search
top

¿Es más eficaz la desigualdad electoral? Réplica a José Ignacio Wert

Publicaba ayer El País un artículo de José Ignacio Wert, presidente de Inspireconsultores, un artículo de réplica al de Rosa Díez a favor de la reforma electoral publicado en el mismo diario. En síntesis, y aplicando uno de los posibles modelos de cambio de la legislación electoral, Wert admite que el actual sistema electoral (LOREG) puede mejorarse para hacerlo más equitativo, que de esa mejora se beneficiarían sobre todo IU y UPyD, que los levemente perjudicados serían PSOE y PP, y que los partidos nacionalistas se quedarían más o menos como están. Ahora bien, objeta el autor, esa reforma haría más complicado formar mayorías parlamentarias y por tanto gobiernos viables y estables, que es una de las misiones esenciales del Parlamento. Así que hacer más equitativo el sistema electoral también lo haría menos eficaz. La pregunta que hace Wert, por tanto, es la de qué debe ser prioritario, si eficacia o equidad así contrapuestas. Un dilema que al menos merece un comentario. Y comenzando por lo primero: ¿es un auténtico dilema, o más bien una disyunción arbitraria? Yo creo que la oposición de eficacia a equidad en el sistema electoral es una falacia acogida a una supuesta razón técnica superior (a una ética de las consecuencias, si nos ponemos weberianos). Falacia que, como tantas de su especie, reclama el sacrificio de un principio democrático básico, el de equidad –en este caso del voto y de los votantes-, a un fin puramente instrumental, el de la eficacia. Veamos primero qué se entiende por ambas cosas y luego qué relación hay entre ellas, si de oposición como pretende Wert, o de otra clase.

Hablando de voto representativo, por equidad debe entenderse igualdad en el resultado práctico del mismo. En un sistema electoral equitativo cada elector tiene un voto y sólo uno (un hombre un voto), y además su valor a la hora de convertirlo en representación debe ajustarse todo lo posible al principio de igual valor (todos los votos valen lo mismo). Por supuesto, ciertas correcciones impiden que el valor sea idéntico al 100%, por ejemplo circunscripciones desiguales, o sistemas como la ley d’Hont y otras similares. Tales correcciones no invalidan la calidad democrática de un sistema electoral que las incorpore, pero uno donde el valor de un voto en cierta circunscripción triplique o quintuplique o más el de otra, como es el caso del español (grosso modo, Madrid elige 33 diputados al Congreso con 60 veces la población de Soria, que elige 2; una relación de 1-16’5), sin duda no puede considerarse razonablemente equitativo. Y la equidad es un objetivo esencial de la democracia, no un aspecto secundario de la misma que pueda sacrificarse a otras consideraciones, menos aun si son de distinto valor.

Por ejemplo, a la eficacia. A diferencia de la equidad, que es un valor, la eficacia es una medida de relación entre los objetivos perseguidos y los conseguidos. Una persona o una empresa eficaz es, sin duda, la que consigue gran parte de lo que se propone, y lo mismo vale para juzgar si un sistema parlamentario es más o menos eficaz. En una democracia como la española el Parlamento tiene dos misiones fundamentales: representar al cuerpo electoral en la deliberación y aprobación de leyes, y elegir al Presidente de Gobierno para que forme uno. Wert, por cierto, sólo se refiere a la eficacia relativa a la formación de gobiernos, olvidando que un Parlamento constituido mediante una ley electoral poco equitativa necesariamente perderá eficacia en su primera y prioritaria misión, la legislativa, pues amplias partes del cuerpo electoral quedan excluidas, infrarepresentadas o sobrerepresentadas.

Veamos de todos modos si, como afirma Wert, la falta de equidad que reconoce en la LOREG está compensada porque favorece la formación de gobiernos viables y estables. De nuevo hay que establecer qué entendemos por tales predicados. Es obvio que se refiere a gobiernos de larga duración, pero ¿es sólo esto lo que hace un gobierno viable, aunque sea estable? En un sistema como el nuestro, donde las mayorías absolutas son raras, la formación de mayorías parlamentarias de gobierno se hacen a base de pactos con formaciones minoritarias. Esto no es malo ni bueno en sí mismo, al menos si tales minorías y sumas de las mismas representan equitativamente al cuerpo electoral. Ahora bien, dada la escasa equidad de nuestro sistema por su deformación territorial, las minorías que realmente cuentan son aquellas con una fuerte concentración territorial en tres o cuatro circunscripciones: BNG, PNV, CIU, ERC y CC.

