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Eguiguren y la simpatía sentimental

El sábado, Goka Maneiro, Rubén Múgica y un servidor celebramos un coloquio en un céntrico hotel donostiarra con el siguiente título: “El cambio en Euskadi: verdades y mentiras”. Estuvo muy bien, a juzgar por la asistencia del público que escuchó y participó sin deserciones durante algo más de dos horas de una espléndida mañana soleada de viento sur. En la cercana bahía, esculturales jóvenes revestidos de neopreno –el surf también se ha hecho muy popular entre las chicas- se lo pasaban en grande cabalgando grandes olas –y ellas ondeaban la melena- que el viento despeinaba contrariando su ruidosa ruptura en la playa. Mucha gente disfrutaba del inusual espectáculo, así que hay que reconocer su mérito a las sesenta y tantas personas que se reunieron para escuchar nuestras opiniones y dar las suyas.

Cosa fácil en San Sebastián, ciudad con un centro urbano muy concentrado, al bajar al bar del hotel dimos allí con un viejo conocido que había protagonizado no pocas de las intervenciones oídas en la sala de arriba, sobre todo una espléndida y emotiva reflexión de Rubén Múgica: Jesús Eguiguren, en persona. Estaba con su familia, disfrutando del día. Aunque se habían dicho de él y de su posición política cosas poco halagüeñas, absolutamente nadie se acercó a recriminarle nada. Se extendió la noticia de su presencia, se le miró con leve curiosidad y eso fue todo. Ninguno de los presentes era del tipo de persona capaz de aprovechar un encuentro así para reprocharle nada, como hizo su esposa Rafaela Romero con la representante de la AVT, Angeles Pedraza, en el juicio de la Audiencia Nacional al que Eguiguren acudió –sin éxito- para predicar la paz al tribunal y echar una mano al amigo Otegui. Todo con la mejor intención, naturalmente.

Pero no quería volver a explicar por enésima vez que Jesús Eguiguren siempre se ha equivocado en materia antiterrorista, contumacia en el error que le ha dado su gran aura de experto. Tampoco quería volver a la obviedad de que lo que dice Eguiguren –u Odón Elorza- no son las ocurrencias de un verso suelto del PSOE, sino medidas expresiones de la estrategia de fondo que siguen los socialistas respecto a ETA, o al menos de una de las posibles estrategias a disposición de un partido que, como Felipe González se encargó de aclarar el domingo 7 de noviembre, es capaz de una cosa y de su contraria: de estudiar si volar a la cúpula de ETA o de cortejarla como honorable socio político.

No, sólo quiero hacer una pequeña reflexión sobre la forma que ha adquirido la esperada solidaridad con Eguiguren de quienes consideran que está siendo objeto de un linchamiento (aunque ojalá todos los linchamientos del mundo fueran así de amables). Tiene su interés el modo en que tal solidaridad mezcla el cinismo más hipócrita con el sentimentalismo más amoral. Dejemos de lado las estupideces de que las críticas al presidente del PSE son invariablemente de “la derecha” –eso, como las de Maite Pagazaurtundua y Rubén Múgica- y parémonos en ese otro aspecto de la cuestión.

El cinismo y la hipocresía emergen en la elusión del asunto principal: si se está de acuerdo o no con algún tipo de negociación con ETA. Eguiguren no puede ser acusado en ese sentido: siempre ha defendido esa vía y postulado con mayor o menor claridad que el final de la banda no debe ser confundido con la derrota de un proyecto político que sin duda considera aceptable, excepto en el recurso a la violencia.

Los hipócritas son quienes asumen las palabras de Eguiguren pero no su claro significado y hacen como que no lo comparten. Por ejemplo, Ramón Jáuregui o Alfredo Rubalcaba. El primero ha declarado que ETA perjudica al proyecto político de la “Izquierda Abertzale”, como si éste no fuera el mismo del terrorismo, y que ETA estaba en la presente situación de debilidad gracias a la negociación calamitosa emprendida por el primer gobierno de Zapatero. ¿Por qué no dice abiertamente que la negociación es otro instrumento a disposición del gobierno, como lo son las detenciones de comandos conseguidas por las fuerzas policiales? Nadie iba a escandalizarse por algo tan evidente.

