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El “carajillo party” de Esperanza Aguirre

Leo por ahí que doña Esperanza Aguirre está pensando en importar a España el llamado “tea party”. La derecha española más encantada de haberse conocido está muy interesada en ese fenómeno tan americano que, como saben, es un movimiento de una parte bastante radical del viejo partido republicano de los Estados Unidos que se ha apropiado con habilidad del mítico “motín del té” ocurrido en Boston en 1773, considerado el inicio de la revolución americana y por tanto una efeméride sagrada del imaginario patriota de los USA. Siguiendo tradiciones idiosincrásicas, estos republicamos muy de derechas –diríamos en Europa- celebran reuniones privadas o semipúblicas –pues como los famosos caucus electorales, pueden celebrarse en la cocina de casa con los vecinos del barrio- para intercambiar discursos más o menos incendiarios acerca de la urgencia de imprimir un gran giro político a los Estados Unidos. Como dice esa derecha en todas partes, sostienen que se trata, sobre todo, de un giro ético para salvar a la Nación, en peligro por la disolución de los valores morales tradicionales y el creciente intervencionismo del Estado, cuyo ejemplo paradigmático es la ley para un elemental sistema de seguridad social federal que ha conseguido aprobar el presidente Obama pero que, para el tea party, es puro y diabólico comunismo. Háganse a la idea de que, según este punto de vista, la Unión Europea es como la antigua Unión Soviética.

En España las cosas son algo diferentes. No sólo no hay nadie que vaya públicamente contra la Seguridad Social –aunque sí quienes, como Esperanza Aguirre, se dedican a privatizarla con nocturnidad y sin oposición-, sino que entre nosotros es la izquierda tradicional, en vez de la derecha, la que se presume ser guardián de las esencias morales más valiosas, naturalmente entendidas a su evanescente estilo. La derecha es mucho más acomplejada y teme –con razón- a sus sectores más asilvestrados, de modo que trata más bien de parecerse a esa izquierda tan virtuosa y disimular sus propias convicciones conservadoras. Ya he dicho alguna vez que esto es muy fácil porque en España tanto la izquierda como la derecha tradicionales son extraordinariamente conservadoras. Esta afinidad de fondo explica, en parte, por qué bajo los insultos mutuos más feroces las políticas del PSOE y del PP se parecen tanto que recuerdan a la Visa y a la Master Card, en metáfora grata a Rosa. Nadie puede negar que están de acuerdo en todo lo importante, es decir, en no cambiar ni la Constitución, ni la Ley Electoral o el desmadre de modelo territorial, en no tocar las cajas de ahorros ni la educación, etc.

Así que comprendo que a doña Esperanza le encandile la idea de imitar a la española el tea party, de modo que la derecha arrebate a la izquierda la presunción de superioridad moral e imponga los iconos vulgares, añejos símbolos y vacuas peroratas que conforman su concepto de un patriotismo decorativo sin la menor consecuencia política, es decir, constitucional. Dice la señora Aguirre que ella está de acuerdo con la ideología del partido del té americano, que ella condensa en menos impuestos, menos gobierno y más nación.

Naturalmente, al oír estas cosas cualquiera se pregunta qué espera esta mujer para abandonar el PP y la presidencia de la Comunidad de la Madrid, pues partido e institución no descuellan precisamente ni por su defensa de la nación que realmente importa, la constitucional y no la literaria, ni por su sentido del gasto público, y desde luego son francamente entrometidos e intervencionistas en todos los aspectos de la vida privada de los ciudadanos. Ella misma es un formidable ejemplo de gobernante antiliberal, intervencionista e invasora, como prueban la constante manipulación de los medios de comunicación a su servicio, sean privados –es un decir, pues todos están comprados- o públicos –expropiados a quienes los pagamos, los ciudadanos-, o en el modo en que se entromete y teledirige todas y cada una de las empresas públicas o instituciones en la órbita de su presidencia, desde la Asamblea de Madrid a los Teatros del Canal. Esta señora será partidaria del “menos gobierno”, sí, pero siempre que se entienda por tal cosa que el único gobierno sea el suyo. Avisados estamos.