La escasa equidad de un sistema distorsionado que antepone al voto individual la la representación de territorios poco poblados –la mayor parte de las provincias españolas-, pone en manos de estos partidos la llave de la formación de gobiernos. Gobiernos que, por eso mismo, pueden ser muy estables, es decir, durar mucho sin cambios ministeriales, pero que dependen del favor de los pequeños partidos de alta concentración territorial. Para formar mayorías suficientes, Aznar en su primer mandato y Zapatero en los dos han tenido que cerrar pactos con los partidos nacionalistas (y secundariamente, con IU) con el resultado de sacrificar al apoyo parlamentario intereses nacionales objetivos que aparecían en su programa de gobierno, como la cohesión institucional, la igualdad legal y fiscal, la contención del gasto público o la racionalización de la administración. ¿Es viable un gobierno como los de Zapatero en esta segunda legislatura, obligado para preservar su duración (estabilidad) a sacar a subasta el apoyo a los Presupuestos Generales del Estado? ¿Un gobierno obligado a constantes transferencias de recursos a las CCAA a costa del déficit público en plena crisis económica? En términos democráticos es una criatura muy duradera, pero muy poco viable en lo que se refiere a su capacidad de gobernar de acuerdo con sus objetivos programáticos. Es decir, ¡muy poco eficaz, porque no consigue los objetivos que persigue! Salvo que, como ocurre en el zapaterismo, el único objetivo sea gobernar como sea y a costa de lo que sea, eficacísimo pero contrario al interés general.

Por tanto, y contra lo que sostiene Wert, el sacrificio de la equidad en pos de una supuesta mejora de la eficacia no consigue de ningún modo ese objetivo, es decir, es muy poco eficaz. Los gobiernos son duraderos y parecen estables, pero no son sólidos en el sentido de estar en condiciones de desarrollar un programa de gobierno porque están sometidos a la presión y desestabilización permanente de los pequeños partidos de concentración territorial necesarios para la mayoría parlamentaria. ¿Dónde está, pues, la eficacia en términos de gobernanza y gobernación democrática? Yo diría que en ninguna parte.

Hay una razón más de fondo para este fenómeno: lo eficaz en democracia es perseguir más equidad, no sacrificar la segunda a la eficacia como si fueran cosas intercambiables o vinculadas al modo de vasos comunicantes. Por el contrario, la relación es causal: la prosecución de un sistema electoral más equitativo –y esto vale para el sistema fiscal, laboral, educativo, etc.- hace más eficaz al conjunto del sistema político. Esta es una de las explicaciones lógicas de porqué las democracias desarrolladas y evolucionadas son más eficaces que las dictaduras. Y que una mayor eficacia económica, por ejemplo, acabe exigiendo seguridad jurídica y lucha contra la corrupción, objetivos que requieren de medidas democratizadoras progresivas tendentes a instaurar más equidad, estableciendo un círculo virtuoso en las antípodas del círculo vicioso de renunciar a la equidad en pro de la eficacia.

En resumidas cuentas, España tiene mucho que ganar con un sistema electoral más equitativo que, por ejemplo, corrija que un voto al PNV en las elecciones generales del 2008 acabara valiendo seis veces más que otro a UPyD. No es cuestión de ideología, sino precisamente de eficacia en la búsqueda de la equidad. Que es una meta íntimamente relacionada con la búsqueda de la justicia, dicho sea de paso. Así que no enredemos: mantener un sistema electoral poco equitativo sólo porque viene muy bien a PSOE y PP, y a sus socios preferentes del PNV, CIU y CC, no sirve para conseguir un sistema más eficaz de gobiernos más sólidos y estables, sino que favorece el desgobierno y el Estado híbrido e inviable financiera y políticamente en el que ya estamos metidos. Además de injusto, chapucero.

Share

5 comentarios a “¿Es más eficaz la desigualdad electoral? Réplica a José Ignacio Wert”

  1. IGNACIO dice:

    No sé que añadir, muy bien explicado. Pero sí que diré algo más. La necesaria equidad del sistema electoral de cumplirse también en las comunidades autónomas. La sobrerepresentación de los territorios menos poblados sobre los más poblados es una injusticia que perjudica a todos, y también a las provincias sobrerepresentadas. Por tener más diputados no se obtiene más solidaridad, sin que se mantiene un régimen antiguo basado en el caciquismo.

    • rocky dice:

      Hola Carlos. No hace falta que publiquéis este comentario porque no tiene nada que aportar. Grosso modo, estoy de acuerdo contigo en el profundo análisis que haces. Mira, sólo una cosa de estilo, no sé si alguien os revisa los textos pero os leo mucho, tanto a ti como a Rosa, y siempre encuentro algunas faltas de ortografía, no muy importantes es cierto. Estoy seguro de que si lo releéis las encuentras (por ejemplo: ‘infraRRepresentadas’ y ‘sobreRRepresentadas -con RR y con con R, lo puedes comprobar en cualquier ortografía)- . Me extraña este tipo de cosas porque son artículos bien estructurados y se nota que muy pensados. Quizá sean manías de filólogo pero da gusto leer las cosas bien escritas, seguro que ahí estamos de acuerdo. Por lo demás gracias por las reflexiones y mucho ánimo con todo. Os seguimos apoyando.

  2. Sake dice:

    -Tu voto vale más que el mio.
    -Pues vota lo que yo voto.
    -Es que a mi no me gusta lo que votas.
    -Pues te aguantas, simpre han habido clases.
    -No, como no me aguanto voy a cambiar la ley.
    -Ya, mi voto vale más y lo impedirá.
    -No todo el mundo es tan egoista y ciego como tú.
    -¡Yo quiero que mi voto valga más!.
    -Eres una especie a exinguir.
    -Ni los hombres ni los relojes son iguales.
    -Estás estinguido el grito es ¡igualdad!.

