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Elecciones en Cataluña, o el porvenir de una frustración

¿Y ahora qué? Las elecciones catalanas se han celebrado, y el próximo gobierno de la Generalitat se enfrenta al reto de gestionar los resultados de lo que se planteó más como un plebiscito sobre la secesión, tal como la insinuó Artur Mas, que como la elección de un nuevo Parlamento dentro del mismo marco constitucional, que es el objetivo de unas elecciones rigurosas en una democracia genuina. No han sido unas elecciones normales, ha sido un plebiscito sucio y tramposo aunque el tiro haya salido por la culata al fullero y sus socios.

Y el resultado, una vez posado el polvo de la bronca, será más frustración por efecto de la acumulación de tantas desviaciones de un proceso político que debería ser recto y transparente. La primera desviación la cometió Artur Mas al forzar un adelanto electoral oportunista que sirviera para distraer a la sociedad catalana de la pésima gestión de la crisis, con los recortes y copagos en todo lo que no fuera inversión en construcción nacionalista. Ha pagado un precio que habría sido más previsible de recordar todos mejor la experiencia de Chirac.

La segunda también fue obra de Artur Mas: proponer un plebiscito encubierto sobre la secesión catalana cuando en el programa de CIU ni siquiera se cita la independencia (aunque sí curas patrióticas del cáncer, descenso de accidentes y aumento de la esperanza de vida catalanista; no ha colado). La tercera desviación tuvo que ver con la filtración, desde instancias gubernamentales y a la prensa afín, del famoso “borrador” de Interior sobre graves casos de corrupción: masiva financiación ilegal de CIU, y enriquecimiento ilícito de las familias Pujol y Mas. Este último episodio, más propio de una república bananera que de un Estado de derecho, acabó de destruir todo parecido de la ya sucia campaña catalana con una campaña electoral decente. Que el resultado final no parezca tan malo no debería hacernos olvidarlo.

Al final, si se reflexiona se descubre enseguida que todo lo que hicieron Artur Mas y CIU, y también el PP y su Gobierno, fue eludir cuidadosamente cualquier compromiso político claro con el oscuro objeto nuclear de la campaña, la independencia de Cataluña. CIU no ha dicho que votarles a ellos fuera lo mismo que votar independencia pero tampoco lo contrario, con lo que cualquier resultado electoral dejaba las manos libres a ese partido para gestionarlo a conveniencia: una mayoría absoluta de CIU equivaldría al apoyo a la secesión made in Mas, pero de no conseguirse tampoco pasa nada, porque seguramente el Parlament sí tendría mayoría secesionista -y la tiene, pero escasa: 71 con ERC y 74 con CUP, antisistema-, y porque también mostraría que el culpable del descenso no habría sido tanto la propuesta en sí como el ataque traidor del PP en forma de “borrador del informe sobre la corrupción”. Aparentemente astuto y muy cómodo, pero en realidad un ambigüedad envenenada. No ha colado, porque en la duda muchos han preferido votar a ERC, no contaminada por acusaciones de corrupción -pese a la lamentable gestión del Tripartito- y más creíble como adanismo independentista: cosas de la superioridad del sentimiento en la lógica nacionalista, que ha convertido a ERC en el segundo partido, desbancando a sus antiguos socios socialistas.

Por su parte, Partido Popular y Gobierno han preferido jugar una carta simétrica a la de CIU, sus viejos y buenos socios: desviar la atención del debate sobre la secesión y su legitimidad o ilegitimidad con la acusación de corrupción a sus promotores. Un hecho muy grave, pero en sí ni legitima ni deslegitima la secesión de Cataluña, un debate necesario que debe darse en el doble y complementario terreno de los principios democráticos y de la virtualidad de la Constitución. Y ese es precisamente el debate que PP y Gobierno, y no digamos ya un PSOE ausente apuntado a un absurdo federalismo asimétrico oportunista y tardío, han preferido eludir.

Digámoslo de nuevo: una Cataluña independiente puede sobrevivir incluso fuera de la UE y sin euro, como muchos otros pequeños Estados que pueblan el mundo. Lo mismo cabe decir de la verosímil corrupción de su clase dirigente: tampoco es nada excepcional; al contrario, los pequeños Estados con apuros económicos y corrupción son lo corriente en la ONU, no la excepción.

El caso es otro: el futuro de la democracia y sus fundamentos y fines, tanto en el conjunto de España como en Cataluña. Y eso habrá que debatir tarde o temprano, con todas las consecuencias constitucionales y prácticas, o sea, si se debe o no convocar un referéndum y con qué pregunta, qué vinculación y qué ámbito. Adelanto que, en mi opinión, ese referéndum deberá hacerse en toda España, deberá preguntar de modo explícito sobre la secesión de Cataluña, y deberá ser vinculante. Naturalmente, un referéndum así tendría consecuencias para toda España y sus diversas CCAA, y no sólo para Cataluña: la primera, que abriría un proceso imparable de reforma constitucional (esta es la parte positiva de la avería secesionista). Y adelanto que esta propuesta no gustará nada al nacionalismo, porque cambia por completo la regla de juego secesionista (el derecho reservado a decidir unilateralmente) por aquella que es, además, la única democrática: en cuestiones que afectan a todos, como la integridad y unión del Estado y de la nación, decidimos todos.

