La hora de la justicia

A Pilar, Titi y Maite

Ellas me llaman temprano para darme la primicia exultante de que han detenido en Hernani al asesino de Joseba Pagazaurtundua. Están felices. Pocas personas que no hayan pasado por el trance de convertirse en víctimas de un pistolero de un minuto para otro pueden comprender el alivio y la satisfacción feliz que aporta la noticia de la detención del asesino. Del tipo que te privó del marido, el padre o el hermano, y del amigo y compañero. Incluso hay quienes se escandalizan de esta clase de sentimientos en nombre de la necesidad de perdón y compasión para todos; naturalmente, hablan desde el pedestal de su autoproclamada superioridad moral que suele encubrir una vida vacía o convicciones formales acartonadas y convencionales que de ética sólo llevan el nombre. Lo que quieren es un happy end de aqui no ha pasado nada, de todos felices y reconciliados y pelillos a la mar para volver ellos tranquilos a sus manejos tradicionales. Pues dejémoslo claro de una vez: una de las pocas cosas que resarce en parte a las víctimas, la reparación a la que aspiran, es que el asesino y sus cómplices paguen sus culpas. El fin de la pesadilla de la impunidad es la hora de la justicia. Nada hay comparable, puesto que es imposible devolver la vida a quienes ellos se la arrebataron deliberadamente, a la detención, juicio y condena del asesino; nada vale tanto, ni el reconocimiento social ni las indemnizaciones ni los homenajes de cualquier tipo se le pueden comparar.

Por eso me he alegrado con la detención, juicio y condena de los asesinos de Enrique Cuesta -¡por los pelos!-, Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica o José Luis López de la Calle, por citar algunos de los que me han tocado más de cerca. Y el más cercano de todos Joseba, hermano de Maite e hijo de Pilar y marido de Titi además de amigo y compañero de fatigas de Basta Ya, asesinado por eso mismo… y por el odio y rencor que le tenían por su integridad y profesionalidad. Joseba fue jefe de la policía municipal de Andoain –cargo desde el que contribuyó a desmantelar una red terrorista ultraderechista en la transición- y, durante un breve periodo de comisión de servicio, ertzaina para poder sacar a su familia del asedio sufrido en Andoain tras el recrudecimiento de las amenazas y hostilidades que, bien lo sabía Joseba, acabarían con su muerte tarde o temprano si no dejaba aquel pueblo. Como así ocurrió cuando fue obligado a volver al calor irresponsable de otra negociación disparatada.

Por eso es particularmente reparador, también, que la detención del asesino haya sido obra de la Ertzaintza, un cuerpo policial usado por los gobiernos nacionalistas como guardia de corps y policía más política que otra cosa. Joseba trataba con asiduidad y compañerismo a policías de todos los cuerpos, fueran guardias civiles, municipales, nacionales o ertzainas, y seguro que habría apreciado más que nadie algo que le fue negado en vida –y que probablemente tuvo que ver con su propio asesinato-, a saber: la conversión de la Ertzaintza en un cuerpo policial profesional como los demás.

El asesino ha sido capturado en Hernani, villa vecina de Andoain. Todos los conocedores de la comarca –el cinturón industrial (ya no tanto) de San Sebastián- estaban convencidos de que los asesinos de Joseba eran vecinos de cualquiera de los pueblos que forman el siniestro polígono político de Donostialdea (la comarca donostiarra, algo más de 400.000 vecinos): el propio Andoain, Hernani, Lasarte, Pasajes, Oyarzun… Pueblos medianos que crecieron velozmente el pasado siglo y fueron tomados durante la transición por la llamada izquierda abertzale, donde han conseguido encastillarse mediante la intimidación, la amenaza y la marginación sistemática –para no hablar de la rendición y el desistimiento cívico de los falsos neutrales-  de quienes se les enfrentan, llegando en muchos casos al asesinato: ETA ha matado por aquí a 155 personas desde 1960.

A la convicción acertada de que los asesinos estaban muy cerca y seguían sueltos tantos años después –Joseba Pagaurtundua fue asesinado el 8 de febrero de 2003-,  se une la no menos cierta de que todo este tiempo han gozado de la protección y el apoyo de los ayuntamientos de la comarca cuando han estado ocupados por los avatares de HB. Ahora mismo, Hernani sigue gobernado (¿) por una siniestra alcaldesa de ANV, oprobiosamente mantenida en el cargo por la desidia, o mejor por el cálculo, del Gobierno de la nación y los partidos que lo sustentan.

Pero al fin ha llegado la hora de la justicia: los asesinos pagarán sus culpas y las víctimas obtendrán la reparación de ver que así sucede. Una reflexión final: cualquier negociación con ETA no hace otra cosa que alimentar las expectativas de conseguir, cuando menos, la victoria de la impunidad. Tal cosa es sencillamente inaceptable. La negociación no sólo es políticamente equivocada y éticamente perversa, sino además completamente contraproducente desde un punto de vista práctico porque sólo sirve –pequeño homenaje al Parlament de Catalunya- para reanimar y levantar al toro moribundo. Que los responsables tomen nota, porque muchos otros no vamos a olvidarlo.

Y YA EN OTRO ORDEN DE COSAS, ESTE BLOG SE VA DE VACACIONES HASTA SEPTIEMBRE (SALVO POR FUERZA MAYOR QUE ESPEREMOS NO OCURRA). FELIZ VERANO A TODOS.

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El Estado de las Autonomías como experiencia sanitaria, o no

Voy a contarles lo sucedido a un amigo muy cercano (en adelante, Z) que ha tenido la mala suerte –o buena, según se mire- de verse envuelto en un enredo de salud fuera de su comunidad autonómica de residencia (en adelante, CAR). Ha sido una rara experiencia maestra de la vida, una de esas que brotan de lo íntimamente personal para florecer en lo político, es decir, en lo que importa a todos. Z llevaba tiempo arrastrando una rodilla a causa del paso irrefrenable de los años, pues la naturaleza no nos hizo perfectos y la cultura malos, como creen los pazguatos y los epígonos de Juan Jacobo (Rousseau). Tenía Z dos problemas adicionales que agravaban su estado, a saber: su fobia a la consulta de médicos y hospitales, y una existencia nómada entre su CAR y la villa y corte de Madrid con otras excursiones frecuentes por la hermosa piel de toro. Ambas manías alimentaban su desidia, dejando siempre para mañana el examen médico de su lesión. Pero con el tiempo, es lo que tiene, ésta comenzó a resultar francamente incompatible con el transporte peatonal que tanto recomiendan los benditos ediles de movilidad urbana.

Las amigas y amigos de Z, sobre todo ellas, comenzaron el asedio para que acudiera de una vez a un médico. Para anular sus protestas una amiga muy principal (en adelante R) le consiguió un enchufe para saltarse algunos trámites hasta la consulta de un especialista de un importante hospital de su CAR. Allí le hicieron un buen diagnóstico pero, por deficiencias del sistema, las pruebas adicionales requeridas no llegaron a celebrarse. Perseverante, R insistió y le persiguió hasta que se avino a acudir a la consulta de otro especialista recomendado más a mano, en un afamado hospital de Madrid. Por razones que, como en las buenas tramas de intriga, se averiguarán al final, para celebrarse esta consulta médica exigía una pequeña licencia administrativa: celebrarla en urgencias, en vez de por la vía convencional. Allí fue Z renqueando, solícitamente acompañado por R, quizás temerosa de que se diera a la fuga al mínimo tropiezo.

