search
top

Corrupción: las leyes, la moral y la desmoralización de la vida pública

La presentación de un montón de imputados por delitos de corrupción en las listas de PP, PSOE e incluso IU –que hasta ahora pretendía estar a salvo de la plaga por aquello de la supuesta “superioridad moral” de la vieja izquierda- ha servido para algo: tomar conciencia del problema. Pocas veces ha habido tanto consenso como estos días en que la corrupción es un problema grave de la democracia española, y pocas veces ha cundido tanto el desánimo entre la ciudadanía más politizada por lo que parece un problema sin solución. Sin embargo, es perfectamente posible mejorar mucho la prevención y la penalización de la corrupción con leyes mejores y más adecuadas. Porque lo cierto es que el sistema legal español está lleno de agujeros a este respecto, y que la parcialidad y lentitud de muchos tribunales empeora la situación, por no hablar de la absoluta pasividad o comprensión activa de los viejos partidos con sus corruptos y corruptelas… con la comprensión o indiferencia de muchos de sus votantes. De modo que lo primero que debe hacerse es presentar leyes de más calidad, dirigidas también a prevenir la corrupción haciéndola más difícil –sobre todo con medidas de transparencia realmente eficaces- y a penalizarla más en caso de que finalmente se produzca. Y conviene no hacerse ilusiones a este respecto: siempre habrá corruptos, y no sólo entre los políticos como a veces prefiere creerse, sino entre los beneficiados “civiles” de sus manejos tales como empresarios, profesionales o simples protegidos. Como tantos otros vicios y delitos, la corrupción es una consecuencia de la naturaleza humana: podemos elegir, podemos engañar y podemos robar, luego la corrupción de las instituciones públicas por quienes las administran es no sólo posible, sino probable si no se adoptan medidas de prevención y control.

El hartazgo de una parte considerable de la opinión pública con la corrupción estalló con cierta virulencia en Twitter la semana pasada, a raíz de una votación en el Parlamento Europeo sobre una recomendación para que los eurodiputados dejaran de viajar en primera clase en ciertos recorridos (hay que decir que volar en business no es obligatorio). La mayoría rechazó la recomendación por diversos motivos -de todos modos no tenía efecto presupuestario alguno- y se armó la marimorena: para muchos, ese voto negativo contradecía desvergonzadamente la austeridad que se nos exige e impone a los simples mortales desde los gobiernos, e incluso era una muestra de corrupción. Dieron igual las explicaciones que algunos eurodiputados quisieron dar para explicar por qué no votaron a favor de una recomendación presentada por un grupo donde alguno de sus miembros, como Willy Meyer (IU), no tienen empacho en volar en la tarifa más cara y ausentarse de la votación que se supone debía acabar con eso. Las razones buenas o malas de los eurodiputados fueron barridas por una indignación popular, e incluso populista, donde privilegios, abusos, derroches y corrupción formaron una amalgama indiscernible. Sin duda los eurodiputados partidarios del ahorro metieron la pata al no percatarse del eco público que esa votación iba a tener y del daño que su voto negativo iba a producir para el prestigio ya muy débil del Parlamento Europeo y el parlamentarismo en general, pero no es ahora ese asunto el que me interesa, sino el problema de la falta de distinción entre legalidad y ética que borboteaba en el fondo de la indignación.

Esta vez los eurodiputados –realmente mimados por una institución muy derrochadora, con dos sedes e inolerables migraciones mensuales entre ambas, Bruselas y Estrasburgo- volvieron a ejercer a su pesar una de las peores funciones que les tocan a los políticos en las democracias: la del chivo expiatorio. Porque todo el mundo sabe, aunque se niegue con vehemencia ofendida, que la corrupción no es una exclusiva de los políticos, sino una conducta extendida por el conjunto de la vida social: es corrupción meter la mano en la caja pública, cobrar comisiones ilegales o favorecer a tus socios quebrando el principio de igualdad de oportunidades y concurrencia, pero también lo es sobornar a los políticos, ofrecerles comisiones y llevarse contratos ventajosos mediante trampas. Y es corrupción pedir favores y recomendaciones a los amigos “políticos”, evadir impuestos, abusar de terceros en el trabajo, explotar a subordinados y empleados y docenas de abusos más –como copiar en un examen o colarse en una cola, sin ir más lejos- que todos los días comenten infinidad de personas que se consideran a sí mismas sumamente honradas. Lo que no obsta para que sea cierto que a los representantes políticos, como a la mujer del César, haya que pedirles más rigor, honestidad y veracidad que a los demás, ya que son “políticos” porque quieren.

