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La fabricación mediática del resentimiento político en Cataluña

Está dando mucho que hablar la distancia cada vez mayor de percepción política entre la sociedad catalana y el resto de la española. Al parecer, causa un gran asombro que la mayoría de los catalanes encuestados haga suyos los tópicos y prejuicios políticos del establishment que controla el cotarro en el Principado, a saber: la abrumadora mayoría de la clase política, la práctica totalidad de los medios de comunicación, y las asociaciones y entidades de toda clase, desde el fútbol-club Barça hasta Omnium Cultural -siniestra entidad sedicentemente intelectual-, pasando por patronales, sindicatos, etc. Todos ellos llevan treinta años propagando los mismos mitos identitarios y las mismas exigencias políticas de más y más autogobierno para Cataluña, sea ello posible y conveniente o no, quepa o no en la Constitución, choque o deje de chocar contra principios elementales de igualdad democrática y de racionalidad política e incluso económica. Y lejos de haberse ido generando una oposición cívica y política contra este penoso cultivo de la unanimidad, los partidarios del victimismo y de su explotación a toda costa no han dejado de crecer. Quizás sea ese el “hecho diferencial catalán” más acusado: la marginalidad y el ostracismo que sufren los disidentes y críticos, por moderados y razonables que sean y muy integrados socialmente que estén, de esa manía antidemocrática de hablar en nombre de Cataluña, como si esta comunidad fuera un rebaño donde todos quieren lo mismo, piensan igual, comparten idénticos sentimientos, sangran por la misma herida patriótica, y cuyos corazones laten con acompasada taquicardia bajo las sevicias del centralismo de Castilla (¡muchos hablan como si siguiera gobernando el conde-duque de Olivares!) Un caso no ya desusado en España, sino insólito en Europa fuera de algún reducto residual de las antiguas repúblicas soviéticas. Y ellos, que se creen los más europeos y moderno de todos…

Con semejante panorama, lo insólito y milagroso sería que en Cataluña existieran redes sociales y entidades políticas no ya capaces de ofrecer resistencia y oponerse a esa envenenada unanimidad –pues éstas sí que existen en el mundo cívico y también en el político-, sino que a día de hoy ofrecieran una oposición potente al nacionalismo obligatorio –al estilo del constitucionalismo en el País Vasco, que tanto admiran muchos catalanes- y constituyeran una alternativa seria a medio plazo en todos los campos. Porque uno de los éxitos más innegables del nacionalismo obligatorio catalán ha consistido en inocular el virus diferencialista incluso a los más fervorosos antinacionalistas, que se sienten tan incomprendidos y atacados por las fuerzas ajenas a Cataluña como esos nacionalistas que tanto deploran, y acaban repitiendo como loros idénticos análisis obsesivos centrados en el “nadie nos comprende porque no viven en Cataluña y no saben lo que es esto”. Esta perspectiva desviada está en la raíz del fracaso de algún experimento político muy prometedor que se desbarató apenas comenzado, de ahí la importancia de no recaer en el mismo error: crear un partido antinacionalista puramente reactivo que acaba reproduciendo lo que denuncia y se refugia en políticas de gueto.

Tan grave parece el panorama que muchos piensan que todo está perdido –el mismo Albert Boadella, sin ir más lejos- y que lo máximo que puede lograrse es aquello que José Ortega y Gasset llamó en célebre debate parlamentario en las Cortes de la República, en polémica con Manuel Azaña, la conllevancia con el “problema catalán”. Sin embargo, cosas más improbables hemos vivido, comenzando por la transición a la democracia a partir de la dictadura de Franco. Al igual que aquella nefasta dictadura, el monolitismo nacionalista catalán es el resultado de un cruce de intereses sociales y políticos de lo más tradicional con un sistema comunicacional, cultural y educativo férreamente controlado por el poder político. Así como en la última época de la dictadura franquista buena parte de la sociedad española –donde los demócratas activos eran una minoría marginal- seguía pensando que los comunistas tenían cuernos y rabo y que el resto del mundo atacaba a España por pura envidia y mala voluntad, así ahora el catalanismo social cree a pies juntillas que los centralistas españoles son el demonio y que atacan a Cataluña por pura maldad depredatoria. ¿Qué van a creer si es lo que oyen y leen todos los días al 98% de los portavoces oficiosos y oficiales de las instituciones catalanas, muchos desde que tienen uso de razón?

