Se siente algo muy especial cuando los terroristas asesinan a un rival, a una persona con la que no coincides en gran número de cuestiones pero cuya vida era, naturalmente, no sólo intocable, sino particularmente valiosa precisamente por encarnar un modo distinto de entenderla. El 23 de enero de 1995, ETA asesinó a Gregorio Ordóñez mientas comía en un bar de la Parte Vieja de San Sebastián, en compañía de su entonces secretaria, María San Gil, y otra persona. Gregorio estaba archiamenazado por ETA pero, por aquel entonces, muy pocos políticos o amenazados –jueces, periodistas, profesores y hasta jardineros y señoras de la limpieza- de los miles que había en el País Vasco llevaban escolta profesional. Gregorio llevaba una pistola, pero estaba sentado de espaldas a la puerta y el asesino no tuvo problema alguno en deslizarse entre los parroquianos del bar y descerrajarle un tiro en la nuca con toda frialdad, para después irse tranquilamente por donde había llegado, dejando un cadáver donde había estado un hombre joven popular y lleno de energía, y un bar atestado de clientes incrédulos y paralizados por el miedo.
Gregorio Ordóñez era concejal del Ayuntamiento de San Sebastián por el PP, un político en alza y un candidato a la alcaldía con altas probabilidades de obtenerla. Su gran rival por aquel entonces era el socialista Odón Elorza, luego casi eterno alcalde donostiarra. Tengo la convicción de que ETA asesinó a Ordóñez precisamente por eso, porque era posible que llegara a la alcaldía, escandaloso y catastrófico sacrilegio para la mentalidad terrorista. Con esa idea, y acompañado por una docena de amigos, firmé un artículo en la prensa donostiarra proponiendo que los demás partidos democráticos renunciaran a la alcaldía en las próximas elecciones municipales, acordando que un concejal del PP ocupara ese rango, aunque debiera gobernar en minoría. Como era de prever, los demás partidos se negaron y los analistas políticos locales nos pusieron verdes; incluso llegaron a acusarnos de pervertir la democracia y regalársela a los terroristas, en una retorsión de los hechos y las ideas que no sorprenderá a nadie que haya conocido de cerca ese hábito del sindicato de ayuda mutua de partidos tradicionales y medios de comunicación. Pero la acusación más corriente es que yo y mis amigos éramos, en realidad, submarinos del PP. Sigue viva, claro.
Burda acusación, aunque daba igual, porque tras aquel asesinato, ¿qué persona decente no se veía obligada a decir “yo también soy del PP”? Ni siquiera era amigo de Gregorio Ordóñez, aunque le conocía, como también a Odón Elorza y tantos egregios donostiarras de mi generación; es algo muy corriente en una ciudad pequeña como la nuestra. Es más, pocos días antes del asesinato de Gregorio otro diario me publicó una carta protestando por una declaración suya en torno a cierto asunto municipal que no viene al caso. Me parecía, y me sigue pareciendo, que el tipo de política que Gregorio Ordóñez postulaba era más populista que otra cosa. El estaba cerca del Opus, yo no; él amaba las tradiciones locales más ñoñostiarras (o sea, de la poderosa versión ñoña de mi pueblo), yo no; él encarnaba muchas cosas que no me gustaban. Pero de ningún modo era un enemigo, sino alguien que defendía con toda legitimidad ideas diferentes y otro concepto legítimo de ciudad. Y lo hacía con un tesón, valor, fuerza y laboriosidad que le habían ganado la admiración de decenas de miles de ciudadanos dispuestos a votarle, a él y no al PP, su partido, peligro diabólico que ETA exorcizó arrancándole la vida.
Con el tiempo me hice amigo de su viuda, Ana Iríbar, y sobre todo de su hermana Consuelo, a la que el asesinato de su hermano despertó brutalmente a la vida política y luego se convirtió en una de las almas de Basta Ya. Estoy razonablemente seguro de que si Gregorio hubiera seguido viviendo el seguiría en el PP y en su populismo honrado de cristiano tradicionalista, de modo que estaríamos en posiciones bastante diferentes en algunas cosas, aunque coincidiríamos en muchas otras: como en que al terrorismo, ni agua. Sin duda era mucho más lo que nos unía que lo que nos separaba, aunque no supiéramos expresarlo o no alcanzáramos a comprenderlo en su integridad.
El aprendizaje atroz derivado del asesinato de Gregorio Ordóñez fue el de que es casi peor, aunque sea menos sentido, el asesinato del que piensa diferente a ti que del que piensa como tú. Es así porque muestra en toda su crudeza la lógica profunda del terrorismo: se trata de eliminar al otro, al distinto, al libre (porque no se somete). Se siente, pues, de una forma diferente: como una humillación personal y colectiva, como un castigo universal al valor de la pluralidad, a esa convicción de que es mucho mejor una sociedad de personas libres y distintas que un rebaño tribal de clones sin cerebro ni sentimientos de humanidad compartida con quien no sea de los suyos. Es de todos modos un sentimiento poco extendido. El PP organizó al poco tiempo un acto cívico de protesta por el asesinato y de homenaje al asesinado. Pero tras muchas tentativas e invitaciones y llamadas y ruegos, el único intelectual independiente que aceptó participar en el acto fue Fernando Savater, a quien llamó José María Aznar en persona. ¿Hacía falta una demostración más palpable del grado de sectarismo e intolerancia que envenenaba a la subdesarrollada sociedad civil española (por no hablar de la vasca)? Me parece que esta experiencia fue vital para que dos años más tarde nos embarcáramos en la fundación del Foro Ermua, y cuatro después en la de Basta Ya. Asesinando a alguien que pensaba tan distinto de nosotros, los terroristas levantaron sin pretenderlo los últimos escrúpulos identitarios y anteojeras sectarias que todavía enturbiaban nuestra visión del “conflicto”. No las de muchos otros, pero esa es otra historia, y no es la de Gregorio Ordóñez. Que sigue viviendo en los corazones de sus amigos, su familia y no pocos de sus adversarios. Hoy volvemos a hacerle un homenaje en su San Sebastián, y así su vida no se apagará por completo, para fracaso y escarnio de sus asesinos… y de los indiferentes.