El trato fue cordial y estupendo, la consulta exitosa y el diagnóstico inequívoco: una vulgar ruptura degenerativa de menisco en una rodilla con artrosis. Podía arreglarse con una artroscopia y la rehabilitación adecuada, aunque la articulación acabara fallando con el tiempo. Pero, entre tanto, cabía ese alivio que permitiría a Z caminar unos cuantos años decentemente. Se cerró, pues, el compromiso de que Z pasara por quirófano, ingresando por urgencias. Otra amiga estupenda, B, le acompañó -¿se fiaba alguien de este tipo?- en el recorrido preoperatorio de analíticas y entrevistas, y quedó fijada la fecha para el evento, que inquietaba no poco a Z pese a su demostrada resistencia a otras situaciones de amenaza y violencia, pero es que somos así de complicados y hay quien no teme a nadar entre tiburones mientras le aterra una araña.

Llegó el día de autos y Z acudió a la cita férreamente marcado por su amigo P, que ya se había confabulado con R y otros para frustrar cualquier maniobra evasiva de Z y acompañarle en el trago. Acudió otra inestimable amiga, A, gran auxilio por su conocimiento profesional de los ritos y mitos hospitalarios. Z fue llevado a planta para ser estabulado como paciente del sistema público sanitario, que era lo que más temía pero venía compensado por la perspectiva de una operación rápida y poco agresiva que podía permitir el alta a las doce horas, dejando el trance en poca cosa.

Tras el breve papeleo, vino el ritual iniciático hospitalario por excelencia: la investidura en una ridícula batita de apertura dorsal, rematada por un lacito para mejor resaltar el culo del interno, a libre disposición de la autoridad sanitaria como una impúdica sinécdoque de la totalidad del paciente. Pese a que en el preoperatorio no surgió nada raro, en la rutinaria medición de la tensión arterial la enfermera, estupenda, notó una tensión arterial desaforada. Como esto no es extraño, pues pocos aman la perspectiva de que les pinchen, intuben y enreden en su cuerpo, se dio a Z una pastillita para bajar la tensión. Pero fuera por una cosa o por otra –sus malos hábitos sociales asociados a la vida nómada, una hipertensión ignorada hasta entonces, el estrés constante desde hacía muchos años y todo eso-, la tensión se negaba a bajar hasta los niveles considerados decentes, y el equipo médico decidió suspender la operación por considerarla peligrosa.

A esas alturas, Z disfrutaba de la compañía impagable de R, P, A, J y otros amigos sinceramente preocupados por su integridad y dispuestos a perder su tiempo para que él no perdiera el suyo del todo. Con la noticia de la suspensión de la operación, Z se apresuró a recuperar su vestidura civil y el tramo de dignidad que le va vinculado. Esperó con su buena compañía, entre confiado y decepcionado, a que el traumatólogo subiera a explicar el trauma de la suspensión, que se unía al articulatorio. Sugirió el cirujano en presencia de la casi asamblea que Z se quedara en el hospital un par de días para hacerle unas cuantas pruebas urgentes que llevaran al origen de su tensión rebelde y desbocada. Lo mismo podía haber sugerido un par de semanas en trabajos forzados, porque Z rehusó igual. Pero, ¡ay!, no contaba Z con la perseverancia amante de sus amigos; uno tras otro se empeñaron en que estaba loco por rechazar la oportunidad, sobre todo cuando el cirujano, como quien no quiera la cosa, habló de riesgo de infarto inminente. Incluso la enfermera y un policía que estaba por allí le reprocharon con suavidad tanta ciega obstinación.

Así que Z cedió, a ver si no, y esperó con resignada expectación el amanecer del Día de las Pruebas que determinarían su futuro cual ucase del destino. Por fortuna, los vecinos de habitación eran una santa familia, pero acabó perdiendo la prolongada pelea con el amabilísimo personal para que le trataran como a un ciudadano autónomo con derechos y le dejaran en paz con el “métase en la cama, que es mucho mejor, puede estar sentado, ¿ve?: así funciona el mando”; “tómese el zumito, está fresquito y le gustará”; “pero póngase el pijamita, que sólo es para que sepamos que es un paciente” (es verdad que Z no brilla por su paciencia); “pero cómo, ¿no le ha gustado el pescadito a la plancha? Hay que comerse toda la cenita para estar bien mañana cuando venga el doctor”, y otras admoniciones estupefacientes que probablemente idiotizan a muchos internos y deber ser usadas con ese deliberado objetivo. Su sugerencia de salir a tomar algo por ahí hasta el toque de queda, ya que Z se encontraba estupendamente, fue recibida con una negativa tajante: “¡Ni hablar! ¡Nosotros somos responsables de cualquier cosa que pueda pasarle por ahí, así que así se queda! Ala, póngase el pijama de una vez y lea o vea la tele”. Z se sorprendió de esta abolición de facto de sus libertades constitucionales tras haber sido conminado a firmar varios papeles eximiendo al Hospital y a su personal de cualquier accidente, robo, incidente, asalto, desgracia o calamidad que pudiera acaecerle en el recinto sanitario, lo que le recordó que vivía –quizás por poco tiempo, de creer la opinión médica más pesimista- en la España de Zapatero.

Pasó la noche con varias tomas de tensión y algún calmante que consiguieron que esta pesada bajara algo, abonando la teoría de Z (aficionado a teorizar sobre toda clase de cosas, especialmente las que ignora) de que el subidón era consecuencia incontrolable de su fobia a los hospitales. Finalmente Z durmió tan ricamente, despertó temprano y esperó lo que tuviera que pasar con la disposición de la oveja ante el altar de los sacrificios, no sin antes ducharse en un baño limpio pero tenebroso y espartano, quizás pensado, como las sombras torturadas del Purgatorio de Dante, para obligar a los pacientes a meditar sobre el precio de sus pecados contra la salud. El desenlace fue muy diferente del previsto. Dos residentes simpáticos y atentos comunicaron a Z que no parecía que lo suyo fuera para tanto, que la explosión inminente de su sistema cardiovascular podía reducirse a una crisis de hipertensión por ansiedad, y que lo mejor era pedir una consulta en cardiología para, tras nuevos análisis, recibir el tratamiento adecuado y preparar todo como era debido para la artroscopia, demorada hacia septiembre. Y que tenía el alta y podía irse tranquilamente a recuperar la integridad de su menoscabada ciudadanía del Reino de España. Pero ésta, ¡ay!, era una ilusión.

Acompañado de A, su ángel de la guarda, Z fue al mostrador del servicio de cardiología. Hallado –no sin errores-, entregaron el informe de alta con la petición de consulta. Todo fue bien hasta llegar a la tarjeta sanitaria: ¡no era de la sanidad de Madrid, sino de la CAR! ¡Imposible! ¡Las consultas externas sólo son para residentes con papeles de Madrid, no de otras CCAA! Aunque cabe la alternativa de solicitar un certificado de residencia o de trasladar en empadronamiento, o quizás –antes, ya no- de llegar en patera. Otra alternativa es acudir a urgencias de cardiología en un estado comatoso, pues a nadie se le piden papeles en los servicios de urgencias. Una opción arriesgada, en todo caso.

De seguir así, nacerá un mercado negro de cadáveres y enfermos entre las CCAA. No es centralismo, pues lo que pasa en Madrid ocurre en todas las demás CCAA. También podrían promoverse intercambios de enfermos desterrados en las fronteras intercomunitarias, al estilo de los intercambios de espías en el Berlín de la guerra fría, con titulares como “Madrid intercambia dos tuberculosos manchegos, una gallega con neumonía y un infartado valenciano por cuatro madrileños con erisipela”, o “Canarias devuelve a Cantabria veinte jubilados artríticos que no declararon su estado antes de disfrutar del clima canario”. Es una idea.

