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Alarmas cívicas en Francia y Holanda

En Francia ha causado considerable revuelo que el Partido Anticapitalista, un partido de extrema izquierda cuyo nombre lo dice todo, haya incluido en sus listas para las próximas elecciones regionales a una joven musulmana que hace gala de su confesión religiosa llevando el preceptivo pañuelo que oculta el cabello y el cuello a la vista de cualquier hombre que no sea familiar directo. El PA procede de la izquierda revolucionaria trotskista, que en Francia siempre ha gozado de un predicamento mucho mayor al de países comparables. Lo llamativo, escandaloso para algunos, es que esa izquierda radical renuncie a los valores laicos –incluso prejuicios, a veces- unidos a las tradiciones republicanas francesas. En el interesante reportaje sobre la cuestión publicado el pasado domingo por El País, los jóvenes musulmanes afiliados al PA justificaban su militancia con razones de fuerte aroma identitario: ellos son “musulmanes franceses” que, como decía uno de ellos, “no pueden ser otra cosa”. Obsérvese el orden de los predicados: antes musulmanes que franceses, y el resignado comentario de la obligada pertenencia pero sin entusiasmo alguno, digno de aquel prócer de la Restauración que irónicamente propuso encabezar la nueva Constitución con un artículo que rezara: “es español todo aquel que no puede ser otra cosa”.

Antes de descargar el fuego de la indignación democrática contra la extrema izquierda francesa, convendrá recordar que fue el presidente Sarkozy el que jugó con fuego al enredar a la opinión pública francesa con un debate, absurdo y peligroso, sobre la identidad francesa… y sus consecuencias políticas (por ejemplo, exigir a los inmigrantes un contrato de integración). Iniciativa nada inocente en Francia, donde si la extrema izquierda paleomarxista tiene notorio arraigo, mayor lo tiene todavía el populismo nacionalista y xenófobo, republicano sólo de nombre, liderado por Le Pen y su Frente Nacional, que estuvo a punto de ganar una elección presidencial.

La concurrencia de ambos fenómenos lleva a una conclusión inevitable: el laicismo está en peligro en Francia, tanto el que se refiere a los símbolos religiosos en la esfera pública, como el referido a la tradición republicana de la igualdad (y fraternidad) de todos los ciudadanos, nacidos o no en Francia, que respeten sus leyes. Es inquietante, cuando menos, que Sarkozy enrede con la problematización de una “identidad francesa” cuando Francia es uno de los países con una identidad más clara, incluso avasalladora en muchos aspectos. Y es sintomático que incluso la extrema izquierda acepte crecer entre los “musulmanes franceses” aceptando el principio islámico, frontalmente opuesto al concepto ilustrado de ciudadanía, de que la religión está por encima de cualquier otra circunstancia que nos defina como personas. Es cierto que en España tenemos amplia experiencia de la forma en que la izquierda tradicional acaba renegando de sus orígenes intelectuales para mimetizarse con el nacionalismo y cualquier forma en auge de particularismo y comunitarismo, pero que ello ocurra también en Francia es todo un aviso del progreso de ese cáncer y, de paso, de que la fuerte centralización del Estado no es ese antídoto eficaz que algunos creen frente a las ofensivas contra el ideal de ciudadanía.

Un poco más al norte de Francia, en Holanda, asistimos a un encendido debate sobre el uso del árabe y el turco en la propaganda política de los principales partidos tradicionales para la próxima campaña electoral. La razón de este insólito babel político es doble: en Holanda hay fuertes comunidades musulmanas y turcas, y su voto puede decidir el resultado porque –y esta es la segunda razón- se espera una alta abstención del electorado holandés, quizás superior al 50% (y ello a pesar de las poderosas e ininterrumpidas tradiciones democráticas de los Países Bajos, uno de los laboratorios europeos de la democracia representativa). Los partidos tradicionales parecen haber renunciado a movilizar a sus votantes tradicionales y echan la red en los nuevos caladeros de votos. Hacerlo en sus lenguas maternas es sin duda ingenioso y hasta una muestra de tolerancia del país de Baruch Spinoza, pero no pocas voces advierten de que ésta puede ser el inicio de una serie de concesiones que no se limiten a la lengua vehicular de la propaganda política, sino a cuestiones constitucionales mucho más serias, como la aceptación de un estatus legal especial para comunidades cultural-religiosas –por ejemplo, la sharia para los musulmanes- que rechazan la completa asimilación y se resisten a hacer suyos todos los valores del país de acogida. De nuevo, la defensa de la identidad aparece enfrentada a la decadencia del laicismo, vinculado a una ciudadanía universal independiente de toda creencia religiosa o mitológica.

