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El 2 de mayo y el origen de la nación española

Contra lo que sostienen plúmbeamente los nacionalismos, las naciones no son entes intemporales venidos de la noche de los tiempos y definidos por cosas como la lengua o la etnia. Las naciones son creaciones políticas cristalizadas en el curso de la evolución histórica. Es verdad que una de las acepciones de “nación” es la de comunidad de lengua o costumbres, pero ese es el significado medieval, cuando en las universidades, por ejemplo, se distinguía a los estudiantes por su nación germánica o italiana, es decir, por tener esas lenguas maternas. Pero ni Alemania ni Italia existían como Estados nacionales en los siglos medievales y no lo fueron hasta avanzado el XIX, como es bien sabido. Por otra parte, la insistencia en que son la lengua o la cultura las que dan cuerpo a las naciones –argumento de moda tras el descrédito del racismo nacionalista originario a lo Sabino Arana- conduciría a absurdos como negar que Suiza sea una nación porque tiene cuatro lenguas (y dos grandes comunidades religiosas de costumbres diferentes), o a empeñarse en que los casi 450 millones de hispanohablantes somos miembros de una nación inexistente. Y lo mismo ocurre con angloparlantes, árabes y otras grandes comunidades lingüísticas: no basta con compartir una lengua para ser una nación, mientras que países plurilingües como Suiza o India lo son sin duda. O la misma España, sin ir más lejos.

El proceso que lleva a formar una nación es cualquier cosa salvo sencillo y lineal. Pueden pasar muchos siglos, y no digamos sobresaltos y cambios, hasta que una comunidad política prenacional se convierta en nación en el sentido ilustrado y democrático del término, que es el que aquí adopto. Sólo por razones de comodidad, y a causa de la humana inclinación por los mitos fundacionales, ponemos a las naciones una fecha de nacimiento. Así, la nación de los Estados Unidos habría nacido en el bostoniano motín del te que condujo a su revolución anticolonial, y la francesa en el vibrante asalto a la infame prisión de la Bastilla. En el caso de la nación española, la fecha equivalente es el 2 de mayo de 1808. Ya saben, la famosa rebelión armada del pueblo de Madrid contra la ocupación napoleónica y todo eso.

¿Así que sostiene usted –se preguntarán algunos- que antes del 2 de mayo no cabe hablar con propiedad de nación española? Pues más o menos (y tampoco es una idea original mía), y me explico.

Como en Francia, o con más claridad en las actuales Alemania e Italia, lo que había en España era un conjunto de reinos y señoríos con poca más unidad que formar parte del patrimonio personal del Rey y de su dinastía. Esa agregación de Estados estaba separada por fronteras interiores y leyes e instituciones diferentes, que subsistían en 1808 pese al proceso unificador, con la abolición foral de los reinos de la Corona de Aragón, emprendida por los Borbones. No existía nada semejante a la idea de ciudadanía, y por eso los súbditos de la Corona de Castilla y los de Aragón tenían, por ejemplo, distinto trato para instalarse en América, derecho limitado para los segundos porque los reinos americanos dependieron largo tiempo de Castilla mientras que los de Nápoles y Sicilia lo hacían de la de Aragón. Para decirlo brevemente: no había ciudadanía española porque no había nación española, es decir, una comunidad política articulada en un Estado común con instituciones y leyes iguales. Lo único común era la monarquía, y ésta no estaba sometida a una Constitución, sino a las leyes particulares de sus muchos reinos y señoríos; leyes impotentes para controlar de verdad al Rey y a sus validos o ministros, pese al mito vasco del “pase foral”, o al requisito de autorización de las Cortes de Castilla para guerras y gastos (liquidado por Carlos I, que convirtió a Castilla, para su desgracia, en la vaca lechera preferente de la monarquía imperial).

Los acontecimientos del 2 de mayo de 1808, y de los días siguientes, son de sobra conocidos. Me interesa poner de relieve un aspecto de esos hechos normalmente minusvalorado o negado por la mitología oficial de la efeméride, impregnada en España de nacionalismo derechista (esto es un pleonasmo, obviamente), a saber: que el 2 de mayo fue un acto revolucionario en toda regla. Revolución que abrió el proceso constituyente de la nación instituido por la Constitución de Cádiz, de la que hace poco recordábamos –a un bajísimo nivel oficial de nación vergonzante- los 200 años de celebración.

Los vecinos de Madrid que atacaron espontáneamente a las fuerzas napoleónicas de ocupación se rebelaron contra la condición de súbditos a los que se podía imponer una nueva dinastía, con nuevas leyes, sin ser consultados: los Borbones sustituidos por los Bonaparte, Fernando VII por José I (que seguramente hubiera sido mucho mejor que aquel desastre). A diferencia de otras revoluciones comparables, en la de España no hubo liderazgo político ni intelectual digno del nombre. No hubo un Fichte que escribiera algo parecido a sus “Discursos a la nación alemana”, y no digamos ya un Mirabeau o un Franklin. Hubo, ciertamente, animadores y gestores de la rebelión popular como Pérez de Villamil e incluso una ideología oficial, apoyada por el bajo clero y muchos militares, que negaba a Napoleón el derecho a dictar cambios en España porque su soberano legítimo seguía siendo Fernando VII; una mera ficción legal porque éste y Carlos IV habían abdicado de sus derechos a favor del Emperador de los franceses. Lo que está claro es que la mayoría del país se rebeló contra el papel de meros figurantes y carne de cañón de la gran política napoleónica que, poco más de un siglo atrás, sí aceptaron en cambio sus antepasados cuando otra gran guerra europea,  la de Sucesión, resolvió la sustitución de los Austrias por los Borbones como dinastía propietaria de los reinos españoles, que de eso se trató (pese al mito nacionalista catalán de la resistencia catalana a ultranza por sus derechos “nacionales”; simplemente, escogieron el bando equivocado mientras vascos y navarros eligieron al ganador).

