Archivo Marzo, 2010

Mr. Rajoy is Bartleby? O la confusión de la incompetencia con la responsabilidad

Uno de los héroes de la literatura universal, por desgracia poco conocido en España, es Bartleby el escribiente, obra maestra de Hermann Melville. Sí, el de Moby Dick. Y si aquella era una ballena terrible (cachalote, en la película de John Huston), albino terror de los balleneros y mortífera obsesión del capitán Achab, Bartleby es el pequeño cetáceo exangüe, varado en la playa de la existencia mientras espera el fin respirando lentamente. Su lema y casi única expresión verbal cuando se le requería algo, fuera ir a correos o escribir un memorial: “preferiría no hacerlo”. El héroe, o antihéroe en propiedad, de la no-acción en absoluto.

Pues bien, he aquí que también tenemos un Bartleby en la política patria, donde no nos privamos de ningún castigo. Se trata del señor Rajoy, Bartleby en el sentido más peyorativo del término (no voy a decir que gallego, descuiden los gaiteiros con la furiosa cornamusa a punto de soplido). La diferencia, en efecto, es a peor en el caso de ese señor del puro que preside la Oposición oficial. Porque si el escribiente padecía de un desierto interior donde vagaba perdido y le aislaba del mundo entorno, lo que le llevaba a preferir la inacción y la pasividad a cualquier acto o iniciativa, Rajoy finge que algo hará sin hacer nunca nada más que amagar que algo hará cuando toque. Junto a la mezcla de cinismo, ignorancia y prepotencia sentimental de Zapatero, la pasividad, oportunismo y vacuidad de Rajoy componen ese cóctel político de nuestras desgracias.

Viene esto a cuento de que, preguntado en un acto en Santander sobre la conveniencia de introducir reformas en el reparto de competencias entre el Estado y las CCAA, el interrogado se limitó a decir que “no veo posible ni sensato retirar competencias a las autonomías”. Añadiendo: Les digo una cosa, cuando oigan a partidos políticos que nunca van a ganar las elecciones y que por tanto pueden decir lo que quieran, actuar irresponsablemente, que van a conseguir que se devuelvan competencias, no les hagan caso“. Se ve que actuar con responsabilidad es, en cambio, no actuar en absoluto y dejar todo como está. No llega ni a las botas al príncipe de Salina, el héroe de El Gatopardo.

Y todo lo cuenta ABC, diario nada sospechoso de desafección por quien presenta como única esperanza salvadora, aunque no sepamos de qué va a salvar ni a quiénes, porque a tenor de la breve pero jugosa crónica Rajoy no piensa hacer nada en ningún asunto espinoso: no va a proponer cambios de los Estatutos de Autonomía, ni mucho menos cambios de la Constitución. Tampoco, ya lo sabemos, de la ley electoral (LOREG), de la ley de Cajas de Ahorros, ni de la ley de elección del Tribunal Constitucional. Su partido tampoco abandera cambios de ningún tipo en las comunidades autónomas que gobierna, si exceptuamos la campaña de desobediencia fiscal encabezada por Esperanza Aguirre, esa falsa liberal, en Madrid.

Rajoy preferiría no hacerlo. Nunca y en ningún caso. Preguntado sobre qué hará con la Ley del Aborto cuando gane –si las gana- las elecciones, confiesa: Espero no tener que hacer nada“. Exacto. Eso es. Eso es todo. No hacer nada, ni dejar hacer: Bartleby privado de grandeza existencial, fumándose un puro con cara de enterado.

“Les digo una cosa, cuando oigan a partidos políticos que nunca van a ganar las elecciones y que por tanto pueden decir lo que quieran, actuar irresponsablemente, que van a conseguir que se devuelvan competencias, no les hagan caso”

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La diferencia entre Obama y Zapatero, o quizás nos merecemos lo que tenemos

Cada día se hace más evidente dónde radica la diferencia entre el presidente de los USA y el del Gobierno de España, que tan parecidos se prometían desde Ferraz y sus voceros: el primero intenta cumplir sus compromisos de campaña incluso si en un momento dado son peligrosos o impopulares; el segundo no sabe ni a qué se comprometió, pero aunque lo supiera no cumpliría ni harto de grifa (o una modalidad más actual de sustancia psicodélica). Viene esto a cuento de la muy accidentada aprobación por las cámaras parlamentarias de Estados Unidos del proyecto de seguridad social universal de Obama, una de sus propuestas electorales estrella. Y aunque la propuesta parece que ha perdido bastante sustancia en el curso de su debate parlamentario, movilizando en contra argumentos tan insólitos como que es un avance hacia la implantación de comunismo en Estados Unidos, es un hecho innegable que el presidente Obama y su partido, el Demócrata, se han empeñado contra viento y marea en obtener la aprobación de un proyecto controvertido con poderosos intereses en contra, tanto ideológicos como económicos, como las aseguradoras privadas de seguros de enfermedad. Mis amigos americanos me han dicho muchas veces que el tema recurrente de los americanos de clase media, a partir de los 35 años, es su seguro privado de enfermedad y las eventualidades que cubre. Y no por afición a temas morbosos, sino porque la perspectiva de esas enfermedades que inevitablemente comienzan a desfilar por la vida de la mayoría a partir de cierta edad es sencillamente pavorosa si no se cuenta con el colchón asistencial de un sistema de Seguridad Social, por mejorable que sea. Mucho peor es no tenerlo.

Pero no era mi intención comentar las razones por las que tantos americanos se oponen, a veces con extraños argumentos, a un servicio público tan elemental como la seguridad social universal. No pretendo ser un experto de la sociedad americana de la que, como me pasa en tantísimas cosas, necesito mucha más información y juicios bien fundamentados. No, lo ilustrativo en este caso es el contraste entre la disposición de Obama y su partido a dejarse muchos pelos en la gatera con tal de cumplir en la medida de lo posible un compromiso electoral, afrontando incluso reveses electorales (como se ha visto en Massachussetts), y la habitual de Zapatero y el PSOE, ampliable en este caso al PP de Rajoy. ¿Alguien ha visto en los últimos seis años a alguno de ambos líderes o a sus respectivos partidos impulsando iniciativas legislativas con algún grado de impopularidad y resistencia social? Yo no. Todo lo contrario: lo habitual, por no decir la regla fija, es renunciar de entrada a cualquier iniciativa que pueda ser contestada por algún sector de los propios votantes y traducirse en la pérdida de votos. Aquí también hay un pacto de hierro no escrito entre PSOE y PP: nunca hagas nada que ayude al contrario, pero sobre todo nada que pueda perjudicarte a ti o a los dos. Por eso Zapatero sigue derrochando en plena crisis financiera, sin que el PP sea capaz de hacer algo más que una crítica superficial y oportunista: ambos temen, como a la peste, enajenarse el apoyo de los beneficiarios del PER, de los pensionistas y funcionarios, de los sindicatos, de los empresarios, de las cajas de ahorro, de los medios de comunicación, de los ayuntamientos, de los vascos y navarros que disfrutan del Concierto, y hasta de los cazadores furtivos si representaran una amenaza electoral suficiente.