Si tienes una idea defiendela en libertad y si convences a más ciudadanos que yo enhorabuena compañero libre. Así era Gregorio y por éso murio. Viva la Libertad y la Democracia. Nuestro homenaje a Gregorio Ordóñez.
Lo había visto en televisión, en ETB, y me llamó la atención porque era aire fresco, nada que ver con la en cierto modo apolillada y decadente atmósfera del Guecho resignado y un poco “Gheto” en que me crié, tanto es así que con la vehemencia de mis 20 años… decidí afiliarme para hacer bulto en actos del PP (acto poco revolucionario, pero en Vizcaya en aquellos años sí que lo era en alguna forma…).
Tuve ocasión de verlo personalmente la víspera de su muerte en Portugalete, en unas jornadas municipales, Gregorio mejoraba más si cabe en directo, era un gran tipo, no era un intelectual, pero sí alguien decente, buena gente y sin dobleces, tenía una vitalidad y bonhomía extraordinarias, transmitía ilusión, sabía conectar…y no callaba nada… eso era lo que fastidiaba tanto a la mafia y su omertá y por eso gustaba tanto…a los que callábamos…
Creo que el detonante de su asesinato fue que estaba investigando algún tipo de corruptela sobre infiltración en la policía municipal de San Sebastián (tan no se callaba que hasta a nosotros nos lo contó aquel día en Portu…; si no recuerdo mal a más de uno de estos, le indultó de algún modo en su vuelta al cuerpo años después Odón Elorza…, con algún argumento de empanado mental y acomplejado cobarde tan característico suyo…).
Era curioso el contraste entre el llanote y directo sin complejos Gregorio y el fino, circunspecto, contenido y casi “Bradominesco” Mayor Oreja, repescado por el partido una vez se había hecho el trabajo duro inicial para a cuenta de sus contactos familiares colocarlo en una posición de liderazgo que no se había ganado (luego sí…), y que Gregorio aceptó con toda justicia de mala gana…
Este hombre tuvo la virtud de sacar a la gente lo mejor tanto antes como después de muerto…
A pequeña escala a mí personalmente a los 20 años me consiguió movilizar frente a mi entorno de amigos que eran mayoritariamente nacionalistas vascos, me sacó del silencio cómodo y en cierta forma acomplejado.
El que esto escribe se comprometió tras su asesinato a no ser nunca más indiferente y concretar esto en trabajar de interventor o apoderado del partido que mejor lo represente en cuantas elecciones en el País Vasco haya hasta que se acabe ETA; esto es algo testimonial pero espero de alguna utilidad y esos 15 años he cumplido…, (aunque con la guerra del golfo tuviera que cambiar de partido político al que representar…).
Me pregunto como hubiera llevado los fariseísmos, cacicatos y pasilleos de la vida cotidiana…, no sé si su honradez le hubiera permitido aguantar ciertas cosas en silencio…
Probablemente sí,(pero dudo que en silencio) porque su aparente falta de matices se basaba en que era una persona de una sola pieza, excelente, bondadosa, valerosa y decente.
Tu lucha nos fue muy útil, allá donde estés.
Gracias
Un bilbaíno
PS: Para aquellos que no lo recuerden, adjunto vínculos de youtube a videos de Gregorio, es una experiencia gratificante recordarle, era un fenómeno… (y sobre todo compararlo con maricomplejines Odón Elorza y otras hierbas…).
http://www.youtube.com/watch?v=8BQnWWmdgzY&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=FhXAJ12Gbvw&NR=1
http://www.youtube.com/watch?v=ALFuE_UdA0g&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=ALFuE_UdA0g&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=C28HxeVm4is&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=DPHhTUhsXDw&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=V5itf2mB9eY&feature=related
Sencillamente hermoso
Yo iría incluso más lejos. Porque ante el asesinato de Gregorio yo he sentido que algunos adversarios, no sólo eran iguales sino, en algún sentido, mejores que nosotros. Así lo sigo sintiendo en el caso de otras víctimas del PP. Eran adversarios. Y ahora son ejemplos, modelos de vida para todos los que aspiramos a la decencia. Es sólo un sentimiento.
Gracias por los videos y por estar allí
¡Qué pena!
Casi quince años antes, principios de los 80, mis hermanos y mis padres sufrieron personalmente una “hazaña” de estos asesinos, afortunadamente sin consecuencias salvo las pequeñas secuelas psíquicas inmediatas.
Llevávamos años preguntándonos cómo podía la gente ver con tanta naturalidad que un malnacido descerrajara dos tiros a un Guardia, a un Policía o a un Militar. Incluso las atrocidades de bombazos en Madrid tampoco despertaron la conciencia de los españoles en general.
Desgraciadamente tuvo que continuar ese terrible baño de sangre para que España reaccionara como lo fue haciendo con el paso de los años y el incremento de la negra lista.
No debemos de olvidar nunca a las víctimas, ni a una sola, con nombre y apellidos o anónima en el recuerdo.
Su muerte o sus secuelas no pueden haber sido en vano y su recuerdo no debe de prescribir.