Lo que no se esperaba Napoleón, ni seguramente nadie, es semejante reacción de los normalmente pacientes y resignados súbditos de la monarquía española. Contra lo que quiso el tópico posterior, es falso que España fuera un país mucho más atrasado que la media europea pues, salvo por su catolicismo integrista sin fisuras, era muy parecido al resto en instituciones, economía o sociedad (los realmente raros eran los hegemónicos: Gran Bretaña con su revolución industrial, y Francia con su veloz transición del absolutismo a la república y de ésta al Imperio). Esa es la razón de que, por inesperada, la épica de la rebelión española causara sensación en toda Europa y animara otras resistencias en otros países ocupados por el mesianismo imperialista francés. Fue vista como lo que era: una genuina revolución. Y desde luego, una revolución nacional porque afectó a todos los territorios peninsulares con formas muy semejantes: movilización popular, guerrillas y resistencia armada, asedios, emergencia del liberalismo en las Juntas Patrióticas. Eso pretendió instituir la Constitución de Cádiz.

Cómo y por qué esa revolución no consiguió cristalizar en una nación como la francesa o la inglesa, mientras que acabó favoreciendo la restauración del absolutismo y el catolicismo integrista del felón Fernando VII, es ya otro asunto. Apuntemos que una de las razones del éxito de la rebelión pero también de la derrota ulterior del liberalismo fue, precisamente, lo lejos que estaba España de ser algo parecido a un Estado nación. Napoleón descubrió con sorpresa –compartida por sus enemigos británicos- que en España, a diferencia de otros países, no bastaba con ocupar la Corte y las principales vías de comunicación y fortalezas estratégicas, o con derrotar al ejército, para imponerse. No, cada región tradicional actuaba como un país independiente y organizaba su propio ejército, enviando sus emisarios a Londres y a la Junta Suprema de resistencia que acabó refugiada en Cádiz. Fue puro continuismo del sistema altamente descentralizado y heterogéneo creado por los Austrias y aún no desmontado del todo por los Borbones. Eso obligó a Napoleón a tratar de ocupar todo ese anárquico país varias veces, a un costo agotador y militarmente insostenible, como es sabido. Y a un precio altísimo para el país ocupado, es decir España, en vidas y recursos.

De modo que lo emprendido el sin duda alguna heroico 2 de mayo fue una guerra revolucionaria para la instauración de una nación sobre los escombros del fallido régimen absolutista de los Borbones rematado por Napoleón. A partir de ese momento, y no por casualidad, la expresión “Nación Española” comenzó a sustituir a la de “Reino(s) de España” para designar la nueva realidad política o, al menos, su proyecto. Otra cosa distinta es que sigamos todavía discutiendo cuál es ese proyecto y cómo debe constituirse e incluso, para los nacionalistas periféricos y sus aliados de la paleoizquierda (todos ellos herederos ideológicos, en esto, de Fernando VII…), si tiene derecho incluso a llamarse nación, como si el mito fuera más importante y verdadero que los hechos. Tanto, que la fecha del 2 de mayo es una mera fiesta autonómica de Madrid. Algo así como si la memorable toma de la Bastilla lo fuera solo de París…

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13 comentarios a “El 2 de mayo y el origen de la nación española”

  1. temax dice:

    Buenas Rocky,

    Te lo digo encantado 🙂 En las fuentes aparecen términos como “nación castellana” y “nación catalana”. Y, curiosamente, en esos mismos textos, se utiliza incluso más veces la palabra “provincia” para referirse a esos mismos territorios. Es decir, que no se puede asociar los términos nación y provincia del medievo a los términos actuales.

    Por eso, a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre (y en su contexto). Por eso, negar la existencia de una nación española en términos actuales es absurdo. Hay que negarla en términos de la época que se debate. Y si nos fijamos en esa época, y en sus fuentes, nos dicen que es un gravísimo error histórico negar la existencia de la nación española antes de Napoleón, cuando esa expresión y es ese sentimiento existe y está en una barbaridad de fuentes y de monumentos repartidos por toda la geografía nacional e internacional.

    No se puede negar lo que existe y está documentado. Otra cosa es que se quiera dar el significado moderno. Entonces, mal vamos. Como tampoco es correcto encasillar a tal o cual historiador en base a prejuicios políticos o ideológicos, porque independientemente de la mayor o menor simpatía que pueda suscitar un historiador en concreto, ¿cabe encasillar la obra de un historiador por su pensamiento «neocon» o «izquierdista» o cualquiera que sea? ¿No esconde un profundo prejuicio tal descalificación? ¿Un historiador o un ciudadano que ama la Historia se interesa por la historia o por la ideología de salón?

    Si así lo hiciéramos, y si diéramos más valor a lo que pensamos que pasó (reforzando así nuestra ideología) sobre lo que las fuentes nos dicen, entonces estaríamos antes esa triste realidad en donde la cultura deviene en caricatura de los bastardos intereses políticos que tan de moda están, envueltos en un insufrible tufo necrofílico de falso revisionismo.

    Yo me he enriquezido de todos los historiadores que he leído, estando de acuerdo con unos y en desacuerdo con otros. Por poner un ejemplo, tengo mi propia teoria personal contra el pensamiento de Américo Castro, pero siempre recomendaría su lectura, por la cantidad de cosas que se aprenden de él.

    Un saludo.

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