Archivo Diciembre, 2009
Cosas que hemos pasado y demostrado este 2009
Por CarlosMG - Uncategorized - 31 Diciembre 2009
Tras felicitar el año a mis detractores, cosa que algunos han agradecido con renovados bríos aunque no los suficientes, toca felicitar el año entrante a los amigos y compañeros del alma. Este es, de verdad, un partido diferente, tanto que la mayoría de quienes le dedicamos nuestro tiempo no sólo nos llevamos muy bien, sino que además nos lo pasamos estupendamente, como el otro día explicaba en su blog Manuel Hernández. Otro motivo de aflicción, desesperación y animadversión para nuestra rica nómina de detractores; conviene avisar a los poco experimentados de que, según lo hagamos mejor, irá en aumento.
El año que dejamos atrás ha sido de todo menos aburrido. La singladura de la piragua, convertida en veloz lancha velera tras librarse de cierto lastre de lunáticos y polizones disfrazados de remeros, y tras reforzarse con numerosos nuevos y buenos tripulantes, merece algún comentario. Vamos allá.
Elecciones vascas, gallegas y europeas: un partido político democrático no es otra cosa que un instrumento creado para llevar a las instituciones donde se toman las decisiones públicas un programa propuesto a los ciudadanos. Por eso su primera responsabilidad es concurrir a las elecciones y entrar en las instituciones si gana la confianza de suficientes votantes. Este año lo hemos conseguido en dos de las tres a las que nos hemos presentado: País Vasco y Parlamento Europeo. En Galicia no ha podido ser todavía, pero hubo un avance muy significativo; de hecho, el umbral del 5% que establece la ley electoral gallega es muy difícil de batir a la primera por un partido nuevo y pequeño (para eso lo pusieron, precisamente); pero, perseverando y mejorando, entraremos. En cambio sí pudo ser a la primera en el País Vasco y en Europa. La entrada en el Parlamento Vasco no sólo tiene una tremenda importancia simbólica (e incluso emocional, al fin y al cabo UPyD nació en San Sebastián), sino que nos ha permitido demostrar nuestro compromiso de decir y defender lo mismo en toda España, aunque sea impopular en algún sitio: Gorka Maneiro es el único diputado de Vitoria que votó contra el blindaje del Concierto Vasco, igual que Rosa Díez en Madrid. ¿Alguien da más? Pues no. En Bruselas también probaremos lo mismo: Paco Sosa dirá lo que ya dicen Rosa y Gorka, como se pudo comprobar en el asunto Haidar. Decimos lo mismo en todos los sitios y lo que dijimos que diríamos a nuestros votantes, sin trampa ni cartón: esto es regeneración democrática.
Las encuestas y las “crisis internas”: los medios de comunicación nos han dedicado atención, cuando se han dignado, por dos fenómenos muy relacionados, a saber: las encuestas de intención de voto y lo que se empeñaron en llamar “crisis internas”. Las primeras las pagan los medios y en todos los casos dan una subida sostenida de la intención de voto a UPyD, que debe rozar ahora el 5% de media nacional, junto a una consolidación de la imagen pública de Rosa Díez: son cosas íntimamente conectadas. Si las encuestas se encargan y pagan, hay quien se pregunta si con las “crisis internas” no pasará lo mismo. Sin excluirlo, es evidente que un partido que ha nacido como el nuestro debe atravesar crisis de crecimiento inevitables y, sobre todo, saludables. ¿Qué hay de malo en librarse de personajes que son al organismo de un colectivo humano lo que las toxinas, la hipertensión y el colesterol a un cuerpo? ¿Cómo podía eludirlos un partido que nació con una política de puertas totalmente abiertas, basado en la confianza? ¿Qué hacen en un partido político aquellos para quienes la política no tiene ninguna importancia real, pues reservan toda a las intrigas y maledicencias? Pero ni los ciudadanos ni los afiliados han dado crédito a estas escandalosas fabricaciones, pues en todo momento el número de afiliaciones ha superado al de bajas, incluso bajo los peores pronósticos. Y a la luz de la evolución de las encuestas, más bien parece que mucha gente considera que los ataques de ciertos medios de comunicación representan más bien una prueba de integridad, independencia y coherencia. La prensa tradicional tiene un problema de credibilidad no menor que el de la clase política tradicional, y se lo han ganado a pulso.
Un Congreso estupendo: la mayor “crisis interna” consistió en el intento de impedir que celebráramos el I Congreso por la vía judicial. Entre los demandantes y quienes les apoyaban más directamente había afiliados de otros partidos, exafiliados y afiliados expedientados por todo tipo de razones nada santas. Los demandantes nos enviaron mensajes discretos asegurando que tenían la cosa ganada porque la juez estaba de su parte y que, si no nos aveníamos a un acuerdo con… -¿lo adivinan?-, en cuyo caso sí retirarían la demanda, nos quedaríamos sin Congreso. La Camorra napolitana no es menos sutil. Pero muy al contrario, el auto del juzgado denegó y rechazó todas y cada una de las razones de la demanda, y acusó a los demandantes de incurrir en posible fraude de ley al abusar del amparo judicial para eludir sus responsabilidades disciplinarias en el seno de un partido democrático que tiene legítimas reglas internas, obligatorias para todos sus miembros. Ellos se fueron con el rabo entre las piernas o a urdir nuevas intrigas, y nosotros al Congreso. Salió estupendo, para ser la primera vez. Participó como delegado o voluntario de organización casi el 10% del partido. Se presentaron más de 3700 enmiendas a las ponencias, y se logró discutirlas y votarlas –las que fueron defendidas por alguien, obviamente- con orden y método. Se acabó la interinidad, que no la provisionalidad: hemos definido más nuestro proyecto político, incluyendo la reforma constitucional para adoptar una forma de Estado federal. Y hemos definido cómo funciona el gobierno interno del partido y las reglas que nos obligan. La democracia interna en un partido no es diferente a la democracia abstracta: no es otra cosa que el gobierno de las leyes, y no de las personas, una vez discutidas y aprobadas aquéllas por una mayoría suficiente.
¿Cabe hacer un Congreso mejor? Sin duda. Para empezar, en un sitio de precios menos abusivos y sin tantos anacronismos técnicos (¿es concebible que en 2009 un Palacio de Congresos no ofrezca una red wifi?) También es mejorable la participación en las votaciones al Consejo de Dirección, que anduvo por el 33%. Pero contra lo que creen los pesimistas, en Suiza, para poner un ejemplo de “democracia consultiva” muy admirada por sus partidarios, la media de participación en las consultas populares suele rondar el 30%. Y eso que llevan décadas de práctica constante. Como es mejorable, sin duda, la calidad de autotituladas “candidaturas alternativas”, de cuya alternativa política nunca se supo nada, excepto su mensaje nuclear: me pongo yo en tu lugar pero de cara a la galería tú trabajas para mí haciendo lo que yo te diga. Eso tiene un nombre muy feo.