Dado que no hay por qué pensar que Obama sea un Santo que camina sobre la Tierra –no comparto en absoluto la obamanía tan ñoña que ha llevado a darle un Nobel de la Paz antes de obtener resultado alguno por el que merecerlo-, sino un político que pretende gobernar y ser reelegido, cabe preguntarse por qué esta diferencia tan llamativa entre la conducta de los políticos americanos y los españoles. Una posible explicación está en la diferencia de cultura cívica de ambos países. En España existe el prejuicio de que los americanos son unos paletos sin cultura, atribución realmente insólita a nada que se esté un poco al tanto del verdadero nivel cultural de este país de nuestros pecados –para llorar-, pero bastará con examinar un reciente y expresivo suceso político-informativo para entender en qué consiste esa diferencia de cultura cívica auténtica.

La semana pasada, Zapatero presentó a la prensa una batería de medidas anti-crisis entre la que descollaba una tan peregrina como reducir la factura eléctrica de los edificios oficiales dependientes de su gobierno. Peregrina no porque sea malo ahorrar, sino porque tal factura es la típica de habas contadas. Sin embargo, Zapatero atribuyó a tal ahorro resultados económicos espectaculares: afirmó que el ahorro en las cuentas públicas ascendería a ¡3.000 millones de euros!, sobre una factura total de 15.000 millones. Según los pocos que se molestaron en investigar tan increíble afirmación, resultaría que el Estado estaría pagando, por el consumo de 2.000 edificios, el 50% de la facturación total por consumo eléctrico de toda España.

Pero, ¿quiénes se molestaron en investigar esta estrafalaria “previsión económica” de “recorte del gasto público”? En primer lugar, hay que decir que los grandes medios de comunicación la reprodujeron sin pestañear (¿estaban de vacaciones todos los expertos en economía, o también han sido sustituidos por becarios baratitos?) En segundo lugar, que el primero en dar la voz de alarma fue Santiago González en una entrada de su blog del 21 de marzo (vinculada en nuestra web al día siguiente); McCoy, que ayer escribía de lo mismo en su blog de Cotizalia tras entonar el mea culpa profesional, descubría otro analista que había denunciado la patraña desde su blog personal. En resumidas cuentas: con unanimidad no tan rara más allá de los ataques partidistas habituales, la casi práctica totalidad literal de expertos, periodistas económicos y políticos, tertulianos omniscientes y demás encargados de escrutar las maniobras del poder en nombre del interés general, incluido el partido de la oposición, se habían tragado la milonga de Zapatero sin pestañear. ¿No es fácil gobernar con tanta aquiescencia y tolerancia, por mucho que de vez en cuando te ponga como no digan dueñas por cosas mucho más banales que mentir al país sobre las medidas anticrisis?

Y aquí llegamos a Obama, los USA y a su diferencia de civismo con Zapatero y España. Tal cosa parece difícil de concebir en aquel país: me refiero a que un presidente anuncie un absurdo económico que no se sabe bien si es una mentira descarada o una tomadura de pelo masiva. Y todavía parece más difícil de concebir que, en ese caso, los medios de comunicación y los políticos de la oposición –porque aquí el PP, ni se ha enterado- dejaran pasar sin acerbas críticas tal muestra de ignorancia, falta de respeto a la nación o ambas cosas a la vez. Seguramente por eso un presidente como Obama no tiene más remedio que seguir adelante con sus promesas electorales, incluso si el previsto paseo triunfal se convierte en camino al Gólgota. Sencillamente, ellos se toman colectivamente mucho más en serio que nosotros, y no toleran fácilmente la mentira sistemática a un Presidente. Como colectivo humano, tenemos lo que nos merecemos a pesar de que a título individual sea profundamente injusto. ¿Y qué tenemos?: pues un país dirigido por pillos y paletos con sus correspondientes séquitos asalariados de chismosos, palmeros y difamadores del contrario, no mucho más espabilados ni cultos. Así es la cosa y así se lo hemos contado, que decía aquel periodista americano.

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¿Por qué todos se quejan y tan pocos hacen algo?

La cultura actual ha sido descrita, con fortuna, como cultura de la queja (expresión popularizada por un libro del crítico de arte Robert Hugues). Lo que procede es quejarse, y a la queja de los ciudadanos, de las minorías, de los poderes fácticos o declarados, de las iglesias, las onegés y todo tipo de asociaciones y entidades, responde el poder político con dosis crecientes de sentimentalismo. Contra la queja, que siempre es una expresión de impotencia –como cuando nos duele algo-, responde el reconocimiento de impotencia: le oigo y simpatizo con usted, pero yo no puedo hacer nada. ¿La crisis económica? ¡Qué más querría yo que arreglárselo, pero ya ve, simpatizo mucho con su caso! O dicho de otro modo: mientras la mayoría de la sociedad, de las personas, se limiten a quejarse, el poder político se limitará a mostrar simpatía y asumirá su impotencia para no tener que hacer nada. El político y cualquier otra instancia de poder. No necesita hacer más porque tampoco se le pide otra cosa. Es penoso, pero el hecho es que la mayoría de las personas que nos rodean se limitan a quejarse, sea en conversaciones de café, en sobremesas o en las cartas al director de los periódicos o las llamadas en directo a la radio, por no hablar de ese paroxismo de la queja y el denuesto en que han devenido los foros participativos de internet, que sólo participan de la extensión del derecho al pataleo a gran escala.

El panorama económico y político español es sencillamente sobrecogedor. La sensación de que todo se sostiene en el aire, como un castillo de naipes que vacila un instante antes de desplomarse, está fundamentada en un número creciente de indicios. ¿Es necesario repasarlos?: ahí está el aumento del desempleo, de la deuda pública, del déficit de las administraciones, las quiebras y cierres de empresas, la caída del consumo, la falta de crédito, el número de hogares que no llegan a fin de mes (¡se estima que uno de cada tres!) y, como guinda que corona la tarta, la posible reactivación de la burbuja inmobiliaria sin haber llegado a reventar.

Frente a esta desolación, que en buena parte es consecuencia de sus acciones y omisiones, las fuerzas vivas siguen aferradas a la consigna única de sobrevivir como sea y al precio que sea: políticos que te confiesan en privado que esto se hunde, pero convencidos -¡es tan cómodo!- que no hay alternativa ni nada que quepa hacer; medios de comunicación volcados en el descrédito del rival, la caza de subvenciones y la deformación grotesca de la realidad. Y como coros de fondo, más de farsa que de tragedia, el coro de los quejicas que se lamentan y muestran su dolor sin decidirse a hacer nada, porque ¡es tan peligroso tratar de cambiar las cosas! ¡Hay tanto que perder! El viejo prejuicio: no lo toques que es peor, vamos de Málaga a malagón, saltar de la sartén para caer en el fuego y virgencita que me quede como estoy.