NB: Z me encarga comunicar a R, B, A, P, J y demás miembros de su nutrida familia política  -la familia del nómada, también- su absoluta gratitud por su impagable cariño, cuidado y atenciones durante toda esta aventurilla de lo privado a lo público pasando por una rodilla. Y su agradecimiento a los muchos más que han llamado o enviado sms de ánimo y afecto.

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Las lenguas de Zapatero

De la abundante cosecha de vaciedades y disparates jurídico-político-económicos proferidos ayer por el presidente Zapatero en el debate sobre el Estado de la Nación puede espigarse una, de ambición intelectual, que resume a la perfección las características ideológicas –es un decir- no sólo del personaje, sino del partido que le aclama. En la réplica a Durán i Lleida aseguró que no sólo considera al catalán una lengua propia suya –con perdón por la expresión-, sino que considera como propias todas las lenguas del mundo. Lo dijo con ese sentimentalismo impostado que usa para envolver con capa pringosa la nada de sus compromisos; arrancó sentidos aplausos de la bancada socialista. Consideremos qué tiene en la cabeza alguien que afirma que considera propias todas las lenguas del mundo (entre tres mil y seis mil, según el concepto de lengua aplicado), y alguien que aplaude esta bobada.

El presidente Aznar ya trató de seducir al catalanismo afirmando que hablaba catalán en la intimidad, pero nadie había osado hasta ahora convertir en propias todas las lenguas del mundo por mero ejercicio de la voluntad sentimental. Por mi parte, rechazo el “concepto de lengua propia” porque encubre la agresiva retorsión nacionalista del concepto de “lengua materna”. Esta es la que aprendemos en la infancia –los afortunados realmente bilingües o políglotas, más de una-, la otra es la lengua que se supone debería ser la materna si la realidad fuera no tal como es sino como el nacionalismo lingüístico quiere decretar que sea (para lo que recurre a tiranías como la inmersión lingüística obligatoria en la educación obligatoria). Un nacionalista vasco o catalán puede, con ese argumento tramposo, decir que el eusquera o el catalán son su lengua propia aunque no haya sido su lengua materna. Es un componente de esa ideología reñida con tantos valores y cosas, desde el principio de realidad a los de igualdad y tolerancia. Pero, ¿qué quiere decirse afirmando que todas las lenguas del mundo le son propias a uno?

Desde luego no que uno conoce todas las lenguas existentes o extintas, don del Paráclito. Tampoco que uno desea que todas las lenguas del mundo sean propias en la comunidad de uno, desaforado deseo babélico que reduciría esa comunidad a la mudez ante el formidable desafío de que sus miembros tuvieran que conocer todas las lenguas del mundo y tratarlas administrativa y comunicacionalmente como si fueran idénticas. Apetece despachar esto diciendo que se trata de un mero exceso sentimental y una estupidez política, rasgos característicos del discurso del zapaterismo. Pero lo malo es que hay algo más, y es muy malo. Pues quien considera que tiene la misma familiaridad e identidad con todas las lenguas –eso es considerarlas propias-, aunque no conozca ninguna salvo la suya, lo que está diciendo es que le da exactamente igual lo que cualquiera diga en cualquier lengua. Ni distingue una verdad de una falsedad, ni una afirmación de una negación, ni una conjetura de una demostración, y así todo lo demás. Una frase en chino, que no entiende, tiene para él el mismo valor que una frase en su lengua: en el fondo ninguno.

Es la misma actitud de quienes consideran que todas las ideas son respetables, porque en realidad no respetan o entienden ninguna. Zapatero volvió a demostrarlo diciendo esto tras argumentar que la sentencia del Constitucional contra el Estatuto de Cataluña no significa que no se puedan desarrollar por otras vías los artículos inconstitucionales, pues podrá hacerse por vías alternativas, ignorando la Constitución aunque respetándola mucho. Pues Zapatero respeta más que nadie al Constitucional, como respeta el Estatuto, al nacionalismo catalán o al centralismo jacobino, a las Hermanitas de la Caridad o a la Gestapo. Es decir, no respeta nada ni a nadie en absoluto.

Simplemente, es la apoteosis de la charlatanería, de la verborrea pegajosa. El discurso propio, este sí, de una política de estafador, exitosa y posible en un sistema democrático tan devaluado como el nuestro.

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Paralelismos y coincidencias

Como debo ser uno de los cinco o seis ciudadanos de este país que admite tranquilamente no saber nada de fútbol, como mientras escribo esto el lance balompédico tampoco ha comenzado, como sin darme igual el resultado -pues por supuesto deseo que gane la selección española (La Roja, en eufemismo) para que mis amigos y familiares futboleros tengan su merecido goce- tampoco está uno desesperado porque ganen o pierdan, pues no voy a hablar para nada del partido de ayer, sino un poco, quizás, del celebrado antes de ayer. Veamos: no me digan que la manifestación de la Cataluña Unánime no era uno de esos eventos típicos de un régimen en la cuerda floja. Una manifestación convocada desde el poder, por todos los que gozan de ese poder y con la finalidad de protestar porque no se les garantiza el monopolio ad aeternum de ese mismo poder donde tan a gusto están (soberanía, derecho a decidir y cosas así le llaman, todo en eufemismo).

La manifestación fue, por descontado, gigantesca. No tanto que Barcelona se hundiera en el Mediterráneo como resultado de la enorme concentración humana, pero sí para que hundir el sentido de la realidad. Respecto a las cifras, uno se queda con la escéptica y contable de esa empresa profesional que cuenta manifestantes con un método razonable, a la que le salían 56.000 manifestantes (que no está nada mal), y es bastante coherente con los 600 autobuses fletados según la prensa amiga. Lo de los cientos de miles y el millón y medio es cuando poco dudoso en un país donde, según los estudios de opinión bien hechos, un 80% o más de los entrevistados afirman no haber acudido nunca a una manifestación. Eso nos da que sólo unos cinco o seis millones de los actuales españoles mayores de edad han ido, alguna vez en su vida, a una manifestación. Admitir que el 25% de esa cantidad se manifestó contra el Tribunal Constitucional el sábado en Barcelona es demasiado incluso para un país donde, como éste, el desprecio de la inteligencia es un hábito bien considerado socialmente.

Ciertamente, da igual: la manifestación de Montilla fue un horror en cualquier caso. No sólo porque iba contra el concepto mismo de democracia –contra la separación de poderes, contra la igualdad de los ciudadanos, contra la autonomía de la justicia, contra el Estado de derecho, contra la prevalencia de la Constitución-, sino porque despedía el tufo característico de una manifestación de régimen, de desfile de acarreados, estómagos agradecidos e indocumentados varios. Lo más parecido que recuerdo es una convocada por el franquismo al final del régimen, para protestar contra las manifestaciones “antiespañolas” (¿les suena?) tras la ejecución de tres miembros del FRAP y dos de ETA. La convocaron todos los medios de comunicación (¿a qué nos recuerda esto?), se celebró como una genuina manifestación del Pueblo por la dignidad de la patria agredida por el extranjero con apoyo de españoles traidores (¿y esto?), se garantizó su éxito mediante centenares de autobuses gratuitos que acarrearon manifestantes del régimen desde toda España (¡que coincidencia!), la retransmitieron en directo la tele y la radio pública (del gobierno), y se aseguró que en la Plaza de Oriente se habían amontonado más de un millón de manifestantes (aunque no cupieran tantos ni apilados en capas). Franco, ya muy decaído, salió al balcón de las salutaciones e incluso leyó unas líneas sobre la unidad inquebrantable de España con su Caudillo, la dignidad nacional, el rechazo de toda intromisión externa, etc.