Y vayamos al sentimentalismo amoral. Cierto que el lenguaje político dominante ha sustituido la ética por el sentimentalismo: de Bush a Obama, pasando por Sarkozy y Lula da Silva, todos prefieren sacar a relucir sus sentimientos de compasión, amor y solicitud humanitaria antes que sus planes políticos. ¿Que se invade Irak para derribar al régimen?: es compasión por los iraquíes. ¿Apoyamos las dictaduras de Irán, China o Cuba?: es solidaridad contra la prepotencia occidental. ¿Expulsamos a los gitanos rumanos de Francia? Pues por amor a la República, n’est c’est pas? Y Zapatero y sus secuaces son especialmente adictos a este camuflaje: a menos ideas y más ocultación de hechos, más sentimentalismo pegajoso. Aplicado al caso Eguiguren: se solidarizan con él porque “es un hombre bueno”, “está siendo objeto de un linchamiento”, “lleva escolta desde hace tantos años”, “siempre ha estado en la mira de ETA y de la derecha”, “no puede pasear por la Parte Vieja de San Sebastián”. Etc. ¡Pobre Ecce Homo!: nadie se solidariza con él porque comparta sus análisis y objetivos, lo que resulta bastante sorprendente considerando que es el presidente del PSE-PSOE.

Por mi parte, no sé nada de lo que piensa íntimamente Eguiguren. Nunca he intercambiado más de dos frases con él, cosa llamativa considerando que no sólo vivimos en la misma ciudad sino que, desde el año 2000, fui portavoz de Iniciativa Ciudadana Basta Ya, coincidiendo forzosamente en multitud de actos públicos. Pero se comprende considerando que, a diferencia de Fernando Buesa, Nicolás Redondo Terreros, Mario Onaindia o Carlos Totorika –por citar a cuatro socialistas de distinta trayectoria-, Eguiguren nunca demostró el menor interés, que yo supiera y lo sabría de haber sido así, por dedicar media hora de su valioso tiempo a conversar con gente como nosotros. Ahora sabemos que debía consagrarlo a reforzar su relación personal con sujetos como Otegui o Iosu Ternera. Congenió con éste último, dice en su asombrosa declaración para La Sexta en la telebasura El Follonero, por afinidad generacional de inclinaciones –los encierros de San Fermín- y trayectoria vital ligada a la política, que ha destrozado a ambos. ¡Ah, el abuso de las metáforas!: lo dice de un tipo responsable de haber destrozado, literalmente, la vida de tantos, incluyendo a no pocos socialistas… Claro que, como sugiere la intempestiva y agresiva impertinencia de Rafaela Romero a Angeles Pedraza (“si no matan, no lloréis por nosotros”), en ese mundillo hay quien no tiene nada claro qué significa estar vivo y la pequeña diferencia con haber sido efectivamente destrozado para siempre, tanto la víctima directa como las colaterales (como Angeles Pedraza, o como Rubén Múgica lo es de su padre asesinado, el socialista Fernando Múgica). Moral de zombis que ven borrosa la diferencia entre la vida y la muerte; quizás necesite de carantoñas privadas. ¿Pero justifica la solidaridad política? No veo cómo, aunque sí para qué.

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1 comentario a “Eguiguren y la simpatía sentimental”

  1. jjms dice:

    Sobre la amoralidad sentimentalista, sobre la ética relegada a materia políticamente incorrecta, sobre la moral retorcida por los frios cálculos electoralistas, hay auténticos Doctores “honoris causa” en la actual clase política nacional.

    Repugna leer o escuchar declaraciones que harían ruborizarse al mismísimo Príncipe de Don Nicolás Maquiavelo.

    Que no puede haber ganadores es evidente, ya que nadie ha ganado nada, ni el Estado, ni la sociedad, ni mucho menos las víctimas, pero que sí hay GANADOS, también resulta claro a juzgar por la calaña de estos asesinos.

    En esta sinrazón hay PERDEDORES, que todo o mucho lo han perdido. Y necesariamente debe de haber VENCIDOS.

    ¿Cómo consentimos que se otorgue patente de idealismo respetable (en el absurdo supuesto de que todas las ideas u opiniones lo son) a este submundo de encubridores, colaboradores necesarios, señaladores de objetivos y cómplices?

    ¿Cómo podemos condenar a los neo-nacional-socialistas, aún cuando su violencia no tiene parangón con la de estos nuevos gudaris, mientras otorgamos condición de interlocutores políticos a los secuaces etarras de la llamada izquierda abertzale?

    El cínico sentimentalismo amoral parece tener más sentido en clave electoralista que en el más elemental raciocinio.

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