Claro que la reflexión de fondo no es si los inmigrantes se dejan asimilar o no, o si tenemos derecho a pedirles que lo hagan –aunque sin duda la exigencia del cumplimiento de las leyes implica una importante asimilación en muchos aspectos, por ejemplo en la instauración de la igualdad legal de mujeres y varones-, sino más bien otra: tanta insistencia en la identidad en peligro y tanto alarmismo e impotencia política –pues eso manifiesta la recurrente referencia a “nuestros valores en peligro”-, ¿no será más bien una expresión asustada de que los valores que tanto se dice defender son más bien cosa del pasado, tradición más muerta que viva? ¿Una aceptación tácita de que el laicismo del pasado republicano o la tolerancia activa de antaño está bastante decaída, vaciadas de sustancia, convertidas en lemas al estilo del “detente bala”?

Dicho de otro modo: ¿qué expectativa legítima de conseguir la integración de comunidades con tradiciones de origen muy diferentes tenemos los ciudadanos de sociedades que claramente han dejado de practicar esos valores que exigen a los demás mediante un patético “contrato de integración”? ¿Puede Europa tratar de imponer, con una mezcla de oportunismo político y desarme cívico, lo que parece renunciar a conseguir mediante la educación y el civismo activo? Me parece difícil contestar que sí. O Europa reencuentra el sentido de esos valores tan añorados como desactivados, o no habrá mucho que hacer, aparte de asistir impotentes al auge de la xenofobia, el populismo antisistema y el fundamentalismo étnico y religioso. Mal asunto.

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27 comentarios a “Alarmas cívicas en Francia y Holanda”

  1. alcotarelo dice:

    Nikon. Por supuesto que, en mi opinión, podría haber excepciones a la norma de llevar la cabeza descubierta en las aulas. Yo creo que los motivos médicos o de enfermedad deberían ser una una excepción válida.

    Sin embargo, estoy en contra de que se emplee la religión como excusa para establecer limitaciones a este tipo de normas. En mi opinión la libertad religiosa no debería tener nada que ver con establecer excepciones por motivos religiosos en todo este tipo de cuestiones (vestimenta, cuestiones escolares como la comida) por encima de la libertad que tenga cualquier otra persona por motivos simplemente personales o de conciencia.

    Imponer sí puede ser educativo. Es más, no se puede educar sin imponer al menos normas de educación y respeto. Aprender desde la infancia a asumir normas es importante. Otra cosa es que todas las normas deben ser justificadas y razonables.

    Mantengo que las sociedades musulmanas no son comparables a las occidentales en el respeto a los derechos humanos, y particularmente en el respeto a los derechos de la mujer. Los derechos humanos y conceptos como la igualdad que aparecen tras la revolución francesa en Europa (y también en países de otros continentes pero con cultura de origen europeo) tienen su base filosófica en el pensamiento cristiano (todos somos hijos de Dios y por tanto todos somos iguales). Otras culturas y otras religiones no comparten este pensamiento (por ejemplo en la religión judía, hay un pueblo elegido por Dios que por tanto es superior a los demás). Por tanto, la tolerancia intercultural e interreligiosa debe supeditarse a la exigencia de ciertas condiciones, como el respeto a la integridad de la mujer como persona.

    Cuando digo, no soy partidario de “arrancar colgantes”. Esa expresión es exagerada y da a entender una humillación pública a la que no es necesario someter a nadie. Por ejemplo, ni siquiera a una persona que vista con indumentaria neonazi, ni siquiera la policía puede desnudarla en público ni arrancarle nada en público, porque eso es humillante y las cosas se pueden y se deben hacer siempre de otro modo.

    En cualquier caso, no estoy en contra de que nadie puede llevar o vestir símbolos religiosos o de cualquier otro tipo (como un colgante con un crucifijo o una estrella de David por ejemplo). Pero en el caso, de que ese símbolo (sea o no religioso) tenga un carácter insultante o ofensivo o contrario a nuestros principios de respeto y tolerancia (como una Svastica por ejemplo), debería de prohibirse (y ejecutarse la prohibición de la forma más respetuosa y menos ofensiva posible), como de hecho se hace ya actualmente con los símbolos neonazis.