Por lo demás, somos el único partido parlamentario español donde todos los afiliados pueden presentar su candidatura a cualquier órgano y ser votados por sus compañeros en condiciones de secreto e igualdad, sin filtro ni aval previo ninguno y sin reserva de cuota a grupos de ningún tipo, donde los delegados representan a la totalidad del partido sin mandato imperativo, de modo que puedan votar lo que consideren mejor tras el debate, y donde la dirección saliente tiene que ganarse el apoyo de la mayoría, en vez de fabricarlo a su medida. Eso también lo hemos demostrado.
Aminatu Haidar: el viaje de Rosa a El Aaiún con la carta de Aminatu Haidar a sus hijos ha demostrado el inmenso valor que puede tener un pequeño gesto a tiempo. Porque, se diga lo que se diga, a partir de ese momento Marruecos dio su brazo a torcer y el gobierno de España tuvo que someterse a la petición mayoritaria del Congreso –el PP, incomprensiblemente, prefirió abstenerse- para que exigiera a Marruecos el respeto de los derechos humanos y de las resoluciones de la ONU para el Sáhara Occidental. Es decir, la actitud oficial del gobierno español experimentó un giro de 180º. Obligado por la opinión pública y por la presión de los parlamentos español y europeo. Eso es la política, y no otra cosa. Que haya quien llame a eso oportunismo no va a escandalizarnos a estas alturas. La política no debe ser oportunista, pero siempre debe ser oportuna, que no es lo mismo: el kairós de que hablaban los antiguos griegos. Hemos probado, Rosa ha probado, que tenemos sentido del kairós. Desde luego, nosotros no hemos creado la opinión pública favorable a los saharauis, ni liderado la política internacional, ni nada parecido. En realidad somos unos humildes recién llegados a una lucha demasiado vieja. Por eso mismo era tan importante contribuir con un pequeño gesto a tiempo que ha ayudado de modo inesperado para cambiarlo todo. Ahora, Aminatu puede seguir su lucha pacífica en su casa, con los suyos, y el mundo ha vuelto a recordar la injusticia diaria que sufren los saharauis ocupados, o la necesidad de cumplir la resoluciones de la ONU para darle una solución justa. De eso es de lo que se trataba, de nada más. Trataremos de seguir siendo así de oportunos, aunque -por descontado lo harán- nos llamen oportunistas.
Todo por delante: el año 2010 va a ser en varios sentidos un año de transición. Si no hay adelantos o crisis peores que los precipiten, la única cita electoral será la de Cataluña, donde también hay que empeñarse en entrar en las instituciones para defender nuestro programa. Pocos sitios tan difíciles para éste por la hostilidad de sus medios de comunicación y stablishmnet, y pocos donde sea tan necesario por la pesadilla del pensamiento único nacionalista, de la rampante corrupción pública y de la decrepitud económica y educativa. Pero si hacemos las cosas bien, en diciembre de 2010 celebraremos también haber entrado en el Parlament de Catalunya. Al tiempo.
Y hablando del tiempo: feliz 2010 a todos, especialmente a los muchos amigos y miles de compañeros de UPyD, a nuestros simpatizantes y a los rivales que juegan limpio, y próspero año a todos… cuando toque.
Antonio Beristain S.J., ha sido
Por CarlosMG - Uncategorized - 29 Diciembre 2009
Esta madrugada ha muerto, a los 85 años, Antonio Beristain Ipiña, una de esas personas realmente inolvidables para quienes tuvimos la fortuna de tenerle por amigo. Ha sido, ante todo, un protagonista de la rebelión cívica contra ETA y el apoyo a las víctimas del terrorismo en el País Vasco. Y desde su cátedra de derecho en la Universidad del País Vasco impulsó la investigación del terrorismo a través del Instituto Vasco de Criminología, que fundó en 1976. Trabajó incansablemente para difundir la idea de que el progreso de la administración de justicia exige poner a las víctimas en el centro de gravedad del sistema, desplazando de ese lugar al delincuente. Además era jesuita, condición que vivía con una mezcla de legítimo orgullo y avergonzada pesadumbre, a causa de la conducta de la Iglesia en el País Vasco. Antonio ha sido uno de los cuatro o cinco eclesiásticos vascos que se han puesto en peligro por comprometerse en la lucha contra ETA, pagando el precio adicional del aislamiento y la marginación dentro de esa Iglesia tan despectiva con la gente como él como comprensiva con quienes le amenazaban hasta que tuvo que llevar escolta.
A cambio recibió de muchos laicos y no pocos ateos el calor, la amistad y el reconocimiento que le negaban en su casa. Comenzando por muchas víctimas del terrorismo, por las que realmente se desvivió; como otros que llegaron después, Antonio Beristain se implicó en la denuncia de la injusticia y la persecución política hasta que él mismo acabó siendo otra víctima más. Consideraba que las víctimas eran sus más preciosos semejantes, y no faltaba a un acto cívico de lucha contra ETA, a una concentración de protesta contra un atentado, a una manifestación ni, por supuesto, a un funeral, y ofició muchos. Participó activamente en el impulso de grupos pacifistas y cívicos, asumiendo la representación testimonial de una Iglesia sistemáticamente indiferente, cuando no hostil, a esta clase de movimientos. Ha tenido la satisfacción de vivir lo suficiente para asistir al fin de la marginación institucional de sus amadas víctimas y para ver cómo se abrían paso conceptos y principios que durante mucho tiempo defendió casi en solitario en el catolicismo vasco, acompañado de otros religiosos escasos y excepcionales como Alfredo Tamayo, Fernando García de Cortázar o Jaime Larrinaga.
Pero todo esto, y mucho más que podría contar, no debería eclipsar otra virtud admirable de este jesuita, jurista, activista cívico y gran tipo que ha sido Antonio Beristain. Me refiero a su gran sentido del humor y su talento histriónico, sin duda más indispensable en su situación que en cualquier otra. Al poco de conocernos en persona –llevábamos tiempo cruzando mensajes comentando nuestros artículos de prensa, hasta que el obispo Setién le prohibió seguir escribiendo- me resumió así su situación personal: “¡mi vida es un verdadero infierno! ¡Vivo con diez jesuitas tan viejos como yo, y son todos como Arazalluuuuz!” Porque además de detestar cordialmente a Arzalluz, Antonio Beristain admiraba sobre todo a las mujeres. Cuando recibía algún premio o era el centro de algún evento social, era inútil acercarse a saludarle hasta que no había obtenido todas las fotos posibles con el mayor número posible de mujeres. Una famosa política española del PP llegada para entregar un premio se interesó en la comida posterior por las razones por las que se hizo jesuita, quizás sorprendida por su soltura mundana, y Antonio le espetó risueño: “¿qué porqué me hice jesuita, hija mía? ¡Pues porque me gustan demasiado las mujeres!” Al poco de fundar UPyD me paró en la calle y me transmitió su reflexión sobre nuestro manifiesto fundacional: “Está muy bien lo de “partido laico”. Yo soy jesuita y, por tanto, quizás no pudiera apoyaros en conciencia, que tampoco me dejarían; ahora bien, ¡lo que sí puedo decir es que nunca se es suficientemente anticlerical! ¡Tenéis que ser profundamente anticlericales!”
