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El muro (II)

Además del Imperio soviético, con el Muro de Berlín se fue al traste la ingeniería social como proyecto político viable, racional y decente. El llamado “socialismo real” (el de los Estados así autodenominados) fue, desde un punto de vista a lo Deng Xiaoping, un experimento extraordinariamente efímero: poco más de ochenta años desde que Lenin llegó a San Petersburgo. En términos históricos, muy poquito. Sin embargo, su relevancia ha sido grande, pero más por los fracasos que los éxitos. El fracaso global del “socialismo real” lo ha sido también del experimento político, es decir, de la creencia en que un sistema político ideal puede erigirse sobre principios supuestamente científicos o filosóficos (los del materialismo histórico y la dialéctica materialista en los países socialistas): la antigua visión de Platón. Y desde luego, de los diversos experimentos ulteriores derivados de esa creencia básica en que una nueva sociedad y un nuevo hombre pueden ser concebidos y planificados ex novo: la sociedad socialista en transición al comunismo, la dictadura del proletariado, el partido único omnisciente y la economía planificada sin propiedad ni iniciativa privada.

Todas estas ideas han resultado ser, sin excepción, un verdadero fiasco y un desastre para quienes los han sufrido (motivo de que el socialismo tuviera muchos más partidarios en los países capitalistas que en los socialistas…) Pero todas ellas se basaban en una creencia previa de cierta rama de la filosofía política de florida genealogía, de las religiones del libro al idealismo pos ilustrado, pasando por los utopistas de diversas épocas: se trata de la creencia en que es posible, y necesario, diseñar comunidades humanas perfectas instauradas desde el poder político según criterios científicos (es decir, basados en un conocimiento objetivo de base experimental o contrastable con la observación), y en que estas comunidades perfectas pueden diseñarse como si los seres humanos nacieran con una pizarra en blanco en la cabeza, es decir, libres de cualquier naturaleza propia. Una idea absurda, pero llamativamente viva e infiltrada en cierta cultura popular moderna (ya saben, en cosas como que los niños y las niñas son distintos porque la educación los hace diferentes, no porque tengan profundos instintos innatos correspondientes a sexos complementarios).

Si nos creemos que todo lo que los seres humanos somos o podemos ser es una consecuencia de la cultura, la educación y la historia en sentido laxo, entonces podemos dar por hecho que podemos hacer de los seres humanos cualquier cosa cambiando esos factores. Y que, educados en una ética y una política de base científica destinada a doblegar la herencia indeseable de un pasado torcido, tales seres humanos serían capaces de constituir sociedades perfectas, donde, según la beatífica visión de Marx, cada cual dé lo que pueda y reciba lo que necesite de modo prácticamente espontáneo. Desgraciadamente, aunque no imprevisiblemente, esa visión condujo a algo muy diferente: el Gulag soviético y los genocidios de China, Camboya y Corea. De la utopía a la distopía, de El acorazado Potemkin a Viernes 13.

Puede replicarse, y con razón, que para ejecutar genocidios o destruir a los hombres en campos de trabajos forzados o Estados policiales no hacen falta para nada el marxismo ni ninguna otra ideología semejante. Y es verdad: los genocidios de los armenios, de los judíos o gitanos y de los tutsis de Ruanda respondían a otros impulsos diferentes. Como las dictaduras fascistas y nacionalistas en sus diversas variedades. O las aberraciones cometidas en sociedades democráticas, de las políticas eugenésicas a la imposición legal de la desigualdad, el racismo y la explotación. Nadie está libre del riesgo de recibir una pedrada en la pública lapidación de las ideologías políticas antiguas y modernas. Pero el fracaso del marxismo como política emancipadora -y de su producto pragmático, el “socialismo real”- es de otro tipo: consiste en que el “socialismo científico” estaba llamado, precisamente, a librar a la humanidad de esas plagas espantosas, como del hambre, de la tiranía, de la explotación y de la ignorancia. Males usuales sin embargo, en mayor o menor grado, en los países del “socialismo real”, dominantes todavía en Cuba o Corea del Norte.