    Ahora bien, si llegáramos a la conclusión de que los símbolos religiosos musulmanes o de cualquier otra religión son contrarios a la libertad de la mujer (como el velo), habría que prohibirlos o limitar su uso también.

    En este sentido, mientras que encuentro que el velo sí tiene un obvio significado despectivo de ocultar a la persona de la vista de los demás por el hecho de ser mujer (por lo que en mi opinión no hay duda de que su uso debe limitarse, al menos en los colegios, como por otra parte debe hacerse en mi opinión con cualquier otro gorro o similar dentro de un aula), en principio entiendo que los símbolos musulmanes no tienen ese significado, al menos de forma tan evidente y directa.

  2. Nikon dice:

    Bien argumentado, Alcotarelo. Si bien no nos pondremos de acuerdo en el tema de prohibir el velo, sí lo estoy con el conjunto de tu post. Por supuesto que la ocultación del pelo de la mujer y no del hombre genera entronca con elementos machistas (aunque hay elementos mucho peores que el velo en este sentido en el Corán y, por supuesto, deberían reformularse), aunque también se da en otras culturas, como en la India. Ahora bien, la diferencia está en el hecho de que yo no soy partidaria de “integrar” a la fuerza. Creo que la integración es más paulatina y que el velo se lo ha de quitar la mujer por voluntad propia y no por imposición externa. Creo firmemente en que vivir en un estado demócrata de facto, es decir, que luche de verdad por la libertad y la igualdad de sus ciudadanos conlleva la profunda revisión de valores, extranjeros o no, contrarios a la democracia y suaviza las posturas. Siempre y cuando, como he dicho, seamos firmes en dicha defensa y no relativicemos conductas que atenten contra la libertad del resto. Soy del lema de “vive y deja vivir” y en contra del proteccionismo a la fuerza. Recordemos que los árabes han dado muestras de ser civilizados, más incluso que los cristianos en la Edad Media, en muchas ocasiones a lo largo de la historia. Intentemos repetir esos momentos de enriquecimiento cultural y no avivemos el crudo enfrentamiento entre religiones, que, opino, no lleva a ninguna parte.
    Por último, ciertamente, si existe una norma en una escuela, ésta se debe cumplir. En ningún colegio de los que he trabajado aparece dentro del régimen de reglamento interno el uso o no de gorros dentro de clase. Pero, si en una escuela se impone dicha norma, igual que si en otra se impone llevar uniforme, por supuesto que se debe cumplir. Sin embargo, conviene pensar en si ello incumple o no los preceptos constitucionales sobre no discriminar por razones religiosas. Las normas se adoptan por algún motivo razonable y consensuado entre todos. ¿No crees que, siempre que esté garantizada por el estado la libertad de la mujer de vestir como quiera, si ésta decide llevar el velo por voluntad propia, ya no hay discriminación sexual? ¿No crees que si a una mujer se la obliga a quitarse el velo se está atentando contra su libertad religiosa y, al mismo tiempo, dado que dicha indumentaria la lleva sólo la mujer, no lo estamos haciendo también por razón de sexo, a pesar de querer todo lo contrario?

    Bueno, acabo porque sé que tú no vas a estar de acuerdo con esto. De todas formas, es un placer debatir contigo de forma tan razonable. Ojalá en este país se debatiera más a fondo en dichos términos y no a base de insultos.

  3. alcotarelo dice:

    Me alegro de ver que aunque no estemos de acuerdo en lo del velo, al menos lo estamos en otras cuestiones como la libertad para vestir o llevar símbolos (mientras sean respetuosos), o en eliminar los símbolos religiosos de los espacios públicos, o que en los colegios públicos no se enseñe ninguna religión…

    Lo que creo respecto al velo, es que no veo lo significa o cómo se materializa que “la mujer [se quite el velo] por voluntad propia y no por imposición externa” en el caso de las menores de edad. Por eso yo soy partidario de que se prohíba al menos su uso en los espacios cerrados o interiores de los colegios.

    Igualmente, también considero un placer debatir contigo. Y comparto el deseo de que en este país se debata más en base a argumentos razonados y no a insultos, como suele suceder tanto en el debate político.

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