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Violencia sexual y crimen político.

Cuando el ejército rojo entró en territorio alemán durante la segunda Guerra Mundial, los soldados recibieron instrucciones de proceder a violar a todas las mujeres alemanas que pudieran. Era una bárbara recompensa para los bravos soldados de Stalin, y un castigo y advertencia colectiva a los alemanes. La vergüenza de las víctimas, el esfuerzo por olvidar, hizo que se tardara muchos años en denunciar y documentar unos hechos perfectamente conocidos en Alemania. Algo parecido hizo el ejército japonés en China y Corea, donde la tropa nipona dispuso de esclavas sexuales nativas que han tardado muchísimos años en denunciar su tragedia y exigir reparaciones. Para el criminal, una de las ventajas de la violencia sexual es que la víctima no sólo es castigada físicamente de un modo no muy distinto a la tortura corriente, sino moralmente quebrantada e invadida por un sentimiento de vergüenza y culpa no menos devastador aunque sea irracional o infundado. Los verdugos lo saben y por eso proceden así: es mucho más seguro violar que torturar porque, hasta no hace mucho, pocas víctimas se atrevían a denunciar su tragedia particular. El puritanismo y los tabús sexuales y morales lo hacen más difícil.

Eso explica que las violaciones fueran utilizadas masivamente en la reciente guerra de Bosnia para someter al enemigo, especialmente por los sicarios de Radoban Karadzic y demás ultranacionalistas, serbios y de otras tribalidades. Las mujeres musulmanas apresadas eran violadas una y otra vez para reposo del guerrero y con la esperanza de que -cuentan las horrendas crónicas de la época- alumbraran verdaderos serbios (los bosnios musulmanes son tan eslavos como los serbios cristianos ortodoxos). Esta mezcla de terrorismo sexual y barbarie bélica ha sido documentada en infinidad de conflictos bélicos, y sin duda se corresponde con un rasgo de nuestra naturaleza humana particularmente odioso y que la educación y la cultura bien entendidas tratan de corregir: que la satisfacción de la libido y la violencia, para someter a la otra o al otro y convertirlo en mero objeto de libre disposición, van muchas veces de la mano. Sin embargo, una cosa es la tendencia natural producto de la evolución –la naturaleza no es tan sabia, benéfica y bonita como creen los ecólatras (más que ecologistas)-, y otra cosa es emplearla fría y deliberadamente al servicio de fines siniestros.

Como el sometimiento y el terror son claves para su mantenimiento, las dictaduras tienen una especial predilección por emplear la violencia sexual. La mera amenaza de consumar la violación surte el efecto de asustar y humillar a la víctima potencial enfrentándola a su absoluta vulnerabilidad, consiguiendo quizás que se le pasen las ganas de oponerse al régimen. Y si la rebeldía se impone al miedo, siempre queda recurrir a la violencia sexual como escarmiento ejemplar en cabeza ajena. La prensa de ayer traía el espeluznante testimonio de Ibrahim Sharifi, un estudiante iraní detenido tras las manifestaciones contra el régimen de los ayatolás, golpeado y sodomizado por sus guardianes como castigo y como método para conseguir su silencio. Según el relato de la víctima, ese salvaje sistema preventivo funciona bien  en Irán, con una sociedad muy conservadora en materia sexual, donde las violaciones a detenidos, mujeres y hombres, quedan impunes porque muy pocos se atreven a denunciarlas por temor a perder el honor y la reputación.

El mecanismo emocional es muy sencillo: castigar a la víctima y conseguir que se avergüence de serlo, incluso que crea merecérselo (como pasa también en la violencia de pareja, sea de distinto sexo o no). Recuerdo un caso particularmente espeluznante por su fría crueldad: en el Chile de Pinochet, un estudiante opositor fue detenido y violado por los policías, que además grabaron sus sevicias en vídeo. Después enviaron la grabación a periodistas, amigos y parientes del chico, acusándole de maricón y depravado. No sólo pretendían destruir la reputación de la víctima en una sociedad extendidamente homofóbica, sino sobre todo advertir a otros potenciales opositores, sobre todo a los jóvenes, del destino que podía esperarles. La cosa no funcionó porque el muchacho pasó por el calvario de contar detalladamente lo que le hicieron y el porqué. El coraje de la víctima capaz de superar la vergüenza y la humillación es indispensable para atajar estas prácticas, particularmente repugnantes e inmorales cuando se ponen al servicio de objetivos de dominio político.

Podemos ir más allá y pronosticar que esa gente que disfruta con historietas burlescas de sevicia y humillación sexual se cuenta, diga lo que diga, entre los enemigos de la libertad y de la dignidad humana. Y vaya, quedan demasiados…

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