De lo anterior sólo se colige una cosa: que los valores morales y la coherencia ética de cada cual es muy importante para combatir la corrupción, sobre todo para acabar con su tolerancia social (y algunos de los que más protestan contra la de los políticos están en realidad pidiendo su oportunidad para forrarse…), pero que la corrupción, como otros delitos, no se puede combatir solamente con ética: para hacerlo está la política, que es el modo de elaborar y aplicar las leyes. No vamos a progresar nada en la lucha contra la corrupción, revoluciones morales aparte, si no se mejora en tres campos muy claros y delimitados: 1: mejores leyes contra la corrupción, y por la transparencia que es su principal antídoto al hacer públicos los manejos opacos y las decisiones arbitrarias; 2: avances reales y contrastados en la independencia y rapidez de la administración de justicia encargada de aplicar esas leyes; 3: tolerancia cero de la corrupción en las instituciones públicas y privadas y en las personas físicas y jurídicas, o lo que es lo mismo, en todos y cada uno de nosotros.

La razón por la que la corrupción progresa en España, con espectáculos tan bochornosos como su práctica impunidad en partidos como CIU, PP o Unión Mallorquina, y el propio PSOE con su demoledor espectáculo en Andalucía, sin olvidarnos del PNV y los corrupctos manejos de ciertos burukides en las haciendas forales del País Vasco, es la consecuencia lógica de que seguimos sin una legislación suficiente contra la corrupción y prácticamente ninguna de transparencia; carecemos de una justicia eficaz e independiente de los partidos políticos; tenemos una opinión pública que puede explotar con algunas casos aislados, pero sigue votando y por tanto tolerando a partidos que presentan imputados y condenados por corrupción. Hay que recordar que Rosa Díez presentó en el Congreso varias enmiendas a la reforma del Código Penal para endurecer la lucha contra la corrupción, pero casi todas fueron rechazadas, excepto la que preveía la inhabilitación electoral de los condenados. De modo que no es cierto que nadie haga nada contra la corrupción y que no se hagan propuestas que vayan más allá de la moralina; el hecho es que son PSOE, PP y nacionalistas varios los que se vienen oponiendo sistemáticamente a progresar en esta lucha legislativa y política, cuando no la obstruyen como ha ocurrido con el proyecto casi fantasma de una Ley de Transparencia que duerme el sueño de los justos en una de esas comisiones napoleónicas del Congreso (las que se crean para impedir los cambios, como la que impidió reformar en serio la Ley Electoral). La semana pasada UPyD registró en el Congreso una nueva Ley contra la Corrupción y para la Transparencia en la Gestión Pública que entra en el fondo de la cuestión, pero veremos si al menos es posible que se debata en el pleno…

Moralina es esa moda de “contratos éticos” que firman, sin el menor empacho y con todo el cinismo del mundo, probables imputados como Camps y muchos otros de su estilo. Meros instrumentos de propaganda, estos “contratos” y compromisos públicos no comprometen realmente a nada, porque en una democracia lo único que compromete a todos son las leyes y su obligado cumplimiento (algo en lo que también vamos a peor). La inutilidad de tales obras maestras de papel mojado brilló el sábado, cuando se supo que el cabeza de lista por IU en Sevilla, Antonio Rodríguez Torrijos, iba a ser imputado por el caso Mercasevilla y sin embargo seguía en su puesto porque él se consideraba inocente. Si todo es asunto de voluntad o interpretación personal, ¿para qué sirven entonces esas rimbombantes declaraciones éticas amablemente cubiertas por los medios de comunicación concertados con el partido de turno? Para nada. Si queremos luchar contra la corrupción son las leyes y los tribunales de justicia los que hay que mejorar, junto con la conciencia pública de que la corrupción es intolerable porque daña los bienes públicos materiales e inmateriales, comenzando por la igualdad de oportunidades, la seguridad jurídica y la autoestima colectiva.

Mapa mundial de la corrupción 2007, IPC

Share

5 comentarios a “Corrupción: las leyes, la moral y la desmoralización de la vida pública”

  1. ignacioac dice:

    Como siempre muy interesantes tus artículos. Tenemos que reducir la corrupción y para eso tenemos que elaborar leyes para combatirla. Espero que la transparencia empiece por este, nuestro partido y seamos ejemplo de “vaso limpio”.

    Un saludo

  2. Sake dice:

    -Yo voy a ser práctico, porque ¿quién se preocupa por mí?, pues por mi ,se preocupa mi mujer y mi familia, por lo tanto conseguiré el poder para que ellos vivan como reyes y no les falte de nada.
    -Pero tú no luchabas contra la corrupción hace muchos años.
    -Ya pero eran otros tiempos.
    -Entonces ahora tú eres el corrupto ¿no?
    -Depende como se mire oye.
    -Mereces ser derrotado en lar hurnas ¡y éso por lo menos!
    -Para mi la democracia es buena.
    -Y para mi también, porque si no iria a la cárcel.
    -Porqué…….
    -Dejémoslos ahi ¡corrupto!.