Todas las almas bellas y personalidades supuestamente responsables insisten en la necesidad de grandes pactos de Estado para salir de esto. ¡Pero si ya los tenemos! Y sólidos como el granito. En las dos últimas semanas hemos asistido al cierre de férreos pactos para impedir la despolitización de las cajas de ahorro, para que el Tribunal Constitucional siga como está, y para dejar tal cual la Ley Electoral. Esto es, estamos bajo un pacto de hierro para que nada sustancioso cambie. Pactos entre PSOE y PP con el apoyo más o menos unánime o variable de CIU, PNV, ERC, IU-ICV, BNG, CC y NaBai. ¿Quién dice que los políticos españoles no tienen altura de miras y capacidad de pactar? Pues claro que sí, a condición de que se trate de pactos estrictamente conservadores. Todo lo demás puede esperar, o morir en la espera.

Y eso mismo piensa la patronal, presidida por un empresario fracasado; los sindicatos, que viven esencialmente de las ayudas públicas, como los grupos de comunicación y mucha falsa sociedad civil. Las grandes empresas menean la cabeza desalentadas, pero no hay modo de sacarles nada práctico, salvo si se lo pide el gobierno de turno, en cuyo caso se suman y pagan absurdas campañas sentimentales para sublimar la lluvia de quejas en una profilaxis de estupendas pero gratuitas intenciones que sólo convierten la impotencia en virtud sentimental, como esa campaña de estoloarreglamosentretodos. El único resultado visible de tales empeños es la extensión del infantilismo y de la irresponsabilidad, vinculados a la cultura de la queja: la cultura de la impotencia, el conformismo y la pereza. Menudo panorama, pero no me quejo: prefiero equivocarme haciendo algo que acertar en el desestimiento. Lo recomiendo vivamente, es mucho mejor para disfrutar de la vida: al menos, sé tan dueño de tus aciertos como eres víctima de tus errores.

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El pequeño Quique y el gran Felipe González

Ahora que rememoramos el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, uno de los raros verdaderos intelectuales del siglo XX, tan pródigo en imitaciones de la especie, conviene recordar uno de sus títulos fundamentales: La Peste. Es también uno de los suyos más alegóricos, sometido por lo tanto a interpretaciones muy variadas. En el relato, unos pocos hombres se enfrentan en la ciudad de Orán al progreso de la enfermedad y la muerte, mientras las autoridades se enfrentan al problema eludiéndolo y restringiendo la libertad de movimientos de sus habitantes. ¿Les suena? Me he acordado de la historia gracias a un par de aportaciones socialistas al debate político. Una, que puede parecer anecdótica, es el comentario de un joven socialista que responde por Quique y se define a sí mismo como Miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE-Moratalaz, además de doctorando en biológicas. En su blog, el pequeño Quique justifica y celebra la agresión contra Rosa Díez y el resto de nosotros sucedida en la Universidad Autónoma de Barcelona: “No queremos –dice- que piseis (sic) nuestra universidad, no nos provoqueis (sic), dejadnos en paz”. Angelito.

Como quiera que esta contribución a la defensa de la democracia lleva colgada en internet desde el 5 de marzo, cabría haber esperado una reacción socialista y ésta, en efecto, se ha producido: no hay motivo de alarma y Quique sigue con su blog progresista abierto y vinculado al PSOE. Y dado que este blog ha conseguido cierta celebridad, la pasividad socialista significa un innegable asentimiento, una acción por omisión. Me pregunto qué pensará al respecto José Bono, que ha pedido a la fiscalía que actúe para investigar los sucesos de la UAB y depure las posibles responsabilidades penales derivadas de la prolongada e impune agresión de los independentistas catalanes.

Naturalmente, puede alegarse que el tal Quique es un simple pelanas que de ningún modo representa al PSOE ni su posición frente a hechos innegables como que en la UAB no se puedan impartir conferencias políticas si no se es independentista o antisistema, que allí se conculque sistemáticamente las libertad de expresión y reunión, y que se pueda atacar materialmente a una diputado nacional y a quienes pretendían acompañarla y escucharla sin que se depuren responsabilidades. El pequeño Quique, al fin y al caso, sería un caso aislado, mera anécdota.

¿Pero qué cabe pensar si vinculamos la incitación al odio ideológico del pequeño Quique con las expresiones del gran Felipe González en el reciente Congreso del PSOE de Andalucía? Allí explicó el gran estadista los problemas de la administración de justicia española, y lo hizo de esta manera: “la Justicia está hecha unos zorros por el ganao que hay al frente”. Doy por descontado que la hinchada socialista expresó grandes satisfacción y felicidad por este análisis, delicadamente metafórico (zorros y ganao, caramba), de uno de los problemas más graves de la democracia española.

Ahí los tenemos: el veterano Felipe y el joven Quique en una misma lucha con un mismo lenguaje, útil para el derribo de los principios básicos de la democracia.

¿Hay algún vínculo histórico entre ese Quique que apoya nuestra lapidación y el del famoso Felipe que descubre los inconvenientes del ganao que él prohijó (como Baltasar Garzón, Secretario de Estado en uno de sus gobiernos del final de su mandato, cuando la era prodigiosa socialista se despeñaba por la corrupción y el terrorismo de Estado)? Pues sí, casualmente. Les cuento.

En la primavera de 1976 Felipe González, secretario general de un PSOE todavía ilegal pero manifiestamente tolerado por el régimen agónico de un Franco ya muerto, visitó la Facultad de Derecho de San Sebastián para dar una charla a los estudiantes sobre la democracia en España y todo eso. Iba acompañado, creo recordar, por Fernando “Poto” Múgica –asesinado por ETA años más tarde- y otros socialistas vascos. El caso es que cientos de estudiantes y otros que no lo eran tanto le esperábamos en la entrada de la facultad. Tantos, que el mitin se trasladó del paraninfo a la escalinata de acceso principal. Lamentablemente para Felipe –todavía conocido por “Isidoro”-, la mayoría de aquellos jóvenes no habían ido a aplaudirle ni escucharle, ni a mostrar entusiasmo por la democracia burguesa a punto de llegar, sino a mostrarle su indignada irritación por el privilegio del que disfrutaba el PSOE en comparación con otras fuerzas de izquierda, perseguidas mientras los socialistas gozaban de amplia tolerancia que aprovechaban para reorganizarse (el PSOE era entonces poco más que un sigla histórica) mediante acciones de promoción como aquella.