Uno de sus principales empeños durante todos estos largos años de lucha fue mantener viva la llama de la esperanza de que asistiríamos al fin de ETA y de la violencia y la marginación política. En el verano de 1999, acudió a una de las primeras reuniones de la Iniciativa Ciudadana Basta Ya, en la que presenté el Manifiesto que habíamos redactado los promotores del grupo. Le entusiasmo el tono combativo del mismo, y sobre todo que llamáramos a la rebelión cívica contra ETA sin embelecos ni cambalaches retóricos. Aunque ahora parezca mentira, muchos nos dijeron entonces -¡hace diez años!- que aquello de “ETA no-ETA ez” sin más, sin invocar el diálogo o la paz, era demasiado radical e impopular, y se descolgaron de la iniciativa (y como suele pasar, luego muchos de esos la reivindicaron como suya). No fue el caso de Antonio, desde luego, que sin embargo hizo una delicada crítica constructiva al documento: todo estaba estupendo, brillante y superior, valiente y audaz, pero echaba algo de menos… “¿Qué es lo que falta?”, le pregunté en un aparte, “la esperanza”, me contestó muy serio, “no hablamos de la esperanza… Y hay que dar esperanza a la gente”.
A un hombre así, que nos decía muy serio a los descreidos que el perdón de los terroristas –y de Arzalluz- no era cosa de la justicia ni de las víctimas, sino competencia de Dios, le prohibió el obispo Setién –que precisamente dejaba la diócesis el mismo día de nuestra primera manifestación de Basta Ya, en febrero del año 2000-, a través del superior de la Compañía de Jesús, que escribiera más artículos en los periódicos e hiciera manifestaciones públicas contra el terrorismo y sobre la situación política vasca. Además, el superior le ordenaba pedir perdón al obispo por haberle criticado. Una vergonzosa humillación impuesta a un hombre considerado una autoridad en su campo académico, y para quien publicar sus ideas e intervenir en la esfera pública era una necesidad vital y un imperativo ético. Por eso mismo se lo prohibían, claro.
Antonio, indomable verso suelto de la iglesia vasca, me confió una copia de la carta del superior con las exigencias del obispo. Me pidió que no la hiciera pública, pero que la guardara para contar en su momento ese penoso episodio, que le hirió profundamente. Voy a buscarla y sacarla a la luz para despejar esas tinieblas a las que tantos otros, incluyendo muchos curas y obispos, quisieron condenarle y condenarnos. Fracasaron gracias, entre otros, a este buen y admirado amigo recién fallecido. Su vida ha sido hermosa y muy fértil. La tierra te será leve, amigo.
Progresar en la vida coleccionando enemigos
Por CarlosMG - Uncategorized - 22 Diciembre 2009
Repasando hoy los blogs que conozco que merecen la pena –y seguro que hay muchísimos más que no conozco-, me encuentro con que, en su entrega del sábado, el de Albert Boadella entra en un terreno interesantísimo a partir de cierto momento vital: las claves de la felicidad a determinada edad. Albert, a quien admiro, tiene 16 años más que yo, que acabo de cumplir 50, hazaña de escaso mérito pues depende exclusivamente del paso del tiempo: uno no tiene que hacer otra cosa que sentarse a esperar (o tumbarse: el padre nonagenario de mi amigo Javier Mina recomienda que si puedes estar sentado no estés de pie, y si puedes estar tumbado pues mejor que sentado). Así pues, no pretendo presumir de haber entrado en el medio siglo cumplido, una total vulgaridad que agradecería a la naturaleza si no fuera indiferente a nuestras cosas.
Más interesante me parece contrastar las experimentadas recomendaciones de Albert Boadella con mi propia experiencia, en la esperanza de que también puedan ayudar a personas decentes que se encuentren en similar o parecida tesitura. Resumiendo, Albert da cinco consejos para ser feliz a edades entre provectas y medianas, es decir, maduras: coleccionar enemigos, no practicar deportes, tender a la castidad, ser ligeramente millonario y no psicoanalizarse nunca.
Luego entraré en lo de “coleccionar enemigos”; ahora comentaré que, salvo lo de no psicoanalizarse nunca, que es una decisión autónoma, las otras tres son más impersonales: tender a la castidad no depende sólo de uno mismo, sea porque no te ponen o porque aunque sí no te den la oportunidad (lo corriente); no practicar deportes puede ser obligado cuando, como es mi caso, te diagnostican una puñetera artrosis de rodilla (salvo que se consideren deportes cosas como el ajedrez y el mus, que me aburren soberanamente); ser ligeramente millonario, claro que en viejas pesetas, es también cosa de tiempo si tienes una nómina pasable y gastos razonables (decidir no psicoanalizarte jamás ayuda mucho; ¿para qué están los amigos, si no?).
Lo único que es voluntario pero sin haberse buscado, y ahora explico esta paradoja, es hacer una buena colección de enemigos. Creo que quienes hemos conseguido una buena colección de enemistades no queridas tenemos cierto mérito y hasta deberíamos obtener algún reconocimiento, como una desgravación fiscal que ayude al moderado enriquecimiento aconsejado. En efecto, los energúmenos que aman la bronca, los sujetos traidores y taimados, los gorrones, los caraduras, los gratuitamente violentos, los chulos, los ególatras sin motivo, los explotadores, los corruptos, los chorizos, los maltratadores de todo género y condición, los sinvergüenzas, la gentuza en general no tiene el menor problema en hacer enemigos: se los están buscando todo el día. Que a veces se sorprendan de no ser amados no es sino otro de los misterios del alma humana; los ególatras, por ejemplo, resultan incapaces de entender porqué el resto de la humanidad no se considera en deuda impagable con ellos y su genialidad, pero esa expectativa irracional forma parte de su psicopatía. Pobre gente, aunque a veces dan mucha guerra y fastidian bastante.
