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El muro (I)

Se cuenta que cuando Deng Xiaoping visitó Francia durante el 200 aniversario de la revolución francesa, fue inevitablemente preguntado por la influencia universal del aquel gran suceso. El prudente político chino pensó un par de segundos y contestó algo así: “es difícil decir si ha tenido mucha influencia o no; doscientos años son muy pocos para saberlo”. Careciendo de la oriental e irónica parsimonia de Deng, medio mundo medita estos días sobre los hechos berlineses ocurridos hace tan sólo dos décadas.

¡Y cómo no reflexionar sobre el significado de la apertura del Muro de Berlín, 20 años ha! (y parece que fueron muchos más). Con el afrentoso “muro de protección antifascista”, que tal era su cínica denominación oficial, cayeron otras cosas. En primer lugar, el megalómano experimento con la historia puesto en marcha por Marx y Engels. En segundo lugar, el viejo prejuicio según el cual los grandes cambios de régimen son normalmente violentos, consecuencia de revoluciones, guerras o grandes convulsiones sociales.

Comencemos por lo segundo: no hizo falta guerra ni revolución alguna para provocar la caída del régimen socialista alemán vasallo de Moscú. Basto con la retirada del apoyo soviético a los mandatarios de la RDA, consecuencia a su vez de los profundos cambios que estaban teniendo lugar en la URSS durante el mandato de Gorbachov. Sin la garantía de una intervención armada rusa como la que liquido no muchos años antes las rebeliones de Hungría y Checoslovaquia, la RDA colapsó por sí misma. Un hecho realmente histórico, de los que obligan a pensar la historia de otra forma.

De todos los derribos históricos acecidos en Europa tras la segunda guerra mundial para pasar de una dictadura a una democracia el último “violento” –y lo fue relativamente poco- fue la revolución portuguesa de los claveles que acabó con el salazarismo. Tras este canto del cisne de la tradición insurgente, en Europa, continente de las revoluciones, se acabaron los cambios violentos salvo la ineludible excepción que confirma la regla, a saber, la brutal y terrible desmembración de Yugoslavia. El franquismo cayó mediante una transición política pactada. Y los férreos y en apariencia inamovibles regímenes vicarios del soviético cayeron uno tras otro como fruta madura en unos pocos meses. Parafraseando a Deng Xiaoping, veinte años son muy pocos para percatarse de la enorme novedad de ese nuevo modo de cambiar los regímenes políticos que bien podríamos llamar “la renuncia a la revolución”, irónicamente lo más revolucionario surgido de la modernidad en el ámbito político. Tengamos en cuenta que sólo cuarenta y cinco años antes de la caída del muro berlinés fue necesaria una gigantesca y sangrienta guerra para acabar con el nazismo en esa misma ciudad. Y que los herederos del ejército victorioso acabaron marchándose pacíficamente de la ciudad que ocuparon, partieron y separaron del mundo libre con un vergonzoso muro por derecho de conquista. Aquí sí que procede decir que estas cosas no pasaban antes, y sí que podemos mostrarnos orgullosos del final del siglo XX, inaugurado con pésimos auspicios. Cualquier tiempo pasado no fue mejor.

Lo vivido en Europa desde el inicio de la perestroika rusa hasta el fin oficial del socialismo es un hecho sin parangón. Un imperio –eso era la URSS más que un Estado, como bien subrayó Kapucinski en un libro extraordinario- senil si se quiere, inviable en cualquier caso –esa inviabilidad o insostenibilidad en todos los sentidos hizo seguramente más por el fin de la URSS que cualquier otro proceso- pero que acepta la eutanasia, un colapso controlado y razonablemente pacífico, que deja en libertad a grandes dominios ocupados con un alto costo de vidas humanas, que renuncia a morir matando, como había sido lo habitual y por tanto lo previsible. Esta ausencia total y absoluta de épica representa el triunfo de una moral que la tradición revolucionaria despreciaba más que cualquier cosa.

El altísimo coste de la guerra fría, un sistema económico irracional y escandalosamente ineficiente (capaz de poner satélites en órbita pero no de satisfacer las necesidades elementales de la población), el fracaso bélico en Afganistán o el desafecto pasivo de la sociedad fueron sin duda factores de la máxima importancia para comprender la debacle soviética que culminó en 9 de noviembre de 1989 con la caída de un muro que simbolizaba mejor que cualquier monumento el verdadero carácter de un sistema cuya máxima preocupación impedir la huida masiva de sus víctimas. Pero hay y hubo algo más en este acontecimiento: lo que Hans Magnus Erzensberger llamó en un artículo memorable “los héroes de la retirada”.