Entre aquellos jóvenes había bastantes que militaban en grupos de extrema izquierda maoístas y trotskistas, además de comunistas más clásicos y muchos de lo que luego se comenzó a llamar “izquierda abertzale” (entonces escindida en las dos ramas activas de ETA, mili y poli-mili; la segunda a punto de disolverse en un nuevo partido político, Euskadiko Ezkerra). Dado el sesgo ideológico de la concurrencia, a Felipe no sólo se le reprochaba el sospechoso trato de favor del régimen y su implicación en el proceso que luego se llamó la Transición, sino la degeneración reformista y contrarrevolucionaria de su partido (que todavía se definía como marxista, aunque no se lo creía casi nadie).

Total, que Felipe hubo de soportar no pocos improperios, silbidos, abucheos y, sobre todo, exigencias de cuentas de por qué él podía dar mítines en lo que todavía era una bárbara dictadura mientras los luchadores revolucionarios seguían siendo detenidos, torturados a veces y maltratados siempre, y encarcelados por delitos como formar parte de un partido comunista, separatista o simplemente democrático. Así eran las cosas. Felipe se defendió como pudo usando un megáfono manual mientras algunos estudiantes y los profesores pedían a gritos, a los más airados, que le dejaran explicarse. Lo consiguió sólo a medias. Pero no se arrojó pintura ni se empujó o golpeó a ninguno de sus acompañantes y simpatizantes. Sin embargo, no fue una actitud democrática, ni respetuosa de la libertad de expresión que tanto se exigía. Fue, por el contrario, un boicot que expresaba el avance de la peste antidemocrática en el País Vasco, la razón de que allí la Transición fracasara en gran medida mientras progresaba en el resto del país.

No sé si Felipe González se acordará alguna vez de aquella algarada. Yo sí, porque era uno de los estudiantes allí reunidos, y probablemente uno de los más jóvenes,  pues tenía poco más de dieciséis años y estaba estudiando COU. Lo que son las cosas: ahora me encuentro a Felipe González, completamente superado aquel “Isidoro” tan atractivo –entusiasmaba a nuestras madres y abuelas-, arengando a los dirigentes de su partido, que gobierna en Andalucía y España, contra los jueces y las instituciones básicas de la democracia: ese ganao con esos zorros. Nada más natural entonces que la entrada y promoción en el PSOE de tipos como el pequeño Quique, y la desenvoltura con la que lanza consignas de matón totalitario mientras presume de cargo orgánico, por modesto que parezca.

Cosas de la vida, yo mismo he sufrido después de 1976 algaradas como la que padeció Felipe en mi ciudad, sólo que mucho peores y más violentas -como la reciente de la UAB- porque la peste siguió avanzando más y más, y éramos muchos menos los que nos oponíamos que los que la toleraban e incluso aplaudían. Camus terminó su relato vindicando lo mejor que hay en los seres humanos frente a lo malo que anida en todos (sólo que unos lo reprimen mientras otros le dan rienda suelta). Tenía y tiene razón, pero hay días en que resulta muy dudoso porque parece que los Quiques y Felipes son muchos más que los otros.

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El caso Garzón como síntoma de los males de la época

Ciertamente, cuando el juez Garzón encausó a Augusto Pinochet, consiguiendo ascender al cénit de su prestigio internacional, pocos podían suponer que no muchos años después iba a ser encausado por sus colegas del Tribunal Supremo quienes, con rara unanimidad, han considerado que hay sobrados indicios de delito. Sin embargo, ya hace muchos años que los buenos conocedores del derecho procesal explicaban a quien quisiera oírles –pocos, como siempre- que los autos del juez estrella no se caracterizaban por su rigor técnico ni jurídico. De hecho, para referirse a los desastres surgidos de sus instrucciones se acuñó el término “garzonada”, pero como este palabro peyorativo tuvo mucho predicamento entre nacionalistas –por alusión a sus actuaciones contra ETA- y otras gentes de escasa virtud democrática, pareció que esa hostilidad más bien certificaba la calidad democrática de las actuaciones de Garzón. Pues bien, nos equivocamos por partida doble: ni cualquier crítica procedente de un nacionalista es improcedente por ser nacionalista, ni en un Estado de Derecho existe algo semejante a la calidad democrática de las actuaciones de un juez diferente a su impecable ajuste a lo que diga la legalidad. Vamos, que los fines perseguidos por un auto pueden ser sublimes, pero si no se instruyen adecuadamente desde el punto de vista judicial, no vale para nada. Como dice el viejo dicho: el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Y hete aquí a Baltasar Garzón metido finalmente en un paraje jurídico bastante infernal en el que se ha metido él solito con las mejores intenciones. Además de las posibles chapuzas procesales del caso Gürtell,  lo que ha llevado finalmente al juez Garzón a visitar el banquillo de los acusados es su intento de abrir una causa general al franquismo que se pretendía justificar en ese dislate llamado Ley de la Memoria Histórica, en la analogía con otras “causas generales” contra dictaduras sanguinarias que han derogado leyes de olvido,  y en el principio de la imprescriptibilidad de los delitos de genocidio. Pero, al instruir esa causa, Garzón se pasaba por el arco del triunfo de su voluntad justiciera nada menos que la Ley de Amnistía de 1977, la piedra angular de nuestra transición a la democracia y, de paso, el principio de soberanía del poder legislativo. Otro ataque, este judicial para variar, a un principio rector de la democracia parlamentaria: el de la separación de poderes. En efecto, si en España es el judicial el poder habitualmente avasallado por la transgresión usual de ese principio, por ejemplo cuando PSOE y PP se reparten con toda desvergüenza el CGPJ entre sus acólitos togados y juristas, lo que pretendía hacer Garzón al ignorar una decisión soberana de las Cortes, la Ley de Amnistía, no era menos grave: pretender una Justicia Universal e Intemporal, administrada por los jueces, que puede ignorar tranquilamente, derogándolas de hecho, las competencias del poder legislativo. Casi nada.

Si Garzón parece afectado por una versión judicial del mal de altura que afecta a quienes se consideran muy por encima de los simples mortales, instalados en el Olimpo de la Historia, las razones que esgrimen sus muchos defensores no dejan de revelar algunos de los males conceptuales que erosionan la democracia en España.

Para empezar, el prejuicio de que hay una justicia de izquierdas más justa y legítima que la de derechas, descalificada ideológicamente. La indignación porque Garzón haya sido acusado por partidos como Falange, y su caso instruido por presuntos “jueces de derechas”, así lo indica, como también el prejuicio de que la buena gente de izquierdas, como Garzón, disfruta de una plenitud de derechos vedada a la gentuza de derechas, no digamos ya si son falangistas. Ya se sabe: Santiago Carrillo estaba legitimado por la Historia para perseguir sanguinariamente a la derecha (y a los del POUM), pero los falangistas no para hacer lo propio con la izquierda.