La forma de coleccionar enemigos que merece algún reconocimiento es la que, al menos al comienzo, no es deliberada ni resulta una consecuencia del carácter personal. “Nada peor que intentar estar a buenas con todo el mundo”, advierte Boadella, y tiene toda la razón. Si uno no es hipócrita, ni indiferente, ni imbécil, y sin embargo la vida le ha llevado a tener algún tipo de papel en las cosas públicas, y si no pretende llevarse bien con todo el mundo pues eso implica inevitablemente sacrificar convicciones y compromisos, tarde o temprano comenzará a coleccionar enemigos: aquellos que no aceptan que no quisiera llevarse bien con ellos y ayudarles en sus negocios. Por supuesto, en política esto es algo muy fácil y visible, pero sucede en todo grupo humano organizado alrededor de algún interés, de las finanzas a los departamentos universitarios, pasando por toda clase de cosas. Si te opones a algo que fastidia a unos cuantos, o si cometes la temeridad de oponerte a ellos mismos, estás perdido: ya te has ganado tus primeros enemigos sin querer. Es este un colectivo que engrosa con pasmosa facilidad. Mientras que resulta difícil tener y mantener más de unas cuantas docenas de amigos, hoy en día es tirado, gracias a internet, que te encuentres con centenares e incluso millares de personas que no pueden verte ni en pintura, a nada que hayas reunido alguna notoriedad. Es un fenómeno digno de estudio. Y no lo digo para lamentarme: como Boadella, estoy convencido de que si te has dedicado a cualquier actividad pública y no has reunido a ciertas edades un buen rebaño de enemigos, de gente que oye tu nombre y brama, algo has hecho mal.
En diciembre, en concreto el 14, además de cumplir 50 tacos, conseguí pasar o rozar del millón de citas en Google (el contador no da la misma cifra todos los días y ahora ha bajado algo, misterios de la tecnología; pero me pregunto si no sería justo que Google correspondiera al tráfico que genero con un generoso donativo a UPyD). Ahora mismo, si introduzco en la búsqueda “Carlos Martínez Gorriaran”, consigo 884.000 resultados (y son todos míos, los “martínez-gorriaranes” somos pocos). No les extrañará que la mayoría sean de foros y blogs donde me llaman de todo menos bonito. Pues nada, por si mis detractores me leen, que lo hacen, que sepan que estoy encantado con ellos. Sus borbotones de odio e indignación sirven para certificar el cumplimiento del objetivo biográfico señalado por Boadella. También es verdad que no es lo mismo que tus enemigos sean gallináceas de pico largo que cosas más serias, gudaris virtuales que auténticos pistoleros, pero también colecciono de la segunda clase. Desde luego, hay un abismo entre ser injuriado en un foro de chalados o resentidos que salir en el Zutabe y en papeles siniestros, pero al final el mecanismo seminal del resentimiento es parecido.
Así pues, feliz año nuevo a los muchos enemigos coleccionados. En el fondo, te hacen un gran favor al mostrar con sus injurias qué es lo que no haces mal de todo en la vida.
Defender “identidades”, una pésima política
Por CarlosMG - Uncategorized - 18 Diciembre 2009
Resulta inquietante el avance de las políticas identitarias en tantos sitios, es decir, de aquellas políticas dirigidas a cultivar, alentar, frenar, perseguir (con amor o con una pistola) o definir una identidad. A las obsesiones identitarias tan arraigadas en España –donde al fin y al cabo inventamos, en el siglo XV, el desafortunado concepto de “limpieza de sangre”, la identidad del “cristiano viejo”-, se añade el auge mundial de diversos fundamentalismos religiosos, el progreso de la xenofobia en el mismo momento en el que el mundo encoge como nunca lo había hecho, o iniciativas tan lamentables como la de Sarkozy para definir la identidad francesa… e imponerla por ley al que no la encarne o, si no, excluirle de la sociedad, que es de lo que se trata siempre. El viejo juego de los “cristianos viejos” y los conversos sospechosos.
Casi apetece añadir otra definición a las muchas disponibles sobre qué es la democracia: un régimen político donde la identidad no cuenta para nada, y donde lo importante es la igualdad (jurídica y de oportunidades). Porque a estas alturas no podemos engañarnos: en política, la antítesis de la identidad no es la alteridad (la cualidad de lo otro, ajeno o diferente), sino la igualdad.
La igualdad política moderna se basa en el principio empírico de que todos los seres humanos somos naturalmente iguales, con cualidades y necesidades básicas semejantes y comparables, aunque tengamos talentos o capacidades y gustos diferentes. Y si tenemos capacidad semejante de razonar, conocer, apetecer, experimentar, imaginar o merecer, también debemos tener el mismo reconocimiento como sujetos iguales en derechos y obligaciones. ¿Qué tiene que ver con esto la llamada identidad? Pues básicamente que representa una amenaza contra el principio de igualdad, porque en lugar de poner el énfasis en lo que nos une a todos los seres humanos (desde lo burdamente fisiológico hasta lo más espiritual), coloca el foco en lo que nos separa y divide. Una política identitaria es siempre una política de cultivo de la diferencia, es decir, contraria a la igualdad y, como es consustancial, a la libertad.
Del mismo modo en que es sumamente peligroso preguntar sobre derechos básicos, que deben estar protegidos de los cambios de humor colectivos y de las modas o coyunturas, una democracia como es debido debería renunciar explícitamente a definir la identidad de sus ciudadanos, a exigirles algo al respecto o a declararla un bien protegido jurídicamente. Si el nacionalismo se lleva tan mal con la democracia, como vimos el pasado domingo en Cataluña, es precisamente porque toda su política gira en torno a la promoción de una identidad y a la exclusión de todo lo que pueda contradecirla o ponerla en entredicho. Sea por vías legales y moderadas, sea mediante el terrorismo y la violencia política. Pero no sólo los nacionalistas padecen esta patología política, pues en realidad afecta a todas las formas de comunitarismo, es decir, a las corrientes que sostienen que existen entidades colectivas (comunidades) con derechos colectivos superpuestos o impuestos a sus miembros individuales, y por supuesto anteriores a cualquier constitución democrática: feligreses de una comunidad religiosa, miembros de un etnia o “nación cultural”, hablantes de una lengua, etcétera.
En una democracia genuina, lo único exigible a los ciudadanos es que cumplan las leyes. Punto. Todo lo demás es cosa suya, y por eso mismo las leyes deben limitarse a ordenar las obligaciones con la esfera pública, cosas como los impuestos, las normas de tráfico o los procedimientos jurídicos. Por lo demás, la vida sexual de cada uno, sus creencias privadas, sus preferencias estéticas, sus gustos de cualquier tipo, son cosas en las que debe reinar la mayor libertad, sin interferencias de unos poderes públicos que sólo deben velar por asegurar que estas libertades no son vulneradas ni por delincuentes, ni por dementes, ni por grupos de presión… ni por obsesos de la identidad de cualquier clase.