Por supuesto, a Esperanza Aguirre no se le escapan ciertas diferencias culturales entre Estados Unidos y España, y por eso propone que cambiar el té por café. Le recomiendo que renuncie a la infusión del cafeto y adopte en cambio el carajillo. Las ventajas son muchas. Para empezar, resuelve el problema de la costumbre española de multiplicar las variedades de café que, sin ser tantas como las variadísimas italianas, incluyen el café solo largo o corto (con o sin azúcar o con sacarina); cortado con leche fría, templada o caliente (que puede ser desnatada, semi o entera); descafeinado de máquina con agua o con leche (ídem) pero también de sobre, etc., y la variedad autonómica de cafés con hecho diferencial. Un café party tan heterogéneo resucitaría la estructura desvencijada del Estado actual y arrumbaría de nuevo a la Nación a defender al número de los objetos imposibles.

El carajillo, en cambio, es miembro destacado de la lista de elementos simbólicos que, por su ubicuidad y general reconocimiento, todavía unen a los españoles como una gran tribu por encima de sus divisiones internas, junto con la tortilla de patatas, el jamón ibérico, la selección nacional de fútbol, los puentes festivos, la siesta dominical, los puticlubs de carretera y alguna cosa más. El carajillo aporta esa graduación alcohólica adecuada para excitar la ira del español sentado -© Alvaro Pombo- que tanto interesa a Esperanza Aguirre y a su partido, tan sinceros partidarios del “menos gobierno y más Nación” como los del auténtico tea party de la Seguridad Social y la prohibición de armas privadas. Es lo que produce la impostura de un liberalismo de pacotilla que sólo se interesa por la liberalidad del derroche de dinero público para su reparto entre comisionistas y clientes.

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5 comentarios a “El “carajillo party” de Esperanza Aguirre”

  1. Sake dice:

    -Sabes voy a poder elegir médico.
    -¿ Y vas a querer el mejor ¿no?.
    -Hombre claro.
    -Y todos los demás querran tambien al mejor ¿no?.
    -¿eh?.
    -Que vas a tener que esperar para que te atienda.
    -Bueno pero….
    -Y los demás médicos sobrarán.
    -Asi ahorramos.
    -Claro.

  2. IGNACIO dice:

    Muy buen artículo, Carlos. Uno de los secretos de Esperanza Aguirre es que su gobierno tiene un endeudamiento oculto considerable. Al igual que Zaplana, que llevó a la Comunidad Valenciana a ser la más endeudada de España, mediante operaciones de ingeniería financiera, Esperanza Aguirre está acumulando un endeudamiento no declarado en la Comunidad de Madrid de proporciones considerables. Mediante los sistemas de colaboración público privada, que consisten en comprometerse con empresas a 40 años vista, ha hipotecado el presupuesto de la comunidad para los próximos diez gobiernos. Pero eso sí, promete austeridad, mucha austeridad. Dime de qué presumes y te diré de lo que careces.

  3. guticid dice:

    Interesante artículo, pero en fin, yo dejaría atrás estas viejas nomenclaturas de izquierda y derecha…confunden más que aclaran en estos tiempos…, yo los llamaría los que se autodenominan tal y cual….

    Un bilbaino

  4. Isidoro1985 dice:

    Y el partido del CAFE (Camaradas Arriba Falange Española) siempre fue Falange Española. No muy lejos, en suma, de buena parte de los más incondicionales amigos de Esperanza Aguirre.

  5. alcotarelo dice:

    Es una práctica habitual y frecuente que los partidos nacionalistas mercadeen su voto en el Congreso de los Diputados en función de cuestiones que nada tienen que ver con la cuestión objeto de debate o votación.

    Esto en sí mismo, constituye en sí mismo una grave perversión política y democrática por parte de todos los agentes del pacto. Y no digamos ya, cuando el intercambio consiste, por parte de los diputados minoritarios (en este caso el PNV) en el voto a favor de algo que en conciencia saben o creen que en sí mismo es malo para el conjunto del país (en este caso los Presupuestos Generales del Estado), y por parte del gobierno y de los parlamentarios de su partido (en este caso el PSOE) de algo que:
    1.- Nada tiene que ver con lo que se vota.
    2.- Atenta contra el interés general en beneficio de la Comunidad Autónoma (y casualmente no de la provincia que se supone que es la circunscripción por la que son elegidos) de los parlamentarios minoritarios. Por no decir más bien de su partido político, cuando no de sus intereses personales.

