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Los Nobel nuestros de cada año.

Personalmente, me agrada esa costumbre del jurado del Nobel de Literatura, sobre todo en los últimos años, de llevar la contraria a los pronósticos más convencionales, que suelen coincidir con los intereses del establishment del muy respetable negocio literario, pero también con el consenso general en torno a los escritores vivos más admirables. No he leído nada de Herta Müller, en realidad ni había oído hablar de ella, pero pienso hacerlo porque algo no muy distinto me ha ocurrido con Le Clézio, el Nobel del año pasado, y ha resultado todo un descubrimiento de soberbio escritor. Así que agradezco a la Academia sueca esa invitación a descubrir autores tan recomendables como poco conocidos. Pero algunos objetarán, y tienen sin duda razón, que la misión de ese famosísimo premio no es descubrir autores poco conocidos fuera de un estrecho círculo de admiradores, sino reconocer una larga trayectoria y una obra indiscutiblemente maestra mundialmente reconocida. Vamos, que la misión de la Academia sueca no es ser original ni ir de cazatalentos, sino más bien la de sancionar la calidad indudable y el trabajo excelente. Y ciertamente, es asombroso que el Nóbel de literatura no se concediera en su momento a, pongamos, Lev Tolstoi o Jorge Luis Borges, mientras iba a manos de literatos menores de veloz olvido, como nuestro Echegaray o el francés Prudhomme. En fin, cosas que pasan. Yo lo lamento por Mario Vargas Llosa, otro de los grandes eternos candidatos al Nobel y el único que me ha honrado diciéndome que no se perdía mis artículos de ABC –a ellos ya no les interesan, aunque a Mario sí-, pero pienso leer a Herta Müller en cuanto la tenga a mano, a ver si se repite el descubrimiento de Le Clézio o, en menor medida porque ya los conocía algo, de Pamuk y Naipul (Coetzee, en cambio, me pareció un pesado, igual no he tenido suerte al abordarlo).

Ahora bien, si el objetivo de los Nobel es premiar la consecución de logros admirables y canónicos, sea en literatura o en ciencias (el de economía es otra cosa), ¿qué pasa con el Nobel de la Paz? La Academia noruega, que tiene la exclusiva de este premio mientras los demás corresponden a la sueca, lo ha concedido al presidente Obama.  Al respecto se pueden presentar dos objeciones: una, que suena raro eso de premiar a un Presidente en ejercicio por no hacer otra cosa que su obligación en política internacional: abogar por la distensión internacional y la pacificación del mundo (de acuerdo con los intereses de su país, desde luego); y otra, que de momento Obama se ha limitado a exponer principios, perseguir ideales y proponer metas, pero sin que en sus nueves meses de mandato haya conseguido gran cosa, o nada, en los puntos calientes del planeta donde se juega la partida de la paz o la guerra: Oriente Medio, Irán, Afganistán-Pakistán o Corea del Norte, por ejemplo. Y lo que es peor: poco o nada se sabe de los planes presidenciales al respecto. Véase si no la polémica en torno a la presencia militar en Afganistán.

Trasladado al campo literario el principio adoptado al dar el premio a Obama, es como si a un escritor se le premiara solo por escribir y llenar páginas y páginas de frases, con independencia de que su esfuerzo haya producido algún libro digno de mención (se le podría haber dado entonces a Corín Tellado, ¿por qué no?). ¿Es esto aceptable? No lo creo. No digo que Obama no vaya a merecer un día el Nóbel de la Paz, las bendiciones de los pueblos de la tierra o que le pongan calle en todas las ciudades del mundo. Ojalá. Pero de momento no parece que haya acumulado muchos méritos para eso, al margen de la elección presidencial. O será que le premian por eso mismo, como si la Casa Blanca no fuera premio suficiente… Entre tanto, es conmovedor el esfuerzo de Zapatero por sugerir que el premio a Obama es, casi, exaequo.

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