Empeñarse en que hay una identidad colectiva que se debe defender de las amenazas conduce fatalmente a compartimentar la humanidad en grupos identitarios desiguales y enfrentados. El progreso de la democracia y la libertad conlleva el retroceso de la obsesión por la propia identidad, y también reclama perder el miedo a otras “identidades”. Este último es particularmente absurdo e irracional. Si rechazamos absolutamente cosas como la sharia o ley tradicional islámica no es porque tenga identidad musulmana, sino porque responden a preceptos contrarios a la libertad personal y a la igualdad de los seres humanos, ya que niegan la igualdad de hombres y mujeres, creyentes e infieles, persiguen la libertad sexual, etc. Por eso no hay nada que reprochar a ningún musulmán –ni católico, ni judío, ni rastafari o ateo, masón o librepensador- en cuanto tal, si su conducta, sus hechos y acciones, se atienen a las leyes democráticas. Si no entendemos esto, estaremos cavando la tumba de esas convicciones que decimos defender… en nombre de una identidad evanescente que no es otra cosa que un miedo al otro y diferente. Incluso a lo que de diferente habita en cada uno de nosotros.
Aquí radica precisamente el quid de la cuestión: incluso como individuos somos y tenemos un conjunto de rasgos personales que responderían a “identidades diferentes”. Nuestra “identidad personal” no sólo es algo mucho más esquivo, contradictorio, paradójico y vaporoso –más próximo a un personaje y una imagen que a cierta esencia- de lo que solemos admitir, sino que cambia a lo largo de nuestra vida. Si esta circunstancia tan orteguiana es innegable en cada persona, no digamos nada de lo que ocurre cuando hablamos de colectivos de personas. Y más aun si los colectivos son de decenas o cientos de millones de personas (el tamaño sí importa, la cantidad cambia la cualidad) con distintas “identidades” de la más variada procedencia, en constante mutación o creación. Defender “identidades” es, por eso mismo, defender quimeras, fantasmas, manías, miedos, fobias. La identidad de la democracia debería consistir en no tener identidad alguna. Una bonita no-identidad con forma de aporía, como la de la liebre y la tortuga.
Enanéndum y ausencia del Estado
Por CarlosMG - Uncategorized - 15 Diciembre 2009
Cuando Forges era el gran Forges, publicó una viñeta donde dos enanitos que paseaban juntos mantenían más o menos el siguiente diálogo: “¿y tú que vas a votar en el enanéndum?”; “servidor votará en rojo, o sea abstención”, contestaba el otro. Era una sátira contra uno de los últimos referéndums del franquismo, quizás el de la propia Reforma Política, en que gran parte de la izquierda renaciente pidió la abstención al considerar que era un modo de perpetuar el franquismo al modo gatopardesco. Luego no fue así, pero el cambio forgeano de referéndum por enanéndum resultó brillante. Pues bien, Cataluña tuvo su enanéndum el pasado domingo.
Que fuera una consulta ilegal, con ser grave, ya da casi igual en un país donde parece que las leyes se aprueban para poder burlarlas desde las más altas instancias, y donde la fiscalía es un instrumento al servicio del gobierno que actúa según le convenga a éste. Lo más grave del enanéndum perpetrado el domingo es que se preguntaba a los catalanes por una decisión que sencillamente no es de su competencia, porque en un eventual referéndum por la secesión de Cataluña tendríamos que votar todos los afectados y no sólo algunos, y ese “todos” no es otro que el conjunto de la nación constitucional -que es la única políticamente existente, aunque Peces Barba y otros descubran ahora los arcaísmos románticos de la “nación cultural”. Vamos, que no sólo los avecindados en Solsona o Puigcerdá, sean nativos o inmigrantes, deberían votar llegado el caso sobre si quieren o no seguir formando parte de España, sino también los avecindados en Algeciras, Vigo o Aranda de Duero.
La razón es muy simple: todos los ciudadanos españoles tenemos los mismos derechos y obligaciones constitucionales, luego todos tenemos idéntico derecho a votar sobre algo que sin duda nos afecta a todos, a saber, la integridad y unidad del Estado del que somos ciudadanos. Ni más ni menos. Y esta es la razón básica por la que, en un Estado democrático, un referéndum de autodeterminación representa siempre un atentado contra la democracia: da a una parte el privilegio de decidir sobre lo de todos, creando por tanto dos categorías de ciudadanos, una con derechos plenos y otra privada de ellos. La parte privilegiada se impone a la mayoría muda despojada de la integridad de su ciudadanía por una decisión unilateral: eso y no otra cosa es un acto de autodeterminación en un país democrático. Y esta es la razón por la que un demócrata no puede aceptarlo: porque rompe absolutamente el principio de igualdad política y jurídica de los ciudadanos, o lo que es lo mismo, rompe la regla seminal de la democracia.
Un enanéndum es a un referéndum lo que un juego de monopoli al genuino mercado inmobiliario. Jurídicamente no sirve para nada y tampoco respeta las reglas de una consulta democrática, pero puede ser divertido y maneja conceptos imponentes. Y desde luego, tiene consecuencias políticas. A diferencia del referéndum, el enanéndum jibariza a los ciudadanos, enaniza sus derechos y encoge el concepto de ciudadanía.
Boadella se ha referido a que el desafecto del nacionalismo catalán ya comenzó, en el inicio mismo de la Transición, con el cultivo deliberado de la diferencia cultural, que encubría la falacia de que Cataluña y España carecen de verdaderos lazos políticos democráticos, pues la segunda siempre se habría impuesto a la primera mediante la opresión y la fuerza. Sin duda Albert tiene razón, y su lúcido comentario alerta del extremado peligro que encubre el cultivo político de las llamadas “diferencias culturales”. Pero la Caja de Pandora comenzó a abrirse con la deconstrucción planificada del principio constitucional de igualdad. En concreto, cuando el PSOE aceptó la aberración del principio de bilateralidad España-Cataluña, instaurado por el nuevo Estatuto catalán, y luego cuando el PP, pese a recurrir el Estatut en el Constitucional (por cierto, ¿sigue alguien ahí?), incorporó ese mismo principio recurrido al Estatuto de Valencia a través de la “cláusula Camps”.
Una vez instaurada la bilateralidad en las relaciones España-Cataluña –y en su huella, el de todas y cada una de las comunidades autónomas con el Estado-, no sólo se ha dado un paso casi definitivo hacia un sistema confederal, sino que se abrió la veda que ha conducido al enanéndum del domingo. En efecto, si Cataluña ha conseguido casi una relación de Estado a Estado con España, ¿por qué no darle un carácter más claro y definitivo mediante una consulta de autodeterminación no mucho más unilateral que el Estatuto de autonomía? No es a los independentistas catalanes a quienes hay que reprochar que persigan sus metas políticas –aunque sí que lo hagan por medios ilegales, ante la pasividad del Estado que debe impedirlo-, sino a la estupidez ya indescriptible de los partidos políticos grandes, que permanecen paralizados y estupefactos como si no hubiera nada que hacer o esto no fuera con ellos. Ellos son tan responsables del enanéndum como quienes lo han convocado.