Para afrontar con éxito el mal llamado “problema catalán”, o el “problema vasco” o cualquier otro semejante, se debe comprender que en gran parte son problemas fabricados y cultivados con perseverancia obsesiva por quienes viven de gestionarlos. El propio Zapatero se apuntó con desvergüenza y ya legendaria torpeza a esa estrategia al prometer que lo que se aprobara en Cataluña sería aprobado en Madrid. Es indudable que calculaba poder sacar grandes beneficios políticos de la indecente impostura de ponerse al frente de la manifestación por la soberanía de Cataluña. Lo que ha conseguido a la vista está: poner el Estado de derecho al borde del abismo.

Veamos un ejemplo de cómo se crea ese estado unánime de opinión donde los efectos se convierten en causas y la pluralidad se falsea en unanimidad. Ayer mismo publicaba El País una triste encuesta que daba cuenta de la cada vez mayor diferencia de percepción entre los catalanes y el resto acerca del significado de la sentencia del TC. La mayoría consideraba que era una grave ofensa y agravio contra Cataluña. Pero había al menos un 39% de los encuestados que rechazaba ese punto de vista o tenía muchas dudas al respecto. A continuación, el periódico ofrecía lo que pretendía ser una muestra cualitativamente representativa del estado de opinión de Cataluña. Milagrosamente, ni uno sólo de los encuestados pensaba algo distinto de lo expresado por Montilla, Puigcercós o Mas: ¡absoluta unanimidad, sólo modulada por el grueso de la expresiones de victimismo (un industrial galletero tenía la caradura de afirmar que España considera a Cataluña una colonia que puede expoliar fiscalmente)! Y entonces, ¿Dónde estaba ese 39% que según la encuesta no comulga con las ruedas de molino del establishment? En El País del domingo no estaban, desde luego, y sobre todo no se les espera. ¡Ya pueden quedarse afónicos diciendo que piensan distinto! ¡Ay, qué sabrán ellos de lo que les conviene! Pero dirán que ese es el estado real y espontáneo de la opinión catalana. De la opinión fabricada e impuesta, pues sí. De la otra, que se hable lo menos posible. Así que ustedes me dirán si no es esperanzador y asombroso que, pese a todo, haya un 39% de catalanes que no se consideran atropellados por el TC.

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5 comentarios a “La fabricación mediática del resentimiento político en Cataluña”

  1. Sake dice:

    -Democracia es lo que quiere la mayoria ¿no?.
    -Si asi es.
    -Entonces si la mayoria quiere vivir peor ¿puede no?.
    -Por supuesto.
    -¿Y si ésa mayoria es creada ficticiamente?
    -Eso se ve en la votaciones.
    -Claro que deben tener las mismas posibilidades de expresarse todas las opciones ¿no?.
    -Ése es un problema de la democracia.
    -Date a conocer porque tarde o temprano tu voz se oirá.
    -Procuremos que no sea demasiado tarde y haya vencido la sinrazón de los separatistas.
    -Esperemos.

  2. nandoblando dice:

    “…el monolitismo nacionalista catalán es el resultado de un cruce de intereses sociales y políticos de lo más tradicional con un sistema comunicacional, cultural y educativo férreamente controlado por el poder político”
    Ahí está la clave de todo. La manipulación sibilina, sosegada y constante sobre 1 ó 2 generacionesa lo sumo irá, sin duda, dando sus frutos. Desgraciadamente estoy con Boadella, poca esperanza puede quedar ante tal panorama.
    Gracias por tus palabras, Carlos. Es un absoluto placer leer exposiciones tan cargadas de sentido común y limpias de cualquier tufo partidista como las que publicas en tu blog.
    Ánimo y que no decaiga, Carlos.

