search
top

Defender “identidades”, una pésima política

Resulta inquietante el avance de las políticas identitarias en tantos sitios, es decir, de aquellas políticas dirigidas a cultivar, alentar, frenar, perseguir (con amor o con una pistola) o definir una identidad. A las obsesiones identitarias tan arraigadas en España –donde al fin y al cabo inventamos, en el siglo XV, el desafortunado concepto de “limpieza de sangre”, la identidad del “cristiano viejo”-, se añade el auge mundial de diversos fundamentalismos religiosos, el progreso de la xenofobia en el mismo momento en el que el mundo encoge como nunca lo había hecho, o iniciativas tan lamentables como la de Sarkozy para definir la identidad francesa… e imponerla por ley al que no la encarne o, si no, excluirle de la sociedad, que es de lo que se trata siempre. El viejo juego de los “cristianos viejos” y los conversos sospechosos.

Casi apetece añadir otra definición a las muchas disponibles sobre qué es la democracia: un régimen político donde la identidad no cuenta para nada, y donde lo importante es la igualdad (jurídica y de oportunidades). Porque a estas alturas no podemos engañarnos: en política, la antítesis de la identidad no es la alteridad (la cualidad de lo otro, ajeno o diferente), sino la igualdad.

La igualdad política moderna se basa en el principio empírico de que todos los seres humanos somos naturalmente iguales, con cualidades y necesidades básicas semejantes y comparables, aunque tengamos talentos o capacidades y gustos diferentes. Y si tenemos capacidad semejante de razonar, conocer, apetecer, experimentar, imaginar o merecer, también debemos tener el mismo reconocimiento como sujetos iguales en derechos y obligaciones. ¿Qué tiene que ver con esto la llamada identidad? Pues básicamente que representa una amenaza contra el principio de igualdad, porque en lugar de poner el énfasis en lo que nos une a todos los seres humanos (desde lo burdamente fisiológico hasta lo más espiritual), coloca el foco en lo que nos separa y divide. Una política identitaria es siempre una política de cultivo de la diferencia, es decir, contraria a la igualdad y, como es consustancial, a la libertad.

Del mismo modo en que es sumamente peligroso preguntar sobre derechos básicos, que deben estar protegidos de los cambios de humor colectivos y de las modas o coyunturas, una democracia como es debido debería renunciar explícitamente a definir la identidad de sus ciudadanos, a exigirles algo al respecto o a declararla un bien protegido jurídicamente. Si el nacionalismo se lleva tan mal con la democracia, como vimos el pasado domingo en Cataluña, es precisamente porque toda su política gira en torno a la promoción de una identidad y a la exclusión de todo lo que pueda contradecirla o ponerla en entredicho. Sea por vías legales y moderadas, sea mediante el terrorismo y la violencia política. Pero no sólo los nacionalistas padecen esta patología política, pues en realidad afecta a todas las formas de comunitarismo, es decir, a las corrientes que sostienen que existen entidades colectivas (comunidades) con derechos colectivos superpuestos o impuestos a sus miembros individuales, y por supuesto anteriores a cualquier constitución democrática: feligreses de una comunidad religiosa, miembros de un etnia o “nación cultural”, hablantes de una lengua, etcétera.

En una democracia genuina, lo único exigible a los ciudadanos es que cumplan las leyes. Punto. Todo lo demás es cosa suya, y por eso mismo las leyes deben limitarse a ordenar las obligaciones con la esfera pública, cosas como los impuestos, las normas de tráfico o los procedimientos jurídicos. Por lo demás, la vida sexual de cada uno, sus creencias privadas, sus preferencias estéticas, sus gustos de cualquier tipo, son cosas en las que debe reinar la mayor libertad, sin interferencias de unos poderes públicos que sólo deben velar por asegurar que estas libertades no son vulneradas ni por delincuentes, ni por dementes, ni por grupos de presión… ni por obsesos de la identidad de cualquier clase.

Empeñarse en que hay una identidad colectiva que se debe defender de las amenazas conduce fatalmente a compartimentar la humanidad en grupos identitarios desiguales y enfrentados. El progreso de la democracia y la libertad conlleva el retroceso de la obsesión por la propia identidad, y también reclama perder el miedo a otras “identidades”. Este último es particularmente absurdo e irracional. Si rechazamos absolutamente cosas como la sharia o ley tradicional islámica no es porque tenga identidad musulmana, sino porque responden a preceptos contrarios a la libertad personal y a la igualdad de los seres humanos, ya que niegan la igualdad de hombres y mujeres, creyentes e infieles, persiguen la libertad sexual, etc. Por eso no hay nada que reprochar a ningún musulmán –ni católico, ni judío, ni rastafari o ateo, masón o librepensador- en cuanto tal, si su conducta, sus hechos y acciones, se atienen a las leyes democráticas. Si no entendemos esto, estaremos cavando la tumba de esas convicciones que decimos defender… en nombre de una identidad evanescente que no es otra cosa que un miedo al otro y diferente. Incluso a lo que de diferente habita en cada uno de nosotros.