Mientras la amenaza de Ibarretxe de convocar su propio enanéndum consiguió al menos suscitar la respuesta conjunta de rechazo total de los dos partidos mayoritarios en el Congreso de los Diputados –gracias a la larga movilización del constitucionalismo vasco contra el nacionalismo obligatorio-, esta última barbaridad ni siquiera ha merecido una declaración en los pasillos. Una buena muestra de la velocidad a la que degenera nuestro sistema político, una demostración de la importancia de los movimientos ciudadanos y de la opinión pública (de su actividad o de su ausencia), y un aviso de la proliferación de enanéndums que se avecina. Un amigo de León me alerta, por ejemplo, de que los nacionalistas de allí desean hacer uno como el catalán para crear su propia comunidad autónoma en León, Zamora y Salamanca. Pronto se convocarán incluso en las comunidades de vecinos para ver si se les conviene más ser municipio independiente. Es lo que pasa cuando el Estado desaparece, convertido en una cáscara vacía, y cuando el gobierno de las leyes, que no otra cosa es la democracia, es sustituido por el interés de los grupos de presión.
Aminatu Haidar y las “almas bellas”
Por CarlosMG - Uncategorized - 10 Diciembre 2009
He leído ya en un par de sitios muy finos que la huelga de hambre de la señora Aminatu Haidar constituye un chantaje al gobierno de España; que éste debe negarse al mismo por principio –obligando si es preciso a la sra. Haidar a alimentarse contra su voluntad-, ya que dicho chantaje es un caso de violencia política; que la violencia política siempre debe rechazarse, sin excepciones y sin que importe la causa invocada. ¡Vaya un argumentario! Esos que antes llamaban, con adecuado sarcasmo, las almas bellas, sacan a colación la sentencia del Constitucional que falló a favor del Estado cuando se obligó a los presos del Grapo en huelga de hambre a ser alimentados contra su voluntad. No voy a decir que asombra las molestias que se toman algunos por quitarse de encima las tragedias que abruman a otros como si se tratara de una mancha de polvo en su americana impecable, o -¡no lo quiera ningún dios!- una cagarruta de paloma obscenamente posada en su hombro sin estar de moda este complemento en particular. Una tragedia como, por ejemplo, la situación del pueblo saharaui bajo la dominación neocolonial del régimen feudal marroquí. Hablemos un poco de esto, y luego de si la admirable señora Haidar debe ser tratada como una chantajista, una activista violenta o, incluso –esto haría las delicias del entorno del Comendador de los Creyentes alauita-, una vulgar terrorista, una polvorienta De Juana Chaos –también he leído la comparación en esas columnas finas- llegada del desierto. Sí, de ese desierto del que la agonía de Franco y el vacío de poder nos hizo, como Estado, salir corriendo abandonando a su suerte a unos 150.000 sedicentes “ciudadanos españoles”, puesto que se les exigía pasar por comisaría para estampar su huella dactilar en aquellos DNI azules del franquismo.
Es innegable que el Estado español –y con él, todos nosotros como ciudadanos- tiene una responsabilidad con los ex españoles a los que abandonó en un limbo jurídico, así como con sus descendientes. Es más, la gesta de la señora Aminatu Haidar es todo un recordatorio del verdadero origen y naturaleza del problema: que España primero, y la comunidad internacional representada por la ONU después, ha hecho dejación de su deber de velar por los derechos elementales que a los saharauis les corresponden como seres humanos. La huelga de hambre en el no-lugar o limbo jurídico del aeropuerto de Lanzarote actualiza que España abandonó, y entregó de hecho, a muchos miles de personas bajo su responsabilidad no sólo sin preguntarles si estaban de acuerdo, sino sin preocuparse por su situación posterior. Que el régimen que reina en Marruecos haya privado arbitrariamente de su pasaporte y nacionalidad a Aminatu Haidar, remitiéndola al limbo de los no-ciudadanos o apátridas como ya les sucedió a sus padres en 1975, no sólo prueba que cualquier parecido entre Marruecos y un Estado de Derecho es mera coincidencia, sino que vuelve a actualizar el origen del problema: la conversión de una sociedad entera, la del Sáhara Occidental, en una turba de apátridas sin lugar propio donde caerse muertos. Salvo que rindan pleitesía a Mohamed V, acto que no tiene nada que ver con la adquisición de ciudadanía en ninguna de sus formas, ni monárquicas ni republicanas.
Sigamos: la huelga de hambre de Haidar, ¿es un acto de violencia política? Me parece una imputación obscena, y explico por qué: primero, porque en cualquier caso sería una violencia contra sí misma, pues es ella y no el Gobierno español quien morirá si la lleva hasta el final. Haidar se limita a disponer de su derecho a vivir: ¿es esto un acto violento? En ese caso, restablezcamos las antiguas leyes que consideraban el suicidio un delito merecedor de castigo público, por pasmoso que hoy resulte aquel desvarío. Añado algo que sin duda se repite sin reparar en su significado profundo: la señora Haidar declara, y practica, que prefiere morir a vivir sin dignidad. Pero, ¿qué es esa dignidad que tanto se invoca, a veces tergiversando su sentido (como en el reciente editorial conjunto de los diarios catalanes)? Tener dignidad es vivir uno dueño de sí mismo: no vivir sometido a la propiedad de otro sobre uno, ni a su autoridad ilimitada y arbitraria.
Lo que la señora Haidar está diciendo con su huelga es que prefiere morir antes que resignarse a que un gobierno teocrático le pueda convertir en una apátrida. Aceptar activamente el dilema entre morir o recuperar su pasaporte para volver a su casa de El Aiún es el hecho que da a esta señora una dignidad innegable. Esta afirmando mediante hechos y acciones que, o vive siendo dueña de sí misma y eligiendo libremente, o prefiere morir. ¿Es eso violencia política? No, es reafirmación de la política como dominio público donde las personas somos libres. Si fuera “violencia política”, todos los resistentes de todo el mundo que alguna vez se han enfrentado a un régimen o a un gobierno despótico o injusto, o a un grupo terrorista o manada de asesinos, arriesgando con ello su vida, practicarían la violencia política. Todo resistente sería un chantajista que exigiría algo –un derecho, un acto de justicia, una reparación- poniendo en peligro su vida. Yendo a lo doméstico: ¿te enfrentas a ETA, por ejemplo?: ¡es un chantaje, vas a obligarles a matarte, y sólo para dejarles en mal lugar y hacerte el mártir! (he oído y leído este obsceno argumento).
