Este es el título de un reportaje para el que me han pedido una opinión en la revista Letras Libres. Que viene muy bien para este pobre blog semiabandonado que padece las consecuencias de las limitaciones masculinas a la hora de hacer tres o más cosas a la vez (no sé que sería de mí si, como Rosa, llevara encima una cuenta de Facebook.. .) Espero que sea de interés para alguien.
Lo sorprendente sería, bien mirado, que andando mal tantas cosas fuera la universidad una excepción. El sistema de la Transición que rige todo en España vaga a trompicones de beodo. Y aunque la universidad tiene uno de sus mitos más sagrados en su autonomía, es otra institución pública del sistema –o más bien inmisericorde maraña- alojado en gobiernos, parlamentos, diputaciones, ayuntamientos, hospitales, escuelas, comisarías, cuarteles, juzgados, miles de oficinas de todo tipo de empresas, consorcios, observatorios y objetos administrativos no identificados e incluso desconocidos.
Las universidades públicas españolas pueden imaginarse al margen de este embrollo pero, como es inevitable, están enredadas hasta el fondo. Y como el resto de las instituciones, padecen ineficacia, ineficiencia, burocratismo, gestión opaca, multiplicación de entes superfluos y problemas de escala entre la elefantiasis y el minifundismo. Pero sobre todo de falta de sentidos de la realidad y de sentido común. Reparemos por ejemplo en la autonomía universitaria: dependiendo en un altísimo porcentaje del dinero público –y por mucho Bolonia que se invoque eso no cambiará nunca en muchas áreas, salvo que se decida liquidarlas-, la autonomía económica es pura falacia. Y la académica más o menos igual, adulterada como está por el sindicalismo y la esclerosis administrativa de un Estado intervencionista. Pues si está regulado al detalle desde la actualización de los curricula hasta la compra de bolígrafos, es impensable contratar profesores o becar investigadores en base a criterios puramente académicos, es decir, el objetivo implícito de esa autonomía.
Añadamos a esos males la importación de modelos de gestión y enseñanza que ya han fracasado estrepitosamente en la escuela secundaria y en muchas empresas: el “aprender a aprender” y la “gestión de calidad” (promovidas ambas por gentes que ni parecen haber aprendido nada ni han llegado al mando por su especial cualificación, sino por enchufes o carambolas políticas). Sin olvidar los estragos fatales del nacionalismo y de lo políticamente correcto, tan típicos de una buena universidad como la castidad de una casa de citas.
Cambiar todo esto requerirá de más o menos lo mismo requerido para cambiar las cajas de ahorros que no son tales o las onerosas televisiones públicas que no ve nadie. Se trata de erradicar la conversión de la universidad en cualquier otra cosa ajena a sus fines originales: enseñar e investigar. Evitar que sirvan para suplir a las empresas formando especialistas, a los hogares para custodiar jóvenes desorientados, a los ministerios para alojar burócratas, a los “pueblos sin Estado” para conservar lenguas en retirada y, en fin, evitar convertir los departamentos universitarios en refugio blindado de nulidades y viveros de títulos extraviados, que es lo que se ha venido haciendo con la universidad española en los últimos decenios. Lo extraño es que la universidad siga cumpliendo una función propia insustituible… Eso mismo permite algún optimismo sobre su futuro…







Gracias por hacer esta pregunta abierta:
En mi humilde Opinión el gran problema de la Universidad Española, tal y como dices en el texto, es lo inmensamente politizada y burocratizada que esta se encuentra. Con ello hemos convertido instituciones que debían ser de ciencia e investigación en otro órgano político más en este país, que tanto carece de ellos, donde las personas mejor pagadas y valoradas son los de “libre designación” y donde los profesores e investigadores que alcanzan el tan soñado puesto funcionarial se dedican más al politiqueo que a la investigación, aceptando la docencia como un mal a soportar para poder seguir ejerciendo de secretario o director de departamento, Decano de Facultad o un deseadísimo puesto de Rector o Vicerrector en el non plus ultra de la carrera política universitaria que, siendo puramente política, deja a este último como amo y señor de todo y todos en la Universidad. Para aquellos que, como en la aldea del famoso Asterix, “…resisten ahora y siempre al invasor” de estos centros de ciencia, se les ataca y fastidia a más no poder, sólo faltaba que alguien se escapara del control de los políticos universitarios y tuviera más fama y “poder” que este por los logros científicos obtenidos. ¡Faltaría más!