  3. MiguelAngelQP dice:

    Aparte de lo que señala Carlos en su último párrafo, creo que puede haber otros signos positivos en el mismo sentido que él apunta:

    – A pesar del intenso monopolio del sistema educativo catalán por los Gobiernos nacionalistas de las últimas décadas, así como a pesar del control de los medios públicos catalanes por esa misma ideología, lo cierto es que el secesionismo aumenta en Cataluña, sí, pero lo hace a un ritmo extraordinariamente lento dada la magnitud del esfuerzo constante que les lleva (si no aceleran el paso, les toca mayoría independentista para algo así como el año 2150).

    – El nacionalismo secesionista vive principalmente del odio (como el mismo Boadella ha demostrado varias veces), y está demostrado que el odio es una emoción que, en principio, no resulta agradable para quien la siente. A los nacionalistas todavía les queda mucha gente por convencer en Cataluña de que vivir resentido es una forma atractiva de vivir esta única vida que tenemos.

    – Si algún día se razona (y se deja de lanzar exabruptos de uno y otro lado) sobre la posible secesión de Cataluña, los datos económicos (muy previsible bajada de las exportaciones al resto de España), geopolíticos (difícil integración en la UE), incluso “sentimentales” para quien esté embargado por ellos (separación de una Comunidad Valenciana y unas Islas Baleares hoy por hoy lejos de los afanes pancatalanistas y que por lo tanto se quedarían “del otro lado”, en España)… todos ellos son datos demasiado patentes como para que no logren atraer a muchos assenyats catalanes que, en un principio, pueden andar dudosos o apartados del asunto por desafección política (como de hecho muestra la baja participación electoral).

    – Este último punto, por cierto, creo que sirve también para tanto español cascarrabias que, hastiado ya del debate nacionalista en nuestro país, lo resuelve todo con un expeditivo: “¡Pues que se vayan! ¡Que nos dejen en paz los catalanes y los vascos, que se vayan a tomar *** con su independencia, que seguro que sin ellos vivimos mejor!” (sustitúyanse los asteriscos anteriores por diversos vocablos en función del nivel educacional del presunto hablante).

    A tales cascarrabias habría que plantearles si creen en serio que resultaría mejor para todos vivir en el futuro con un país fronterizo (como sería la Cataluña independiente) progresivamente empobrecido (por los motivos económicos apuntados antes: no puedes decirles a 40 millones de españoles que pasas de ellos pero luego convencerles de que tienen que seguir prefiriendo tus productos a los daneses o checos, o seguir viniendo de vacaciones a tus playas, cerca de las cuales seguramente seguirán ondeando panfletos de odio hacia los españoles poco después del supuesto referéndum). Habría que preguntarles a los mentados cascarrabias si de veras se creen que sería mejor tener como vecino a un país, como sería la Cataluña independiente, donde el nacionalismo se reforzaría hasta límites insospechables (ha pasado en Portugal, y llevan 300 años de independencia, con lo que al menos los lusos se nos podrían relajar un tanto… pero no lo han hecho: a las elites políticas les resulta demasiado facilón en cualquier lugar del mudno usar el cebo chauvinista para tener calmados a sus maltratados ciudadanos). Sería bueno interrogar a los aludidos cascarrabias si les parece ciertamente atrayente el empezar a compartir fronteras con un país, como esa Cataluña independiente, en que por lo tanto su clase política se vería obligada a plantear constantes problemas a su vecina España para culparla del susodicho declive económico; un país que posiblemente nos daría constantemente la matraca ante el resto de la UE; y un Estado independiente con ambiciones irredentistas colosales (nada menos que toda la Comunidad Valenciana y las Baleares) que dejarían en una nimiedad lo de Ceuta y Melilla…

    Seamos realistas: el nacionalismo no sólo es una de las ideologías más dañinas que generó el siglo XIX, sino que además ha sido siempre económicamente poco sensato en nuestra península (cuyas zonas más pobres están justo en las fronteras con Portugal) y precisa de un hercúleo esfuerzo para implantarse entre gente normal a estas alturas del siglo XXI.