Si los partidos comunistas han fracasado en todas partes en su intento por librar a la humanidad de sus peores lacras colectivas, con el agravante de haberlas empeorado en no pocas ocasiones, no es porque los marxistas, los socialistas revolucionarios o los comunistas albergaran tan nefastas intenciones. De ninguna manera, y en muchos casos todo lo contrario: la historia de los movimientos políticos y sociales de inspiración marxista o revolucionaria de izquierdas en general rebosa de ejemplos admirables de renuncia, entrega, abnegación desinteresada y otras virtudes (como las de las confesiones religiosas, por otra parte). Por eso su fracaso es una buena demostración de que la mala política no se combate con más ética, pues ésta abundó a raudales entre muchos idealistas revolucionarios de izquierdas, sino con una buena política que sustituya a la mala. Buena política que, a su vez, reclama unos fundamentos filosóficos liberados de falacias como la de la “pizarra en blanco”, según la cual el ser humano carece de naturaleza y sólo es producto de fuerzas sociales, y la falacia de la ingeniería social, según la cual para edificar una sociedad y un Estado perfectos es suficiente con tener el poder absoluto y la “ciencia política” necesaria.

En cierto modo, el “socialismo científico” que se hundió con el Muro de Berlín –pues Cuba y Corea son más bien dictaduras nacionalistas, y ahora China o Vietman “socialistas” sólo de nombre- ha tenido un gran valor como experimento… negativo: ha demostrado que su construcción teórica era y es un disparate, y su práctica política, casi siempre perversa. Lo penoso y trágico es que esa demostración haya reclamado incontables vidas humanas, miserias sin cuento y otros daños inmensos. Pero como a pesar de las falacias del marxismo barato los seres humanos tenemos naturaleza, y no precisamente la del buen salvaje natural de Rousseau, algunos seres humanos son impermeables a la prueba, ciegos a la realidad y sordos a cualquier argumento racional. Por desgracia abundan. Basta con ver de qué modo han conmemorado los comunistas residuales que quedan entre nosotros el feliz aniversario de la caída del Muro de la Vergüenza: como una anécdota que no puede privarles del íntimo orgullo por su gran historia revolucionaria. ¡Qué gente, señor! Pero es que los humanos somos así… Otros creen en la santidad de la Iglesia, la perfección del Islam o el milagro de la perfecta autorregulación del mercado sin regulación. No importa cuántos ejemplos y experiencias les desmientan, ellos siempre pedirán un nuevo experimento. Es un muro inderribable: la carencia de sentido de la realidad.

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2 comentarios a “El muro (II)”

  1. Sake dice:

    El refrán dice “en el término medio está la virtud”, y aunque muchos refranes pueden ser guardados como anecdotas de otros tiempos quizás éste aun tenga alguna vida (o mucha), los humanos somos complejos “maravillosamente complejos”, y en política la base es LA LIBERTAD, y la libertad en democracia lo menos malo conocido.

  2. IGNACIO dice:

    Excelente artículo Carlos. Y también muy buen artículo el de Elvira Lindo en “EL País” que ayer reproducía la web. Queda mucho por discutir y aprender de la experiencia del socialismo real. Un sistema teórico puede tener justificación en sí mismo. Pero otra cosa es la realidad.

    Sería interesante el estudio de cómo el grupo que dirigió la toma del Palacio de Invierno se convirtió en Nomenclatura. Hay mucha literatura al respecto, pero se detiene más en los aspectos luctuosos del asunto.

    Hay dos episodios del estalinismo que particularmente me llaman la atención por la profunda infamia que encierran. Uno es el de las fosas de Katyn, cuando Hitler y Stalin se repartieron Polonia, y el ejército rojo se encargó de romper la columna vertebral del país mediante el asesinato sistemático de todos los oficiales del ejército polaco. El otro episodio ocurrió en el mismo periodo. Hitler lanzó sus tanques sobre Francia, y el Partido Comunista Francés, impulsor del Frente Popular, miró distraídamente hacia otro lado, porque tras la firma del pacto germano soviético el enemigo principal lo constituían las plutocracias capitalistas. Cuanto estómago. Y estos hechos han sido prácticamente borrados de la historia del movimiento comunista. Estos hechos, para Paco Frutos deben ser apenas una anécdota.

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