Por lo demás, el resultado electoral catalán no aclara demasiado el panorama. La única incógnita era si CIU mejoraría o empeoraría su posición de partida, con la mayoría absoluta como horizonte deseado. Que la mayoría saldría secesionista, como conclusión de un proceso separatista que viene de muy atrás, no ofrecía dudas; sólo se especulaba con su dimensión. La cuestión de si el segundo partido iba a ser PP, PSC o ERC era menor. Ciertamente el PSC ha bajado y mucho, pero sin llegar a la debacle y manteniendo el tercer puesto (¡a 20 escaños de CIU!). Es un espejismo pero es importante para el PSOE, que ya puso distancias preventivas con ese “otro partido”, en palabras de Rubalcaba. Para el PP tampoco es despreciable un test que, con cierto éxito (un escaño más), ratificará a Rajoy en su creencia de que la mayoría social es mucho menos hostil a sus medidas de lo que dicen sus detractores. Hay otras cuestiones menores, como el buen resultado de C’s, que triplica pero sin dejar de ser un partido regional fuera de la política nacional (lo que agrada sobremanera a los medios del establishment), o la suma de los no explícitamente nacionalistas (28 sobre 135, o 48 de incluir, que no se debe, al PSC), puesto que sería exagerado considerarlos un bloque constitucionalista. El PP ya ha dejado claro que acepta la excepcionalidad catalana en forma de financiación especial a negociar, el PSC sigue sin saber lo que quiere, ICV se mueve en la ambigüedad del soberanismo con reservas, etc. En realidad, aparte del moderado fracaso de Mas y CIU, todo sigue más o menos como estaba… Frustración.

Respecto a los resultados de UPyD, han sido los previsibles, triplicando los votos de 2010: para los medios no hemos ni existido, y sabíamos que las condiciones no podían ser peores para nosotros. Ya me he extendido sobre el porqué de no querer coaliciones ni franquicias y no volveré sobre ello. Ha sido una muestra más de que nuestro concepto estratégico de partido nacional no desaparece ni siquiera en la barroca excepcionalidad catalana. O sea, que nuestras decisiones políticas no siguen criterios electoralistas en el sentido peyorativo del término. Difícil de entender, quizás, pero cierto. Y sin duda más criticado por eso mismo. Pues bien, vale la pena.

La verdadera partida política comienza ahora: gestionar los resultados de ese plebiscito adulterado por todo tipo de juego sucio partidista, por la corrupción y por una propaganda arrolladora más propia de una semidictadura que de una democracia. ¿Y ahora qué? Ahora la frustración inminente del independentismo, abocado a asomarse al abismo; y también la de muchos españoles que no creen merecerse que jueguen así con su país, y tienen razón; la de un sistema político e institucional, y también una sociedad civil impotente, que siguen sin estar a la altura del desafío. El problema está ahí y no va a desaparecer barriendo bajo la alfombra. Esa es la cuestión: ¿qué haremos mañana?

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23 comentarios a “Elecciones en Cataluña, o el porvenir de una frustración”

  1. Alc dice:

    Con las mismas condiciones desfavorables de censura y manipulación en los medios de comunicación, en las elecciones autonómicas de 2011 UPyD obtuvo el 6,30% en la Comunidad de Madrid, el 2,44% en la Comunidad Valenciana y el mismo 2,44% en Asturias. En las elecciones al parlamento vasco de 2009, UPyD obtuvo el 2,14% de los votos y en las de 2012 el 1,94%. En las elecciones autonómicas andaluzas UPyD obtuvo el 3,35% de los votos. Y en las gallegas el 1,48%.

    Hay que tener en cuenta de que por cuestiones sociológicas, UPyD obtiene siempre mejores resultados en las zonas más urbanas. Solo así se puede entender el 6,30% de votos que obtuvo UPyD en la Comunidad de Madrid. La provincia de Barcelona es claramente un territorio bastante favorable a UPyD, tanto por la existencia de la ciudad de Barcelona, como por la aglomeración de grandes núcleos urbanos en su extrarradio que históricamente han sido hostiles electoralmente al nacionalismo. Pues en la provincia de Barcelona UPyD ha obtenido el 0,44% de los votos.

    ¿Realmente alguien se cree que las ideas políticas de UPyD tienen en Cataluña una aceptación del 0,40% de la sociedad?. ¿Álguien se cree que UPyD y C’s tienen electorados diferentes?.

  2. Alc dice:

    ¿Alguien puede sostener que los resultados electorales de UPyD en la provincia de Barcelona no son un rotundo y clamoroso fracaso?

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