  3. alc dice:

    El artículo parece confundir la corrupción, con el abuso y el derroche.

    Corrupción es todo aquello que está (o debería estar) tipificado penalmente. Mientras que el abuso y el derroche son conductas indeseables de gasto excesivo e injustificado del dinero público (a cuenta del contribuyente) que no constituyen -o no deberían constituir- un delito en sí mismas. No obstante en la práctica, la frontera entre ambos conceptos es confusa en ciertos casos. Y por otra parte, el derroche es igualmente censurable aunque sea totalmente legal.

    El El régimen laboral, económico, fiscal y social de los presidentes y ex-presidentes del gobierno (y de los del parlamento y el senado), de los eurodiputados, diputados, senadores, ministros y ex-ministros, presidentes y ex-presidentes autonómicos, de numerosos altos cargos de empresas públicas… en la mayoría de los casos de los consejeros y diputados autonómicos… y en ciertos casos los de alcaldes y concejales… es un abuso y un derroche aún cuando no constituyan delitos tipificados penalmente. De hecho, los abusivos sueldos, dietas, pensiones, coches oficiales… de estos individuos son totalmente legales. Lo cual no significa ni mucho menos que sean moral o políticamente aceptables.

    Es inaceptable el uso del Falcon del Ejército del Aire que hace el Presidente del Gobierno durante las campañas elecorales. También el gasto innecesario en traducción del Senado. O que los ex-ministros cobren mensualmente su sueldo íntegro durante dos años tras su cese (y más cuando además frecuentemente ocupan otro cargo público). Y también el escandaloso sistema de dietas del parlamento europeo. Nada de esto es delito (al menos de momento) y por tanto no es corrupción. Pero es moral y políticamente inaceptable.

    El hecho de que estos abusos y derroches son totalmente legales se evidencia en el hecho de que hacen falta iniciativas parlamentarias (como la de Rosa Díez sobre las pensiones de los diputados, o esta otra del Parlamento Europeo) para tratar de modificarlos o erradicarlos (muy infructuosamente en ambos casos). Si estos hechos fueran constitutivos de delito, podrían y deberían de perseguirse por vía judicial.

    Por otra parte, es muy lamentable que por el hecho de que la iniciativa europarlamentaria partiera (entre otros) de un personaje como Willy Meyer (y el uso o abuso que haga este señor de sus dietas y billetes) pueda haber provocado o influido en la desestimación de la reforma. Los parlamentarios deben votar votar en conciencia, ciñéndose exclusivamente al interés general del contenido de las proposiciones, y no en función de quien haya propuesto tal o cual reforma. No creo que esta conducta por parte de los legisladores (en el caso de que se haya producido) sea aceptable.

  4. alc dice:

    Carlos Martínez Gorriarán :
    Sin duda los eurodiputados partidarios del ahorro metieron la pata al no percatarse del eco público que esa votación iba a tener y del daño que su voto negativo iba a producir para el prestigio ya muy débil del Parlamento Europeo y el parlamentarismo en general […]

    ¿Metieron la pata los eurodiputados que presentaron la propuesta o los que la rechazaron?. En mi opinión claramente los segundos.

  5. Nikon dice:

    El derroche con dinero ajeno no debería ser sólo algo indeseable moralmente, debería tener consecuencias. Si se demuestra que el gasto es injustificado y abusivo, el que ha cometido semejante tropelía debería responder con su patrimonio. Esto se debe aplicar especialmente a aquellos que manejan grandes cantidades de dinero, como banqueros, políticos o grandes empresarios, pues las consecuencias de dichos desmanes arruinan la vida de mucha gente, igual que lo puede hacer un tsunami. Las catástrofes naturales no siempre se pueden evitar, pero las humanas sí. Desgraciadamente, sólo mediante leyes adecuadas, incluyendo un código penal más estricto con estos actos, se puede impedir la fuga de grandes capitales y la irresponsabilidad política. Nos jugamos demasiado como para dejarlos sin castigo. De este modo, seguro que antes de votar los parlamentarios, diputados y alcaldillos varios se asegurarían de haberse leído bien el texto a debate, que para eso les pagan. Y si el Parlamento europeo está desprestigiado es porque se lo merece ampliamente y, para muestra, un botón. Que es necesario dicho Parlamento, por supuesto. Pero sólo cuando funcione como es debido.

top