    Estos signos, naturalmente, no han de servir para tranquilizarnos, sino todo lo contrario; deben darnos coraje a la hora de luchar contra lo de siempre: contra que la clase de politicastros que hoy gobierna España impongan a sus ciudadanos (por lo general, muuucho más sanosque ellos) algo en lo que claramente éstos se hallan bien poco interesados (memorias históricas revanchistas, desunión, apoyo a regímenes dictatoriales del resto del mundo, políticas identitarias de costes millonarios…).

  4. alcotarelo dice:

    Estoy plenamente de acurdo con nandoblando. Tanto el problema catalán como el problema vasco no son más que la manipulación de una o dos generaciones realizada y controlada desde el poder político.

    Al problema vasco, habría que añadir obviamente el terrorismo. Pero en cierto modo es también una consecuencia de esa manipulación, pues sería imposible que el movimiento abertxale, los de la kale barroka y la propia ETA encontraran jóvenes reclutas y adeptos sin una masa de jóvenes educados en ese engaño masivo.

    El gran error cometido desde la época de la transición fue creer que al favorecer que los partidos nacionalistas se hicieran con el máximo poder político posible ese problema se reduciría o extinguiría. El resultado ha sido como pretender apagar un incendio con gasolina.

    A estas alturas, yo también le veo muy difícil solución al problema.

  5. Quimby dice:

    No conozco el “problema vasco” pero conozco de primera mano el “problema catalán”, problema me atrevería a decir, bastante grave para España y para los que como yo como somos españoles en Cataluña, ya sea de nacimiento o por emigración.
    Tengo que decir que el haber vivido tantos años fuera de Cataluña me permite tener la capacidad de analizar la situación y la información fríamente escuchando todos los puntos de vista. Pero esto es un lujo que no se puede permitir cualquiera ya que la presión mediática no permite la libre interpretación de los hechos ya que la información recibida carece de toda objetividad va en la linea clara marcada por la hegemonía política y cultural.
    Si uno lo piensa es lógico que en Cataluña cada vez exista mas gente con un ideal anti español, dolidos y frustrados con un gobierno central si todos los medios de información y prensa locales así como intelectuales y políticos lanzan un mensaje claro: ESPAÑA NOS ROBA, NOS HUMILLA, NOS MENOSPRECIA, NOS QUITA NUESTRA LIBERTAD, NOS TIRANIZA…
    De un modo u otro, con eufemismos o con barbaridades dichas en publico el mensaje es claro. TV3 es un medio totalmente intervenido, que no deja que aquel Catalán que esta abierto a escuchar lo que se dice de un conflicto “X” en el resto de España pueda hacerlo. Los periódicos de tirada local como La Vanguardia o El Periódico en ocasiones alcanzan categoría de “fancines” de la unilateralidad nacionalista catalana.

    Si a esto le sumamos una educación totalmente redirigida a romper con la idea de España y una presión social que ataca todo aquel que se sienta español y orgulloso de ello hasta el punto de humillarle o coaccionarle, el resultado es la practica imposibilidad para un catalán nativo de no comulgar con el credo impuesto por los medios y por determinados círculos sociales y culturales.

    El mensaje a la sociedad catalana ha de ser claro y altamente difundido: EL CONJUNTO DE ESPAÑA NO ESTA EN CONTRA DE CATALUÑA NI DE LOS CATALANES. Y este mensaje ha de ir acompañado por un control cualitativo de la objetividad de la educación en todo el territorio catalán. Y todo esto es algo que se ha de gestionar a nivel estatal y que tiene que estar por encima de cualquier precio político, independientemente del numero de escaños de apoyo que necesite un gobierno electo para poder gobernar.

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