La principal diferencia es que esta vez el convocante no ha podido salir a un balcón a arengar a las masas con los tópicos antidemocráticos del nacionalismo fósil, sino que tuvo que salir por piernas huyendo de algunos manifestantes. Por lo demás, la manifestación del president Montilla y sus secuaces se parece a la última de Franco mucho más que a cualquiera de las grandes movilizaciones registradas en los últimos años, por ejemplo cuando el secuestro de Miguel Ángel Blanco, o para apoyar la Constitución tras el 23-F.

En aquellos días crepusculares, el régimen también esperaba del fútbol toda clase de auxilios taumatúrgicos. También se elogiaba la noble limpieza del deporte en contraste con la vil suciedad de la política, y cosas así. Y se reclamaba al fútbol una especie se capacidad sacramental para unir en torno suyo una conciencia de nación ausente en otros dominios. Como ahora. Supongo que España ganará el mundial, y eso hará que los mil expertos en identidades nacionales y deporte que han aflorado estos días asciendan al culmen de la sublimidad, pues la victoria tiene mil padres y la derrota ninguna (e incluso si España queda sólo segunda y finalista no habrá estado nada mal). Algunos de esos expertos son los mismos que explicaban, con los mismos argumentos, por qué la selección española no concitaba adhesión ni entusiasmo debido, decía uno de ellos, a la “anorexia patriótica” de la España Plural. ¿Qué ha cambiado ahora? Naturalmente, la victoria: nadie quiere quedar al margen del reparto de beneficios que pueda conllevar. Pero también un hastío cívico de la centrifugación nacionalista que la manifestación catalana no puede ocultar.

De momento, es evidente que la gesta futbolística ya está reuniendo adhesiones inesperadas. En San Sebastián, donde vivo –cuando puedo-, la tarde del domingo asistió a una insólita abundancia de banderas españolas, niños y jóvenes de lo más españolizados con su camiseta roja y otros espectáculos de hispanofilia sin recato que habrán causado hondo dolor a los vigilantes de la esencias abertzales. Así son los vaivenes de la opinión pública, y así es el hartazgo del nacionalismo, que está de capa caída pese a –no se engañe nadie- la manifestación de Barcelona del sábado. También los franquistas, otra variedad de nacionalistas, creyeron que a ellos no les sacaría de la poltrona nadie tras aquella abrumadora demostración de fuerza, y ya ven.

El partido está a punto de comenzar, y yo me enteraré de sus incidencias por los bramidos del vecindario y los cohetes que hay preparados para celebrar el éxito de España. Para los desanimados: si alguien hubiera hecho un pronóstico de conducta semejante en pleno País Vasco hace sólo tres o cuatro años, hubiera sido recibido con carcajadas.

¿Y qué más paralelismos conviene apuntar? Pues también este: al final del franquismo, las manifestaciones contra el régimen eran, como mucho, protagonizadas por algunos centenares de audaces desobedientes. La prensa del régimen les ignoraba o tachaba de antiespañoles… El fútbol era mucho más importante y requería todo el esfuerzo informativo y analítico, porque es lo que quiere la gente… ¿Les suena también? La historia, que se repite  pero como caricatura según el viejo Marx.

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La fabricación mediática del resentimiento político en Cataluña

Está dando mucho que hablar la distancia cada vez mayor de percepción política entre la sociedad catalana y el resto de la española. Al parecer, causa un gran asombro que la mayoría de los catalanes encuestados haga suyos los tópicos y prejuicios políticos del establishment que controla el cotarro en el Principado, a saber: la abrumadora mayoría de la clase política, la práctica totalidad de los medios de comunicación, y las asociaciones y entidades de toda clase, desde el fútbol-club Barça hasta Omnium Cultural -siniestra entidad sedicentemente intelectual-, pasando por patronales, sindicatos, etc. Todos ellos llevan treinta años propagando los mismos mitos identitarios y las mismas exigencias políticas de más y más autogobierno para Cataluña, sea ello posible y conveniente o no, quepa o no en la Constitución, choque o deje de chocar contra principios elementales de igualdad democrática y de racionalidad política e incluso económica. Y lejos de haberse ido generando una oposición cívica y política contra este penoso cultivo de la unanimidad, los partidarios del victimismo y de su explotación a toda costa no han dejado de crecer. Quizás sea ese el “hecho diferencial catalán” más acusado: la marginalidad y el ostracismo que sufren los disidentes y críticos, por moderados y razonables que sean y muy integrados socialmente que estén, de esa manía antidemocrática de hablar en nombre de Cataluña, como si esta comunidad fuera un rebaño donde todos quieren lo mismo, piensan igual, comparten idénticos sentimientos, sangran por la misma herida patriótica, y cuyos corazones laten con acompasada taquicardia bajo las sevicias del centralismo de Castilla (¡muchos hablan como si siguiera gobernando el conde-duque de Olivares!) Un caso no ya desusado en España, sino insólito en Europa fuera de algún reducto residual de las antiguas repúblicas soviéticas. Y ellos, que se creen los más europeos y moderno de todos…

Con semejante panorama, lo insólito y milagroso sería que en Cataluña existieran redes sociales y entidades políticas no ya capaces de ofrecer resistencia y oponerse a esa envenenada unanimidad –pues éstas sí que existen en el mundo cívico y también en el político-, sino que a día de hoy ofrecieran una oposición potente al nacionalismo obligatorio –al estilo del constitucionalismo en el País Vasco, que tanto admiran muchos catalanes- y constituyeran una alternativa seria a medio plazo en todos los campos. Porque uno de los éxitos más innegables del nacionalismo obligatorio catalán ha consistido en inocular el virus diferencialista incluso a los más fervorosos antinacionalistas, que se sienten tan incomprendidos y atacados por las fuerzas ajenas a Cataluña como esos nacionalistas que tanto deploran, y acaban repitiendo como loros idénticos análisis obsesivos centrados en el “nadie nos comprende porque no viven en Cataluña y no saben lo que es esto”. Esta perspectiva desviada está en la raíz del fracaso de algún experimento político muy prometedor que se desbarató apenas comenzado, de ahí la importancia de no recaer en el mismo error: crear un partido antinacionalista puramente reactivo que acaba reproduciendo lo que denuncia y se refugia en políticas de gueto.

Tan grave parece el panorama que muchos piensan que todo está perdido –el mismo Albert Boadella, sin ir más lejos- y que lo máximo que puede lograrse es aquello que José Ortega y Gasset llamó en célebre debate parlamentario en las Cortes de la República, en polémica con Manuel Azaña, la conllevancia con el “problema catalán”. Sin embargo, cosas más improbables hemos vivido, comenzando por la transición a la democracia a partir de la dictadura de Franco. Al igual que aquella nefasta dictadura, el monolitismo nacionalista catalán es el resultado de un cruce de intereses sociales y políticos de lo más tradicional con un sistema comunicacional, cultural y educativo férreamente controlado por el poder político. Así como en la última época de la dictadura franquista buena parte de la sociedad española –donde los demócratas activos eran una minoría marginal- seguía pensando que los comunistas tenían cuernos y rabo y que el resto del mundo atacaba a España por pura envidia y mala voluntad, así ahora el catalanismo social cree a pies juntillas que los centralistas españoles son el demonio y que atacan a Cataluña por pura maldad depredatoria. ¿Qué van a creer si es lo que oyen y leen todos los días al 98% de los portavoces oficiosos y oficiales de las instituciones catalanas, muchos desde que tienen uso de razón?