Lamentablemente para quien piensa así, en un Estado de Derecho bien constituido todos debemos ser iguales ante la ley, jueces incluidos y al margen del ideario político que se sostenga y del sentido más o menos delirante que se pretenda imprimir a la pobre Historia (esa dama sin virtud a disposición del primer Mesías que llegue a su lecho). Y quien niega o relativiza este principio, literalmente sagrado, no cree en el Estado de Derecho ni en una democracia digna del nombre. Y muchos de los apologistas del juez Garzón están dejando claro estos días que rechazan ambas cosas. Por eso mismo les parece estupendo que Garzón actuara políticamente, al servicio del Gobierno de Zapatero, durante la tregua de ETA, mientras rechazan indignados que su juez sea encausado por gentes de “derechas” (naturalmente, basta con estar en desacuerdo con Garzón para experimentar una derechización inapelable, incluso si se trata de la ex Secretaria de Estado Margarita Robles, colega de Gobierno de Garzón cuando el juez jugó a gobernante ejecutivo).

¿A qué obedece este rechazo implícito de la igualdad jurídica o aplicación sistemática de la ley del embudo? Básicamente, a una convicción doble relacionada: una, que la justicia debe estar al servicio de la política –la muerte de Montesquieu y de la independencia de la justicia-, que es la que establece las metas y objetivos de la acción de fiscales y jueces (como ayudar al gobierno a negociar con ETA); otra, que la administración de justicia no es tanto un servicio público fundamental como un canal para realizar la Justicia metafísica (y por eso algunos jueces que dejan pudrirse casos de ciudadanos españoles en los que son competentes intentan, en cambio, utilizar sus juzgados para el desarrollo de una especie de Justicia Mundial Histórica, consagrada a causas sublimes pero improbables, como erradicar el mal del mundo). Cuando se llega a este punto, la Justicia se opone al Derecho, y por tanto a la democracia.

En resumidas cuentas, aunque Garzón va a ser juzgado para decidir de acuerdo con la ley vigente si ha conculcado o no la legalidad, para sus apologistas más furiosos lo que se decide en este procesamiento es otra cosa: la prevalencia de una supuesta Justicia Ideal Universal sobre la administración constitucional de justicia y sobre el Estado de Derecho basado en la igualdad jurídica y la separación de poderes, tal como se derivan –tan imperfectamente- de la Constitución española actual. Que haya tanto apologista de Garzón que se considera a sí mismo un intransigente guardián de la democracia demuestra, por una parte, cuánto se ha debilitado entre nosotros el ABC de los principios democráticos, y qué fácil resulta, por la otra, ponerse la democracia y la justicia concretas por monteras en nombre de una Democracia y una Justicia que huelen malsanamente a la de los totalitarismos peores del siglo, porque están más allá de los límites constitucionales y jurídicos, y pueden ser injustas si el resultado final es bueno para la Justicia. Un horror.

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Crónica de los avances del fascismo en Cataluña: la agresión a Rosa Díez y UPyD en la UAB (5-3-10)

El periodismo se está convirtiendo en una profesión distraída. Leo los titulares de los medios sobre lo sucedido en la UAB el viernes 5 de marzo, y la inmensa mayoría –con la excepción significativa de Público, ya analizada por Santiago González- coindicen en titular cosas como “intento de boicot”, “intento de agresión”, “tratan de impedir”. No: fue un boicot y una agresión en toda regla, brutal. Lo que debía haber sido una conferencia que intentaron escuchar cientos de personas a las que se impidió a la fuerza el acceso a la sala –eso tampoco lo he visto relatado en ningún medio-, quedó reducido a un gesto de dignidad y coraje democrático muy importante, pero nada parecido a una conferencia-coloquio en libertad. Fue, por otra parte, un extraordinario documento sobre los avances del fascismo en Cataluña, gracias al desistimiento cívico de la mayoría de la sociedad, y a la cobardía y colaboracionismo de sus instituciones con el nacionalismo más energúmeno e impregnado de genuino fascismo. Pero también sirvió para demostrar cómo se le hace frente y de qué modo se defienden las libertades amenazadas: practicándolas sin pedir permiso a quienes quieren suprimirlas. Eso es todo.

Como servidor acompañaba a Rosa a Barcelona ese día, con Paco Pimentel, Nacho Prendes, Mayka, Jesús Prieto y muchos compañeros del partido en Cataluña, tuve la ocasión de ser no ya testigo, sino implicado activo en el caso. Así que voy a relatarlo para general instrucción. Como por desgracia uno ya se ha visto envuelto en situaciones parecidas muchas veces en los últimos veinte años, tanto en el País Vasco como en Cataluña, y a veces más violentas, tenía la ventaja que da el dejà vu: concentrarte en los detalles sin impresionarte demasiado por el ruido de fondo.

En 1999 pasé por una algarada semejante en la facultat de Filosofía de la Universitat de Barcelona, donde me habían invitado a compartir mesa redonda con Jon Juaristi, Alejo Vidal-Quadras y Paco Caja. Fue imposible porque, exactamente igual que el viernes 4 de marzo de 2010, un grupo de energúmenos bien organizado bramó, agredió y arrojó pintura sobre los audaces conferenciantes y el público congregado. Pero, a diferencia de lo pasado este viernes, que ha tenido bastante repercusión informativa, aquello no tuvo casi ninguna, y la escasa que hubo repudió la “provocación” de organizar una mesa redonda sobre el nacionalismo lingüístico en una Facultat de filosofía (igual si hubiera sido una Facultad…) Once años después se repite la agresión, y aunque esta vez haya habido información y eco de lo sucedido, y también mucho más público interesado que entonces (en el salón había al menos 250 personas normales que deseaban escuchar y debatir, y muchas más fuera), también comprobamos que una importante universidad, la UAB, está impunemente controlada por unos cientos de camisas pardas catalanas que campan por sus respetos ante el miedo, la indiferencia o la abierta colaboración de quienes deberían oponérseles: la comunidad universitaria, las instituciones catalanas y españolas, los medios de comunicación y la sociedad civil en general. Porque se trata de genuino fascismo en sus primeros estadios: ultranacionalismo antidemocrático trufado de una retórica izquierdista -el pueblo en peligro, los derechos sagrados de la tierra y la lengua, la ocupación extranjera-  que  sólo disimula su verdadera naturaleza. Mussolini primero y luego Hitler la emplearon a fondo. La fashion fascistoide ha cambiado y el modelo de vestimenta es ahora el de borroka vasco, no el de ario repeinado portando pulidos correajes, pero el fin y el mensaje son los mismos: aterrorizar al disidente metiendo el miedo en el cuerpo.

Vayamos a los hechos. La conferencia fue organizada por Joaquim Molins, catedrático de Ciencia Política de la facultad que le echó enorme coraje a lo que, como sabía perfectamente, era un desafío al orden implícito reinante en la UAB (y en muchas universidades españolas, no crean): que no puede invitarse a hablar de política a nadie que no sea o ultranacionalista o antisistema. Y no digamos si se trata de Rosa Díez y de UPyD en vísperas de las elecciones catalanas.