Un héroe de la retirada es alguien con influencia y mando capaz de organizar como es debido el hundimiento de un sistema, un cambio pacífico de régimen, una salida digna y sin épica del escenario de la historia. Antiguamente se habría considerado a alguien así el antihéroe por excelencia, puesto que el heroísmo solía ir asociado a las hazañas bélicas o a la violencia. Los héroes de nuestro tiempo son, sin embargo, de otra clase: personajes capaces de renunciar, conocedores del arte de marcharse y bajar la persiana del negocio arruinado al menor coste posible. Sin personajes de esta clase –en España lo fue Suárez, por ejemplo-, es posible que el muro de Berlín siguiera enhiesto, erizado de armas por el lado del este, y de pintadas por el del oeste. Y Berlín seguiría siendo un símbolo del fracaso de la civilización, en vez de la renacida capital de Europa central. Quizás siguiéramos temblando por la posibilidad de un gigantesco conflicto armado entre la URSS y la OTAN. No, los motivos de temor no han desaparecido; asoman renovados por el horizonte, ligados esta vez al fundamentalismo religioso o a un mundo muchísimo más complicado. Pero nadie podrá ignorar ya que la humanidad no está condenada sin remisión a entregarse a la violencia como único medio de ganar más libertad y cambiar de sistema político. Me gusta pensar que esa es una de las lecciones de aquellos hechos de Berlín, hace 20 años.

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4 comentarios a “El muro (I)”

  1. Sake dice:

    Hablemos de Fútbol. Este fin de semana dos partidos At. de Madrid-Real Madrid y otro Real Murcia-Cartagena. En el primero no ganó mi equipo y el segundo perdió mi querido Real Murcia. Amigos he nacido para perder. O Simplemente yo, mi humilde persona, se alegra de que ganen los que deben ganar.

  2. IGNACIO dice:

    Seguramente falta perspectiva histórica, pero de todos los imperios conocidos, el soviético ha sido de lo más efímero. No pudo ni supo, salvo quizás en los primeros años, despertar ningún entusiasmo interior, aunque curiosamente era idolatrado por los que estaban fuera del país. Pocas veces la distancia entre el mito y la realidad ha sido tan amarga.
    En cuanto a los héroes de la retirada, tuvieron que hacer de la necesidad virtud.

  3. Alex dice:

    200 años desde la Revolución francesa no le bastaron a Deng Xiaoping para formarse una opinión sobre su influencia pero sin duda la tuvo; 20 años desde la caída del muro de Berlín quizá no sea bastante para hacerse a la idea de su importancia, pero desde luego fue un suceso de primer orden, el mayor que hemos visto los de mi generación; 2 años desde la fundación de UPyD sí que es poco tiempo para hacerse a la idea de su trascendencia, pero estoy bastante seguro de que la tiene. Y de que lo veremos así con claridad dentro de 20 años (los chinos, dentro de 200).

    Por cierto, Carlos, que la excepción no “confirma” la regla, cosa bastante absurda, sino que la “pone a prueba”.

  4. Luis DOlhaberriague dice:

    Requiem por un muro que no cayó: lo derribaron.
    Bertolt Brecht, gran damaturgo que ignoraba no los dramas sino, simplemente, las tragedias ajenas, las autopsió, ya en 1953, a cuenta del primer levantamiento de los trabajadores berlineses en su paraíso: “Si el pueblo se opone al gobierno, éste tendrá que elegir uno nuevo”. La ocurrencia del Brecht se ha interpretado como un sarcasmo, o una boutade siniestra, cuando probablemente no lo era. El venal Brecht vivió hasta su muerte en la Alemania comunista sin que se sepa que ayudara a escapar del mundo feliz a un solo disidente, validando, con su mera presencia, la propaganda del régimen. No, Brecth no parecía reprochar al gobierno de la RDA su objetivo, el hombre nuevo, sino su imcompetencia como hémulo del Dr. Frankenstein. Y había que intentarlo de otra vez, elegir, crear, mediante la literatura comprometida, comprometida con el Gulag, claro está, un pueblo nuevo, y para eso estaban él en el este, y sus compañeros de viaje (los Sartre y los Sastre) en el oeste. A quien quiera entender esto le recomiendo el ensayo “B.B.” de George Steiner, quien nos recuerda cómo justificó el genial, y repulsivo, escritor alemán el haberse refugiado en Hollywood, y no en Moscú, durante la Segunda Guerra Mundial: “Soy comunista, pero no idiota”.
    Luis D’Olhaberriague

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