Si se nos niega a los seres humanos el derecho a poner en juego nuestra vida para oponernos a gobiernos, entidades o sujetos que quieren privarnos de nuestra dignidad, porque al hacerlo cometemos un chantaje, reclamamos solidaridad o ponemos en peligro la tranquilidad de quien prefiere otras distracciones menos comprometidas, entonces, ¿puede alguien decirme qué nos queda? ¿Y cómo habríamos llegado hasta el punto donde hemos llegado, esa imperfecta y criticable democracia, si tantos y tantos no hubieran ejercido esa “violencia política” que denuncian las almas bellas? ¿Habrán sido chantajistas todos los resistentes, todos los presos políticos y de conciencia, todos los activistas cívicos, todos los amenazados y perseguidos por gobiernos o grupos despóticos y totalitarios? Pues de ser así, que me incluyan en la lista de los chantajistas que recurren a la violencia política. Lamento decir que pienso seguir haciendo ese chantaje, y apoyando a quien lo haga como es debido. Si la señora Haidar es una chantajista que ejerce la violencia política, pues yo también, qué le vamos a hacer, porque creo que tiene toda la razón al exigir al Gobierno español que le devuelva a su casa, de donde se le sacó contra su voluntad en un avión español para hacer méritos ante el gobierno marroquí, que convirtió en apátrida y apestada a esta mujer sólo como demostración de su implacable voluntad de opresión y dominio en un territorio que ocupó ilegalmente. Me parece que la violencia política, y violencia contra la verdad, es negar algo tan evidente. Entre las almas bellas y la señora Haidar, no se puede dudar.
La Constitución traicionada
Por CarlosMG - Uncategorized - 8 Diciembre 2009
Parece ocioso discutir estos días si la Constitución debe ser reformada o no, en primer lugar porque, como dijo bien claro Roberto Blanco Valdés en la memorable conferencia del pasado día 3, estamos inmersos en un proceso de reforma constitucional por la vía de los hechos consumados. Y quien lo está llevando a cabo no es otra que nuestra nunca bien ponderada clase política, prácticamente sin distinción de colores, pues todos los que han podido meter mano en la estructura constitucional desde sus baronías autonómicas lo han hecho con desinhibido entusiasmo. No hay ningún Estatuto de Autonomía de la segunda ola que no choque en algún punto o precepto importante con lo que dice la Constitución del 78, aunque todas las miradas se hayan dirigido al buque insignia de esta armada fantasma, el nuevo Estatuto de Cataluña. Desventajas de tomar la delantera en esta carrera a ninguna parte, donde la verdadera clave radica en la llamada “cláusula Camps” del nuevo Estatuto valenciano (disposición adicional segunda, punto 1), la que proclama que la comunidad valenciana no renuncia a ninguna competencia, ventaja o ganancia que consiga el Estatuto catalán, a ver qué se creían ustedes. Y ha sido nada menos que Esperanza Aguirre, la gran esperanza liberal de los que llaman “liberalismo” a la vacuidad, quien ha redondeado la lógica del dislate afirmando esto a propósito de la nueva financiación autonómica: lo que es bueno para Cataluña también es bueno para Madrid. Acabáramos: esperemos que al PP madrileño no se le ocurra un día de estos declarar al cheli lengua propia de la comunidad e iniciar su propia política de normalización lingüística (exigiendo al Estado que la sufrague).
La Constitución está siendo reformada a través de la aprobación de los Estatutos de Autonomía de segunda generación, este es un hecho indiscutible. Estas leyes están troceando el poder judicial único en diecisiete poderes judiciales autonómicos, están proclamando nuevos derechos distintos de los constitucionales -como el derecho de los catalanes al paisaje o el de los extremeños a su identidad (el día que se decrete cuál ha de ser)-, y están estableciendo formas de relación bilateral entre cada Comunidad y el Estado (que ya se coló subrepticiamente a través del régimen de Concierto Económico vasco y navarro, gracias al ridículo anacronismo de los “derechos históricos”). Desengañémonos: todas las comunidades irán reclamando lo que consiga Cataluña, que ya reclama lo que tienen el País Vasco y Navarra (y dos huevos duros, como el estatuto de nación, aunque sea recreativa o cultural, como sugiere un Peces-Barba definitivamente perdido en la banalidad). No falta mucho para que la igualdad de todos los ciudadanos de España sea un deseo tan piadoso como lo fuera bajo el régimen franquista, en que la libertad para muchas cosas vitales –desde abrir un negocio en otra comunidad hasta elegir la lengua vehicular en la educación- dependa de la voluntad discrecional del gobernante de turno. Tampoco para que la inviabilidad de un Estado como el que se está conformando sea evidente e incontestable; al menos, la crisis económica aclarará pronto este obscuro asunto. Así están las cosas, y el que no quiera verlas, el que niegue que estemos inmersos en un proceso de reforma constitucional, o no se entera de nada o sencillamente es un cínico redomado.
Ese es el problema: que el proceso de reforma constitucional al que asistimos como testigos casi mudos y enteramente impotentes es un proceso rebosante de cinismo, puesto que comienza negando la mayor, a saber, que el proceso mismo exista. Es por tanto una reforma a traición, pues no se ha sometido a debate en las instituciones parlamentarias, que son quienes deben abordar esa reforma, ni trasladado a los ciudadanos en el debate político. Es una estafa a la democracia en toda regla. Y a estas alturas, ¡todavía hay quien cree que el problema es que la Constitución no se aplica correctamente! ¿Pero qué Constitución no se aplica, cuál de ellas: la de 1978, o la Constitución paralela del mal llamado “cuerpo de constitucionalidad”, es decir, los Estatutos de Autonomía que la contradicen, desbordan y trivializan?
La única defensa jurídica elevada contra esta avalancha es la que Rodríguez Bereijo llamó, con ácida ironía, el recurso al “sin prejuicio de”, que permite aprobar leyes anticonstitucionales añadiendo esa muletilla milagrosa. Así se sancionan leyes de normalización lingüística que se ciscan en la Constitución, pero “sin prejuicio de que su aplicación deberá respetar lo que establezca la Constitución en materia de oficialidad de la lengua del Estado”, y otras fórmulas de salvaguarda tan eficaces para evitar el atropello como el “detente bala” de los requetés para desviar el proyectil enemigo.
Resulta, pues, patético, que todavía se nos pregunte si creemos que la Constitución debe ser reformada, y en qué aspectos, cuando lo está siendo de hecho mediante subterfugios de trilero político y jurídico. Y que PSOE y PP aseguren que todo va bien y que bastaría con algunos retoques de nada. Y que haya quien alega el miedo a que una verdadera reforma constitucional abra la puerta a la manipulación nacionalista… ¡Como si fueran PNV, CIU o ERC quienes están cambiando de arriba abajo el pacto constitucional! ¡Como si los responsables no fueran los partidos mayoritarios, auxiliados tan solo por sus socios nacionalistas! ¡Como si los nacionalistas no estuvieran viendo satisfecho su programa máximo gracias a la cobardía y oportunismo de PSOE y PP, y al miedo irracional e indocumentado de los que dicen que peor sería una Constitución federal auténtica, en vez de este artefacto sin tapón para el desagüe de su vaciamiento paulatino!