Desde dos horas antes del comienzo anunciado de la conferencia, unos 150 energúmenos ocupaban la sala para impedir el acceso no sólo a la ponente, sino a los muchos oyentes interesados que no pudieron ni entrar. Otros grupos de maulets se habían distribuido por la ruta de acceso al salón de actos con la obvia intención de hostigarnos e impedirnos la entrada.

Ante el panorama, se celebró una entrevista en el despacho del decano a la que asistieron Quim Molins, el decano Salvador Cardús –que acabó comportándose con dignidad-, Rosa, Paco Pimentel, Nacho Prendes, yo mismo y otros tres miembros más de UPyD. El decano intentó convencernos de la conveniencia de suspender la conferencia por razones de seguridad, pues había intentado infructuosamente negociar –ah, el seny catalán- con los maulets algún arreglo como que ellos hablaran un rato primero y luego dejaran hacerlo a Rosa Díez. El profesor Molins –¡qué gran tipo!- arguyó con vehemencia que la obligación de la UAB, y del decano, era garantizar la libertad de expresión sin ceder al boicot. Lo hizo muy enérgicamente, como pudo comprobar la mesa que golpeaba con el puño. Y Rosa, con nuestro asenso, se negó en redondo a ceder y exigió dar la conferencia en la sala donde se había anunciado.

Y allá que nos dirigimos con el magro dispositivo de seguridad montado: los expertos escoltas de Rosa, varios guardias de seguridad, y algunos mossos de paisano, más el refuerzo que representaban nuestras anchas espaldas detrás de Rosa y su muy engañosa fragilidad… Nos mantuvimos siempre varios pasos atrás -por eso salimos poco en las  fotos, aclaración para suspicaces- para dificultar que se le acercaran demasiado y, si alguno conseguía hacerlo, cazarlo al vuelo (son cosas que te enseña la mili de la vida en el País Vasco). Por el camino fuimos todo el rato acosados por los maulets de guardia. Fuera de la sala, en la que había un pandemónium de cuidado pues algunos asistentes afeaban la conducta a los nacionalistas y exigían libertad de expresión, otro medio centenar de boicoteadores procedió a gritar, empujar y tratar de impedirnos entrar. Una vez dentro, ni Rosa ni ninguno de nosotros pudo pasar más allá de dos metros de la puerta. Un muro humano –en el sentido zoológico del término- lo impedía, mientras bramaba en nuestra cara –aquello fue como una sauna con estrujamiento- las consignas del día:  “Rosa asesina”, “fora feixisistes de la universitat”, y –atentos- “Galicia lliure, fora Rosa Díez” (y espero con interés las muestras de solidaridad de las instituciones gallegas, sean peyorativas o no, además de las de sus personalidades más eminentes; alguno, como Manuel Rivas,  ya se pronunciaba ayer mismo a favor de que se tragara sus palabras: como los maulets).

El impasse duró su buena media hora de empujones, gritos, escupitajos y alguna patada y puñetazo, aunque  salpicados por diálogos insólitos. A Ramón de Veciana, compañero y amigo de UPyD en Cataluña,  un energúmeno le bramaba a cinco centímetros de la cara “¡feixiste!”, hasta que le soltó también “¡fil de puta!”, produciéndose el siguiente insólito intercambio en fluido catalán: Ramón: “¡que me llames feixiste pase porque es lenguaje político, pero no te tolero que me llames hijoputa!” El niñato, muy cortado: “oh, bueno, tienes razón. Retiro lo de hijoputa porque es personal, pero no que eres un fascista.” El diálogo digno de Ubú rey prosiguió mientras corríamos por los pasillos porque, entre tanto, el decano, subido a la mesa y con el micrófono en la mano, dio por suspendido el acto en el salón ante la imposibilidad física de que la conferenciante y el moderador subieran al estrado. En todo este tiempo, la única actuación del servicio de seguridad fue impedir las agresiones directas a Rosa, pero no impedir que se le impidiera el paso, ni los empujones, golpes y aplastamientos que sufrimos todos los demás.

El decano ofreció un aula en la que, al parecer, también hubo de refugiarse Ibarretxe –o tempora o mores-, eso sí, en su caso acompañado por toda la solícita plana mayor de la UAB y muchísima más escolta. Fuimos, pues, al aula 12, ante el espanto de los guardias de seguridad. Los naturales estaban demudados, pero firmes. En el aula entramos apenas cincuenta personas y luego los de seguridad cerraron por dentro. Entre tanto, el pasillo de acceso se había llenado de energúmenos cada vez más furiosos por el semi-fracaso de su boicot. Con total impunidad, se pasaron las dos horas que duró la conferencia y el debate dentro del aula pateando con brutalidad las paredes, que literalmente temblaban, y aullando sus consignas (no teníamos megafonía dentro y eso incordiaba bastante). El decano intentó hacerles desistir de su actitud y fue premiado con una rociada de la pintura roja reservada para nosotros. También salpicó algo, entre otros, a nuestro hábil y archiprofesional realizador, Jesús Prieto, que cámara al hombro se quedó fuera para documentar a fondo lo que estaba pasando haciéndose pasar por cámara de un medio importante (y aprovecharon para pedirle que les grabara unas declaraciones…)

El cuadro era patético. Los cincuenta que estábamos en el aula cerrada veíamos por las ventanas cómo un poco más allá centenares de personas pasaban por el soleado campus como si aquello no estuviera sucediendo o no fuera con ellos. Se veían algunos guardias de seguridad privados pero no había policía alguna visible. Dentro, el clamor subía y bajaba según se enardecían o aburrían los escuadristas.

Rosa dio una conferencia resumida y se abrió el debate. De la veintena de estudiantes que lograron entrar más de la mitad se presentaron como independentistas que, muy educadamente a diferencia de sus compañeros vociferantes, fueron desgranando en más de tres docenas de preguntas, moderadas por el profesor Molins, sus muy previsibles objeciones al ideario de UPyD y sus no menos previsibles elementos de propaganda ultranacionalista, fruto de veinte años de adoctrinamiento educativo y mediático, a saber: UPyD quiere la muerte del catalán, el español no es su lengua aunque sepan hablarlo bien, España saquea Cataluña que sólo pide administrar su riqueza, España ocupa Cataluña por la fuerza, los referéndums independentistas son un espléndido ejercicio de democracia directa, si no se impone el catalán acabará muriendo ante la pujanza del español, etc. Al menos una de los asistentes, que había participado  activamente minutos antes en el escándalo del salón de actos y que por su aspecto agitanado de manual hubiera sido una buena figurante de cualquier Carmen de Bizet, ahora, quizás para hacer méritos antes los catalanes patanegra, hacía las preguntas más propagandísticas y cabeceaba negativamente, con horrorizada pesadumbre, cuando Rosa le explicaba cosas como que ninguna lengua tiene derechos, sólo los ciudadanos.