Para afrontar con éxito el mal llamado “problema catalán”, o el “problema vasco” o cualquier otro semejante, se debe comprender que en gran parte son problemas fabricados y cultivados con perseverancia obsesiva por quienes viven de gestionarlos. El propio Zapatero se apuntó con desvergüenza y ya legendaria torpeza a esa estrategia al prometer que lo que se aprobara en Cataluña sería aprobado en Madrid. Es indudable que calculaba poder sacar grandes beneficios políticos de la indecente impostura de ponerse al frente de la manifestación por la soberanía de Cataluña. Lo que ha conseguido a la vista está: poner el Estado de derecho al borde del abismo.

Veamos un ejemplo de cómo se crea ese estado unánime de opinión donde los efectos se convierten en causas y la pluralidad se falsea en unanimidad. Ayer mismo publicaba El País una triste encuesta que daba cuenta de la cada vez mayor diferencia de percepción entre los catalanes y el resto acerca del significado de la sentencia del TC. La mayoría consideraba que era una grave ofensa y agravio contra Cataluña. Pero había al menos un 39% de los encuestados que rechazaba ese punto de vista o tenía muchas dudas al respecto. A continuación, el periódico ofrecía lo que pretendía ser una muestra cualitativamente representativa del estado de opinión de Cataluña. Milagrosamente, ni uno sólo de los encuestados pensaba algo distinto de lo expresado por Montilla, Puigcercós o Mas: ¡absoluta unanimidad, sólo modulada por el grueso de la expresiones de victimismo (un industrial galletero tenía la caradura de afirmar que España considera a Cataluña una colonia que puede expoliar fiscalmente)! Y entonces, ¿Dónde estaba ese 39% que según la encuesta no comulga con las ruedas de molino del establishment? En El País del domingo no estaban, desde luego, y sobre todo no se les espera. ¡Ya pueden quedarse afónicos diciendo que piensan distinto! ¡Ay, qué sabrán ellos de lo que les conviene! Pero dirán que ese es el estado real y espontáneo de la opinión catalana. De la opinión fabricada e impuesta, pues sí. De la otra, que se hable lo menos posible. Así que ustedes me dirán si no es esperanzador y asombroso que, pese a todo, haya un 39% de catalanes que no se consideran atropellados por el TC.

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Diez conclusiones de la sentencia del TC sobre el Estatut

La sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña ha venido a dejar claras unas cuantas cosas que tienen su importancia, pese a que hayan dejado algunas otras en la oscuridad (hubiera sido angelical esperar otra cosa con el tiempo que ha transcurrido y el clima de deterioro institucional profundizado entre tanto, forzando una sentencia más política que jurídica pero sentencia al fin, y eso es lo que importa). A continuación expongo diez que se me ocurren a vuelatecla. Hay muchas otras, pero son tan evidentes… Como que Montilla –y toda su gente- no tiene ni idea de lo que es la democracia, que es un pésimo político y un demagogo peligroso; o como que ahora podrá verse si en Cataluña existe verdadera sociedad civil o mera coalición de intereses subvencionados que se mueven a golpe de silbato gubernamental, y muchas otras cosas. Pero vayamos a diez conclusiones de carácter más general:

1 – Que el gobierno de Montilla, el Parlamento de Cataluña y el PSOE han fracasado en toda regla en su intento de llegar a las elecciones catalanas sin sentencia del Constitucional, con lo que el mero hecho de la sentencia ya es un apreciable triunfo del Estado de derecho.

2 – Que el Estatuto como tal era y es inconstitucional, porque de lo contrario sólo habría sufrido leves retoques o adiciones interpretativas menores. El aspecto político de la sentencia ha consistido en no cargárselo entero aun habiendo motivos, sino en consensuar una sentencia interpretativa para salvar las temidas consecuencias de dar por nulo todo el proceso, el parlamentario y el referéndum.

3 – Que hay un buen montón de leyes autonómicas y acuerdos Gobierno de España-Generalitat de Cataluña que se apoyaban en la legitimidad de normas estatutarias ahora anuladas o reinterpretadas por el TC, leyes y acuerdos que deberían, a su vez, ser modificadas o derogados. Como no será así, se profundiza la inseguridad jurídica que ya padecemos.

4 – Que el TC ha demostrado que la Constitución podrá ser muy elástica, pero no tanto que quepan en ella, disimuladamente, Estatutos con ambiciones de Constitución encubierta, aunque parezca que pueden caber. Lo cual pone en tela de juicio la adecuación de la Constitución de 1978 a la España del siglo XXI: la reforma es urgente.

5 – Que Zapatero en particular, el PSOE en general y el Congreso de los Diputados en institucional han sido también suspendidos por el TC porque aprobaron, contra toda advertencia racional, ¡un Estatuto inconstitucional! Aunque su actuación es legal –se atiene a la literalidad de sus competencias constitucionales- su finalidad –burlar la Constitución- ha sido ilegítima, una especie de prevaricación institucional.

6 – Que el sistema de formación de mayorías parlamentarias a base de sumar a PSOE o PP con uno o varios partidos nacionalistas –incluido en esta categoría el PSC y alguna rama del PP, como la valenciana o la gallega-, que está en el origen mismo del Estatuto sentenciado por el TC pues ha surgido de este cambalache específico, también ha sido sentenciado por esta sentencia y ya no da ni dará más de sí. Lo veremos cuando toquen los Presupuestos Generales del Estado de 2011.

7 – Que los jueces pueden ser muy flexibles con abusos como la “inmersión lingüística” (como ha demostrado antes que el TC el Tribunal Supremo en absurdas sentencias favorables a ese disparate autoritario que deroga de hecho la cooficialidad del español), pero nada en absoluto con el intento de crear un Poder Judicial Catalán que pone en cuestión no sólo sus prerrogativas corporativas, sino su papel en la democracia misma.

8 – Que el sistema de financiación previsto en el Estatuto sentenciado sobre la base de la bilateralidad Cataluña-Resto de España ha sido sentenciado a la vez por partida doble: por el TC –que no podía hacer otra cosa ante semejante aberración- y por la crisis económica. Y que esta doble sentencia tendrá efectos económicos rebajando aun más la credibilidad de la solvencia del Estado (la marca-España, que dicen los del marketing).

9 – Que el inmediato futuro político, jurídico y económico de España va a consistir en un enorme enredo político, jurídico y económico porque la falta de claridad del reparto de competencias institucionales, el abuso de la hermenéutica constitucional y el recurso al trapicheo interpartidario a todos los niveles para cerrar pactos de gobierno y aprobar leyes va a conducirnos a un caos a la italiana o a la belga (y quizás con finanzas públicas a la argentina).

10 – Que la actuación del PP de Valencia exigiendo para su Estatuto todo lo que no haya declarado inconstitucional el TC para el de Cataluña demuestra que el PP tampoco tiene ni idea de lo que es el sentido de Estado, y que es un partido que también aloja en su seno la centrifugación nacionalista, tan nefasto como ese PSOE que ha jaleado la sentencia afirmando que ha derrotado el PP (algo tan bien traído como celebrar la crisis porque deja en mal lugar a los mercados financieros; además de sectarios, idiotas).

