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Ralf Dahrendorf y el liberalismo transversal.

Es una gran satisfacción tener la oportunidad de debatir sobre la figura de Ralf Dahrendorf y el pensamiento liberal en la actualidad. Sobre todo en España, el país donde nació el término “liberal” y donde, sin embargo, se usa tan mal en la actualidad (aunque no sólo en España, ciertamente; también en Austria “liberal” ha llegado a ser un sinónimo de extrema derecha). Cuando se repara en la complejidad, riqueza y apertura intelectual de un Dahrendorf –o un Popper, Aron o Berlin- asombra que en nuestro país haya hoy tanta simpleza dogmática que se autodefine como liberal, convirtiendo al liberalismo en un dogmatismo oportunista más cercano en ocasiones al anarco-capitalismo o a la derecha extremista que a cualquier ideario democrático-liberal clásico.

En un reciente ensayo sobre historia de las ideas, titulado La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria (Trotta, 2009), Dahrendorf recorre la espinosa cuestión de la ambigua relación entre los intelectuales con gran proyección pública y la libertad para exponer su concepto de lo que es o debe ser un intelectual liberal –como lo fue él mismo-, y por consiguiente, lo esencial del ideario liberal. Quizás lo más sorprendente y llamativo sea que, según Dahrendorf, el liberalismo no constituye a día de hoy propiamente un programa o ideario de partido –aunque él formó parte o apoyó al Partido Liberal alemán y al Liberal-demócrata británico-, sino más bien una ética pública, la “ética de la libertad”. En el campo de la política democrática, esto significa que los principios liberales pueden ser asumidos en diverso grado por partidos diferentes e incluso por partidos con definiciones ideológicas tradicionalmente diferentes. Por decirlo en el lenguaje que usamos en UPyD, el liberalismo habría pasado a ser un ideario básicamente transversal, común a diferentes corrientes democráticas; de ahí que se haya hecho habitual hablar de “liberalismo progresista”, de “izquierda liberal” o de “neoliberalismo”. Así que, antes que el programa de un partido, el genuino liberalismo actual –en los términos de Dahrendorf, el “orden liberal” y la “ética de la libertad”- funcionaría como una especie de columna vertebral de la democracia. De hecho, los tres requisitos que Dahrendorf consideraba esenciales para hablar de un “orden liberal” son los que muchos consideramos, sin identificarnos como liberales, como básicos para poder hablar seriamente de democracia: la tolerancia cero hacia los enemigos de la democracia, el Estado de derecho y la sociedad civil fuerte e independiente de los poderes político y económico.

Aunque ética y política son instancia claramente diferentes –centradas respectivamente en la vida privada y en la cosa pública-, la tendencia hacia la definición ética (como ética pública) del liberalismo se hace inevitable cuando deja de presentarse como un partido en competencia con otros para considerarlo un fundamento –aunque no el único- del sistema democrático. ¿En qué consiste, según Dahrendorf, esa “ética de la libertad”? El principio que distinguiría al liberalismo genuino de cualquier otra ideología es la prevalencia de la libertad sobre la igualdad o cualquier otro valor. Eso no significa que la igualdad o la justicia no sean valores importantísimos –como niega, en cambio, el anarco-capitalismo o el conservadurismo que algunos confunden por aquí con el liberalismo-, sino que la libertad es el valor ancilar de la democracia. Dicho esto, ya resulta más complejo definir qué debe entenderse por libertad. Dahrendorf propone una definición negativa: libertad es ausencia de coacción. Ahora bien, todo régimen político, incluso el democrático más refinado y avanzado, incluye dosis variables e inevitables de coacción y renuncia a la libertad, de manera que la tarea del intelectual liberal –el “erasmista”- consiste precisamente en mantener la vigilancia y la crítica de las distintas y variables amenazas derivadas de la coacción subsistente. Por ejemplo, la exigencia de renuncias a libertades personales en nombre de la guerra contra el terrorismo, que Dahrendorf denunció como un grave peligro en las democracias actuales. Analizar estos riesgos y empeñarse en la defensa pública de la libertad es la tarea principal del “observador comprometido” propiamente liberal o erasmista (en homenaje a Erasmo de Rotterdam).

La idea de Dahrendorf sobre el compromiso de observar y velar por la libertad implica también límites muy nítidos al compromiso político del erasmista. Su defensa de la verdad y el racionalismo estricto, pero sobre su indispensable independencia le mantienen alejado de la militancia en un partido concreto, y debe aceptar los riesgos de la soledad, la incomprensión y el aislamiento en una opinión pública hostil. Quizás lo más chocante sea esta contraposición entre el “observador comprometido” y el activista o resistente político. En efecto, la experiencia del siglo indica más bien que para que el observador participante pueda desempeñar su misión en defensa de las libertades es imprescindible que haya activistas capaces de mantener viva la libertad en las instituciones políticas. Ni Popper ni Isaiah Berlin, dos liberales indispensables y típicamente “transversales” (pues la influencia de su pensamiento desborda ampliamente los límites del liberalismo tradicional), habrían podido hacer gran cosa –influir intelectualmente- de no haber contado con el activismo democrático infatigable de otro liberal especial: Winston Churchill. Una paradoja irónica e interesante que desde luego no se le escapó a Ralf Dahrendorf, él mismo bastante más que un “observador comprometido”.

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