    La cuestión es evidente y sobradamente conocida por todos. Aunque ningún periodista ni analista político se haya centrado hasta ahora en analizarlo y denunciarlo públicamente. O siendo realistas, más bien deberíamos hablar de los grandes holdings de medios de comunicación, ya que el periodismo como actividad independiente hoy por hoy no existe en España, y si queda algo carece de la más mínima relevancia o difusión.

    Tampoco ningún partido político nacional ha denunciado nunca hasta ahora esta práctica. El motivo es evidente. Hoy es el PSOE de ZP comprando los votos del PNV y CC. Pero ayer fue el PP de Aznar con la CiU de Pujol y el PNV de Arzallus. Como antes fue el PSOE de González también con Pujol. Sólo el miedo (o la vergüenza) al futuro propio explica la falta de reacción por parte del principal partido de la oposición.

    Estos hechos, y sobre todo la absoluta normalidad con que se aceptan pese a su gravedad, constituyen indudablemente uno de los síntomas de la importancia de la crisis política en que estamos inmersos.

    Porque el fenómeno evidencia no sólo que los grandes partidos políticos nacionales están pervertidos y no sirven ya a la búsqueda del beneficio de la sociedad (que es lo que supone que es la política), sino la más absoluta carencia de crítica responsable por parte del periodismo, y de una sociedad o bien ciega y sorda, o bien resignada.

    Creo que es inevitable tener este análisis en cuenta a la hora de analizar la acción política, la estrategia y/o el discurso de UPyD de cara a las elecciones de la Comunidad de Madrid.

    En estas elecciones, salvo que cambien mucho las cosas o haya sorpresas de última hora, parece que la cuestión no será si Tomás Gómez logra vencer a Esperanza Aguirre, pues esto no parece creíble ni teniendo en cuenta el siempre posible pacto con iU. La cuestión parece ser si el PP logrará o no una nueva mayoría absoluta, y en caso negativo si UPyD logrará el número de diputados necesario para ser determinante.

    El caso, es que según pude ver hace unas semanas en una entrevista a Rosa Díez de César Vidal en Libertad Digital
    (http://www.youtube.com/watch?v=Z_wWG-f9vZw), lo que UPyD plantea sería condicionar el posible voto a Aguirre o a Gómez en el debate de investidura, a que los diputados de PP o PSOE en uno y otro caso apoyen en el Congreso de los Diputados cuestiones importantes, e incluso fundamentales (como la modificación de la Ley Electoral nacional, o la devolución de las competencias educativas al gobierno central), pero que poco o nada tienen que ver con el ámbito político de la Comunidad de Madrid. O que como mínimo lo trascienden y sobrepasan, como evidencia el hecho de que esos asuntos se puedan abordar sólo en las Cortes y el gobierno central.

    La idea parece ser, por tanto, que consistiría en realizar el mismo juego que realizan los partidos nacionalistas pero a la inversa.

    Los beneficios, para todos, de esta estrategia son evidentes. Es mucho lo que hay en juego. Y cambiar la Ley Electoral, dotar al gobierno de la nación de las mínimas competencias necesarias para recuperar la igualdad de los ciudadanos, la gobernabilidad, la igualdad entre ciudadanos, la eficiencia y la eficacia administrativa, o despolitizar la justicia y el sector financiero (las cajas de ahorros) son objetivos claves, si no vitales para regenerar el país.

    El gran pero que tiene esta estrategia, es que eso supone que el voto de UPyD a uno u otro candidato en el debate de investidura no se hará en función de las políticas que este candidato vaya a realizar (o al menos que se comprometa a ello) desde la Comunidad de Madrid dentro de su ámbito competencial.

    Y aunque esto no se haga a cambio de dádivas, privilegios u otras prevendas, cuando no beneficios personales, sino a cambio de un bien moral supuestamente superior, la cuestión plantea como mínimo indudables cuestiones morales.

    Supongamos sin ir más lejos, que el PP ofrece a UPyD cambiar la ley electoral a cambio de su apoyo a Esperanza Aguirre en el debate de investidura. ¿Apoyará entonces UPyD a ese mismo liberalismo de pacotilla que sólo se interesa por la liberalidad del derroche de dinero público para su reparto entre comisionistas y clientes que hoy denuncia Carlos?. Y que conste que otro dilema similar se podría plantear para apoyar ciegamente a Tomás Gómez sin importar su programa electoral.

    ¿Se merecerían un gobierno en esas condiciones así los madrileños?.

    Al final, la cuestión es simplemente, si el fin justifica los medios.

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