Pues nada, que seguimos cuesta abajo en la rodada. Los próximos meses y años van a ser apasionantes. Apriétense los cinturones, lo más vertiginoso está todavía por llegar, pero si cogemos impulso en la buena dirección saldremos de ésta aprovechando la energía acumulada en esta larga caída.

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Eguiguren, el PSOE-PP y la “estrategia china”

No hay nada sorprendente en que el enésimo anuncio de que algo estaba cambiando en el entorno político de ETA (también llamado “izquierda abertzale”), y de que ese algo iba a manifestarse el pasado domingo en un acto político celebrado en Bilbao haya sido también el enésimo bluf, un hastiado más de lo mismo. Y es así porque la tesis de que ETA abandonará cuando se lo exija su entorno político es una tesis basada en la más oceánica ignorancia sobre la clase de relaciones de subordinación instrumental que rigen entre la banda y su frente político. Que sea Jesús Eguiguren, el presidente del PSE, el que lleva lustros vendiendo esa quimera no demuestra que la quimera sea una buena idea, sino sólo que Eguiguren no da una.

Que a pesar de esta obstinada perseverancia en el error se le considere un gran experto en el tema tampoco tiene nada de extraño en España, donde nada se aprecia y valora más que perseverar en el error; ¿acaso no es este el país de los tertulianos, del aplauso constante a excelsos economistas políticos como Rodrigo Rato o Pedro Solbes, que han demostrado en esta crisis su capacidad de previsión, anticipación y respuesta? Veamos si no el caso de El País, que lleva semanas vendiendo la burra coja de que se acerca una declaración política de la “izquierda abertzale” que anticipará el anuncio del abandono de ETA sin condiciones políticas. Han vendido esa especie –en un rápido repaso de memoria- con ocasión de los actos de LAB en Pamplona, de la alevosa liberación de Díez Usabiaga por el juez Garzón, del acto de este fin de semana en Bilbao. Y habrá más, qué duda cabe. Al fin y al cabo, conseguir un anuncio positivo respecto a ETA es uno de los pocos salvavidas que le quedan a Zapatero, o eso creen los expertos en marketing político que han contribuido a convertir la política española en el presente concurso de tonterías y ocurrencias jugado por atolondrados e indocumentados.

Es verdad sin embargo que, a diferencia de los intentos previos de negociación política con la banda terrorista abertzale, este registra algunas novedades. Una de ellas es la aplicación de lo que podríamos llamar la “estrategia china”, y me explico. Leí en alguna parte que en China, donde la familia lo es todo, en las grandes y confusas convulsiones bélicas y políticas del XIX y del XX las familias con talento político trataban de estar representadas en los dos bandos en liza: imperiales y republicanos, nacionalistas y comunistas, reformistas y reaccionarios, cristianos y tradicionalistas, etc. De esta manera, ganara quien ganara la familia como tal podía al menos tener la seguridad de salvarse aunque perecieran algunos de sus miembros, porque una parte de éstos había militado en las filas del vencedor. Hay noticias de que tácticas de supervivencias similares han sido empleadas en otras regiones del mundo asoladas por largos y crueles enfrentamientos civiles (sin ir más lejos, en el País Vasco algunas familias notables tenían en sus filas miembros franquistas y nacionalistas).

Todo indica que el PSOE (y medios afines) han decidido esta vez hacer algo parecido. Las discusiones entre Rubalcaba y Eguiguren a propósito de los planes del segundo –llamados de modo irreverente por sus beneficiados la “vía Txusito”- tienen toda la pinta de un desacuerdo pactado y bien representado por dos consumados actores; que además tuviera lugar en los micrófonos amigos de la SER abona la conjetura. Se trata de que salga bien o mal el enésimo intento de rescatar a Batasuna para que esté en las próximas municipales, que de eso se trata (pues parte de la “vía Txusito” consiste en sustituir al PP por ese aliado en determinadas comarcas vascas de rotundo abertzalismo), el PSOE esté siempre en el bando ganador. ¿Qué contra todo pronóstico Eguiguren tiene razón y consigue que Batasuna obligue a ETA a dejarlo?: habrá sido el PSOE-PSE el muñidor de la operación, el héroe pacificador; ¿qué vuelve a fracasar?: Rubalcaba ya lo había predicho, y además es el ministro de los policías y guardias que detienen comandos cada fin de semana.

¿Y el PP?, se dirán ustedes. Pues más de lo mismo. Aunque Mayor Oreja no está en ese juego –como lo demuestra la retirada paulatina de su gente superviviente, la última Regina Otaola-, otra cosa es el PP de Rajoy y Basagoiti. Vista la cosa con frialdad, en el PP pueden calcular que un éxito de Eguiguren precedido de una inmisericorde crítica suya sólo servirá para reflotar a Zapatero y perjudicar sus expectativas de heredarle. Por otra parte, en Euskadi el PP y una posible Batasuna refundada no son rivales políticos; el primero puede mantener su pacto con el PSE en Vitoria mientras los socialistas pactan con los neo-batasunos en poblaciones de peso donde el PP es un partido marginal (Mondragón, Hernani, Ondárroa, Durango…) Pero si la vía Txusito fracasa, el PP no la habría ni torpeado sin misericordia ni apoyado de modo explícito. Como el PSOE, estaría en el bando ganador, si bien en posición subordinada, de segundones de confianza. Algo que abriría grandes expectativas al PP en el País Vasco, liberado del estigma de antinacionalista acérrimo, y de rebote en el conjunto de España.

¡Casi se me olvida!: lo malo de la “estrategia china” es que protegió a algunas familias durante algún tiempo, flotando como un corcho en mares revueltos, pero destruyó la sociedad tradicional y abrió la puerta al maoísmo y su sistema totalitario, uno de cuyos objetivos prioritarios fue la destrucción de la familia tradicional de ethos confuciano. Saber algo de historia es siempre aconsejable…

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¿Qué anda mal en la universidad española?

Este es el título de un reportaje para el que me han pedido una opinión en la revista Letras Libres. Que viene muy bien para este pobre blog semiabandonado que padece las consecuencias de las limitaciones masculinas a la hora de hacer tres o más cosas a la vez (no sé que sería de mí si, como Rosa, llevara encima una cuenta de Facebook.. .) Espero que sea de interés para alguien.

Lo sorprendente sería, bien mirado, que andando mal tantas cosas fuera la universidad una excepción. El sistema de la Transición que rige todo en España vaga a trompicones de beodo. Y aunque la universidad tiene uno de sus mitos más sagrados en su autonomía, es otra institución pública del sistema –o más bien inmisericorde maraña- alojado en gobiernos, parlamentos, diputaciones, ayuntamientos, hospitales, escuelas, comisarías, cuarteles, juzgados, miles de oficinas de todo tipo de empresas, consorcios, observatorios y objetos administrativos no identificados e incluso desconocidos.

Las universidades públicas españolas pueden imaginarse al margen de este embrollo pero, como es inevitable, están enredadas hasta el fondo. Y como el resto de las instituciones, padecen ineficacia, ineficiencia, burocratismo, gestión opaca, multiplicación de entes superfluos y problemas de escala entre la elefantiasis y el minifundismo. Pero sobre todo de falta de sentidos de la realidad y de sentido común. Reparemos por ejemplo en la autonomía universitaria: dependiendo en un altísimo porcentaje del dinero público –y por mucho Bolonia que se invoque eso no cambiará nunca en muchas áreas, salvo que se decida liquidarlas-, la autonomía económica es pura falacia. Y la académica más o menos igual, adulterada como está por el sindicalismo y la esclerosis administrativa de un Estado intervencionista. Pues si está regulado al detalle desde la actualización de los curricula hasta la compra de bolígrafos, es impensable contratar profesores o becar investigadores en base a criterios puramente académicos, es decir, el objetivo implícito de esa autonomía.