Aquí radica precisamente el quid de la cuestión: incluso como individuos somos y tenemos un conjunto de rasgos personales que responderían a “identidades diferentes”. Nuestra “identidad personal” no sólo es algo mucho más esquivo, contradictorio, paradójico y vaporoso –más próximo a un personaje y una imagen que a cierta esencia- de lo que solemos admitir, sino que cambia a lo largo de nuestra vida. Si esta circunstancia tan orteguiana es innegable en cada persona, no digamos nada de lo que ocurre cuando hablamos de colectivos de personas. Y más aun si los colectivos son de decenas o cientos de millones de personas (el tamaño sí importa, la cantidad cambia la cualidad) con distintas “identidades” de la más variada procedencia, en constante mutación o creación. Defender “identidades” es, por eso mismo, defender quimeras, fantasmas, manías, miedos, fobias. La identidad de la democracia debería consistir en no tener identidad alguna. Una bonita no-identidad con forma de aporía, como la de la liebre y la tortuga.

Share

8 comentarios a “Defender “identidades”, una pésima política”

  1. Julisa dice:

    Molt be

  2. Carlos Andres dice:

    Excelente artículo, Carlos. Me parece una perfecta definición de democracia la que propones. Ahora espero que UPyD sea consecuente con esas ideas y no vuelva a cometer el terrible error de “fichar” a nadie por la identidad que representa, como en el caso de aquella “MUJER” “GITANA” (las mayúsculas son evidentemente identitarias, como en el infame partido socialista CATALAN), a quien se le dio una relevancia que ni de lejos hubieran merecido sus “cualificaciones” exentas de identidad y que terminó como cualquier persona no aquejada de nacionalismo hubiera previsto.

  3. Carlos Andres dice:

    En definitiva, espero que UPyD se haya dado cuenta de que defender “identidades” es una pésima política.

  4. jmcarrillo dice:

    Me parece un maravilloso artículo, tanto por la redacción como por su contenido, que congenia con mi forma de pensar. Creo que las personas que defienden a ultranza los nacionalismos (ya sé que no son los únicos destinatarios del artículo) deberían viajar más por otros territorios, quizás para darse cuenta que no somos tan distintos como creemos y , cuando no es así, saber apreciar esas diferencias sin percibirlas como una amenaza.

  5. Juglar dice:

    Totalmente de acuerdo con tu artículo. Sólo se me plantéa una duda. ¿Qué ocurre cuando los que quieren imponernos su identidad son mayoría? En concreto, qué ocurre si quienes quieren implantar la sharia son mayoría y se presentan como partido político a unas elecciones y las ganan. Por ejemplo lo que pasó en Argelia con el FIS o en Gaza con la victoria de Hamas. ¿Qué ocurre si se presentan a unas elecciones municipales y logran mayoría en algún pueblo? (seguramente se va a posibilitar por el actual gobierno que los marroquíes puedan votar en ellas). ¿Se prohibe a esos partidos su participación como a Batasuna? ¿Y si se presentan sin ese mensaje pero después lo aplican?.

    Ad cautelam, estoy totalmente en contra de la prohibición de construir minaretes acordada en Suiza por referéndum y de acuerdo con tu artículo al respecto, pero sinceramente se me plantéa esa duda.

  6. Sake dice:

    -Yo en éstos momentos soy triste.
    -Pues yo me considero contento.
    -Pero aunque triste soy igual de humano.
    -Yo aunque contento también soy humano.
    -Entonces nuestras identidades están hermanadas por lo que somos.
    -Podremos variar en todas las formas del sentimiento y del ser, pero somos igual de Ciudadanos-Humanos.
    -Pienso lo mismo.

  7. Juan Antonio dice:

    Dado que estoy de acuerdo con este artículo, me permito compartir una duda más teórica. La pregunta no es retórica, es una duda real. Veamos. Efectivamente, lo único exigible a los ciudadanos es que cumplan las leyes. Pero ¿qué hay de la ley que se refiere a quien puede residir y quien no puede residir aquí? Definir esos requisitos para la residencia legal no es definir una identidad pero sí que crea una diferencia. Aunque el debate en términos identitarios no es afortunado, este otro debate sí que -desgraciadamente- hay que hacerlo, ¿no? Cosa distinta -y nada tolerable- es que esa distinción se quiera hacer dentro de un estado como España, en el que ya de hecho todos tenemos constitucionalmente la condición de ciudadanos.

  8. jjms dice:

    Lo “identitario” como sinónimo de diferente se ratifica y obtiene carta de naturaleza al admitirse como legítima la premisa del “hecho DIFERENCIAL” para constituir el Estado de las Autonomías.

    Se produce entonces la paradoja de que una Constitución naciente, basada en la igualdad de todos los ciudadanos, acepta el hecho diferencial de determinadas comunidades.

    ¿Qué tiene mayor entidad?… ¿la igualdad del individuo? o… ¿la diferencia de la comunidad a la que pertenece?

    Metafísico, tengo el día de los Inocentes. Saludos.

top