  3. alcotarelo dice:

    Dice textualmente José Ignacio Wert:

    ¿Compensa esa pérdida de eficacia lo que se ganaría en equidad? Es, como mínimo, opinable. Hablamos de partidos con una cuota electoral muy inferior a la que en buen número de democracias permiten obtener representación en el Parlamento. Partidos a los que el sistema “castiga”, ciertamente, pero por su marginalidad electoral y su difuso apoyo territorial, no por sus ideas. Recordemos que con este mismo sistema electoral, IU ha llegado a tener 21 diputados con poco más del 10% de los votos.

    El señor Wert entiende por eficacia de un sistema político en general o de uno democrático en particular “que los Parlamentos elegidos sean capaces de producir gobiernos viables y estables”. Y la compara y antepone como fin de un sistema electoral democrático a la equidad: ““que los votos se conviertan en representación parlamentaria de una forma justa, que ‘valgan’ por igual”.

    Si llevamos este criterio al extremo, el sistema democrático óptimo sería el más eficaz independientemente de su equidad. Según este criterio, el mejor de los sistemas democráticos sería una dictadura como la de Francisco Franco que se mantuvo 36 años en el poder sin alternancia ni alternativa alguna, aunque su equidad fuera nula.

    Con este razonamiento extremo, pretendo ilustrar el escaso o nulo valor democrático de esa mal entendida eficacia, frente al valor de la equidad, que es donde descansa realmente el alma de la democracia: “Una persona, un voto” fue el lema que inspiró la larga lucha por conseguir el sufragio universal. ¿Será posible que a estas alturas de la democracia haya que seguir luchando para que, además, cada voto cuente igual?

    Sin embargo, para Wert considera que la eficacia y la equidad son meras mercancías intercambiables cuando plantea “¿Compensa esa pérdida de eficacia lo que se ganaría en equidad?”. La respuesta podría ser que qué importa la duración de un gobierno si no representa de una forma justa a los ciudadanos.

    Nos dice Wert que “el sistema ‘castiga’ [a IU y a UPyD] , ciertamente, pero por su marginalidad electoral y su difuso apoyo territorial, no por sus ideas. ”. En las últimas elecciones tanto UPyD como el PNV obtuvieron en torno a unos 300.000 votos y sin embargo UPyD fue castigado con un único diputado mientras el PNV obtuvo 6, lo que le ha permitido obtener grandes réditos en el escandaloso mercadeo parlamentario para aprobar los Presupuestos Generales del Estado. Hablar de marginalidad electoral para justificar que partidos que han obtenido casi un millón de votos (IU) y más de trescientos mil (UPyD) obtengan un único diputado, mientras otros obtienen la misma representación con poco más de sesenta mil votos (Nafarroa Bai) resulta ciertamente patético.

    La otra justificación Wert para el castigo es el “difuso apoyo territorial“?. ¿Votan los ciudadanos o los territorios?. Según esta idea adjudiquemos a cada provincia y a Ceuta y Melilla el mismo número de escaños independiente de sus habitantes. O mejor, como el territorio se mide en superficie, adjudiquemos el número de diputados en función de la superficie. Parece que al señor Wert esto le parecería aceptable con tal de que “el gobierno dure mucho “, que es lo único que entiende y confunde con eficacia de un sistema democrático.

    Y sin embargo nos dice el diccionario de la Real Acedemia que la eficacia es la “capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera“. Y digo yo que el efecto que se espera de un régimen democrático debería de ser precisamente que represente de una forma justa a todos sus ciudadanos, lo cual no se puede conseguir con un sistema electoral sin equidad. Como decía para sistemas políticos eficaces como parecen gustarle a Wert ya están las dictaduras.

  4. JL dice:

    Aquí, en Suiza el partido más votado cuenta con aproxamidamente el 25% de los votos/representación, el siguiente en torno al 20%, el tercero entre 15 y 20% y así sucesivamente. Nunca en la historia reciente de este país ha habido un único partido político que gobierne.
    Tal es la situación que en Suiza no exista la figura de presidente del gobierno sino un consejo (el Consejo Federal) formado por 7 miembros de 4 ó 5 partidos. Cada año uno de ellos se va rotando para representar al país en el extranjero.

    Suiza ha sido este año el país más competitivo del mundo, el PIB per cápita está entre los cinco más altos de el mundo, los sueldos son, de nuevo, unos de los más altos del mundo. Sus dos principales ciudades, Zurich y Ginebra se encuentran cada año en el primer y segundo puesto de ciudades con mayor calidad de vida del mundo…

    Esta situación se da en una confederación, en la que la constitución recoge qué competencias le corresponden y cuáles a los cantones, y además. con tres lenguas oficiales.

    – Quizá, mirando un poco lo que ocurre fuera de nuestras fronteras, conseguiriamos quitarnos algunos de los dogmas sobre organización territorial que siguen lastrando el futuro de España.

top