Añadamos a esos males la importación de modelos de gestión y enseñanza que ya han fracasado estrepitosamente en la escuela secundaria y en muchas empresas: el “aprender a aprender” y la “gestión de calidad” (promovidas ambas por gentes que ni parecen haber  aprendido nada ni han llegado al mando por su especial cualificación, sino por enchufes o carambolas políticas). Sin olvidar los estragos fatales del nacionalismo y de lo políticamente correcto, tan típicos de una buena universidad como la castidad de una casa de citas.

Cambiar todo esto requerirá de más o menos lo mismo requerido para cambiar las cajas de ahorros que no son tales o las onerosas televisiones públicas que no ve nadie. Se trata de erradicar la conversión de la universidad en cualquier otra cosa ajena a sus fines originales: enseñar e investigar. Evitar que sirvan para suplir a las empresas formando especialistas, a los hogares para custodiar jóvenes desorientados, a los ministerios para alojar burócratas, a los “pueblos sin Estado” para conservar lenguas en retirada y, en fin, evitar convertir los departamentos universitarios en refugio blindado de nulidades y viveros de títulos extraviados, que es lo que se ha venido haciendo con la universidad española en los últimos decenios. Lo extraño es que la universidad siga cumpliendo una función propia insustituible… Eso mismo permite algún optimismo sobre su futuro…

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Lo que hay de malo en ello

El parlamento catalán aprobó ayer, con los votos de CIU, ERC e ICV, admitir a trámite una Iniciativa Popular (IP) para convocar un referéndum de autodeterminación de Cataluña. Se trata de repetir a escala autonómica las caricaturas de referéndums sobre la independencia celebrados en numerosos municipios catalanes, en los que se preguntó a los inscritos en un censo simulado –que incluye menores de edad e inmigrantes sin derecho a voto- si deseaban que Cataluña fuera un Estado independiente miembro de la Unión Europea. Nadie se extrañe: se veía venir, porque ninguna autoridad hizo nada para impedir que esos simulacros se celebraran con la connivencia de los ayuntamientos, que prestaron locales públicos, soporte técnico y hasta policía y funcionarios municipales, manipulando un censo que necesariamente alguien tuvo que aportar sin que se reclamara la menor responsabilidad a nadie por un delito teóricamente muy penado por la exigente –casi histérica- legislación de protección de datos privados (procede recordar que Batasuna fue ilegalizada, entre otras razones, porque se consideró probado que pasaba a ETA el censo electoral). Pero ya es sabido que en este país de pandereta se puede perpetrar cualquier tropelía impunemente siempre que los autores sean poderosos e invoquen móviles “políticos”.

Los juristas nos recordarán que el parlamento catalán no puede convocar referéndums sin la autorización expresa del Gobierno de España, único constitucionalmente autorizado a convocarlos porque es una competencia exclusiva del Estado (art. 143º.1.32 CE), pero es cierto que a estas alturas el gobierno da más risa e inspira más desprecio que cualquier otra cosa, y la Constitución es poco más que papel mojado gracias, entre otras cosas, a la reforma encubierta iniciada por el nuevo Estatuto de Cataluña y sus imitaciones. Los políticos de este régimen en descomposición también se agarrarán al argumento de las competencias legales, porque sus perezosas maquinarias mentales apenas pueden ir más allá o sus compromisos no les dejan, y la mayoría de los tertulianos y analistas de prensa que pasan por expertos harán lo mismo. Pero como el Parlament aprobó, con apoyo socialista, una Ley de Consultas que abría la puerta a esta tipo de iniciativas, cabe augurar una aburrida y desenfocado litigio sobre si la Ley de Consultas catalana es o no constitucional –y ya sólo faltaría preguntar al TC sobre el asunto-, y si el resultado de un referéndum celebrado bajo su problemático paraguas legal tiene o no algún poder vinculante (muchos dirán que no hay nada malo en preguntar a la gente su opinión…)

Pues no: el problema de ese referéndum no es si tiene o no cobertura legal, sino que la pregunta que hace y el ámbito de decisión política que instaura, y el que excluye, son incompatibles no con determinado precepto constitucional, sino con la Constitución en su conjunto y por tanto con la democracia. Veamos por qué.

Ibarretxe, que pretendía algo semejante con el “derecho a decidir” previsto en su famoso Plan, desafiaba siempre a sus críticos a decir “que había de malo en ello”; era ello que su “Pueblo Vasco” tomara decisiones unilaterales sobre asuntos que atañen a la soberanía de la nación española definida por la Constitución. Naturalmente, jamás se molestaba en escuchar la respuesta porque su premisa de partida es que nada hay más democrático que dar la palabra al “pueblo”. Exactamente lo mismo que dicen ahora sus correligionarios catalanes. Y lo mismo que proclaman populistas, demagogos y separatistas por todo el ancho mundo.

Sin embargo, en una democracia aceptable el único “pueblo” al que cabe dar la palabra es al cuerpo electoral definido por la Constitución vigente. Todas las constituciones son en este sentido similares: sobre asuntos de interés general solo puede decidir el cuerpo electoral nacional, por ejemplo para elegir el nuevo parlamento o para decidir algo en un referéndum legal. Lo que no se contempla nunca es que una parte separada de ese cuerpo electoral puede decidir por el conjunto, y de paso romperlo por la via de los hechos consumados. Ni el “pueblo vasco” ni el “pueblo catalán” pueden decidir sobre la independencia de los territorios que les atribuyen los nacionalistas, porque esa decisión afecta a la unidad territorial y política de la nación constitucional de la que forman parte (y esta es la única nación democrática, no las naciones románticas). Si se aceptara la pretensión nacionalista, resultaría que los vascos y catalanes tendrían más derechos que el resto de sus conciudadanos, pues podrían imponerles a éstos decisiones que les afectan pero sobre las que no se les permite decidir. Por lo tanto, esos referéndums rompen la igualdad consustancial a la democracia, segregando la ciudadanía en bloques desiguales en derechos y también en obligaciones, pues también se pretende que el resto de españoles acepte como una obligación democrática el resultado de esos referéndums en los que no se les permite participar pese a dirimir un asunto que les afecta directamente: el futuro de su país. Esto es lo que hay de malo en ello: que la concepción nacionalista de “democracia participativa” es un atentado en toda regla contra la democracia sin apellidos.

Nadie sabe cómo va a acabar esta aventura en un país donde el propio gobierno, comenzado por su presidente, no se aburren de proclamar la inmarcesible estupidez de que cuanto menos centralismo y más nacionalismo, más y mejor democracia. Ahora pueden ir recogiendo los frutos de su siembra de creencias estúpidas y oportunistas. Al desastre económico y político se une el hundimiento del Estado democrático como sistema de instituciones comunes fundadas en la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos.