Trataban de jugar con nosotros al poli malo y al poli bueno, pero Rosa estuvo brillante, directa y persuasiva, y ellos cada vez más sorprendidos por las respuestas… Francamente, con una docena de sesiones semejantes, muchos de ellos quizás irían liberándose del espeso pelo de la dehesa catalanista que les han inculcado como una malaria ideológica. Y esa es, precisamente, la razón de que los más brutales boicoteen activamente actos como el del viernes, y de que las instituciones catalanas ayuden a boicotearlos pasivamente. Al fin y al cabo, ¿no se escribió también en la catalana Universidad de Cervera el famoso y abyecto manifiesto de los catedráticos absolutistas a Fernando VII, el de aquello de “lejos de nosotros la funesta manía de pensar”? Pues en eso siguen muchos en Bellaterra.

La salida fue, como las imágenes demuestran sin género de dudas, brutal. Abandonamos el aula corriendo un largo corredor y bajando por unas escaleras desde las que se arrojaron contra nosotros todo tipo de cosas. El paroxismo llegó cuando Rosa pudo, por fin, meterse en el coche, que esperaba muy lejos (lo que indica la peligrosa imprevisión y bisoñez de los, por lo demás esforzados, servicios de seguridad universitarios). Los más fanáticos no sólo patearon y apedrearon el vehículo rompiendo faros e intentándolo con los cristales blindados, sino que trataron de tirarse sobre el capó para forzar un atropellamiento, con las consecuencias imaginables de haber tenido éxito: ¡Rosa Díez atropella a un estudiante catalán en la UAB! Qué gran titular para Público, El Punt, El Periódico, etc. Contra lo que dicen periodistas que no estaban allí, el coche salió muy despacio y con todo cuidado para, precisamente, no atropellar a nadie. Por fin alcanzó la salida del campus, entre los improperios de unas docenas de fieras y la indiferencia, incomprensión o miedo de miles de universitarios. No hubo detenidos, ni intervención policial, ni llamada alguna de autoridades catalanas o españolas; éstas, las del Gobierno, llamaron a Rosa ya avanzada la noche –una vez vistos los telediarios y calculado su efecto demoledor- para interesarse por su bienestar y preguntar por la inexistente acción policial. A la Generalitat, ni estuvo ni se la esperaba. Así avanza el fascismo en Cataluña, con su ayuda. Luego que no digan que no estaban avisados.

Continuará.

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Desviar las responsabilidades, o cómo maquillar la crisis con falacias

“Porque cuando tú, y tú, y tú, y yo, nos convertimos en nosotros, no hay nada que no podamos arreglar.” Esto es lo que afirma, de forma así de taxativa y apodíctica, el manifiesto de una llamativa campaña publiciatria que seguro han visto por ahí: en la prensa, en cartelería o en internet: “estosololoarreglamosentretodos.org”.

De modo más o menos sibilino pero indisimulado, el mensaje de esta campaña, pagada por las Cámaras de Comercio y las empresas patrocinadoras de la Fundación Confianza (es asombroso lo fácil que resulta sacarles dinero para estas distracciones y lo difícil que es cuando se trata de algo serio), es que la gente debe –debemos- hacerse responsable de la salida de la crisis. Y en segunda lectura, que todos debemos arrimar el hombro… en vez de criticar y desanimarnos. La campaña subraya que el pesimismo y el desánimo empeoran la crisis que, en cierto modo, sería sobre todo un estado mental: “Pero la crisis no solo está ahí fuera, también está en nuestras cabezas”.

De ser así habríamos registrado un gran progreso cognitivo: aunque la crisis económica comenzó hace más de dos años, muchos negaban que existiera tal cosa y achacaban los indicios de la que se avecinaba al pesimismo, falta de entusiasmo e incluso de patriotismo de los críticos. Por desgracia, entre estos sujetos biempensantes, rebosantes de optimismo y buen rollo (¡incluso de patriotismo!), se contaba nada menos que José Luis Rodríguez Zapatero. Y el resto de su gobierno y de los partidos que lo sustentan. ¿O vamos a olvidar aquel debate televisivo en el que, contra todo pronóstico, el ministro Pedro Solbes ganó por puntos al empresario José Manuel Pizarro? Y ganó no porque tuviera más razones que éste, sino porque dijo las cosas que la mayoría de los televidentes quería oír. Que más o menos son la misma que dice esta campaña: esto-lo-arreglamos-entre-todos-con-mucho-optimismo. Pues qué bien. Ahora, que expliquen cómo es posible que se desencadenara semejante desastre financiero con la mayoría de las cabezas inundadas de optimismo y de ganas de seguir viendo como dios. ¿Cómo se explica, dada la importancia de los estados mentales en la solución de la crisis? ¿No tuvo esa ceguera colectiva ningún papel en su gestación?

Ciertamente, la campaña destila un cierto tufillo hegeliano al proponer que el salto cualitativo que va de la suma de muchos individuos al nosotros tiene consecuencias revolucionarias.  Y también del equipo de marketing de Obama, claro: yes, we can. Mientras que la suma de muchos túes y yoes resulta impotente, he aquí que el nosotros triunfa donde aquellos fracasan porque nada le está vedado. En fin, el optimismo de la voluntad. Pues cuidado, porque un pequeño empujón y ese optimismo entusiasta de los yoes disueltos en el nosotros victorioso conduce velozmente al totalitarismo. Esperemos que el siguiente paso de la campaña no consista en denunciar quiénes son (somos) los culpables de que el nosotros no consiga imponer su santa voluntad a la dura realidad. Por si acaso, estaremos atentos.

Esta campaña tiene de malo tres cosas: primera, que pretende que la crisis económica (y política) es sobre todo un estado mental, es decir, una representación subjetiva contagiosa, en vez de una situación de hecho fundada en poderosos datos materiales. Por ejemplo, el desempleo. Sintomáticamente, la campaña pone como ejemplo de la actitud a seguir a un espabilado sevillano que ha superado el problema imaginándose un trabajo. En segundo lugar, la campaña desvía el tiro: está muy bien que todos estemos dispuestos a cooperar, pero las soluciones no vendrán por esa disposición de ánimo, sino porque quienes pueden tomar decisiones las tomen de una vez, comenzando por los poderes político y económicos. En este sentido, la campaña es una peligrosa engañifa, porque desvía las responsabilidades de quienes sí tienen la capacidad y responsabilidad de tomar decisiones a quienes son meros espectadores y víctimas, con más impotencia que otra cosa. ¿O es que alguien sostiene seriamente que medidas tales como la despolitización de las cajas de ahorro, la reforma del mercado laboral o la reducción del déficit público mediante una racionalización del disparatado “Estado de las autonomías” son cosas que pasarán gracias al buen rollito de la gente?

