para que tengamos un modelo jurídico-territorial de Estado sostenible y administraciones públicas racionales, poderes del Estado independientes y equilibrados, y derechos básicos ahora ausentes como el de acceso a la información pública (indispensable para que haya transparencia, dación de cuentas, gobierno abierto, y partidos políticos renovados).

Es cierto  y evidente que no basta con cambiar la Constitución para que se regenere el sistema: pensar eso es recaer en el pensamiento mágico. No, hay que entender la reforma de la Constitución como el primer paso esencial de un programa de tres que deshará el nudo que asfixia nuestra democracia:

1 – reforma de la Constitución para cambiar algunas de las reglas básicas y marco normativo que rige las instituciones del Estado, sobre todo el modelo territorial del Estado y la separación de poderes.

2 – reforma de la Ley Electoral para permitir una conversión proporcional de los votos en representantes y facilitar la participación ciudadana en el sufragio.

3 – reforma de las instituciones para que sean transparentes, eficientes y verdaderos contrapesos que impidan su captura por oligarquías de partido o cualquier otra.

Aquí tienen con mayor detalle la reforma constitucional que propone UPyD, acordada en nuestro reciente II Congreso. Por cierto: cualquier otra pretensión, como la de satisfacer al nacionalismo, como persigue el PSOE, o la de cambiar algunas cosas -como la sucesión a la Corona o ciertas competencias- dejando el fondo intacto para no arriesgar cambios incontrolables, sería otro error con graves consecuencias. De lo que hablamos es de poner nuestra Constitución a la altura de las mejores demandas democráticas, no de las separatistas o de las que temen más democracia (que coinciden).

Constituyentes

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15 comentarios a “Cómo deshacer el nudo: reforma de la Constitución y cambio de sistema”

  1. Manuel Rodríguez dice:

    Sería algo positivo que estas reformas que quiera proponer UPyD, fuesen una propuesta que fuesen en el próximo programa electoral para las Elecciones Generales. al menos el pueblo sabría cuales son las intenciones constitucionales de UPyD.

  2. Juan Manuel dice:

    CE, ruptura o continuidad del régimen franquista?

  3. Antonio José Valverde dice:

    Totalmente de acuerdo en que el nudo se desharía con el primer paso esencial de reforma de la Constitución. Pero el gordiano es cómo conseguir una aceptación suficiente para un proceso constituyente inteligente. En mi último comentario al post del 25.nov. hay una propuesta…

  4. Luzfugaz dice:

    En el punto 37 de las Resoluciones políticas del 2º Congreso de UPyD se dan unas razones para que el Ejecutivo esté por encima del Legislativo que, según mi humilde parecer, no es correcto. Para mí el problema de la separación de poderes entre el Ejecutivo y el Legislativo se encuentra en el no cumplimiento por parte del Rey de sus deberes constitucionales. Es cierto que mi afirmación puede ser rebatida dado que formalmente el Rey cumple con la letra del texto constitucional, pero en realidad no cumple con su espíritu ya que no vela por la independencia de los poderes Ejecutivo y Legislativo y de ser arbitro en la consecución de un Presidente del Gobierno que este bajo el control del parlamento y sea aceptado por el máximo arco parlamentario y no únicamente por las mayorías conseguidas mediante una ley electoral fraudulenta con la propia Constitución.

  5. Carlos Calvo Perez dice:

    De acuerdo, el primer punto que tiene que quedar claro es que le problema que tenemos planteado encima de la mesa no es el encaje de Cataluña en España, como pretende sostener el PSOE, sino que es un problema de estado, en especial de su estructura territorial. Hasta aquí de acuerdo, pero pregunto ¿por qué no centrarse en nuestro debate sobre la estructura de la España autonómica en propuestas bien definidas ya publicadas y que son citadas en los análisis que se publican en la prensa diaria? La obra de Santiago Muñoz Machado, Informe sobre España, Repensar el Estado o destruirlo, es modélica porque define con precisión de estudioso del derecho los problemas de funcionamiento de todas las instituciones del estado que tienen que ver con la estructura territorial, analiza el papel que ha tenido el Tribunal Constitucional en todos estos años y los efectos que han tenido sus sentencias; establece con precisión conceptual, y por tanto teórico-constitucional, cuál es el problema; y sugiere soluciones jurídicas y constitucionales sin necesidad de abrir un periodo constituyente para la reforma de nuestra Constitución. Es absurdo empeñarnos en discutir nuestro problema constitucional cuando ya está estudiado y además está publicado, debería ser el borrador sobre el cual nos tendríamos que centrar para empezar el debate en nuestra comunidad política.

  6. Se necesita retocar la Constitución la pregunta es. Quién lo hará?, porque dependiendo de quien lo haga sera bueno o malo.

    • Carlos Calvo Perez dice:

      La pregunta es irrelevante si admitimos que la reforma de la constitución se debate sobre los documentos técnicos y los informes del Consejo de Estado, si sobre ellos se plantea un diagnóstico claro y se deja de lado el presunto problema del encaje de Cataluña en España, si se está de acuerdo en cuáles son las disfunciones del estado de las autonomías, problema, que a mi juicio, está bien planteado, se ha reflexionado repetidas veces en los medios de opinión. Bajo esas condiciones el Jefe de Gobierno de acuerdo con el jefe de la Oposición habriría el debate.

      • Luzfugaz dice:

        Habla de Jefe de Gobierno y de Jefe de la Oposición. Hable de Presidente del Gobierno (propuesto por el Rey y aprobado por las Cortes) y Legislativo. Que yo sepa los españoles votamos diputados y todos que yo sepa son iguales según la Constitución. Debemos empezar de una vez a utilizar el lenguaje de la Constitución y no el lenguaje que ha creado la partitocracia.

  7. Emilio dice:

    El PSOE no solo quiere reformarla para dar un trato preferente a Cataluña. En repetidas ocasiones habló de algunas otras cosas que a mí me meten tanto o más miedo que ese encaje de Cataluña, como sería el traslado de la legislación de género a la misma, o esas listas cerradas con cremallera que parecen la última piedra filosofal de este curioso partido empeñado en presentar como democrático lo que coarta y limita la democracia.

  8. Antonio José Valverde dice:

    Para los que estáis siguiendo este tema, aquí tenéis un debate interesante con independencia de la opinión de cada uno:
    http://videos.lavanguardia.com/politica/20131206/54395874549/debate-reforma-constitucion.html

  9. rodiseo dice:

    Gracias Sr. Martínez Gorriarám por ” sentar cátedra” ( lo digo cordialmente…) sobre este tema tan necesario. Coincido con la mayoría de sus observaciones, pero entre otras cosas me quedo con la duda que viene del sentido común, sobre la segura inestabilidad de un Parlamento con pequeños o grandes partidos, que obviamente responden a diversos intereses, particulares muchas veces. Tenemos el ejemplo de Italia y la imposibilidad de evitar la emisión de leyes en beneficio exclusivo de su Primer Ministro. Creo que sería necesario estudiar un término medio que resuelva la dictadura del bipartidismo y no convierta el Parlamento en un guirigay de intereses espurios.
    Gracias por su atención.
    rodiseo

    • Todo sistema electoral tiene riesgos, pero los del (mal) modelo italiano pueden evitarse con grandes circunscripciones electorales, por ejemplo las Comunidades Autónomas en vez de las provincias. Eso haría más difícil un sistema de minipartidos de unos cuantos caciques, me parece a mí. Saludos.

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