Añadamos al pitorreo que el partido decisivo en la aprobación de la IP independentista haya sido CIU. Esa coalición cuyo portavoz en el Congreso, Durán i Lleida, recibió hace nada todo tipo de aplausos, loores y elogios por su altura de estadista y última o penúltima esperanza de la democracia hispana. Hubo muchos que incluso le postularon como presidente ideal de un gobierno de concentración que liderase la reacción contra la crisis, o al menos como un ministro de mucho peso en esa criatura gubernamental. Para ellos, el dato de que represente a un partido que pretende volar por los aires la Constitución rompiendo la comunidad política española para poner en su lugar al “poble català”, es una anécdota carente de la menor importancia. Como nombrar director del hospital a un enfermo terminal, ya que nadie sabe tanto del tema. Realmente, este es un país que agota los adjetivos.

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La crisis política, la económica y… la intelectual

Hemos sido el primer partido en diagnosticar que la crisis económica y financiera internacional se iba a agravar en España debido a la crisis política de las instituciones de la Transición, desde la administración de justicia a los pactos de Estado sucesivamente destruidos por el zapaterismo y la mala calidad de la oposición del PP. Por supuesto, quienes ahora se apuntan a nuestra tesis lo hacen sin citarnos e incorporando el error garrafal de considerar que el problema es Zapatero, no el sistema que lo ha llevado a presidir el Gobierno pese a sus múltiples y llamativas carencias. Con un poco se perseverancia no pasará mucho tiempo sin que las engoladas voces del establishment descubran que también en esto tenemos razón –por desgracia-, y pasen a plagiarnos con la desenvoltura y cinismo que les impregna hasta el punto de considerarlos naturales. Pero como de lo que se trata es de conseguir el progreso de algunas ideas que no son ni pueden ser monopolio de nadie, pese a que tengan autoría –aunque no podamos comprobarlo en las hemerotecas, pues nadie roba y oculta ésta más que los medios de comunicación-, demos otra vuelta de tuerca al importante asunto de los orígenes de la crisis en la que estamos metidos (y todo indica que por mucho tiempo). Vamos a examinar brevemente el problema de la crisis intelectual.

Por “crisis intelectual” no me refiero a fenómenos penosos como la elevación de personajes como Pilar Bardem o Suso de Toro a la codiciada pero muy devaluada nómina de los “intelectuales” influyentes, sino a la crisis de los modelos de comprensión de la realidad que han estado de moda. Una crisis de los modelos o paradigmas cognitivos –me temo que el palabro sea ineludible esta vez-, no de los personajes que los representan o popularizan. Yendo al grano, la idea es que el paradigma conocido como “constructivismo cultural” y también por “filosofía de la deconstrucción”, que se remonta a las décadas de los sesenta y setenta y tuvieron su apogeo en los ochenta y noventa del pasado siglo, ha tenido una influencia importante en el alumbramiento de la crisis económica internacional, y desde luego de su versión española agravada.

Tanto el “constructivismo cultural” como la “filosofía de la deconstrucción”, denominaciones que agrupan un número variopinto de corrientes y tendencias, tienen en común dos grandes principios: uno, que las ideas, creencias y valores son fenómenos surgidos de construcciones culturales variables, y dos, que lo que se llamaba “realidad objetiva” o “verdad” es una ficción mantenida por una narrativa académica puramente instrumental. El recientemente fallecido Richard Rorty, filósofo estadounidense liberal, sostenía que la filosofía sólo se diferenciaba de la literatura en ser la ocupación habitual de una clase especial de académicos llamada “filósofos” (a la que pertenecía), pero que no producía nada objetivo ni verdadero aparte de un pasatiempo agradable (con algún valor menor como la ironía compasiva). Por su parte, Michel Foucault refundó las ciencias sociales en torno a una visión de los fenómenos culturales donde la sexualidad, las enfermedades psíquicas, las instituciones políticas o el lenguaje mismo no eran sino manifestaciones históricas de diversos aparatos de poder y dominación social. Y como cualquier estudiante de humanidades sabe –perdón, debería saber…-, Foucault y Rorty han sido dos de los personajes claves de la cultura de los últimos treinta años, comparables a Heidegger y Sartre para la generación anterior.

La popularización de este modo de ver las cosas ha tenido dos consecuencias importantes: una, la extremada dilución o laxitud de los conceptos emparentados de “realidad”, “objetividad”, “ciencia”, “verdad” y “conocimiento” –nombres de otras tantas ilusiones-, y dos, el auge paralelo de diversas formas de relativismo. En efecto, si todos los conceptos e ideas fundamentales son cosas relativas e indemostrables, si no hay verdad intersubjetiva alguna, es fácil colegir que todo es relativo: de ahí la proliferación de los relativismo cognitivo, lingüístico, cultural y ético que postulan que los conocimientos e ideas, el lenguaje, la cultura o la ética no responden a universales categóricos o verdades de ninguna clase y que sus variedades son, por tanto, incomparables entre sí y no pueden juzgarse mediante algún tipo de evaluación racional objetiva; todo lo más podemos resolver si un sistema es más “útil para algo” que otro, que diría Rorty. Pero la marea no se detuvo al llegar al mundo de las humanidades, las ciencias sociales y la filosofía pues, como no podía ser de otra manera, también produjo relativismos de significado político, económico y comunicacional.

El relativismo político está perfectamente representado por Zapatero y sus socios: actúa como si lo único importante fuera alcanzar y conservar el gobierno, aunque para conseguirlo se destruyan las instituciones –la propia Constitución- o contratos sociales no escritos como la confianza, un valor emocional indispensable para la democracia (de lo que han tomado buena e inmisericorde nota los mercados internacionales: un país sin confianza es un país del que se debe desconfiar). No es extraño, sino obligado, que Zapatero se haya entendido tan bien todos estos años con los nacionalistas, tan bien nutridos por el relativismo cultural, o con el feminismo de género… Reparemos ahora en el relativismo comunicacional: no es otra cosa que la supresión de toda distinción cognitiva y deontológica entre opinión y noticia, hechos y ficción. Este es el periodismo dominante a la sazón cuyo paradigma es el tertulianismo, más empeñado en determinar el futuro reinterpretando incesantemente el pasado que de informar sobre la realidad del presente: para entenderlo, bastaría con leer las ediciones dominicales de ayer de El País y El Mundo, por ejemplo.

Y nos queda el relativismo económico: como es fácil suponer, se parece a los otros. Sostiene que conceptos como los de “producción”, “bienes” o “riqueza” son entelequias carentes de amarre material u objetividad, en todo caso datos contables. Así, grandes estafadores como Madoff y sus muchos compañeros –estudiados como modelos a imitar en las más exitosas escuelas de negocios- se convirtieron en alabados magos de las finanzas a base de inflar e inflar expectativas insensatas sobre el valor de todo tipo de “activos” –financieros, inmobiliarios, tecnológicos- que resultaron ser simples y vacuas burbujas infladas por esta insensatez de fondo: si la economía es un epifenómeno imaginativo y narrativo como otro cualquiera, ¿qué diferencia hay entre la estafa y la audacia imaginativa?: sencillamente ninguna o sólo la que establezca un tribunal cuando los autores acaben en el banquillo (si acaban). Lo que importa es si esta “economía” ha permitido ganar muchísimo dinero a algunos…

Habrá que dilucidar por qué nuestro país se ha puesto a la cabeza de todas las tonterías nocivas surgidas de este modelo intelectual, completamente fracasado. Porque hemos sido y somos los más ricos en relativistas económicos, políticos, culturales y morales de Occidente. Es muy posible que la debilidad de nuestra educación, unida a la multisecular admiración por la picaresca y regadas ambas debilidades por una insolente lluvia de dinero fácil en forma de crédito ilimitado haya producido este monstruo político-cultural. Quede esto para otro día.

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