Una vez sacados los defectos me animo a proponer una solución. Yo establecería un baremo de universidades basándonos en investigación, relación universidad-empresa (tanto en investigación como a nivel de alumnado), preparación de sus alumnos una vez finalizada la carrera… Plan ya ofrecido por gobiernos en el pasado y al que todos los rectores en todas nuestras universidades se niegan en redondo. Igual que opinan PP y PSOE del actual sistema electoral, no desean que cambie aquello que les conviene y no desean que una nueva ley les ponga a competir y a trabajar para no desaparecer pues nadie desea ser una Universidad de tercera que, si no cumple y no ofrece un servico al ciudadano que este desee deberá ser cerrada. Vamos, nada nuevo, sólo lo aplicado en tantos otros países europeos y americanos donde la Universidad es una Universidad y no una mera Administración más.
-Yo siempre quise ir a la Universidad.
-Ya, pero nosotros somos trabajadores.
-En la Universidad se trabaja, sabes.
-Ya pero quizás está demasiado dirigida y no la dejan crecer y respirar como debiera.
-A mi en el trabajo me gusta que confien y me dejen lo más libre posible ¡conozco mi obligación!.
-Quizás la Universidad necesite algo de éso, el pensamiento necesita libertad.
-Tienes razón.
-¡Pues claro!.
Hola Carlos. La situación de la universidad española es de inmenso interés para muchos de nosotros que pensamos que la (in)eficacia del estado pasa por una buena formación. Por cuestiones laborales he trabajado y estudiado en ocho universidades, seis fuera de España y puedo decirte que, comparativamente, la universidad española deja mucho que desear. O nos ponemos las pilas o vamos a seguir bajando en los rankings internacionales. Una de las cosas que más me gusta de UPyD es que se habla continuamente de educación con seriedad y preocupación. Ánimo con todo y gracias por vuestra labor.
@Juan: El problema es que cada vez que se plantean baremos de evaluación en la universidad de este país, esa evaluación se convierte en otra burocracia sin sentido. Ya se ha hecho con la ANECA y las diferentes agencias autonómicas, y para lo único que sirve es para potenciar que la gente pierda el tiempo con todo tipo de chorradas (asistir a mil cursos de formación inútiles donde se doctrina sobre Bolonia y el “aprender a aprender”, publicar diez trabajos malísimos en lugar de centrarse en hacer uno o dos buenos, etc.) Mientras, ha creado otra escala más de políticos que son los “evaluadores de la calidad”.
Coincido plenamente con el diagnóstico del post. Sobre la solución, la verdad es que no tengo grandes ideas, a veces pienso que los problemas de la universidad no tendrán mucho arreglo mientras la sociedad en general siga viendo la corrupción, enchufismo, etc. como algo normal. Sí que creo que echar para atrás la horrible implementación española de Bolonia (como propone UPyD) y reducir la burocracia a la cuarta parte sería un buen principio. Crear nuevas burocracias para arreglar los problemas de los existentes no ayuda, salvo si se hiciera de forma totalmente distinta a como se hace (¿evaluadores que realmente se lean los trabajos de un científico para ver si son buenos o no, en lugar de hacer cuentas mecánicas siguiendo un baremo cuadriculado…? No caerá esa breva en España).
En mi etapa universitaria, fui representante en varios órganos colegiados que regían el centro: consejos de departamentos y junta de escuela. Los alumnos defendíamos los intereses de los alumnos, los profesores los de los profesores, y el PAS (personal de administración y servicios: bedeles, coserjes, etc.) el del PAS.
El problema no era sólo que aquello funcionase a base de gastar dinero público sin control. Simplemente, en aquellos consejos, juntas y claustros nadie defendía realmente el interés de la institución ni el de la sociedad.
Otro problema era la falta de autoridad de las autoridades académicas (rectores, decanos y directores) sobre los trabajadores en general, y sobre los profesores en particular (que son los que atesoran la mayor participación en estos órganos y el mayor poder). En general las autoridades académicas evitaban el enfrentamiento (salvo para defender sus propios intereses), ya que sólo podía servir para aumentar el bando de los enemigos que podrían encontrarse el día de mañana en el tribunal de una oposición o en las siguientes elecciones.
En mi opinión la autonomía universitaria sólo ha servido para la defensa de intereses personales y de grupo.
No sé cuál sería la reforma adecuada del gobierno de las universidades, pero es obvio que el actual sistema de gobierno no funciona.
Creo que en general, un colectivo que podría tener mucho que aportar es el de los antiguos alumnos y profesionales. Por varios motivos: porque conocen la casa pero también lo que hay fuera de ella, porque al estar fuera cabe esperar de ellos mayor independencia, y porque un buen funcionamiento y reputación del centro donde pone en su curriculum que han estudiado significa dar más valor a su título universitario. No sé de qué manera se podría hacer participar a este colectivo que ya está desligado de la universidad, pero creo que podría tener mucho que aportar, probablemente incluso para formar parte de los tribunales de las oposiciones.