En cualquier caso, la crisis no se resolverá promoviendo patrañas y falacias. Y llegamos así al tercer problema de esta campaña: su fe ilimitada en las virtudes del marketing y de la propaganda de calidad –es una campaña ingeniosa y bien diseñada, qué duda cabe- como sustitutivo de la comunicación basada en la veracidad cognitiva, la competencia lógica y la responsabilidad ética y política. No, miren: igual es conveniente emplear el mejor marketing y publicidad posibles en la comunicación de la realidad de la crisis y de las medidas indispensables para superarla, pero pretender que marketing y publicidad sustituyan a la política y la economía, y la propaganda a la verdad y el conocimiento, es tan inútil como peligroso a la larga.

Además, qué quieren, a uno le solivianta que le tomen por tonto y carne de creativo publicitario. Ya lo escribió magistralmente –imposible mejorarlo- Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”. Pues lo mismo: cuando despertó del sueño narcótico del buen rollito y el optimismo creativo de la campaña, la crisis todavía seguía allí. Sólo que acrecida y desbocada por el desvío de responsabilidades, que conduce al desvarío de la razón.

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Aminetu Haidar y Orlando Zapata, dos luchas paralelas (Sáhara y Cuba o la amnesia voluntaria de España)

Este 27 de febrero se ha celebrado el 35º aniversario de la proclamación de la República Arabe Saharaui Democrática (RASD). Marruecos ocupa la mayor parte del territorio que los saharauis reclaman como propio, el de la antigua provincia española del “Sáhara Español” -que aparecía en todos los mapas de España de los libros de texto de mi generación con el mismo trato que Asturias o Málaga-, pero los saharauis conservan, empero, una amplia faja del desierto, fronteriza con Mauritania. Incluye algunos puntos habitados, como Tifariti. Son los “territorios liberados” del Polisario, donde mantiene sus fuerzas armadas mientras la mayoría de los saharauis refugiados subsisten como pueden en Tinduf (Argelia). Esta franja irregular de desierto bajo control saharaui es la prueba principal de que la RSAD no es una mera ficción. Es obvio que Marruecos tolera el desafío que esto representa porque considera fuerte su posición en el resto del Sáhara, aproximadamente un 80% del territorio, donde ha establecido numerosos colonos marroquíes. La ocupación de toda nuestra antigua provincia desértica no compensa el riesgo de una guerra más generalizada, quizás con Argelia. Al Polisario, en cambio, la conservación de esa franja de desierto les sirve como símbolo vivo de su voluntad de resistencia y prueba material de la existencia de su Estado, por precario que sea. Pero la precariedad de su situación ha sido confirmada de un modo clamoroso, y precisamente en España, por el silencio de los medios de comunicación sobre la celebración de su 35º aniversario. Apenas se han publicado unas líneas sobre la efeméride. Y ello a pesar de que el Polisario puede, también, presumir de un logro nada despreciable a día de hoy: ha evitado degenerar hacia el terrorismo (aunque, visto lo poco cotizado que está el respeto a la legalidad internacional, hay que preguntarse que por cuánto tiempo…)

El olvido habitual de los medios de comunicación españoles e internacionales por el Sáhara Occidental apenas fue roto por la huelga de hambre de Aminetu Haidar. Una vez resuelto el nudo de la cuestión humanitaria, cuando Marruecos autorizó el regreso de esta admirable mujer a su casa de El Aiún para que interrumpiera su huelga de hambre, el silencio informativo ha vuelto a caer sobre los saharauis que resisten a Marruecos. No es de extrañar, pues, que también haya sido ninguneado el viaje de Rosa Díez y una delegación de UPyD a los actos de conmemoración del 35º aniversario de la RSAD.

A diferencia de Aminetu Haidar, el preso político cubano Orlando Zapata no consiguió movilizar los apoyos necesarios para obligar al gobierno de Cuba a reconocer su estatuto de preso de conciencia, que eso pedía, y por eso murió de hambre. Ciertamente, Cuba no es Marruecos, ni tampoco el régimen de Fidel Castro se parece demasiado al de Mohamed V: es una dictadura mucho peor. Sin duda habría sido mucho más difícil convencer al gobierno cubano que al marroquí, pero la pregunta es si al menos se ha intentado, si el gobierno español intentó siquiera mejorar la situación de Orlando Zapata y los demás presos políticos de Cuba, aprovechando la excelente oportunidad brindada por esa tan cacareada presidencia de turno de la UE.

El interesado olvido de Zapatero no es por otra parte exclusivamente suyo. Más bien manifiesta un estado de opinión muy extendido en la clase política española, muy ligada a los intereses empresariales más interesados en la continuidad del castrismo o en una transición sin rupturas. Es significativo que en el borrador de declaración de celebración del bicentenario del inicio de los procesos de emancipación de las repúblicas sudamericanas de España, que comenzó en las actuales México y Argentina, presentado a los grupos parlamentarios del Congreso de los Diputados, no se haga ni la menor mención de la ausencia de libertades más elementales en Cuba, mientras se celebran retóricamente los grandes avances de la libertad en el continente. Precisamente fue Cuba la última en independizarse de España tras una sucesión de guerras y revueltas mucho más cruentas que en las otras colonias, aunque finalmente fue la intervención de Estados Unidos la que sentenció el conflicto mediante una ingeniosa neocolonización de Cuba responsable, en última instancia, de la última revolución nacionalista (eso era en sus comienzos, el “socialismo real” llegó después, con la ayuda soviética) que llevó a los Castro al poder. Y allí siguen, sin que los sucesivos gobiernos españoles hagan nada que merezca la pena para ayudar a iniciar una transición democrática digna de ese nombre. Vean al respecto las últimas declaraciones de Zapatero, esperando que el gobierno de Cuba “comprenda”, del mismo modo en que “espera” que pase la crisis económica: sin hacer nada al respecto.

La opinión pública española, por lo demás, parece tan desconcertada como pasiva ante una situación de palmaria injusticia en la que estamos históricamente implicados, y en cuyo mantenimiento, tanto en Cuba como en el Sáhara Occidental, pesan muchos intereses españoles. Parece claro que la causa de la libertad no cuenta con muchos adeptos influyentes entre nosotros (y menos tendrá todavía con cretinos solidarios como el actor Willy Toledo).

Nota al pie: Con este nivel de exigencia democrática no extrañará el siguiente dato, resultante de una inocente búsqueda realizada en Google. Resultados de la búsqueda “Rosa Díez”+Galicia+Zapatero: 132.000; de la búsqueda “Roberto Blanco Valdés”+bomba: 6.930. De los primeros, la inmensa mayoría son denuestos y ataques de todo tipo de instituciones y personajes de Galicia, incluyendo los lamentos político-morales de Mario Conde (sí, el delincuente). Dicho en román paladino nada peyorativo: una expresión coloquial ha despertado muchísimas más protestas y atención unánimemente indignada de los medios e instituciones de Galicia que la bomba puesta frente a la casa de un brillante catedrático gallego (y excelente persona) de la Universidad de Santiago de Compostela. A estas alturas, no digo nada más. Para qué (bueno, sí: la Diputación de Pontevedra, que ha condenado a Rosa, no condenó el bombazo…)

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