Dejémonos de componendas y embrollos: la Constitución la están cambiando a traición a golpe de Estatuto, y en un sentido confederal que es, por definición, insostenible e inviable (razón por la que el único Estado que se decía constitucionalmente confederal, Suiza, ha terminado evolucionando hacia un sistema federal). El ruido por las minucias y el miedo a las palabras está desviando la atención de la verdadera cuestión: nos están cambiando el país sin pedirnos permiso. Preocuparse en estas condiciones por si la Constitución no debe cambiarse alegremente, o por erradicar el vocablo “federal” del debate hurtado, es algo semejante a pedir el libro de reclamaciones durante naufragio del Titanic para protestar por las palabrotas de algunos marineros.
Los minaretes y las urnas suizas
Por CarlosMG - Uncategorized - 1 Diciembre 2009
El rechazo de la construcción de minaretes en las mezquitas suizas, decidido por el 57´7% de los votantes en un referéndum celebrado el pasado domingo en la federación helvética ha causado un gran revuelo. Primero, por lo que revela del profundo anclaje de los prejuicios y el miedo a los otros (en este caso, a los musulmanes) en un país tan civilizado como Suiza; segundo, porque el referéndum es una propuesta oportunista de un partido ultraderechista (SVP-UDC, que obtuvo el 29% de los votos en las últimas elecciones federales) que ha sabido manipular a su favor un sentimiento xenófobo cuidadosamente ignorado por la cultura oficial; tercero, porque la decisión popular podría entrar en conflicto con la propia Constitución helvética, que garantiza la libertad de cultos, y con los tratados internacionales suscritos por Suiza. Por eso algunos partidos y colectivos suizos han anunciado que piensan llevar a Suiza al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, pidiendo la anulación del referéndum.
El asunto presenta multitud de aspectos interesantes, y es, como nos pasa ahora a nosotros con el recurso de inconstitucionalidad del Estatuto catalán, una auténtica “piedra de toque” del estado de la democracia no sólo en Suiza, sino en general. En efecto, es muy probable que, como dicen para consolarse algunos suizos consternados, si un referéndum similar se hubiera celebrado en otros países europeos, el resultado habría sido muy parecido. Suiza no tiene la exclusiva de la xenofobia, la islamofobia, el miedo a la globalización y a cambio, la incomprensión del mundo actual ni muchos otros males que afectan a las sociedades occidentales.
Así las cosas, hay una pregunta que me parece urgente hacer: ¿es conveniente para la salud de la democracia hacer referéndums que afectan a derechos fundamentales (como la libertad de culto)? Yo creo que no, y que la democracia rara vez mejora o progresa con esta clase de “consultas populares”. El resultado del referéndum suizo ha puesto sobre la mesa las limitaciones y peligros de la democracia plebiscitaria, ese modelo que considera lo más democrático y participativo preguntar a los ciudadanos sobre toda clase de asuntos controvertidos para que sean ellos, y no sus representantes en las instituciones, quienes decidan con su voto. Por ejemplo, si las mezquitas suizas deben o no tener derecho a levantar un minarete.
Suiza es uno de los países que más recurren a la fórmula plebiscitaria, y de hecho es puesto como ejemplo por los partidarios de la democracia consultiva. La teoría viene a sostener que nada hay más democrático que recurrir al voto directo de los ciudadanos, sin mediaciones ni intermediarios, para tomas las decisiones de interés general. Así, habría que facilitar al máximo la celebración frecuente de estas consultas populares. Pero a veces pasan cosas como ésta, que la “voluntad popular” sale un tanto xenófoba o islamófoba, y que la mayoría de los ciudadanos vota decisiones que sus representantes evitan tomar y no siempre sólo por oportunismo o por debilidad, sino por sentido de la responsabilidad o por un conocimiento más profundo y reflexivo del tema.
Desde luego, es evidente que determinadas decisiones fundamentales deben tomarse por la vía del referéndum, como la aprobación de la Constitución y otras leyes fundamentales (como los Estatutos de Autonomía, en España). Pero la práctica del referéndum debería evitarse cuando se pretende preguntar a los ciudadanos sobre derechos fundamentales o cosas que afecten de algún modo a su ejercicio, como era el caso de la pregunta suiza por los minaretes –que, nos pongamos como nos pongamos, afecta negativamente al derecho de los musulmanes a ejercer su culto con la misma libertad y publicidad que los cristianos o cualquier otra confesión. Precisamente, una obligación del Estado laico es la de garantizar que las distintas religiones puedan practicarse con la misma libertad, de acuerdo con lo que establezca la ley. Así que el referéndum suizo implicaba una pregunta doble: sobre la vigencia del derecho constitucional a la libertad de culto, y sobre la laicidad del Estado. La respuesta ha sido negativa para ambos supuestos: peligros de hacer preguntas que es mejor abstenerse de hacer.
¿Y por qué no se deben hacer esa clase de preguntas, dirán los entusiastas del plebiscito? Pues básicamente por dos razones: primera, porque los derechos básicos fijados por una Constitución democrática no deben revisarse “uno a uno”, sino en todo caso dentro de una reforma global de la Constitución; la segunda, porque en una democracia de verdad las minorías, sean coyunturales o sociales –por ejemplo, los musulmanes suizos o que residen en Suiza-, deben tener la garantía de que sus derechos no serán menoscabados, conculcados o anulados por una decisión de la mayoría, sea ésta también coyuntural (por ejemplo, los votantes del partido que ha ganado las elecciones) o social. Podemos añadir una tercera razón relacionada con la prudencia y la oportunidad: es especialmente torpe o malintencionado hacer un referéndum sobre algo tan delicado en una situación de miedo colectivo, conmoción social o indignación popular. Todos sabemos qué ocurriría si se hiciera una consulta popular sobre el restablecimiento de la pena de muerte tras un atentado terrorista o un crimen sexual especialmente execrable, como la violación y asesinato de una niña: el restablecimiento del verdugo público ganaría por goleada.
Por eso mismo existen las constituciones: para poner límites a los movimientos emocionales de la opinión pública y a la manipulación de los sentimientos colectivos en la que son maestros los nacionalistas y los movimientos antisistema. Una Constitución como dios manda no sólo instaura y garantiza (jurídicamente) derechos, también asegura que no nos los podrán quitar cuando vengan mal dadas. Por eso es una mala idea, más demagógica que democrática, recurrir a la consulta popular para elidir o solucionar dilemas vidriosos. Si el voto popular de la mayoría fuera siempre el colmo de la justicia, nada habría más democrático y justo que la sentencia a muerte de Sócrates decidida por la asamblea de Atenas, ese suceso que siempre se ha considerado el no va más de la injusticia, la arbitrariedad y la demagogia. Los peores peligros, sin duda, que alberga en su interior un sistema democrático.





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